¡El cielo no me ha olvidado, no nos ha olvidado! -Testimonio de Fernanda, miembro de Courage en Brasil
¡El cielo no me ha olvidado, no nos ha olvidado!
Testimonio de Fernanda, miembro de Courage en Brasil
¡Hola! Mi nombre es Fernanda Souza, tengo 37 años, soy licenciada en Educación Física y vivo en São Paulo, Brasil.
Nací en un hogar católico, siempre participé en pastorales de mi parroquia y vivía activamente mi vida sacramental. A los 15 años me enamoré por primera vez de una chica, lo que generó intensos desafíos dentro y fuera de mí. Al mismo tiempo que me embarcaba en la aventura de una relación, buscaba formación sobre la castidad y corría al confesionario. Durante ese período, viví muy sola. No compartía lo que me pasaba con nadie, excepto con un sacerdote. Siempre tuve miedo de que mi familia se enterara y se decepcionara de mí.
Durante la universidad llegaron nuevos desafíos en las relaciones, enamoramientos, fiestas gay y vacíos existenciales. Al regresar de una fiesta, llegando a casa de madrugada, me sentía como si tuviera una resaca moral y le preguntaba a Dios: «¿Qué estoy haciendo con mi vida?». Lo que estaba haciendo ya no tenía sentido.
En este contexto, una amiga me invitó a participar en un retiro de la Iglesia. Aquello encendió una llama dentro de mí, pero le dije que no. Pasaron algunos meses, y también pasaron algunos romances; solo quedaron heridas y recuerdos. Me refugiaba en los estudios y salía de fiesta para escuchar música a todo volumen. No quería escuchar el ruido ensordecedor del vacío que llevaba dentro.
Al llegar a casa, tomé la computadora y busqué en Google dónde se realizaría el retiro de la Comunidad al que mi amiga me había invitado. Descubrí que el retiro sería pronto. Serían cuatro días de retiro y, en aquella época, no tenía el dinero y mis padres tampoco. Estaba tan segura de que necesitaba ir a aquel retiro que pedí dinero prestado a un prestamista para poder participar. Y fui sin conocer a nadie. Yo, que era tan tímida y miedosa, fui llevada por Dios.
Y allí, hermanos, viví una experiencia tan profunda con el Amor de Dios que todo fue transformado. Allí me descubrí amada por Dios, perdonada y alcanzada por Su misericordia. Ya no tenía ninguna duda de su amor por mí. Sin embargo, al terminar el retiro, sentí mucho miedo de regresar y encontrarme con todo aquello que había dejado atrás, pero Dios gritaba dentro de mí: «¡Yo te amo, hija mía, y eso basta!».
De hecho, las circunstancias seguían siendo las mismas, o incluso más intensamente provocadoras. La que había cambiado era yo. La que había experimentado el amor de Dios era yo.
Fue un tiempo de decisiones: dejar atrás las viejas amistades y las ocasiones de pecado. Me integré a un grupo de oración en la comunidad donde había participado en el retiro. Tuve la experiencia de participar en la JMJ de Madrid en el 2011 y regresé de allí convencida de seguir la voluntad de Dios.
En aquella época ya estaba en el proceso vocacional de esta comunidad, pero todavía había algo que me bloqueaba: el miedo a caer, a enamorarme y a herir a Dios. Me daba cuenta de que evitaba las amistades con otras chicas. Siempre tuve facilidad para hacer amistad con los chicos; con las chicas, había cierto respeto humano.
Pero Dios me fue dando la gracia de ser dócil a Su voluntad, y Nuestra Señora también me fue moldeando en mi manera de hablar, de mirar, de comportarme, en todos los sentidos.
Durante el proceso vocacional pasé por un discernimiento y envié una carta solicitando ingresar en la comunidad, lo dejé todo y me fui. Allí experimenté la infinita misericordia de Dios en mi vida. Fue un descubrimiento lleno de alegría. Me consagré en la comunidad e hice las promesas de vivir la pobreza, la obediencia y la castidad.
Estaba caminando hacia las promesas definitivas cuando viví un giro inesperado. Durante la pandemia de COVID-19, las crisis depresivas regresaron con fuerza, y también aparecieron con intensidad las crisis de fibromialgia. Y, por supuesto, el combate espiritual es, sin duda, inmenso, pero no es más grande que la misericordia de Dios. En ese tiempo, intenté quitarme la vida. Al encontrarme en la ventana del tercer piso de la casa, fue Nuestra Señora quien me sostuvo.
Estaba viviendo un profundo vacío existencial. Incluso dentro de la comunidad, había algo que no lograba explicar con palabras. Ya estaba siendo acompañada con medicamentos, terapia, amigos, un sacerdote y oración.
Estando ya vulnerable, me acerqué demasiado a una amiga. Me di cuenta de que estaba totalmente vulnerable y abrí brechas. Me involucré emocionalmente. Pequé. Me confesé. ¡Dios no se cansa de perdonarme!
Pasé por un nuevo discernimiento vocacional. Ante el desafío de enfrentar la depresión y la fibromialgia, que me afectaron e hicieron que no pudiera vivir plenamente la rutina de la misión, sumado a las cuestiones familiares y a la salud de mi padre, tuve que replantear el camino y percibir el ruido que todavía había dentro de mí al acercarme a aquella chica. Volver a casa fue muy difícil. Era retomar una vida que había dejado diez años atrás y que había ofrecido a Dios.
No tenía dudas del amor y de la acogida de mi familia, pero sentí una gran inseguridad por no sentirme «mirada» como lo había sido en la comunidad.
Fue entonces cuando, buscando información sobre la dimensión de la homosexualidad, encontré el Instagram del apostolado Courage. Me puse en contacto y, en mayo de 2022, comencé a participar.
Al encontrar el apostolado, mi corazón descansó. Aquí tengo una base para continuar viviendo mi celibato, buscar amistades castas y no tener miedo de ser quien soy. Aquí aprendí a retomar mi vida de oración. Aprendí a mirar mi atracción hacia el mismo sexo y decirle que ella no me posee, que no es dueña de mis afectos.
Por más desafiante que sea, ya hace 14 años que vivo el celibato: una elección diaria por amor a Dios, una ofrenda de amor a Dios. Es elegir al Crucificado y encontrar en Él mis heridas, las que me causaron y las que yo causé, y entonces, ofreciéndome al Señor por medio de la vivencia del celibato, querer repararlas. Y solo por la gracia de Dios es posible vivir así.
En junio de 2026 tuvo lugar el Encuentro Nacional por los 15 años de Courage en Brasil. Mi madrina Cátia me animó a ir y allí tuve la gracia de compartir por primera vez mi historia. ¡Fue fantástico! ¡Una oportunidad única y liberadora! ¡Y una gran alegría encontrar nuevos hermanos!
Salí de allí con un deseo de Dios en mi corazón: poder compartir con mi familia las maravillas que Dios ya ha realizado en mi vida.
Me tomó casi cuatro meses, pero logré hablar con mi madre. Para mí fue liberador. Para ella, fue algo muy intenso. No lo podía creer, hasta que, poco a poco, fue cayendo en la cuenta. Fue un momento de mayor cercanía entre nosotras. Ella dijo que le preocupan los prejuicios que puedan surgir conmigo, pero que continuará rezando por mí, para que siga viviendo el celibato y sea fiel a Dios. Vencí una batalla; ahora faltan mi hermano y mi padre. (Por favor, recen por mí.)
Después del Encuentro de Courage Brasil tuve otras dos oportunidades de dar mi testimonio en encuentros católicos; pude hablar sobre el apostolado Courage y EnCourage, compartir brevemente sobre mi vida y sobre la riqueza del apostolado. Esto hizo crecer dentro de mí la urgencia de anunciar que sí es posible ser feliz siendo completamente de Dios; que es posible amar sin aplaudir el pecado.
Dios tiene prisa por nuestra conversión. ¡El cielo está cerca! Quiero terminar con un fragmento de una canción que me encanta y que es tan oportuna para este momento de mi vida:
«...Quiero llegar al final de la historia. Ya me veo contando el testimonio de mi victoria. Ah, quiero sobrevivir. Quiero decir que pensé que iba a morir, pero sobreviví. Existe vida (más allá del dolor, existe vida). Escucho al Señor diciendo: Vida más allá del dolor. Él me dice que todavía no ha terminado...»
¡El cielo no me ha olvidado, no nos ha olvidado!
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20, 7)
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20, 7)
Por Yara Fonseca*
La Conferencia Anual de Courage y EnCourage de este año fue un tiempo de gracia y bendición. Reunidos en Mundelein, tuvimos la oportunidad de encontrarnos, rezar juntos, compartir nuestras experiencias y renovar nuestra esperanza en el camino que el Señor nos ha llamado a recorrer. El tema que nos acompañó durante esos días —«La castidad, virtud que nos hace libres»— nos invitó a mirar esta virtud desde una perspectiva más profunda; no como una simple exigencia moral o una serie de renuncias, sino como un verdadero camino de santificación y de unión con Cristo. La castidad tiene que ver con nuestra capacidad de amar y, por eso mismo, con nuestra libertad.
¿Dónde nace el deseo de recorrer este camino? Quizás podamos comenzar con una palabra que puede resultarnos incómoda: seducir. Es un verbo fuerte. Hablar de seducción puede hacernos pensar en manipulación, engaño o en una fuerza que nos atrae hacia algo que no necesariamente nos hace bien. Y, en efecto, la Sagrada Escritura habla con clareza sobre esas seducciones. San Juan nos advierte: «No amen al mundo ni las cosas del mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida— no procede del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2,15-16). El deseo de poseer, la búsqueda de poder y reconocimiento o control son realidades que ejercen un poder seductor en nuestros corazones. Prometen felicidad y libertad, pero poco a poco pueden terminar dominándonos.
Sin embargo, la Escritura también nos presenta otra seducción, completamente diferente: la seducción de Dios. Jeremías, en uno de los momentos más íntimos de su relación con el Señor, exclama «me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20,7). Es una expresión sorprendente. El profeta reconoce que Dios ha tocado profundamente su corazón y que, ante ese amor, él se ha dejado atraer. No se trata de una seducción que manipula o quita libertad. Al contrario, trae una profunda paz y deseo del bien, de la bondad y de la belleza que solo Dios puede ofrecer.
El profeta Oseas nos ofrece una imagen igualmente hermosa. Dios habla de su pueblo como de una esposa a quien quiere volver a conquistar: «La llevaré al desierto y hablaré a su corazón» (Os 2,16). Dios no se impone. Busca el corazón. Lo atrae, lo sana, lo vuelve a llamar a la alianza.
Mirando los profetas Jeremías y Oseas, podemos comprender que la opción por la castidad no es un camino que iniciamos porque seamos suficientemente fuertes, porque tengamos todo bajo control o porque hayamos alcanzado una perfección que nos permita responder adecuadamente. Comenzamos porque hemos sido amados, porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).
La castidad, entonces, puede ser comprendida como una respuesta a ese amor primero. Cristo nos atrae hacia sí y, al descubrirnos amados por Él, comenzamos a aprender una nueva manera de amar. No se trata simplemente de decir «no» a determinados deseos, sino de aprender a ordenar nuestro corazón hacia un amor más grande. La castidad es una virtud que nos hace libres porque nos libera de ser gobernados por nuestros deseos y nos permite vivir como lo que verdaderamente somos, hijos e hijas amados de Dios, llamados a amar y a entregarnos.
Esta llamada pertenece a todo cristiano. La castidad no es una virtud particular de quienes experimentan atracción hacia personas del mismo sexo; es una dimensión esencial de la vida cristiana. Pero para quienes viven la experiencia de la atracción hacia personas del mismo sexo, este camino puede estar marcado por luchas, renuncias y desafíos particulares. Precisamente por eso necesitamos recordar que nuestra historia no comienza con nuestra lucha, sino con el amor de Dios. Somos, antes que nada, personas llamadas por Cristo a la santidad.
Y aquí las cinco metas de Courage adquieren todo su sentido. No son simplemente cinco tareas que debemos cumplir, sino un camino concreto para responder, en la vida cotidiana, al amor de Aquel que nos amó primero. Vivir una vida casta significa aprender a amar con todo nuestro ser. La oración y la devoción nos ayudan a permanecer unidos a Cristo, reconociendo que no podemos vivir este camino únicamente con nuestras propias fuerzas. El compañerismo y la amistad nos recuerdan que Dios también nos sostiene a través de otras personas y que no estamos llamados a caminar solos. El acompañamiento pastoral de nuestros capellanes nos ofrece una ayuda concreta para discernir, perseverar y levantarnos cuando sea necesario. El buen ejemplo nos invita a permitir que nuestra propia vida se convierta en un testimonio de la obra de la gracia.
Esta fue una de las grandes invitaciones que recibimos en Mundelein: volver a descubrir que la castidad no es simplemente una lucha contra algo, sino una respuesta de amor a Alguien. El Señor continúa atrayendo nuestros corazones hacia Él. Continúa hablando a nuestro corazón. Continúa llamándonos a una libertad más profunda.
La pregunta, entonces, no es solamente de qué necesitamos liberarnos. Es también, ¿por quién queremos dejarnos seducir? Porque nuestro corazón siempre será atraído por algo. Y la verdadera libertad comienza cuando permitimos que sea el amor de Cristo quien tenga la última palabra sobre nuestro corazón.
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». También nosotros podamos hacer hoy nuestra esta oración de Jeremías. Dejar que Cristo nos atraiga, dejar que su amor transforme nuestros deseos y aprender, día a día, a responder a ese amor.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
Castidad: ¡La virtud que nos hace libres!
Castidad: ¡La virtud que nos hace libres!
P. Cristiano Soares*
La amistad con Dios: la primera relación de la vida
Hermanos y hermanas, antes de hablar sobre la castidad, quisiera hablar sobre aquello que existe en lo más profundo de todo corazón humano: el deseo de amar y de ser amado. Dios no nos creó para la soledad, sino para la comunión. Hay en cada hombre y en cada mujer una sed de pertenencia, una búsqueda de compañía y un anhelo de felicidad que ninguna criatura puede colmar plenamente.
Esta no es solamente una experiencia humana; es una verdad revelada. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que Dios creó al hombre por amor y para hacerlo participar de su propia vida bienaventurada. Nuestra existencia no comenzó por casualidad, sino en el amor. Antes de que nosotros lo buscáramos, Dios ya nos estaba buscando. Antes de que respondiéramos, Él ya había pronunciado nuestro nombre.
A partir de esta verdad, podemos comprender toda la historia de la salvación como la historia de un Dios que se acerca al hombre. Después del pecado, podríamos imaginar a un Dios distante, pero la primera iniciativa sigue siendo siempre suya: «Adán, ¿dónde estás?». A lo largo de la historia, Él llama a Abraham, guía a Moisés, habla por medio de los profetas y, en la plenitud de los tiempos, se hace hombre. En Jesucristo, Dios entra definitivamente en nuestra historia para permanecer con nosotros.
Toda la vida cristiana nace de esta cercanía. Antes de cualquier mandamiento existe un encuentro; antes de cualquier exigencia existe una amistad; antes de cualquier esfuerzo existe una gracia. Por eso, Jesús, en la Última Cena, no dice solamente: «Sed mis discípulos», sino: «Ya no os llamo siervos... os llamo amigos».
Quizás algunos de ustedes han llegado hasta aquí con cansancios, preguntas, caídas o profundas soledades. Si es así, quiero que guarden, antes de cualquier otra palabra, esta certeza: Cristo sigue deseando ser el primer amigo de su corazón. Él no permanece porque nunca hayamos fallado; permanece porque ama. Su fidelidad es más grande que nuestras debilidades.
Es la certeza de esta amistad la que da origen a todo lo que reflexionaremos en esta conferencia. La castidad no es el punto de partida de la vida cristiana; es el fruto de un corazón que ha descubierto un Amor más grande. Cuando Dios ocupa el primer lugar de nuestra existencia, los afectos, las relaciones, la sexualidad y toda la vida comienzan, poco a poco, a encontrar su verdadero orden. La castidad se convierte entonces en el brillo visible de un corazón que ha elegido permanecer cerca de Dios.
I. La castidad
Si Dios nos creó para vivir en amistad con Él, surge naturalmente una pregunta: ¿cómo aprendemos a vivir esta amistad? La respuesta de la Iglesia es sencilla: aprendemos la amistad con Dios aprendiendo a amar. Toda la vida cristiana es una escuela del amor. Dios no desea solamente personas correctas; desea hijos que amen como su Hijo ama.
Vivimos, sin embargo, en una época en la que la palabra «amor» se confunde frecuentemente con mero sentimiento, atracción o satisfacción personal. El Evangelio nos revela algo mucho más grande. Amar es querer sinceramente el bien del otro. Mientras el egoísmo pregunta: «¿Qué puede ofrecerme esta persona?», el amor pregunta: «¿Cómo puedo conducirla hacia el bien?». Así es como Cristo nos amó: no nos utilizó, sino que se entregó por nosotros.
Por eso, toda relación humana encuentra su medida en Cristo. Una amistad, un matrimonio, una fraternidad o cualquier otra relación será verdaderamente humana cuando ayude a las personas a caminar hacia Dios. El amor madura cuando deja de buscar solamente recibir y aprende a convertirse en don.
San Juan Pablo II decía que el hombre no puede encontrarse plenamente sino en el sincero don de sí mismo. Toda la historia de la salvación confirma esta verdad: Cristo salva entregándose, María responde ofreciéndose, los santos se vuelven fecundos entregando su propia vida por amor. El amor auténtico tiene siempre la forma de un don.
Es en este contexto que comprendemos también la pureza. Ella no consiste simplemente en evitar determinados pecados; consiste en poseer un corazón unificado, capaz de mirar al otro con respeto, libertad y reverencia. Un corazón puro no desea poseer, manipular o consumir; desea servir, proteger y hacer florecer la dignidad del otro. Por eso Jesús proclama: «Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios». Cuanto más se purifica el corazón, más se aprende a reconocer la presencia de Dios y la belleza de las personas.
También la sexualidad necesita ser comprendida desde esta perspectiva. La Iglesia nunca la ha considerado un mal, sino un don precioso del Creador. Ella pertenece a la identidad de la persona y manifiesta su capacidad de amar. Sin embargo, precisamente por ser tan valiosa, necesita estar integrada en la verdad del amor. Cuando la sexualidad se separa del amor, corre el riesgo de transformar a las personas en objetos; cuando permanece unida al amor, se convierte en un lenguaje de comunión y de donación.
Es en este punto donde encontramos la verdadera definición de la castidad. El Catecismo afirma que ella es la integración bien lograda de la sexualidad en la persona, realizando la unidad entre el cuerpo, la afectividad, la inteligencia, la voluntad y el espíritu. La castidad, por tanto, no es una negación de la sexualidad, sino su plena integración en el proyecto de Dios. No disminuye la capacidad de amar; la hace más verdadera, más libre y más fecunda.
Por eso, la castidad no nace del miedo, de la represión o de la simple fuerza de nuestra voluntad. Nace de un corazón que ha encontrado a Cristo y desea amarlo por encima de todas las cosas. Es una escuela de libertad, porque enseña a la persona a gobernar sus deseos, en lugar de ser gobernada por ellos. Quien aprende a ordenar sus afectos se vuelve capaz de amar con serenidad, fidelidad y paz.
Deseo dirigir, en este momento, una palabra muy particular a aquellos que experimentan atracción por personas del mismo sexo. Tal vez, a lo largo de la vida, algunos hayan pensado que la castidad era una condena o que Dios les pedía algo imposible. Quisiera afirmar, con toda convicción: la castidad nunca es un castigo; es un camino de libertad y de santidad. Dios no ama menos a quienes enfrentan mayores combates; al contrario, les ofrece gracias proporcionales a la misión que les confía.
Es en esta perspectiva donde comprendemos también el valor del celibato vivido por tantos miembros de Courage. El mundo suele definirlo por aquello a lo que renuncia; la Iglesia lo contempla por el amor que anuncia. La persona célibe dice, con toda su vida: «Cristo basta». Su corazón permanece disponible porque pertenece, ante todo, a Aquel que la llamó. Lejos de ser una existencia disminuida, se convierte en un testimonio luminoso de que Dios es suficiente y de que el Cielo ya ha comenzado a orientar toda su vida.
Nada de esto sería posible sin la gracia. Por eso Dios derrama en nosotros las virtudes teologales. La fe abre los ojos para reconocer su presencia; la esperanza sostiene el corazón en medio de los combates; y la caridad nos hace amar con el mismo amor de Cristo. Así, la castidad deja de ser solamente una disciplina moral para convertirse en la consecuencia natural de un corazón que ya ha comenzado a vivir orientado hacia el Cielo.
Así, al concluir este primer paso de nuestra reflexión, deseo que guardemos una única definición: la castidad es la respuesta libre de un hombre o de una mujer que, habiendo descubierto que es infinitamente amado por Dios, permite que ese amor unifique toda su vida y la transforme en un don para Dios y para los hermanos. Comprendida así, no empobrece el corazón; lo hace verdaderamente libre para amar como Cristo ama.
II. Perseverar en la esperanza
Si todo lo que hemos reflexionado hasta aquí es verdadero, quizás una pregunta esté surgiendo en el corazón de algunos de ustedes: si la castidad es tan bella, ¿por qué tantas veces parece tan difícil?
La respuesta no está en la castidad, sino en nuestra condición humana. Todos nosotros llevamos en nuestro interior las marcas del pecado, de la fragilidad y de las heridas de nuestra propia historia. El corazón desea amar, pero muchas veces experimenta afectos desordenados, miedos, soledad y cansancio. Precisamente por eso, la castidad no es solamente una virtud humana; es también una obra de la gracia de Dios.
Quiero dirigirme ahora, de manera muy particular, a cada uno de ustedes que experimenta atracción por personas del mismo sexo.
Una de las mayores tentaciones no siempre está relacionada con la castidad. Muchas veces es el desánimo. Es pensar que nunca será posible vivir plenamente el Evangelio. Es imaginar que Dios ha pedido algo imposible. Es preguntarse, quizás en silencio: «¿Por qué a mí? ¿Dios sigue amándome? ¿Puedo realmente ser santo?».
Estas preguntas no escandalizan a Dios. Muchos salmos nacieron de preguntas semejantes. Los santos también pasaron por ellas. El mismo Cristo, en la Cruz, entró en la profundidad del dolor humano. El problema nunca ha sido tener preguntas; el problema es llevarlas solo.
Cuando el sufrimiento permanece aislado, comienza a mentirnos. Nos hace creer que nadie comprende nuestra lucha, que nunca cambiaremos, que ya no vale la pena volver a empezar. Precisamente para vencer esta soledad, Dios nos da uno de los mayores dones de la Iglesia: la comunión.
El Apostolado Courage nació para recordar precisamente esta verdad. No nació para reunir personas definidas por una atracción, sino para reunir discípulos que han decidido poner a Cristo en el centro de su propia vida. Courage existe para recordar que ningún hijo de Dios necesita caminar solo.
Quizás esta sea su mayor riqueza. Aquí encontramos historias muy diferentes, pero una misma decisión: «Quiero pertenecer a Cristo». Esta es la verdadera identidad de cada miembro de Courage. Nuestra identidad más profunda no está en aquello que sentimos, sino en aquello que hemos recibido de Dios: somos hijos, bautizados, discípulos, llamados a la santidad y miembros del Cuerpo de Cristo.
Cuando esta verdad vuelve a ocupar el centro de la vida, comienza un lento proceso de integración. Cristo reúne aquello que el pecado ha fragmentado. Integra la inteligencia para pensar según el Evangelio, fortalece la voluntad para elegir el bien, educa los afectos para amar con libertad e ilumina la sexualidad para que sea expresión de comunión y no de esclavitud. Poco a poco, incluso el sufrimiento deja de ser un lugar de desesperación para convertirse en un lugar de encuentro con Dios.
Este camino exige paciencia. La santidad nunca sucede de una sola vez. Crece en la fidelidad cotidiana, en los pequeños comienzos de nuevo, en las victorias discretas y también en las caídas humildemente entregadas a la misericordia de Dios. No tengan miedo de volver a empezar. Dios nunca se cansa de aquellos que regresan a Él.
Es en esta perspectiva donde comprendemos también la belleza del celibato. El mundo suele verlo solamente como una renuncia; la fe lo contempla como una gran afirmación de amor. La persona célibe dice con su propia vida: «Cristo es suficiente». No porque desprecie el amor humano, sino porque ha encontrado un Amor capaz de dar sentido a toda la existencia.
Para muchos miembros de Courage, esta vocación se convierte en un testimonio profundamente bello. Ella recuerda al mundo que ninguna realidad de esta tierra es definitiva. Nuestro corazón fue creado para una comunión más grande. El Cielo no es solamente el destino de la vida cristiana; es la esperanza que orienta todas nuestras elecciones.
Quien pierde el Cielo de vista termina exigiendo de la tierra aquello que ella nunca podrá ofrecer. Pero quien mantiene los ojos fijos en Cristo aprende que la verdadera felicidad no consiste en satisfacer todos los deseos, sino en permitir que Dios realice en nosotros su proyecto de amor.
Así comprendemos que ustedes no están llamados solamente a resistir; están llamados a esperar. Esperar a Cristo. Esperar la plenitud del Reino. Esperar el día en que todo combate terminará y Dios será todo en todos.
Mientras ese día no llegue, sigan caminando. Sigan rezando. Sigan sosteniéndose unos a otros. Sigan comenzando de nuevo todas las veces que sea necesario. La Iglesia cree en ustedes porque cree en la fuerza de la gracia. Cristo cree en ustedes porque conoce la obra que puede realizar en un corazón que permanece abierto a su amor.
Y quisiera que ustedes nunca olviden esto: la santidad no consiste en no caer nunca; consiste en no dejar nunca de volver a Cristo. Cada combate vivido por amor, cada fidelidad silenciosa y cada nuevo comienzo sincero van haciendo, poco a poco, que nuestro corazón sea semejante al Corazón de Jesús. Esta es la gran esperanza que sostiene el camino cristiano y que hace de la castidad no una carga, sino un camino de libertad, de paz y de verdadera alegría.
III. Fortalecer a otros con el buen ejemplo
Hermanos y hermanas, después de todo lo que hemos reflexionado, deseo hacerles algunas preguntas finales: ¿Para qué realiza Dios todo esto en nuestra vida? ¿Por qué nos llamó a la amistad? ¿Por qué nos enseñó a amar? ¿Por qué nos sostiene en el camino de la castidad? ¿Sería solamente para nuestra santificación personal?
Ciertamente Dios desea nuestra santidad, pero su amor nunca permanece encerrado en nosotros. Toda obra de la gracia posee una fecundidad que va más allá de la propia persona. Cuando Dios transforma un corazón, comienza también a transformar el mundo a través de ese corazón. Precisamente esto es lo que significa dar testimonio.
Vivimos en una cultura en la que muchos imaginan que evangelizar consiste solamente en convencer a las personas por medio de argumentos. La doctrina es indispensable, pero el primer anuncio del Evangelio sigue siendo una vida transformada. Las personas pueden discutir nuestras ideas, pero difícilmente permanecen indiferentes ante alguien que vive con serenidad, esperanza y verdadera libertad.
Así fue desde el comienzo de la Iglesia. Los primeros cristianos no cambiaron el mundo porque fueran numerosos o influyentes. Cambiaron el mundo porque amaban de una manera diferente. Perdonaban de una manera diferente. Sufrían de una manera diferente. Esperaban de una manera diferente. Y esta diferencia tenía un único nombre: Jesucristo. También hoy Dios desea seguir realizando esta misma obra.
Quizás ustedes nunca hayan pensado en esto, pero una persona que vive la castidad por amor a Cristo se convierte en un signo profundamente elocuente del Evangelio. En una sociedad que identifica la libertad con la satisfacción inmediata de los deseos, la vida casta proclama silenciosamente que existe una libertad más grande: la libertad de amar según el corazón de Dios.
Este testimonio no nace de la superioridad moral, sino de la humildad. No consiste en juzgar a nadie, sino en dejar que la propia vida revele la belleza del Evangelio. La santidad nunca humilla; ella atrae. Cuando alguien encuentra a una persona profundamente reconciliada con Dios, surge espontáneamente una pregunta: «¿Qué sostiene esta vida?». Y esta pregunta abre un espacio para que Cristo sea encontrado.
A la luz de esto, nunca piensen que la fidelidad escondida de ustedes produce pocos frutos. Quizás nadie conozca las luchas que enfrentan, las renuncias que hacen o las lágrimas que derraman delante de Dios. Pero Dios las conoce. Y ningún acto de fidelidad vivido por amor permanece estéril. Cada combate enfrentado con esperanza ilumina discretamente el mundo. Cada nuevo comienzo proclama que la misericordia es más grande que el pecado. Cada gesto de castidad anuncia que Cristo sigue transformando los corazones. Así nace la santidad.
Los santos no fueron personas sin combates; fueron hombres y mujeres que aprendieron a permanecer con Cristo en medio de todos los combates. La santidad no es ausencia de debilidad, sino perseverancia en la gracia. Es dejar que Dios realice, lentamente, aquello que nosotros jamás podríamos realizar solos.
En este camino existe un don precioso que el Señor concede al Apostolado Courage: la amistad cristiana.
Desde el inicio de esta reflexión hemos contemplado la amistad de Dios con nosotros. Ahora comprendemos que esta amistad genera otra igualmente bella: la amistad entre hermanos que caminan hacia el Cielo.
Courage es un grupo de apoyo y mucho más. Es una pequeña comunidad de discípulos que aprenden a cargar juntos la propia cruz. Aquí nadie necesita luchar solo. Aquí aprendemos a rezar unos por otros, a sostenernos mutuamente, a corregir con caridad, a alegrarnos con las victorias de los hermanos y a comenzar de nuevo juntos cuando alguien desfallece.
Cuiden esta amistad. Cultívenla. El mundo necesita contemplar relaciones construidas sobre la verdad, la caridad y la fidelidad. En una sociedad marcada por tanta soledad, las amistades auténticamente cristianas se convierten en uno de los testimonios más bellos de la presencia de Cristo.
Movido por esta certeza, les pido: ¡No escondan aquello que Dios está realizando en ustedes! ¡No escondan la esperanza que han recibido! ¡No escondan la paz que experimentan! ¡No tengan miedo de decir que Cristo ha cambiado sus vidas!
Es posible que muchas personas jamás lean el Catecismo o un documento de la Iglesia. Es posible que nunca conversen con un sacerdote. Pero encontrarán a ustedes. Y, al encontrarse con ustedes, podrán encontrar a Cristo. Recuerden las palabras del Señor: «Ustedes son la luz del mundo».
La luz no existe para llamar la atención sobre sí misma; existe para iluminar. No hace ruido, no compite por espacio, no agrede. Simplemente permanece unida a su fuente y, por eso, vence la oscuridad. También ustedes están llamados a ser esta luz:
- No porque sean perfectos, sino porque Cristo vive en ustedes.
- No porque nunca hayan sufrido, sino porque descubrieron que ningún dolor es más grande que el amor de Dios.
- No porque todas las luchas hayan terminado, sino porque aprendieron que la gracia siempre llega antes que el desaliento.
En definitiva, esta es la gran obra de la gracia: la amistad con Dios se convierte en comunión; la comunión transforma el corazón; el corazón transformado se convierte en testimonio; el testimonio se hace misión; y la misión conduce a la santidad.
Por eso, nunca reduzcan la castidad a una simple norma moral. Es mucho más que eso. Es una manera concreta de decir cada día: «Señor, te pertenezco». Es una forma de amar como somos amados. Es un camino de comunión. Es una anticipación de la libertad y de la alegría del Cielo.
Cuando un hombre o una mujer elige vivir de este modo, quizá sin darse cuenta, comienza a reflejar en el mundo el mismo rostro de Cristo.
«Permanezcamos fieles hasta el final»
Al concluir esta conferencia, quizá sea oportuno recordar el camino que hemos recorrido juntos.
Comenzamos contemplando a un Dios que toma la iniciativa de amar. Descubrimos que nuestra vida nace de un encuentro, de una amistad que Cristo nos ofrece. Después comprendimos que la castidad no es una negación del amor, sino su madurez; no es una carga impuesta por Dios, sino un camino de libertad para un corazón que ha aprendido a amar como Cristo ama. Vimos también que este camino, aunque exigente, nunca se recorre en soledad. La gracia de Dios, la vida sacramental, la oración, la amistad cristiana y la comunión vivida en el Apostolado Courage sostienen a quienes desean permanecer fieles al Evangelio.
Todo esto nos conduce a una sola palabra: fidelidad. La fidelidad de un corazón que ha elegido permanecer en Cristo.
Aquí conviene recordar una verdad aún más consoladora: nuestra fidelidad nunca comienza en nosotros; nace de la fidelidad de Dios. Antes de que nosotros lo eligiéramos, Él nos eligió. Antes de que nosotros lo amáramos, Él nos amó. Antes de que nosotros permaneciéramos en Él, Él permaneció con nosotros. Esta certeza es la que sostiene toda la vida cristiana.
Y, antes de concluir, si me lo permiten, quisiera dirigir nuestra mirada hacia un grupo de jóvenes que sigue iluminando a la Iglesia hasta el día de hoy: ¡los Mártires de Uganda!
El tres de junio de mil ochocientos ochenta y seis, en Namugongo, un grupo de cristianos avanzaba serenamente hacia el martirio.
Eran jóvenes. Tenían sueños y proyectos. Tenían miedo, como cualquier ser humano. Podían salvar la propia vida. Bastaba con renunciar a Cristo y someterse a las exigencias injustas del rey Mwanga. Algunos de ellos fueron perseguidos precisamente porque se negaron a participar en actos impuros que les eran impuestos. Prefirieron perderlo todo antes que perder a Cristo.
Mientras las llamas comenzaban a envolver sus cuerpos, uno de ellos pronunció un grito que atravesó los siglos: «Digan a los Padres que permanecimos fieles hasta el fin».
¡Qué fuerza encierran estas palabras!
No dijeron: «Digan que fuimos fuertes».
Tampoco dijeron: «Digan que vencimos».
Ni siquiera dijeron: «Digan que nunca tuvimos miedo».
Simplemente dijeron: «Permanecimos fieles hasta el fin».
Hermanos, quizá Dios no nos pida el martirio del fuego, pero ciertamente nos pide, cada día, el martirio silencioso de la fidelidad: la fidelidad en las pequeñas decisiones, la fidelidad cuando nadie nos ve, la fidelidad después de las caídas, la fidelidad cuando el corazón está cansado, la fidelidad cuando el mundo nos dice que sería más fácil abandonar el Evangelio.
Es esa fidelidad escondida la que va configurando lentamente nuestro corazón con el Corazón de Cristo.
Sin embargo, nunca lo olviden: los Mártires de Uganda no permanecieron fieles porque fueran más fuertes que nosotros; permanecieron fieles porque Dios permaneció fiel a ellos.
También nosotros no caminamos sosteniendo a Dios. Es Dios quien nos sostiene. No somos nosotros quienes aferramos con firmeza la mano de Cristo; es Cristo quien jamás suelta nuestra mano.
Por eso san Pablo pudo escribir con tanta esperanza: «Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo».
Quizá mañana continúen los combates, quizá permanezcan algunas lágrimas, quizá todavía haya días de cansancio y de lucha; pero hay también una promesa que ninguna dificultad puede destruir: la fidelidad de Dios será siempre más grande que nuestra fragilidad.
Por eso, en su vida cotidiana, en sus combates diarios, en el hogar, en el trabajo y en cada una de las circunstancias de la vida, quisiera que se llevaran consigo no solo esta reflexión, sino también un propósito de vida:
Que cada mañana comience con una sencilla oración: «Señor, sostenido por tu gracia, quiero permanecer fiel hoy».
No pidan la fidelidad de toda una vida; pidan la fidelidad de hoy. Vivan un día a la vez.
Amen un día a la vez. Vuelvan a empezar un día a la vez. Porque así es como Dios forma a los santos. Así es como forma corazones libres. Así es como conduce sus hijos al Cielo.
Y, cuando termine la peregrinación de esta vida, espero que también nosotros podamos presentarnos ante el Señor con la misma sencillez de aquellos mártires y decir:
«Señor, sostenidos por tu gracia, permanecimos fieles hasta el fin».
E imagino que el mismo Cristo, que permaneció fiel hasta entregar su vida en la Cruz y que continúa siendo fiel en la Eucaristía, nos recibirá con aquellas palabras que todo discípulo anhela escuchar:
«Muy bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor».
¡Que los Santos Mártires de Uganda intercedan por nosotros!
¡Que la Santísima Virgen María nos enseñe a guardar a Cristo en nuestro corazón!
¡Que san José nos fortalezca en la perseverancia silenciosa!
Y que el Espíritu Santo haga crecer en nosotros, día tras día, aquello que hoy renovamos delante de Dios: la amistad con Cristo, la alegría de la castidad, la esperanza del Cielo y la valentía de permanecer fieles.
Amén.
*El P. Cristiano Soares es capellán de Courage en la Arquidiócesis de Brasilia, Brasil, desde el 2016.
Si es tu voluntad, Señor (Qué ocurre con Paul Darrow)
Si es tu voluntad, Señor
(Qué ocurre con Paul Darrow*)
Cuando me estaban filmando para un episodio del programa Living Divine Mercy [Viviendo la Divina Misericordia], de EWTN, la primavera del año pasado, mi voz comenzó a ponerse cada vez más ronca. Me disculpé con Michael, el camarógrafo, y le dije que esa no era mi voz normal. Poco después, dije algo que nos sorprendió a ambos. Le dije a Michael que creía que esa sería la última entrevista que daría en mi vida y que ya no sería un orador católico. Cuando me preguntó por qué creía eso, le respondí tímidamente, «No sé por qué, solo lo sé».
Una tarde, varios días después, sentí el deseo de rezar frente a la pintura de la Divina Misericordia que hacía poco había comprado para la pared de mi habitación. Pero cuando mis ojos se fijaron en la imagen de Jesús y estaba a punto de comencé a rezar, me llené de un asombro inocente por los pensamientos e imágenes que cruzaban por mi mente. Pensé en cómo esa imagen con las palabras «Jesús en Ti confío» plasmadas en una estampita de oración me había dado la valentía para compartir mi testimonio públicamente por primera vez hace 12 años. Y reflexioné sobre las maneras, aparentemente sobrenaturales, en que había sido salvado de sufrir heridas e incluso la misma muerte, cuando mi madre planeaba terminar con mi vida en su vientre.
También visualicé las caras de algunas personas que no solo habían tenido un gran impacto en mi vida, sino que también habían dado ejemplo de lo que significa sufrir con dignidad y gracia. Una de ellas fue la querida Madre Angélica, quien a menudo sufrió largos periodos de dolor extremo. Otra fue mi buena amiga Joanne, quien pasó décadas lidiando con los dolorosos efectos del lupus que alteró toda su vida. Pero, a pesar de su sufrimiento, ambas tuvieron una alegría indudable en su corazón y un brillo singular en su mirada cuando sonreían, reían y se preocupaban por las almas de los demás, dando gloria a Dios.
Luego fijé mi mirada en el crucifijo que estaba en la misma pared. Aunque no podía imaginar plenamente la magnitud de lo que Jesús sufrió como consecuencia de su amor sacrificial, tenía imágenes mentales claras de Nuestro Señor sufriendo y muriendo en la cruz. Estas imágenes llenaron mis ojos de lágrimas y me hicieron pensar en lo poco que había sufrido yo físicamente, más allá de las brutales golpizas que sufrí cuando era niño. Con estos pensamientos e imágenes aún frescas en mi mente, comencé a rezar. ¡Y vaya oración!
Mi intención era expresarle mi gratitud a Dios. Sin embargo, cuando comencé a rezar, me interrumpió un sentimiento eufórico de puro amor que parecía fluir por todo mi cuerpo. Como quería participar activamente de ese don de amor, en ese momento decidí entregarle mi corazón y todo mi cuerpo a Jesús. Así que le dije en oración: «Jesús, rara vez he sufrido el dolor físico, pero si es tu voluntad, estoy listo para aceptar el sufrimiento y honrar así tu sufrimiento en la cruz. Y si es tu voluntad, que mi sufrimiento sea una ofrenda para el bien de los demás y las almas del purgatorio. Y, mi amado Señor, si he de sufrir, por favor ayúdame a sufrir con gracia y dignidad, alegremente como hizo la Madre Angélica».
El amor indescriptible que sentí aquella tarde nunca me ha dejado desde entonces, al igual que el sufrimiento que apareció poco después. Habiendo pasado algunas semanas, di positivo a la prueba de lupus. Luego, una biopsia confirmó que tenía vasculitis leucocitoclástica, también. En las semanas siguientes, pruebas de escáner mostraron que tenía cicatrización en mis pulmones y una calcificación cardiaca anormal. En el otoño se confirmó que tengo siringomielia, síndrome de Raynaud y algunos otros problemas de salud. Aunque actualmente un neurólogo me está tratando la miastenia gravis, mi otra neuróloga me ha programado para hacerme otro examen doloroso, porque cree que aún no podemos descartar una esclerosis lateral amiotrófica (ELA).
¡Pero esperen, aún hay más! Ya que los músculos de mi garganta se debilitan cada vez más, solamente puedo tragar líquidos ligeros. Y lo que me resulta más difícil es que mi epiglotis ya no cierra para bloquear lo que trago, ni siquiera mi saliva, por lo que va directo a mi tráquea. Esto significa que podría aspirar y asfixiarme en cualquier momento. Además, se supone que debo evitar hablar para cuidar mi débil voz. Pueden imaginarse lo mal que me está yendo con esto último.
Sin embargo, estas son las buenas noticias: Dios nos escucha; puedo ofrecerle ahora sufrimiento real; nunca había sentido una alegría ni un amor tan consistente en mi corazón; y nunca me había sentido tan cerca de Dios desde que pasé la Hora de la Misericordia completa, de rodillas, junto a la cama de la Madre Angélica.
«Pongo ante mí al señor sin cesar; con Él a mi derecha, no vacilo».
-Salmo 16, 8
*Paul Darrow, es miembro de Courage desde hace varios años. También es uno de los protagonistas del documental Deseo de los collados eternos que presenta el retrato íntimo y sincero de tres católicos que intentan navegar las aguas del conocimiento de sí mismos, la fe y la homosexualidad. Puedes ver el documental con subtítulos en español aquí.
Santa Mónica nos enseña a permanecer en la oración
Santa Mónica nos enseña a permanecer en la oración
* Por Yara Fonseca
Este mes, al celebrar con gratitud un nuevo aniversario de EnCourage, queremos detenernos ante Santa Mónica, quien acompaña de manera especial nuestra misión. Su vida nos habla de la perseverancia en la oración, pues Mónica fue una mujer que supo esperar, confiar y permanecer. Durante años llevó ante Dios el corazón de su hijo Agustín, sin dejarse vencer por las apariencias ni por el cansancio. Su historia nos recuerda que hay momentos en los que amar a alguien significa, sencillamente, ponerlo una y otra vez en las manos de Dios.
Inspirados por esta oración confiada, vamos a recorrer algunas de las catequesis del Papa Benedicto XVI dedicadas a la oración de intercesión. Al hablar de Abraham y de su intercesión por Sodoma, nos presenta una imagen muy profunda del corazón del intercesor. Abraham, dice el Papa, «se abre a la realidad y a las necesidades del mundo, reza por los que están a punto de ser castigados y pide que sean salvados». Y, al concluir aquella catequesis, nos deja una invitación que podemos recibir también nosotros: «en la oración diaria sepamos desear la salvación de la humanidad y pedirla con perseverancia y con confianza al Señor, que es grande en el amor» (Benedicto XVI, Audiencia general, 18 de mayo de 2011).
Abraham no permanece indiferente ante el destino de los demás. Su amistad con Dios ensancha su corazón. Cuanto más se acerca a Dios, más capaz se vuelve de llevar ante Él las necesidades de otros. Algo semejante vemos en Santa Mónica. Su oración por Agustín no era simplemente el deseo de que su hijo tomara un determinado camino. Era el deseo mucho más profundo de que Agustín encontrara a Dios, la verdad y la vida. Mónica aprendió a confiar a Dios aquello que ella no podía resolver por sí misma.
Esta es una de las bellezas de la oración de intercesión, ya que no significa intentar controlar la vida de otra persona a través de nuestras peticiones. Significa entregarla. Significa decirle al Señor: «Yo no puedo llegar hasta el corazón de esta persona, pero Tú sí. Yo no puedo ver lo que está sucediendo en su interior, pero Tú lo conoces. Yo no puedo cambiarla, pero confío en tu gracia».
En otra de sus catequesis, Benedicto XVI se detiene en Moisés, otro gran intercesor. Moisés ama profundamente al pueblo que Dios le ha confiado y, precisamente por eso, permanece delante de Dios suplicando por él. Benedicto XVI nos ofrece una frase que ilumina de manera especial el corazón de Santa Mónica: «Amor a los hermanos y amor a Dios se compenetran en la oración de intercesión, son inseparables». Y continúa: «Moisés, el intercesor, es el hombre movido por dos amores, que en la oración se sobreponen en un único deseo de bien» (Benedicto XVI, Audiencia general, 1 de junio de 2011).
Podríamos decir que Santa Mónica también fue una mujer movida por dos amores que se hicieron uno. Amaba a Dios y amaba a su hijo; y precisamente porque amaba a Dios, quería para Agustín el verdadero bien. Sus lágrimas no fueron una expresión de desesperación, sino una forma de esperanza. Mónica sabía que Dios podía hacer aquello que ella no podía hacer.
Las Sagradas Escrituras nos invitan constantemente a vivir esta dimensión de la oración. San Pablo escribe que «ante todo recomiendo que se hagan súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres» (1 Tim 2,1) y Santiago nos exhorta «Orad unos por otros» (St 5,16). La oración cristiana nunca nos encierra en nosotros mismos. Cuando aprendemos a orar de verdad, nuestro corazón comienza a llevar también los nombres, las heridas, las esperanzas y las necesidades de los demás.
Benedicto XVI lo expresa con mucha claridad al reflexionar sobre la oración de san Pablo y nos enseña que «la oración […] no permanece nunca cerrada en sí misma, nunca es sólo oración por mí, sino que se abre a compartir los sufrimientos de nuestro tiempo, de los demás. Se transforma en intercesión por los demás» (Benedicto XVI, Audiencia general, 16 de mayo de 2012). La intercesión, entonces, no es algo añadido a nuestra vida cristiana. Es una expresión de un corazón que ha aprendido a amar.
Nosotros podemos interceder porque Cristo mismo intercede por nosotros. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que «la intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres» (CEC, 2634). Nuestra oración se une así a la oración de Cristo. Cuando pronunciamos ante Dios el nombre de una persona que amamos, no estamos solos. Cristo mismo nos precede y sostiene nuestra súplica.
Quizás por eso la perseverancia sea tan importante. A veces rezamos y no vemos cambios. Pedimos y la situación parece permanecer igual. Ponemos a una persona en las manos de Dios y, al día siguiente, todo parece exactamente como antes. Es precisamente entonces cuando Santa Mónica se convierte en nuestra maestra. Ella nos enseña que la oración no consiste en ver inmediatamente resultados, sino en permanecer fieles al amor.
Podemos preguntarnos hoy: ¿Por quién estoy rezando? ¿Quién necesita hoy de mi perseverancia? ¿Hay alguna persona que Dios me está pidiendo amar por medio de mi oración?
Santa Mónica nos enseña que interceder es permanecer. Permanecer cuando no vemos resultados. Permanecer cuando no sabemos qué decir. Permanecer cuando solamente podemos repetir delante de Dios el nombre de una persona y confiar.
En este mes de aniversario de Encourage, pidamos a Santa Mónica que nos enseñe nuevamente a orar sin cansarnos, a confiar sin querer controlar y a amar sin condiciones. Siguiendo su ejemplo, pidamos la gracia de convertirnos cada día un poco más en hombres y mujeres de intercesión y que vivamos en la esperanza de que, aunque nosotros no podamos verlo, la gracia de Dios nunca deja de trabajar.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
La valentía es dolorosa
La valentía es dolorosa
Garrett D. Johnson*
«Los insensatos pensaban que habían muerto, y consideraban su tránsito como una desgracia, y su salida de entre nosotros, una ruina, pero ellos están en paz» (Sabiduría 3, 2-3).
El 5 de mayo, se publicó el informe sinodal final del grupo de estudio número 9. Aunque no se enfocó completamente en el tema de la identidad y la atracción hacia el mismo sexo, hablaré sobre las partes que se enfocan en estos puntos. Se utilizaron tres palabras para describir a quienes sirve el apostolado Courage, así como al apostolado en sí mismo: «solitarios», «deprimidos» y «ocultos». A primera vista, estas palabras parecen tener una connotación negativa, especialmente cuando se ven a través de la mirada de los necios. Nos describen, a quienes sirve el apostolado, como muertos, en cierta manera; y no dudo que eso les parezca.
Pero las apariencias engañan. Para quienes hemos elegido este camino, la verdad es diferente. La vida de quienes experimentamos atracción hacia el mismo sexo y seguimos las enseñanzas que la Iglesia nos invita a abrazar, es una vida de sacrificio que puede ser alegre. «Según sea el carácter del hombre», dijo Aristóteles, «así le parecerán las cosas» (P. Matthew Kauth, La imitación de san José).
El P. James B. Lloyd, C.S.P., uno de los capellanes del apostolado en la Ciudad de Nueva York, que murió a la edad de 103 años, era conocido por preguntarle a los nuevos miembros: «¿Están listos para sufrir?» El P. Benedict Groeschel, C.F.R., escribió en la introducción del libro La persona homosexual [The Homosexual Person], escrito por el P. John Harvey, O.S.F.S., fundador de Courage, que «El verdadero amor debe ser duro a veces porque busca algo para el Amado que está más allá de las apariencias y que es mucho más radical que las necesidades y los deseos del momento pasajero». Asimismo, el P. Harvey dijo que una vida de «oración y la práctica de un plan ascético de vida» es esencial para nuestra salvación. Esta es la realidad a la que quienes elegimos unirnos a Courage decimos sí o no.
Courage es el apostolado de la Iglesia Católica para quienes experimentamos atracción hacia el mismo sexo y elegimos seguir las enseñanzas de la Iglesia. Valientemente elegimos esto en vez de dejarnos llevar por nuestros sentimientos y la mentira de que estos nos definen. Este apostolado ha servido silenciosamente a nuestra comunidad por más de 40 años, ayudándonos a buscar la santidad viviendo las Cinco Metas y los 12 pasos de Courage, que pueden encontrarse en nuestro sitio web: Couragerc.org. El Papa León expresó recientemente su apoyo al apostolado y a nuestro estilo de vida, una vida de formación sacrificial.
La vida es una formación para la eternidad. El tiempo que pasamos aquí en la tierra es un titileo en el radar comparado con la inmensidad inimaginable de la eternidad en la que nuestras almas y, eventualmente, nuestros cuerpos, vivirán. Si no se comprende esto, las pruebas de la vida parecen algo contra lo que hay que luchar y aliviar a toda costa.
Esto explica mucho de la falsa compasión y el relativismo que ha permeado a la sociedad y a la Iglesia en lo que a sexualidad se refiere. También explica la mentalidad detrás de los comentarios sobre Courage y sus miembros, que aparecen en el documento. Traiciona a la realidad, que se muestra claramente en el Antiguo y Nuevo Testamento: «¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero?; como el esclavo, suspira por la sombra; como el jornalero, aguarda su salario» (Job 7, 1-2). «Entonces decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”» (Lucas 9, 23).
La cruz es un instrumento de tortura, así de claro.Fue creado para matar lenta y dolorosamente. No hay comodidad ni bondad en ella. La guerra —tanto en el tiempo en que se escribieron los libros de la Biblia, así como ahora— es brutal, sangrienta, desmiembra y deja cicatrices psicológicas. En ningún lado se dice que nuestro breve tiempo en la tierra, como discípulos, deba ser cómodo y reconfortante. Esa es una mentira del enemigo que susurranmuchas almas bien intencionadas, incluyendo aquellas citadas en este documento.
Quienes experimentamos atracción hacia el mismo sexo tenemos las palabras claras de la Escritura para guiarnos a saber que nuestros deseos no coinciden con la manera en que estamos llamados a vivir como seguidores de Cristo. Así pues, tenemos dos opciones: o seguimos el camino estrecho trazado para nosotros, o seguimos a quienes, a través de este documento sinodal, nos susurrarán al oído y continuarán la despreciable obra del P. James Martín y sus cómplices para desviarnos del camino, bajo la apariencia de compasión, comprensión y misericordia.
La referencia sobre la terapia reparativa en el reporte sinodal no es precisa. La persona que lo incluyó en el informe podría, simplemente, haberse comunicado con alguien del apostolado para darse cuenta de que eso no es verdad; en vez de eso, eligió perpetuar un estereotipo de nuestra comunidad. Parece probable que esto haya ocurrido para difamar y menoscabar nuestro apostolado.
Como escribí recientemente en un artículo para Crisis, «Gracias a Dios por la Terapia reparativa» [“Thank God for Reparative Therapy”], Courage no promueve terapias de ningún tipo, sino que sigue un modelo de acompañamiento. Como también dije en ese artículo, la terapia ha hecho un gran bien en mi vida. Así que, si bien Courage no la promueve, yo la recomiendo abiertamente de todo corazón.
Solitarios. Esto es un hecho en la vida de muchos que experimentan atracción al mismo sexo dentro y fuera del apostolado. La soledad que experimentamos tiene dos caras. Primero, surge al darnos cuenta de que somos diferentes de la mayoría de los hombres y las mujeres en la sociedad. No son solo nuestras atracciones las que nos hacen diferentes, sino también las heridas psicológicas subyacentesque muchos, si no es que la mayoría de nosotros cargamos. Uno de los sacerdotes asociados a Courage me dijo una vez que no tenía idea de que se iba a encontrar con tanta enfermedad mental cuando fue nombrado capellán. Esto no es algo que se hable a menudo, desafortunadamente, pero es la realidad.
Fuera de la actividad sexual, muchos de nosotros no sabemos cómo interactuar sana y maduramente con personas del mismo sexo. Esto genera soledad. El otro aspecto de nuestra soledad surge de que hemos elegido no involucrarnos en relaciones románticas con personas del mismo sexo.
Por eso, en nuestra soledad, podemos acercarnos a Cristo y unir nuestro sufrimiento al suyo. De ninguna manera digo esto para minimizar el dolor de nuestra soledad, sino para recordarme a mí mismo y a otros que podemos decidir cómo vivirlo yqué hacer con nuestro dolor.
La segunda palabra fue «deprimidos». No niego que la depresión sea un problema para muchos miembros del apostolado Courage. Diría que la condición psicológica de la depresión constituye un problema para muchas personas que abrazan las identidades LGBTQ+. Habiendo vivido como un hombre gay por más de 10 años —trabajando en el sector más gay de lo que se ha convertido en una ciudad que afirma y promueve mucho lo gay, Washington, D.C., por más de 30 años—puedo dar fe de ello. La mayoría de las personas gay que he conocido toman medicamentos psiquiátricos o se automedican con alcohol, drogas u otros comportamientos adictivos.
Lo mismo podría decirse de muchas personas que sienten atracción por personas del sexo opuesto. Si tomara un grupo de mujeres y les preguntara cuántas se sienten deprimidas o solas y digamos que el 10 por ciento respondiera afirmativamente, ¿eso significaría que las mujeres como categoría de personasestán deprimidas? No. Las personas que experimentan atracción hacia el mismo sexo tienen más problemas mentales en general, como han mostrado varios estudios disponibles en el sitio web de la Asociación Americana de Psiquiatría, ya sean miembros de Courage o no.
También está la realidad de que muchas personas viven con depresión sin saberlo y se han acostumbrado a ella. Quizás no reconocen la depresión porque muchas personas a su alrededor muestran un comportamiento similar, haciéndolo parecer normal. Nuevamente, esta es una cruz que estamos invitados a cargar. Solo quienes pierden de vista la naturaleza formativa de la vida en la tierra, como suele pasarme a mí también a veces, ven esto como algo injusto. La depresión puede tratarse si nos dejamos tratar. Si no, sufriremos —pero no porque no podamos elegir verla y vivirla de manera diferente.
La depresión con la que muchos de los miembros de Courage luchamos no es causada por vivir la invitación a la castidad, sino por no abrazarla plenamente junto con las Cinco Metas y los 12 pasos. Muchos de nosotros no llevamos una vida espiritual profunda o no tenemos amigos castos del mismo sexo. No nos entregamos a Cristo, no examinamos nuestra conciencia ni dejamos atrás los resentimientos. No es fácil vivir todo esto, pero fue precisamente la falta de voluntad para buscar la ayuda de los demás y hacer el trabajo necesario —no mi esfuerzo por vivir una vida casta y pura— lo que ocasionó mucha de mi depresión.
Sin una relación cada vez más profunda con Cristo y su Iglesia —y sinamigos a través de los cuales experimentar esa relación— muchas personas terminan deprimidas, ya sean gays o no, dentro o fuera de Courage. Para mí, como para otros, la depresión se manifiesta al estar en la delgada línea entre la castidad y la impureza.
La tercera palabra es «ocultos». Me resulta gracioso que la naturaleza un tanto reservada del apostolado se presente como si fuese el resultado de la manera en que el apostolado nos invita a vivir en vez de las ideas y el lenguaje de quienes armaron este documento. Ya es suficiente que la sociedad nos vea como homosexuales que se odian a sí mismos, pero que nuestra propia Iglesia hable de nosotros como lo hace al publicar este documento, realmentenos pone a muchos de nosotros en las sombras.
Courage también funciona de manera oculta para proteger el anonimato de aquellos miembros del apostolado que, por sus propios motivos, prefieren no hacer público este aspecto de sus vidas. Esto no es nada de lo que deban avergonzarse. Dios no habló en el fuego ni en el terremoto, sino en la voz tranquila y silenciosa que apenas se percibe. Así es el apostolado. Para servir a quienes más lo necesitamos, deben andar con cuidado, confiados en la guía del Espíritu Santo para guiar, a su vez, a quienes desean recibir lo que el apostolado ofrece.
Solitarios como Jesús. La depresión es un desafío y una cruz. Ocultos para servir. Tres palabras que buscan avergonzar y menospreciar, pero en lugar de eso iluminan a los grandes guerreros de Cristo en los quenosotros, en el apostolado, tenemos la oportunidad de convertirnos. Abracemos estas partes de nuestras cruces en vez de rechazarlas, como esperarían quienes armaron este documento. Besemos las cruces de nuestra soledad, depresión y vida oculta, como Cristo besó la suya, para convertirnos en los santos que nuestra Iglesia y el mundo, de la que ella es el corazón, necesitan.
La Iglesia no está aquí para llamarnos, caminar con nosotros, o invitarnos a vivir una vida fácil. La Iglesia está aquí para caminar con nosotros hacia la grandeza de ser divinizados y, para todos, eso implica distintos grados de dificultad. Algunos niños nacen perfectamente sanos, algunos nacen con defectos físicos y otros niños nacen y solo viven 20 minutos. Algunos matrimonios son más fáciles que otros. Algunas amistades son más fáciles que otras. Estos diferentes grados de dificultad no indican que las personas no debieran haber nacido, que no debieran haberse casado o que no debieran haber tenido amigos; solo significa que las personas cuyas situaciones son más difíciles están llamadas a un mayor sacrificio que conlleva una mayor dificultad.
Este es el mensaje que la Iglesia debe dar, no el mensaje de convertir nuestra cruz en un placer. Vivir con atracción hacia el mismo sexo negándome a mí mismo los placeres físicos y emocionales que me gustarían, es muy difícil. A veces desearía no tener que cargar esa cruz. Pero, gracias a Dios, tengo sacerdotes a mi alrededor que me han disuadido de tomar el camino fácil y que han caminado conmigo por el camino difícil.
«Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Salmo 127, 1).
La vida no es un paseo entre tulipanes. No es arcoíris, chispitas y golosinas. A menudo es una caminata trabajosa. Morir a uno mismo, que es a lo que cada uno de nosotros, discípulos de Cristo, estamos llamados, es realmente morir; no es una metáfora. Es una muerte interior que, a menudo, es desagradable por no decir dolorosa. Vista apropiadamente como un tiempo de formación para la eternidad con Jesús, el Señor construyendo nuestra casa y guardando nuestra ciudad, entonces la caminata vale la pena y puede incluso convertirse en alegría. Si no, entonces se convierte en lo que describieron quienes hablaron de Courage en el informe.
Esto no es culpa del apostolado ni de tratar de vivir una vida casta, sino de quienes eligen experimentarlo de esa manera y de los sacerdotes, religiosos y laicos que alientan esta visión distorsionada de las cosas. Los grandes santos experimentaron tristeza, soledad y una vida oculta en momentos de sus vidas. No se regodearon en su tristeza dejando que llegara al grado de una depresión. No recurrieron a placeres desordenados. No se alejaron de la Iglesia. Abrazaron su cruz. Quienes elegimos ser parte de Courage, elegimos lo mismo que ellos.
*Garrett D. Johnson nació en Washington, D.C., y creció en el seno de una familia católica en Maryland. Dejó la Iglesia casi al final de su adolescencia y llevó un estilo de vida hedonista que incluyó drogas, videojuegos, y una vida abiertamente gay hasta que volvió al catolicismo alrededor de los 40 años. Es un blogger (su sitio web se llama Becoming a Good Man), también es estilista y miembro del apostolado Courage. En el 2025 publicó su autobiografía titulada: Becoming a Good Man [disponible en inglés].
Este artículo se publicó originalmente en Crisis Magazine y fue traducido al español por el equipo de Courage Internacional.
Del Corazón de Cristo brotan las virtudes
Del Corazón de Cristo brotan las virtudes
Por Yara Fonseca*
Hay ideas que parecen concluir cuando se pone el punto final a un escrito, otras permanecen discretamente en la punta del lápiz o, mejor dicho, en las teclas de nuestro computador, ese lápiz contemporáneo con el que seguimos rumiando las ideas y compartiendo aquello que el Señor va suscitando en nuestro corazón.
Así ha sucedido con la reflexión del mes pasado sobre Courage, la virtud de la fortaleza y el Corazón de Jesús. Al contemplar cómo el verdadero coraje (valentía/valor) cristiano brota de ese Corazón que ama con fidelidad hasta el extremo, quedó resonando una intuición que hoy quiere encontrar palabras: el Corazón de Cristo no es solamente fuente de fortaleza. Es fuente inagotable de toda virtud.
La tradición de la Iglesia reconoce cuatro virtudes llamadas cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que son “virtudes humanas que desempeñan un papel fundamental. Todas las demás virtudes se agrupan en torno a ellas” (CEC 1805). Son, por así decirlo, los ejes sobre los que se sostiene la vida moral del cristiano.
La razón es sencilla y profunda a la vez. Nadie puede amar un bien que no conoce, ni perseverar en un camino que no sabe adónde conduce. Antes de actuar, es necesario ver. Antes de resistir, es necesario comprender. La prudencia es precisamente esa capacidad de reconocer la realidad tal como es y discernir, a la luz de Dios, el bien concreto que debemos realizar.
El Catecismo añade que la prudencia es la virtud que “dispone la razón práctica a discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo” (CEC 1806). No es cautela excesiva ni temor disfrazado, sino inteligencia del corazón que sabe leer la realidad con verdad.
Joseph Pieper, comentando a Santo Tomás de Aquino, recuerda que la prudencia no es una virtud más entre otras, sino una condición interior de todas ellas. En su obra Las virtudes fundamentales, afirma que “la prudencia es la causa de las demás virtudes en cuanto virtudes”. Sin prudencia, la fortaleza pierde su orientación y corre el riesgo de convertirse en simple obstinación.
Por eso la fortaleza necesita de la prudencia. El valor cristiano no consiste simplemente en resistir o soportar dificultades. Consiste en permanecer fiel a la verdad una vez que la hemos reconocido. El Corazón de Jesús nos muestra esta armonía perfecta: toda su vida manifiesta una inquebrantable fidelidad al Padre, porque primero conoce su voluntad y luego la abraza con amor.
Pero la verdad nunca es un fin cerrado en sí mismo. La prudencia abre el camino a la justicia. Ver la realidad correctamente nos permite reconocer también lo que debemos a Dios y a los demás. La justicia es la constante voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde.
El Catecismo la define como “la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido” (CEC 1807). Esta palabra sencilla ilumina la vida de Cristo, que vive para el Padre y totalmente entregado a los hombres.
En el Corazón de Jesús descubrimos que esta justicia no es fría ni jurídica, sino profundamente amorosa. En Él, la obediencia al Padre y la entrega por los hombres son una sola realidad. Aquí la fortaleza encuentra su lugar propio: no existe para sí misma, sino para sostener el bien reconocido y amado incluso cuando exige sacrificio.
San Juan Pablo II lo expresaba con fuerza al recordar que el hombre “no puede vivir sin amor” (Redemptor Hominis, 10). Y ese amor, cuando es verdadero, exige firmeza interior: la capacidad de no abandonar el bien cuando se vuelve difícil.
Sin embargo, todavía falta una dimensión esencial. El corazón humano no solo debe conocer el bien y perseverar en él, sino también aprender a ordenar sus deseos. Esa es la tarea de la templanza.
El Catecismo la describe como la virtud que “modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados” (CEC 1809). No se trata de negar el deseo, sino de integrarlo, para que el corazón no se disperse y pueda amar con libertad.
También aquí el Corazón de Cristo aparece como modelo perfecto. En Él no hay división interior ni esclavitud de las pasiones. Todo está unificado en el amor al Padre y en la entrega a los hombres.
Benedicto XVI recordaba que el cristianismo no es ante todo una moral, sino “el encuentro con una Persona que da vida” (Deus Caritas Est, 1). Desde ese encuentro, la vida moral no es un esfuerzo fragmentado, sino una configuración progresiva con Cristo.
Al final, comprendemos que las virtudes cardinales no son piezas aisladas de un ideal moral, sino modos concretos en que la vida de Cristo se va haciendo visible en nosotros. La prudencia nos enseña a ver; la justicia, a amar con verdad; la fortaleza, a permanecer fieles; y la templanza, a vivir con libertad interior.
Todas ellas, sin embargo, no nacen de nuestro propio esfuerzo como fuente última. Nacen de una vida más profunda que nos precede y nos sostiene: el Corazón de Jesús, en el que toda virtud encuentra su plenitud y su unidad. Cuanto más cerca vivimos de su Corazón, más aprendemos a mirar con verdad, a amar con justicia, a perseverar con fortaleza y a vivir con la libertad serena de quien se descubre ordenado interiormente por el amor.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
Mi testimonio: Un camino de fe y abrazar mi cruz
Mi testimonio: Un camino de fe y abrazar mi cruz
Mi nombre es Erick de Jesús, soy originario de Reynosa, Tamaulipas, y hoy, a mis 28 años, me permito relatar la historia de mi vida. Este escrito es un recuento de mi caminar: un proceso complejo, lento y a menudo doloroso, que marca un antes y un después de Jesús. Mi historia no es lineal; es un peregrinar constante donde la fe y la realidad humana se encuentran, se confrontan y, finalmente, se abrazan bajo la mirada de un Dios que nunca me ha soltado.
Mis raíces y los cimientos de la fe
Crecí en el seno de una familia profundamente católica. Mis recuerdos de la infancia están impregnados de una disciplina espiritual rigurosa: desde muy pequeños, mis hermanas y yo fuimos educados bajo los preceptos de la Iglesia. Mis padres, personas de una entrega incondicional, eran pilares en nuestra comunidad parroquial; fueron catequistas, lectores y servidores incansables en cada evento litúrgico, especialmente en la devoción guadalupana, que marcaba nuestra vida familiar con los 40 rosarios previos al 12 de diciembre. En aquel entonces, vivir la fe de forma tan estricta me resultaba pesado; no lograba comprender el propósito de tanta insistencia. Sin embargo, hoy, mirando hacia atrás, experimento una gratitud inmensa hacia mis padres por haberme obligado a practicar y conocer la fe desde la cuna. Aquella base, aunque en su momento fue una imposición, resultó ser el terreno fértil sobre el cual, años más tarde, construiría mi verdadera relación con Dios.
El despertar y la herida
Desde muy temprana edad, tuve la conciencia de ser un hombre que experimentaba una atracción distinta hacia otros hombres. No era algo que pudiera racionalizar o entender plenamente, simplemente lo percibía como una realidad que me separaba de mis iguales. En el kínder y la primaria, mis interacciones con los niños varones tenían un matiz diferente, una incomodidad que me aislaba, al punto de preferir alejarme de dinámicas típicamente masculinas, como el fútbol, que nunca me llamaron la atención.
A esta confusión natural de la niñez se sumó una herida traumática. A los 5 o 6 años, sufrí un abuso sexual por parte de un vecino de mi misma edad, a quien mi madre cuidaba junto con su hermano. Este evento, silencioso y devastador, fue un parteaguas absoluto en mi infancia. No solo me robó la inocencia, sino que despertó prematuramente un interés hacia una actividad sexual que mi edad no podía comprender ni procesar. Creo firmemente que este episodio fue la raíz de una distorsión en mi desarrollo afectivo y sexual, dejando una marca profunda que me acompañaría durante gran parte de mi vida.
Aunque mi relación con mis padres siempre fue cercana y ellos buscaron estar presentes tanto económica como afectivamente, en la expresión del cariño existían carencias notables. Este entorno, sumado al trauma vivido, influyó directamente en mi crecimiento. Al llegar a los 14 o 15 años, en plena secundaria, viví un despertar sexual acelerado. Comencé a ver a otros hombres con una carga erótica, lo que me llevó al consumo de pornografía y a la masturbación, iniciando una batalla interna silenciosa que me acompañaría por años.
La batalla silenciosa y el hallazgo de Courage
A los 15 años, tomé una decisión consciente: me integré a un movimiento de jóvenes y comencé a vivir mi fe no por obligación, sino por convicción. Descubrí a un Dios dinámico, presente en las amistades sanas, los juegos y las canciones. Fue, sin duda, una de las mejores etapas de mi vida, donde forjé amistades que aún conservo. No obstante, por las noches, la batalla se intensificaba. Me cuestionaba constantemente ante Dios: "¿Por qué, si te sirvo, si leo tu Palabra y mi familia está entregada a ti, siento esta atracción hacia otros hombres? ¿Acaso no dice la Biblia que esto es un impedimento para el cielo?". Lloraba en la soledad de mi cuarto, sin hablarlo con nadie. Jamás pedí consejo, jamás lo externé. Era un secreto guardado bajo llave, una máscara que me asfixiaba.
A los 16 años, la providencia me llevó a contactar, a través de internet, el apostolado de Courage. Recuerdo vivamente la primera llamada telefónica con una persona de Monterrey. No recuerdo haber hablado mucho; él tomó la palabra, me explicó el apostolado, pero sobre todo, me habló de la infinita capacidad de Dios para transformar los corazones. Lloré durante toda la llamada; no pude controlarlo. Fue la primera vez que sentí, de manera tangible, la misericordia de Dios, no como un concepto, sino como una presencia que me abrazaba a pesar de mi dolor.
La ruptura de la máscara y la crisis familiar
Durante la preparatoria, alrededor de los 18 años, la necesidad de ser auténtico me llevó a dar un paso arriesgado. Comencé a salir con un muchacho y sentí la imperiosa necesidad de compartirlo con mi hermana menor y algunos amigos cercanos. Recuerdo esa noche como un momento de liberación absoluta. Al poner en palabras lo que ocultaba, al soltar la carga, pude dormir como no lo había hecho en años.
Sin embargo, al entrar a la universidad, a los 19 años, inicié una relación formal con un hombre mayor, de 32 años. La diferencia de edad y la naturaleza de nuestra relación hicieron que mi familia lo dedujera. Lo que siguió fue una etapa sumamente compleja. Mis padres, al enfrentar una realidad que no podían aceptar, reaccionaron con dureza. Hubo discusiones, peleas y un ambiente de homofobia en casa. Incluso mi hermana mayor me llegó a plantear un ultimátum: o él, o mi familia. Me pidieron que me fuera de la ciudad, que me cambiara de universidad y que viviera mi vida lejos de ellos, en secreto, manteniendo una imagen pública que no correspondía con quien yo pensaba que era.
El dolor que sentí fue inmenso, pero también ocurrió algo contradictorio: esa relación me permitió, por primera vez, dejar de fingir ser un hombre heterosexual. Me quité la máscara. Lamentablemente, también sufrí el rechazo de personas de la Iglesia. Vi cómo amigos y coordinadores del movimiento donde yo había servido durante años se apartaban. Nadie se preocupó por saber si yo estaba bien. Esa falta de reciprocidad, cuando yo más necesitaba apoyo, me dolió profundamente. La relación, además, se volvió tóxica y absorbente, alejándome de quienes realmente me amaban. Cuando finalmente terminó, aunque emocionalmente devastado, sentí una libertad inmensa al soltar aquel peso muerto.
El encuentro con el Dios real
Semanas después de aquella ruptura, recibí una invitación para vivir un encuentro de ACTS en la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe. Aunque estaba escéptico y herido por el abandono que sentí de parte de la comunidad eclesial, decidí asistir. Estaba tan frágil que necesitaba distraerme de mis propios pensamientos. Lo que viví ahí cambió mi perspectiva radicalmente. En ese retiro, tuve la oportunidad de sacar todo: el dolor familiar, el rechazo de mis amigos, el abuso de mi infancia y mis dudas espirituales. Salí sintiendo que, por primera vez, conocía a un Dios real. Había escuchado hablar de Él toda mi vida, pero ahora lo sentía, lo vivía y lo experimentaba como una presencia viva que me invitaba a renacer.
Caminar con la Cruz
Desde hace 10 años, mi camino ha sido un peregrinar progresivo, lento y lleno de desafíos. He visto cómo Dios transforma vidas en un solo fin de semana, y me he preguntado muchas veces por qué mi conversión no es así de radical. ¿Por qué mi caminar es tan lento? ¿Por qué no he cambiado mi atracción al mismo sexo de un momento a otro? La respuesta ha llegado con el tiempo: Dios no se equivoca y no todos los procesos son iguales.
He aprendido que mi conversión no se trata de dejar de experimentar estas atracciones para convertirme en alguien que no soy, sino de tomar mi cruz. He comprendido que mi atracción hacia el mismo sexo no es una carga que deba arrastrar con amargura, sino una realidad que debo abrazar con humildad. Si no fuera por esta situación, jamás habría conocido Courage, a los hermanos que hoy llamo familia, ni la inmensa bondad de Dios en las dificultades. Su plan para mí es perfecto, aunque me caiga y, a veces, sienta vergüenza de mis tropiezos. Me levanto, me pongo mi playera roja y sigo adelante. Un día a la vez.
Hoy, mi familia y toda mi comunidad saben que soy un hijo amado de Dios que experimenta atracción al mismo sexo. No necesito máscaras. Aunque a veces siento que no encajo en una comunidad donde la mayoría son heterosexuales, he comprendido que cada persona tiene una cruz a su medida y que nuestra santidad radica precisamente en cómo abrazamos nuestra propia historia.
Un presente de esperanza
Desde hace dos años, asisto presencialmente a la comunidad de Courage en McAllen, Texas. Aunque somos pocos, la presencia de Dios en cada integrante es palpable. Compartimos el caminar con matrimonios de EnCourage y otros chicos en mi situación; juntos batallamos, nos caemos, nos perdemos, pero siempre regresamos para acompañarnos.
Hoy comprendo la virtud de la castidad, lejos de una imposición o un requerimiento, como una oportunidad para amar, como una manera, desde la libertad, de amarme, respetarme y priorizarme a mí mismo y de igual forma a mi prójimo. Es difícil y es un caminar diario, pero veo esta virtud como una oportunidad de tener paz y sobre todo vivir plenamente en Jesús.
Estos últimos años han sido una escuela de humildad. He conocido a Dios de una manera profunda, intensa y despojada de cosas materiales, enfocada en la riqueza espiritual. No me queda más que ponerme a los pies de Jesús, entregarle mi historia completa y asumir la responsabilidad de construir su Reino desde mi realidad, con mis luces y mis sombras. "Señor, que no seamos sordos a tu voz", Salmo 94.
El Corazón de la fortaleza
El Corazón de la fortaleza
*Por Yara Fonseca
Cuando pensamos en el Sagrado Corazón de Jesús, a menudo nos vienen a la mente imágenes de dulzura, paz y misericordia. Sin embargo, esta devoción encierra también el misterio de la fortaleza más pura. El filósofo alemán Josef Pieper, en su tratado sobre las virtudes cardinales, afirma que la fortaleza es la disposición de asumir el sufrimiento y el daño con tal de no abandonar el bien. El Corazón de Jesús, coronado de espinas y abierto por la lanza, es la máxima expresión de esta realidad: un corazón que sintió el peso del miedo humano, pero que venció porque estaba sostenido por un amor inquebrantable.
Para comprender la fortaleza cristiana, debemos desterrar el mito de que el valiente es aquel que no experimenta temor. El propio Pieper aclara que «tener miedo no es lo contrario de la fortaleza». El miedo es una reacción natural ante el peligro y la destrucción inminente. La verdadera virtud consiste en no permitir que ese miedo nos aparte de la justicia y de la voluntad divina.
El escenario donde esto se manifiesta con mayor claridad es el Huerto de Getsemaní. Allí, Jesús experimenta la angustia en su forma más cruda. El Evangelio de San Mateo nos relata: «Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: "Mi alma está triste hasta la muerte"» (Mt 26, 37-38). En ese momento, el Corazón de Jesús late con el miedo real a la tortura, al abandono y a la muerte. Suda gotas de sangre. Sin embargo, su valentía no radica en una insensibilidad estoica, sino en la soberana decisión de su voluntad: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mt 26, 39). Aquí, la fortaleza de Cristo se somete a la prudencia y al amor al Padre, demostrando que la coraza del cristiano es la obediencia confiada.
Una de las tesis más profundas de Pieper es que «toda fortaleza se relaciona con la muerte». Esto significa que el acto supremo de la valentía es el martirio, la disposición a perder la propia vida física antes que corromper la integridad del alma. El Sagrado Corazón es el monumento eterno a esta entrega plena de sí, por amor.
En la cruz, la fortaleza de Jesús llega a su consumación. El Evangelio de San Juan describe el momento culminante: «Pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 33-34). Este costado abierto no es un símbolo de derrota, sino el sello de una victoria lograda a través de la vulnerabilidad absoluta. Jesús se dejó herir por amor. Pieper nos recuerda que el fuerte no es un superhombre inmune al dolor, sino alguien que acepta ser vulnerable. Al dejarse traspasar, el Sagrado Corazón nos enseña que el sufrimiento aceptado por una causa justa no destruye al hombre, sino que lo santifica y lo convierte en fuente de vida para los demás.
¿Cómo se traduce estas reflexiones en el día a día de nuestras vidas? El mundo actual exige una dosis diaria de fortaleza. Se nos presiona constantemente para transigir en la verdad, para callar nuestras convicciones por miedo al rechazo, al aislamiento social o a la cultura de la cancelación. En este contexto, la cobardía se disfraza a menudo de prudencia o de tolerancia.
Acudir al Sagrado Corazón aparece como el remedio para estos desafíos. San Pablo, en su segunda carta a Timoteo, nos da una clave fundamental: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza» (2 Tim 1, 7). Esa fuerza no proviene de nuestros propios músculos ni de una fuerza de voluntad meramente psicológica; proviene del influjo de la gracia que brota del pecho abierto de Cristo. Al contemplar ese corazón herido pero invicto, el cristiano encuentra una escuela de carácter y el mapa de navegación para sus propias tormentas.
La fortaleza cristiana, inspirada en el Sagrado Corazón, actúa de dos formas complementarias. Por un lado, nos da la resistencia para soportar las dificultades que están fuera de nuestro control, las enfermedades, las tentaciones persistentes y las sequedades espirituales sin desesperar. Por otro lado, nos da la audacia para emprender las obras buenas, para salir al encuentro del hermano sufriente, para practicar las virtudes y para proclamar el Evangelio a tiempo y a destiempo.
Pidamos hoy la gracia de una verdadera conversión interior, repitiendo aquella jaculatoria que resume perfectamente nuestra necesidad: «Jesús, manso y humilde de Corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo». Un corazón que, ante el dolor del mundo y las pruebas de la vida, no se cierre por cobardía, sino que se abra de par en par con la audacia de los santos.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
A la luz de la Pascua, redescubramos nuestro nombre
A la luz de la Pascua, redescubramos nuestro nombre
Por Yara Fonseca*
En este tiempo santo de Pascua, después de haber contemplado y celebrado el misterio de Cristo muerto y resucitado, queremos volver la mirada al nombre que da identidad a nuestro apostolado.
La Pascua nos sitúa en el corazón mismo de la vida cristiana. En Cristo crucificado contemplamos la fidelidad que no retrocede ante la prueba, descubrimos que el amor es más fuerte que el miedo, el pecado y la muerte. Desde esta luz queremos redescubrir el significado del nombre de nuestro apostolado, porque no se trata simplemente de una designación práctica, sino de una palabra que expresa un camino y una manera concreta de vivir la fe.
El nombre Courage no fue elegido al azar. El apostolado nació en 1980 en Nueva York, fundado por el Padre John Harvey, OSFS, a petición del cardenal Terence Cooke, como respuesta pastoral para personas que deseaban vivir con fidelidad el llamado cristiano a la castidad y a la santidad. Desde sus comienzos, este nombre quiso expresar algo esencial del camino cristiano, la necesidad de la valentía para permanecer en el bien, incluso cuando ese bien exige lucha, paciencia y perseverancia.
En esa palabra resuena la gran virtud cristiana de la fortaleza, una de las virtudes cardinales. El Catecismo la define como la virtud que asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien. No se trata solo de resistir, sino de mantenerse fiel cuando el camino se vuelve exigente. Es la valentía de seguir caminando cuando aparece el miedo, la confusión o la tentación de retroceder.
Junto a Courage encontramos también EnCourage, que nos ayuda a ampliar la mirada sobre esta misma virtud. Este apostolado nació para acompañar a familiares y amigos que también están llamados a recorrer un camino de fe, esperanza y caridad en medio de su propia historia.
En este sentido, EnCourage expresa también la invitación a vivir la virtud de la valentía desde el amor que permanece. La fortaleza no es solo para quien lleva directamente una lucha interior, sino también para quienes aman, acompañan, esperan y perseveran junto a otros. Hay en ello una resonancia profundamente pascual. Como María al pie de la cruz, permanecer cuando el camino se oscurece, sostener la esperanza cuando aún no se ve la luz y confiar en la obra de Dios incluso en medio del dolor, es también una forma concreta de vivir la fortaleza cristiana y la esperanza pascual.
Tal vez por eso este tiempo pascual nos invita a escuchar de nuevo aquellas palabras del Señor, “No tengan miedo”. Toda auténtica valentía cristiana nace de esta voz. No es una fuerza que brota simplemente de nuestra voluntad, sino de la certeza de que Cristo vive y camina con nosotros.
La fortaleza cristiana no se comprende plenamente si no levantamos la mirada hacia Cristo crucificado y resucitado. En su Pasión contemplamos la fidelidad llevada hasta el extremo; en su Resurrección descubrimos que esa fidelidad no termina en la cruz, sino que florece en vida nueva.
Jesús enfrenta el sufrimiento, la injusticia y la muerte sin abandonar el bien que ha abrazado ni apartarse de la voluntad del Padre. Su valentía no consiste en la ausencia de temor, sino en la fidelidad al amor hasta el final. Y la mañana de Pascua nos revela que ese amor es más fuerte que la muerte.
La vida cristiana está animada por las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad. Sin embargo, estas virtudes se viven en la fragilidad de nuestra historia concreta. Creer cuando no vemos, seguir esperando cuando la situación se oscurece, amar cuando hacerlo implica perdonar, sostener al otro en su herida o cargar con la propia debilidad, todo esto exige valentía.
También en la vida cotidiana la fortaleza ocupa un lugar decisivo. Cuando el bien trae consigo renuncia, incomodidad o exposición, es esta virtud la que permite dar el paso y perseverar. Muchas veces sabemos lo que debemos hacer, pero es la valentía la que nos permite permanecer fieles.
Por eso, a la luz de la Pascua, el nombre de nuestro apostolado deja de ser solamente una referencia institucional y se convierte en una invitación personal: Courage nos invita a permanecer en el bien y EnCourage nos recuerda la llamada a perseverar en el amor y a esperar junto a quienes amamos.
Que esta Pascua nos regale esta oración sencilla:
Señor, dame tu valentía y hazme perseverar en el bien.
Fortalece mi corazón y cada día indícame el camino para seguir tu voz que me llama
y me dice “no tengáis miedo”.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.










