La valentía es dolorosa
La valentía es dolorosa
Garrett D. Johnson*
«Los insensatos pensaban que habían muerto, y consideraban su tránsito como una desgracia, y su salida de entre nosotros, una ruina, pero ellos están en paz» (Sabiduría 3, 2-3).
El 5 de mayo, se publicó el informe sinodal final del grupo de estudio número 9. Aunque no se enfocó completamente en el tema de la identidad y la atracción hacia el mismo sexo, hablaré sobre las partes que se enfocan en estos puntos. Se utilizaron tres palabras para describir a quienes sirve el apostolado Courage, así como al apostolado en sí mismo: «solitarios», «deprimidos» y «ocultos». A primera vista, estas palabras parecen tener una connotación negativa, especialmente cuando se ven a través de la mirada de los necios. Nos describen, a quienes sirve el apostolado, como muertos, en cierta manera; y no dudo que eso les parezca.
Pero las apariencias engañan. Para quienes hemos elegido este camino, la verdad es diferente. La vida de quienes experimentamos atracción hacia el mismo sexo y seguimos las enseñanzas que la Iglesia nos invita a abrazar, es una vida de sacrificio que puede ser alegre. «Según sea el carácter del hombre», dijo Aristóteles, «así le parecerán las cosas» (P. Matthew Kauth, La imitación de san José).
El P. James B. Lloyd, C.S.P., uno de los capellanes del apostolado en la Ciudad de Nueva York, que murió a la edad de 103 años, era conocido por preguntarle a los nuevos miembros: «¿Están listos para sufrir?» El P. Benedict Groeschel, C.F.R., escribió en la introducción del libro La persona homosexual [The Homosexual Person], escrito por el P. John Harvey, O.S.F.S., fundador de Courage, que «El verdadero amor debe ser duro a veces porque busca algo para el Amado que está más allá de las apariencias y que es mucho más radical que las necesidades y los deseos del momento pasajero». Asimismo, el P. Harvey dijo que una vida de «oración y la práctica de un plan ascético de vida» es esencial para nuestra salvación. Esta es la realidad a la que quienes elegimos unirnos a Courage decimos sí o no.
Courage es el apostolado de la Iglesia Católica para quienes experimentamos atracción hacia el mismo sexo y elegimos seguir las enseñanzas de la Iglesia. Valientemente elegimos esto en vez de dejarnos llevar por nuestros sentimientos y la mentira de que estos nos definen. Este apostolado ha servido silenciosamente a nuestra comunidad por más de 40 años, ayudándonos a buscar la santidad viviendo las Cinco Metas y los 12 pasos de Courage, que pueden encontrarse en nuestro sitio web: Couragerc.org. El Papa León expresó recientemente su apoyo al apostolado y a nuestro estilo de vida, una vida de formación sacrificial.
La vida es una formación para la eternidad. El tiempo que pasamos aquí en la tierra es un titileo en el radar comparado con la inmensidad inimaginable de la eternidad en la que nuestras almas y, eventualmente, nuestros cuerpos, vivirán. Si no se comprende esto, las pruebas de la vida parecen algo contra lo que hay que luchar y aliviar a toda costa.
Esto explica mucho de la falsa compasión y el relativismo que ha permeado a la sociedad y a la Iglesia en lo que a sexualidad se refiere. También explica la mentalidad detrás de los comentarios sobre Courage y sus miembros, que aparecen en el documento. Traiciona a la realidad, que se muestra claramente en el Antiguo y Nuevo Testamento: «¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero?; como el esclavo, suspira por la sombra; como el jornalero, aguarda su salario» (Job 7, 1-2). «Entonces decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”» (Lucas 9, 23).
La cruz es un instrumento de tortura, así de claro.Fue creado para matar lenta y dolorosamente. No hay comodidad ni bondad en ella. La guerra —tanto en el tiempo en que se escribieron los libros de la Biblia, así como ahora— es brutal, sangrienta, desmiembra y deja cicatrices psicológicas. En ningún lado se dice que nuestro breve tiempo en la tierra, como discípulos, deba ser cómodo y reconfortante. Esa es una mentira del enemigo que susurranmuchas almas bien intencionadas, incluyendo aquellas citadas en este documento.
Quienes experimentamos atracción hacia el mismo sexo tenemos las palabras claras de la Escritura para guiarnos a saber que nuestros deseos no coinciden con la manera en que estamos llamados a vivir como seguidores de Cristo. Así pues, tenemos dos opciones: o seguimos el camino estrecho trazado para nosotros, o seguimos a quienes, a través de este documento sinodal, nos susurrarán al oído y continuarán la despreciable obra del P. James Martín y sus cómplices para desviarnos del camino, bajo la apariencia de compasión, comprensión y misericordia.
La referencia sobre la terapia reparativa en el reporte sinodal no es precisa. La persona que lo incluyó en el informe podría, simplemente, haberse comunicado con alguien del apostolado para darse cuenta de que eso no es verdad; en vez de eso, eligió perpetuar un estereotipo de nuestra comunidad. Parece probable que esto haya ocurrido para difamar y menoscabar nuestro apostolado.
Como escribí recientemente en un artículo para Crisis, «Gracias a Dios por la Terapia reparativa» [“Thank God for Reparative Therapy”], Courage no promueve terapias de ningún tipo, sino que sigue un modelo de acompañamiento. Como también dije en ese artículo, la terapia ha hecho un gran bien en mi vida. Así que, si bien Courage no la promueve, yo la recomiendo abiertamente de todo corazón.
Solitarios. Esto es un hecho en la vida de muchos que experimentan atracción al mismo sexo dentro y fuera del apostolado. La soledad que experimentamos tiene dos caras. Primero, surge al darnos cuenta de que somos diferentes de la mayoría de los hombres y las mujeres en la sociedad. No son solo nuestras atracciones las que nos hacen diferentes, sino también las heridas psicológicas subyacentesque muchos, si no es que la mayoría de nosotros cargamos. Uno de los sacerdotes asociados a Courage me dijo una vez que no tenía idea de que se iba a encontrar con tanta enfermedad mental cuando fue nombrado capellán. Esto no es algo que se hable a menudo, desafortunadamente, pero es la realidad.
Fuera de la actividad sexual, muchos de nosotros no sabemos cómo interactuar sana y maduramente con personas del mismo sexo. Esto genera soledad. El otro aspecto de nuestra soledad surge de que hemos elegido no involucrarnos en relaciones románticas con personas del mismo sexo.
Por eso, en nuestra soledad, podemos acercarnos a Cristo y unir nuestro sufrimiento al suyo. De ninguna manera digo esto para minimizar el dolor de nuestra soledad, sino para recordarme a mí mismo y a otros que podemos decidir cómo vivirlo yqué hacer con nuestro dolor.
La segunda palabra fue «deprimidos». No niego que la depresión sea un problema para muchos miembros del apostolado Courage. Diría que la condición psicológica de la depresión constituye un problema para muchas personas que abrazan las identidades LGBTQ+. Habiendo vivido como un hombre gay por más de 10 años —trabajando en el sector más gay de lo que se ha convertido en una ciudad que afirma y promueve mucho lo gay, Washington, D.C., por más de 30 años—puedo dar fe de ello. La mayoría de las personas gay que he conocido toman medicamentos psiquiátricos o se automedican con alcohol, drogas u otros comportamientos adictivos.
Lo mismo podría decirse de muchas personas que sienten atracción por personas del sexo opuesto. Si tomara un grupo de mujeres y les preguntara cuántas se sienten deprimidas o solas y digamos que el 10 por ciento respondiera afirmativamente, ¿eso significaría que las mujeres como categoría de personasestán deprimidas? No. Las personas que experimentan atracción hacia el mismo sexo tienen más problemas mentales en general, como han mostrado varios estudios disponibles en el sitio web de la Asociación Americana de Psiquiatría, ya sean miembros de Courage o no.
También está la realidad de que muchas personas viven con depresión sin saberlo y se han acostumbrado a ella. Quizás no reconocen la depresión porque muchas personas a su alrededor muestran un comportamiento similar, haciéndolo parecer normal. Nuevamente, esta es una cruz que estamos invitados a cargar. Solo quienes pierden de vista la naturaleza formativa de la vida en la tierra, como suele pasarme a mí también a veces, ven esto como algo injusto. La depresión puede tratarse si nos dejamos tratar. Si no, sufriremos —pero no porque no podamos elegir verla y vivirla de manera diferente.
La depresión con la que muchos de los miembros de Courage luchamos no es causada por vivir la invitación a la castidad, sino por no abrazarla plenamente junto con las Cinco Metas y los 12 pasos. Muchos de nosotros no llevamos una vida espiritual profunda o no tenemos amigos castos del mismo sexo. No nos entregamos a Cristo, no examinamos nuestra conciencia ni dejamos atrás los resentimientos. No es fácil vivir todo esto, pero fue precisamente la falta de voluntad para buscar la ayuda de los demás y hacer el trabajo necesario —no mi esfuerzo por vivir una vida casta y pura— lo que ocasionó mucha de mi depresión.
Sin una relación cada vez más profunda con Cristo y su Iglesia —y sinamigos a través de los cuales experimentar esa relación— muchas personas terminan deprimidas, ya sean gays o no, dentro o fuera de Courage. Para mí, como para otros, la depresión se manifiesta al estar en la delgada línea entre la castidad y la impureza.
La tercera palabra es «ocultos». Me resulta gracioso que la naturaleza un tanto reservada del apostolado se presente como si fuese el resultado de la manera en que el apostolado nos invita a vivir en vez de las ideas y el lenguaje de quienes armaron este documento. Ya es suficiente que la sociedad nos vea como homosexuales que se odian a sí mismos, pero que nuestra propia Iglesia hable de nosotros como lo hace al publicar este documento, realmentenos pone a muchos de nosotros en las sombras.
Courage también funciona de manera oculta para proteger el anonimato de aquellos miembros del apostolado que, por sus propios motivos, prefieren no hacer público este aspecto de sus vidas. Esto no es nada de lo que deban avergonzarse. Dios no habló en el fuego ni en el terremoto, sino en la voz tranquila y silenciosa que apenas se percibe. Así es el apostolado. Para servir a quienes más lo necesitamos, deben andar con cuidado, confiados en la guía del Espíritu Santo para guiar, a su vez, a quienes desean recibir lo que el apostolado ofrece.
Solitarios como Jesús. La depresión es un desafío y una cruz. Ocultos para servir. Tres palabras que buscan avergonzar y menospreciar, pero en lugar de eso iluminan a los grandes guerreros de Cristo en los quenosotros, en el apostolado, tenemos la oportunidad de convertirnos. Abracemos estas partes de nuestras cruces en vez de rechazarlas, como esperarían quienes armaron este documento. Besemos las cruces de nuestra soledad, depresión y vida oculta, como Cristo besó la suya, para convertirnos en los santos que nuestra Iglesia y el mundo, de la que ella es el corazón, necesitan.
La Iglesia no está aquí para llamarnos, caminar con nosotros, o invitarnos a vivir una vida fácil. La Iglesia está aquí para caminar con nosotros hacia la grandeza de ser divinizados y, para todos, eso implica distintos grados de dificultad. Algunos niños nacen perfectamente sanos, algunos nacen con defectos físicos y otros niños nacen y solo viven 20 minutos. Algunos matrimonios son más fáciles que otros. Algunas amistades son más fáciles que otras. Estos diferentes grados de dificultad no indican que las personas no debieran haber nacido, que no debieran haberse casado o que no debieran haber tenido amigos; solo significa que las personas cuyas situaciones son más difíciles están llamadas a un mayor sacrificio que conlleva una mayor dificultad.
Este es el mensaje que la Iglesia debe dar, no el mensaje de convertir nuestra cruz en un placer. Vivir con atracción hacia el mismo sexo negándome a mí mismo los placeres físicos y emocionales que me gustarían, es muy difícil. A veces desearía no tener que cargar esa cruz. Pero, gracias a Dios, tengo sacerdotes a mi alrededor que me han disuadido de tomar el camino fácil y que han caminado conmigo por el camino difícil.
«Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Salmo 127, 1).
La vida no es un paseo entre tulipanes. No es arcoíris, chispitas y golosinas. A menudo es una caminata trabajosa. Morir a uno mismo, que es a lo que cada uno de nosotros, discípulos de Cristo, estamos llamados, es realmente morir; no es una metáfora. Es una muerte interior que, a menudo, es desagradable por no decir dolorosa. Vista apropiadamente como un tiempo de formación para la eternidad con Jesús, el Señor construyendo nuestra casa y guardando nuestra ciudad, entonces la caminata vale la pena y puede incluso convertirse en alegría. Si no, entonces se convierte en lo que describieron quienes hablaron de Courage en el informe.
Esto no es culpa del apostolado ni de tratar de vivir una vida casta, sino de quienes eligen experimentarlo de esa manera y de los sacerdotes, religiosos y laicos que alientan esta visión distorsionada de las cosas. Los grandes santos experimentaron tristeza, soledad y una vida oculta en momentos de sus vidas. No se regodearon en su tristeza dejando que llegara al grado de una depresión. No recurrieron a placeres desordenados. No se alejaron de la Iglesia. Abrazaron su cruz. Quienes elegimos ser parte de Courage, elegimos lo mismo que ellos.
*Garrett D. Johnson nació en Washington, D.C., y creció en el seno de una familia católica en Maryland. Dejó la Iglesia casi al final de su adolescencia y llevó un estilo de vida hedonista que incluyó drogas, videojuegos, y una vida abiertamente gay hasta que volvió al catolicismo alrededor de los 40 años. Es un blogger (su sitio web se llama Becoming a Good Man), también es estilista y miembro del apostolado Courage. En el 2025 publicó su autobiografía titulada: Becoming a Good Man [disponible en inglés].
Este artículo se publicó originalmente en Crisis Magazine y fue traducido al español por el equipo de Courage Internacional.
Del Corazón de Cristo brotan las virtudes
Del Corazón de Cristo brotan las virtudes
Por Yara Fonseca*
Hay ideas que parecen concluir cuando se pone el punto final a un escrito, otras permanecen discretamente en la punta del lápiz o, mejor dicho, en las teclas de nuestro computador, ese lápiz contemporáneo con el que seguimos rumiando las ideas y compartiendo aquello que el Señor va suscitando en nuestro corazón.
Así ha sucedido con la reflexión del mes pasado sobre Courage, la virtud de la fortaleza y el Corazón de Jesús. Al contemplar cómo el verdadero coraje (valentía/valor) cristiano brota de ese Corazón que ama con fidelidad hasta el extremo, quedó resonando una intuición que hoy quiere encontrar palabras: el Corazón de Cristo no es solamente fuente de fortaleza. Es fuente inagotable de toda virtud.
La tradición de la Iglesia reconoce cuatro virtudes llamadas cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que son “virtudes humanas que desempeñan un papel fundamental. Todas las demás virtudes se agrupan en torno a ellas” (CEC 1805). Son, por así decirlo, los ejes sobre los que se sostiene la vida moral del cristiano.
La razón es sencilla y profunda a la vez. Nadie puede amar un bien que no conoce, ni perseverar en un camino que no sabe adónde conduce. Antes de actuar, es necesario ver. Antes de resistir, es necesario comprender. La prudencia es precisamente esa capacidad de reconocer la realidad tal como es y discernir, a la luz de Dios, el bien concreto que debemos realizar.
El Catecismo añade que la prudencia es la virtud que “dispone la razón práctica a discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo” (CEC 1806). No es cautela excesiva ni temor disfrazado, sino inteligencia del corazón que sabe leer la realidad con verdad.
Joseph Pieper, comentando a Santo Tomás de Aquino, recuerda que la prudencia no es una virtud más entre otras, sino una condición interior de todas ellas. En su obra Las virtudes fundamentales, afirma que “la prudencia es la causa de las demás virtudes en cuanto virtudes”. Sin prudencia, la fortaleza pierde su orientación y corre el riesgo de convertirse en simple obstinación.
Por eso la fortaleza necesita de la prudencia. El valor cristiano no consiste simplemente en resistir o soportar dificultades. Consiste en permanecer fiel a la verdad una vez que la hemos reconocido. El Corazón de Jesús nos muestra esta armonía perfecta: toda su vida manifiesta una inquebrantable fidelidad al Padre, porque primero conoce su voluntad y luego la abraza con amor.
Pero la verdad nunca es un fin cerrado en sí mismo. La prudencia abre el camino a la justicia. Ver la realidad correctamente nos permite reconocer también lo que debemos a Dios y a los demás. La justicia es la constante voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde.
El Catecismo la define como “la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido” (CEC 1807). Esta palabra sencilla ilumina la vida de Cristo, que vive para el Padre y totalmente entregado a los hombres.
En el Corazón de Jesús descubrimos que esta justicia no es fría ni jurídica, sino profundamente amorosa. En Él, la obediencia al Padre y la entrega por los hombres son una sola realidad. Aquí la fortaleza encuentra su lugar propio: no existe para sí misma, sino para sostener el bien reconocido y amado incluso cuando exige sacrificio.
San Juan Pablo II lo expresaba con fuerza al recordar que el hombre “no puede vivir sin amor” (Redemptor Hominis, 10). Y ese amor, cuando es verdadero, exige firmeza interior: la capacidad de no abandonar el bien cuando se vuelve difícil.
Sin embargo, todavía falta una dimensión esencial. El corazón humano no solo debe conocer el bien y perseverar en él, sino también aprender a ordenar sus deseos. Esa es la tarea de la templanza.
El Catecismo la describe como la virtud que “modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados” (CEC 1809). No se trata de negar el deseo, sino de integrarlo, para que el corazón no se disperse y pueda amar con libertad.
También aquí el Corazón de Cristo aparece como modelo perfecto. En Él no hay división interior ni esclavitud de las pasiones. Todo está unificado en el amor al Padre y en la entrega a los hombres.
Benedicto XVI recordaba que el cristianismo no es ante todo una moral, sino “el encuentro con una Persona que da vida” (Deus Caritas Est, 1). Desde ese encuentro, la vida moral no es un esfuerzo fragmentado, sino una configuración progresiva con Cristo.
Al final, comprendemos que las virtudes cardinales no son piezas aisladas de un ideal moral, sino modos concretos en que la vida de Cristo se va haciendo visible en nosotros. La prudencia nos enseña a ver; la justicia, a amar con verdad; la fortaleza, a permanecer fieles; y la templanza, a vivir con libertad interior.
Todas ellas, sin embargo, no nacen de nuestro propio esfuerzo como fuente última. Nacen de una vida más profunda que nos precede y nos sostiene: el Corazón de Jesús, en el que toda virtud encuentra su plenitud y su unidad. Cuanto más cerca vivimos de su Corazón, más aprendemos a mirar con verdad, a amar con justicia, a perseverar con fortaleza y a vivir con la libertad serena de quien se descubre ordenado interiormente por el amor.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
Mi testimonio: Un camino de fe y abrazar mi cruz
Mi testimonio: Un camino de fe y abrazar mi cruz
Mi nombre es Erick de Jesús, soy originario de Reynosa, Tamaulipas, y hoy, a mis 28 años, me permito relatar la historia de mi vida. Este escrito es un recuento de mi caminar: un proceso complejo, lento y a menudo doloroso, que marca un antes y un después de Jesús. Mi historia no es lineal; es un peregrinar constante donde la fe y la realidad humana se encuentran, se confrontan y, finalmente, se abrazan bajo la mirada de un Dios que nunca me ha soltado.
Mis raíces y los cimientos de la fe
Crecí en el seno de una familia profundamente católica. Mis recuerdos de la infancia están impregnados de una disciplina espiritual rigurosa: desde muy pequeños, mis hermanas y yo fuimos educados bajo los preceptos de la Iglesia. Mis padres, personas de una entrega incondicional, eran pilares en nuestra comunidad parroquial; fueron catequistas, lectores y servidores incansables en cada evento litúrgico, especialmente en la devoción guadalupana, que marcaba nuestra vida familiar con los 40 rosarios previos al 12 de diciembre. En aquel entonces, vivir la fe de forma tan estricta me resultaba pesado; no lograba comprender el propósito de tanta insistencia. Sin embargo, hoy, mirando hacia atrás, experimento una gratitud inmensa hacia mis padres por haberme obligado a practicar y conocer la fe desde la cuna. Aquella base, aunque en su momento fue una imposición, resultó ser el terreno fértil sobre el cual, años más tarde, construiría mi verdadera relación con Dios.
El despertar y la herida
Desde muy temprana edad, tuve la conciencia de ser un hombre que experimentaba una atracción distinta hacia otros hombres. No era algo que pudiera racionalizar o entender plenamente, simplemente lo percibía como una realidad que me separaba de mis iguales. En el kínder y la primaria, mis interacciones con los niños varones tenían un matiz diferente, una incomodidad que me aislaba, al punto de preferir alejarme de dinámicas típicamente masculinas, como el fútbol, que nunca me llamaron la atención.
A esta confusión natural de la niñez se sumó una herida traumática. A los 5 o 6 años, sufrí un abuso sexual por parte de un vecino de mi misma edad, a quien mi madre cuidaba junto con su hermano. Este evento, silencioso y devastador, fue un parteaguas absoluto en mi infancia. No solo me robó la inocencia, sino que despertó prematuramente un interés hacia una actividad sexual que mi edad no podía comprender ni procesar. Creo firmemente que este episodio fue la raíz de una distorsión en mi desarrollo afectivo y sexual, dejando una marca profunda que me acompañaría durante gran parte de mi vida.
Aunque mi relación con mis padres siempre fue cercana y ellos buscaron estar presentes tanto económica como afectivamente, en la expresión del cariño existían carencias notables. Este entorno, sumado al trauma vivido, influyó directamente en mi crecimiento. Al llegar a los 14 o 15 años, en plena secundaria, viví un despertar sexual acelerado. Comencé a ver a otros hombres con una carga erótica, lo que me llevó al consumo de pornografía y a la masturbación, iniciando una batalla interna silenciosa que me acompañaría por años.
La batalla silenciosa y el hallazgo de Courage
A los 15 años, tomé una decisión consciente: me integré a un movimiento de jóvenes y comencé a vivir mi fe no por obligación, sino por convicción. Descubrí a un Dios dinámico, presente en las amistades sanas, los juegos y las canciones. Fue, sin duda, una de las mejores etapas de mi vida, donde forjé amistades que aún conservo. No obstante, por las noches, la batalla se intensificaba. Me cuestionaba constantemente ante Dios: "¿Por qué, si te sirvo, si leo tu Palabra y mi familia está entregada a ti, siento esta atracción hacia otros hombres? ¿Acaso no dice la Biblia que esto es un impedimento para el cielo?". Lloraba en la soledad de mi cuarto, sin hablarlo con nadie. Jamás pedí consejo, jamás lo externé. Era un secreto guardado bajo llave, una máscara que me asfixiaba.
A los 16 años, la providencia me llevó a contactar, a través de internet, el apostolado de Courage. Recuerdo vivamente la primera llamada telefónica con una persona de Monterrey. No recuerdo haber hablado mucho; él tomó la palabra, me explicó el apostolado, pero sobre todo, me habló de la infinita capacidad de Dios para transformar los corazones. Lloré durante toda la llamada; no pude controlarlo. Fue la primera vez que sentí, de manera tangible, la misericordia de Dios, no como un concepto, sino como una presencia que me abrazaba a pesar de mi dolor.
La ruptura de la máscara y la crisis familiar
Durante la preparatoria, alrededor de los 18 años, la necesidad de ser auténtico me llevó a dar un paso arriesgado. Comencé a salir con un muchacho y sentí la imperiosa necesidad de compartirlo con mi hermana menor y algunos amigos cercanos. Recuerdo esa noche como un momento de liberación absoluta. Al poner en palabras lo que ocultaba, al soltar la carga, pude dormir como no lo había hecho en años.
Sin embargo, al entrar a la universidad, a los 19 años, inicié una relación formal con un hombre mayor, de 32 años. La diferencia de edad y la naturaleza de nuestra relación hicieron que mi familia lo dedujera. Lo que siguió fue una etapa sumamente compleja. Mis padres, al enfrentar una realidad que no podían aceptar, reaccionaron con dureza. Hubo discusiones, peleas y un ambiente de homofobia en casa. Incluso mi hermana mayor me llegó a plantear un ultimátum: o él, o mi familia. Me pidieron que me fuera de la ciudad, que me cambiara de universidad y que viviera mi vida lejos de ellos, en secreto, manteniendo una imagen pública que no correspondía con quien yo pensaba que era.
El dolor que sentí fue inmenso, pero también ocurrió algo contradictorio: esa relación me permitió, por primera vez, dejar de fingir ser un hombre heterosexual. Me quité la máscara. Lamentablemente, también sufrí el rechazo de personas de la Iglesia. Vi cómo amigos y coordinadores del movimiento donde yo había servido durante años se apartaban. Nadie se preocupó por saber si yo estaba bien. Esa falta de reciprocidad, cuando yo más necesitaba apoyo, me dolió profundamente. La relación, además, se volvió tóxica y absorbente, alejándome de quienes realmente me amaban. Cuando finalmente terminó, aunque emocionalmente devastado, sentí una libertad inmensa al soltar aquel peso muerto.
El encuentro con el Dios real
Semanas después de aquella ruptura, recibí una invitación para vivir un encuentro de ACTS en la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe. Aunque estaba escéptico y herido por el abandono que sentí de parte de la comunidad eclesial, decidí asistir. Estaba tan frágil que necesitaba distraerme de mis propios pensamientos. Lo que viví ahí cambió mi perspectiva radicalmente. En ese retiro, tuve la oportunidad de sacar todo: el dolor familiar, el rechazo de mis amigos, el abuso de mi infancia y mis dudas espirituales. Salí sintiendo que, por primera vez, conocía a un Dios real. Había escuchado hablar de Él toda mi vida, pero ahora lo sentía, lo vivía y lo experimentaba como una presencia viva que me invitaba a renacer.
Caminar con la Cruz
Desde hace 10 años, mi camino ha sido un peregrinar progresivo, lento y lleno de desafíos. He visto cómo Dios transforma vidas en un solo fin de semana, y me he preguntado muchas veces por qué mi conversión no es así de radical. ¿Por qué mi caminar es tan lento? ¿Por qué no he cambiado mi atracción al mismo sexo de un momento a otro? La respuesta ha llegado con el tiempo: Dios no se equivoca y no todos los procesos son iguales.
He aprendido que mi conversión no se trata de dejar de experimentar estas atracciones para convertirme en alguien que no soy, sino de tomar mi cruz. He comprendido que mi atracción hacia el mismo sexo no es una carga que deba arrastrar con amargura, sino una realidad que debo abrazar con humildad. Si no fuera por esta situación, jamás habría conocido Courage, a los hermanos que hoy llamo familia, ni la inmensa bondad de Dios en las dificultades. Su plan para mí es perfecto, aunque me caiga y, a veces, sienta vergüenza de mis tropiezos. Me levanto, me pongo mi playera roja y sigo adelante. Un día a la vez.
Hoy, mi familia y toda mi comunidad saben que soy un hijo amado de Dios que experimenta atracción al mismo sexo. No necesito máscaras. Aunque a veces siento que no encajo en una comunidad donde la mayoría son heterosexuales, he comprendido que cada persona tiene una cruz a su medida y que nuestra santidad radica precisamente en cómo abrazamos nuestra propia historia.
Un presente de esperanza
Desde hace dos años, asisto presencialmente a la comunidad de Courage en McAllen, Texas. Aunque somos pocos, la presencia de Dios en cada integrante es palpable. Compartimos el caminar con matrimonios de EnCourage y otros chicos en mi situación; juntos batallamos, nos caemos, nos perdemos, pero siempre regresamos para acompañarnos.
Hoy comprendo la virtud de la castidad, lejos de una imposición o un requerimiento, como una oportunidad para amar, como una manera, desde la libertad, de amarme, respetarme y priorizarme a mí mismo y de igual forma a mi prójimo. Es difícil y es un caminar diario, pero veo esta virtud como una oportunidad de tener paz y sobre todo vivir plenamente en Jesús.
Estos últimos años han sido una escuela de humildad. He conocido a Dios de una manera profunda, intensa y despojada de cosas materiales, enfocada en la riqueza espiritual. No me queda más que ponerme a los pies de Jesús, entregarle mi historia completa y asumir la responsabilidad de construir su Reino desde mi realidad, con mis luces y mis sombras. "Señor, que no seamos sordos a tu voz", Salmo 94.
El Corazón de la fortaleza
El Corazón de la fortaleza
*Por Yara Fonseca
Cuando pensamos en el Sagrado Corazón de Jesús, a menudo nos vienen a la mente imágenes de dulzura, paz y misericordia. Sin embargo, esta devoción encierra también el misterio de la fortaleza más pura. El filósofo alemán Josef Pieper, en su tratado sobre las virtudes cardinales, afirma que la fortaleza es la disposición de asumir el sufrimiento y el daño con tal de no abandonar el bien. El Corazón de Jesús, coronado de espinas y abierto por la lanza, es la máxima expresión de esta realidad: un corazón que sintió el peso del miedo humano, pero que venció porque estaba sostenido por un amor inquebrantable.
Para comprender la fortaleza cristiana, debemos desterrar el mito de que el valiente es aquel que no experimenta temor. El propio Pieper aclara que «tener miedo no es lo contrario de la fortaleza». El miedo es una reacción natural ante el peligro y la destrucción inminente. La verdadera virtud consiste en no permitir que ese miedo nos aparte de la justicia y de la voluntad divina.
El escenario donde esto se manifiesta con mayor claridad es el Huerto de Getsemaní. Allí, Jesús experimenta la angustia en su forma más cruda. El Evangelio de San Mateo nos relata: «Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: "Mi alma está triste hasta la muerte"» (Mt 26, 37-38). En ese momento, el Corazón de Jesús late con el miedo real a la tortura, al abandono y a la muerte. Suda gotas de sangre. Sin embargo, su valentía no radica en una insensibilidad estoica, sino en la soberana decisión de su voluntad: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mt 26, 39). Aquí, la fortaleza de Cristo se somete a la prudencia y al amor al Padre, demostrando que la coraza del cristiano es la obediencia confiada.
Una de las tesis más profundas de Pieper es que «toda fortaleza se relaciona con la muerte». Esto significa que el acto supremo de la valentía es el martirio, la disposición a perder la propia vida física antes que corromper la integridad del alma. El Sagrado Corazón es el monumento eterno a esta entrega plena de sí, por amor.
En la cruz, la fortaleza de Jesús llega a su consumación. El Evangelio de San Juan describe el momento culminante: «Pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 33-34). Este costado abierto no es un símbolo de derrota, sino el sello de una victoria lograda a través de la vulnerabilidad absoluta. Jesús se dejó herir por amor. Pieper nos recuerda que el fuerte no es un superhombre inmune al dolor, sino alguien que acepta ser vulnerable. Al dejarse traspasar, el Sagrado Corazón nos enseña que el sufrimiento aceptado por una causa justa no destruye al hombre, sino que lo santifica y lo convierte en fuente de vida para los demás.
¿Cómo se traduce estas reflexiones en el día a día de nuestras vidas? El mundo actual exige una dosis diaria de fortaleza. Se nos presiona constantemente para transigir en la verdad, para callar nuestras convicciones por miedo al rechazo, al aislamiento social o a la cultura de la cancelación. En este contexto, la cobardía se disfraza a menudo de prudencia o de tolerancia.
Acudir al Sagrado Corazón aparece como el remedio para estos desafíos. San Pablo, en su segunda carta a Timoteo, nos da una clave fundamental: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza» (2 Tim 1, 7). Esa fuerza no proviene de nuestros propios músculos ni de una fuerza de voluntad meramente psicológica; proviene del influjo de la gracia que brota del pecho abierto de Cristo. Al contemplar ese corazón herido pero invicto, el cristiano encuentra una escuela de carácter y el mapa de navegación para sus propias tormentas.
La fortaleza cristiana, inspirada en el Sagrado Corazón, actúa de dos formas complementarias. Por un lado, nos da la resistencia para soportar las dificultades que están fuera de nuestro control, las enfermedades, las tentaciones persistentes y las sequedades espirituales sin desesperar. Por otro lado, nos da la audacia para emprender las obras buenas, para salir al encuentro del hermano sufriente, para practicar las virtudes y para proclamar el Evangelio a tiempo y a destiempo.
Pidamos hoy la gracia de una verdadera conversión interior, repitiendo aquella jaculatoria que resume perfectamente nuestra necesidad: «Jesús, manso y humilde de Corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo». Un corazón que, ante el dolor del mundo y las pruebas de la vida, no se cierre por cobardía, sino que se abra de par en par con la audacia de los santos.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
A la luz de la Pascua, redescubramos nuestro nombre
A la luz de la Pascua, redescubramos nuestro nombre
Por Yara Fonseca*
En este tiempo santo de Pascua, después de haber contemplado y celebrado el misterio de Cristo muerto y resucitado, queremos volver la mirada al nombre que da identidad a nuestro apostolado.
La Pascua nos sitúa en el corazón mismo de la vida cristiana. En Cristo crucificado contemplamos la fidelidad que no retrocede ante la prueba, descubrimos que el amor es más fuerte que el miedo, el pecado y la muerte. Desde esta luz queremos redescubrir el significado del nombre de nuestro apostolado, porque no se trata simplemente de una designación práctica, sino de una palabra que expresa un camino y una manera concreta de vivir la fe.
El nombre Courage no fue elegido al azar. El apostolado nació en 1980 en Nueva York, fundado por el Padre John Harvey, OSFS, a petición del cardenal Terence Cooke, como respuesta pastoral para personas que deseaban vivir con fidelidad el llamado cristiano a la castidad y a la santidad. Desde sus comienzos, este nombre quiso expresar algo esencial del camino cristiano, la necesidad de la valentía para permanecer en el bien, incluso cuando ese bien exige lucha, paciencia y perseverancia.
En esa palabra resuena la gran virtud cristiana de la fortaleza, una de las virtudes cardinales. El Catecismo la define como la virtud que asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien. No se trata solo de resistir, sino de mantenerse fiel cuando el camino se vuelve exigente. Es la valentía de seguir caminando cuando aparece el miedo, la confusión o la tentación de retroceder.
Junto a Courage encontramos también EnCourage, que nos ayuda a ampliar la mirada sobre esta misma virtud. Este apostolado nació para acompañar a familiares y amigos que también están llamados a recorrer un camino de fe, esperanza y caridad en medio de su propia historia.
En este sentido, EnCourage expresa también la invitación a vivir la virtud de la valentía desde el amor que permanece. La fortaleza no es solo para quien lleva directamente una lucha interior, sino también para quienes aman, acompañan, esperan y perseveran junto a otros. Hay en ello una resonancia profundamente pascual. Como María al pie de la cruz, permanecer cuando el camino se oscurece, sostener la esperanza cuando aún no se ve la luz y confiar en la obra de Dios incluso en medio del dolor, es también una forma concreta de vivir la fortaleza cristiana y la esperanza pascual.
Tal vez por eso este tiempo pascual nos invita a escuchar de nuevo aquellas palabras del Señor, “No tengan miedo”. Toda auténtica valentía cristiana nace de esta voz. No es una fuerza que brota simplemente de nuestra voluntad, sino de la certeza de que Cristo vive y camina con nosotros.
La fortaleza cristiana no se comprende plenamente si no levantamos la mirada hacia Cristo crucificado y resucitado. En su Pasión contemplamos la fidelidad llevada hasta el extremo; en su Resurrección descubrimos que esa fidelidad no termina en la cruz, sino que florece en vida nueva.
Jesús enfrenta el sufrimiento, la injusticia y la muerte sin abandonar el bien que ha abrazado ni apartarse de la voluntad del Padre. Su valentía no consiste en la ausencia de temor, sino en la fidelidad al amor hasta el final. Y la mañana de Pascua nos revela que ese amor es más fuerte que la muerte.
La vida cristiana está animada por las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad. Sin embargo, estas virtudes se viven en la fragilidad de nuestra historia concreta. Creer cuando no vemos, seguir esperando cuando la situación se oscurece, amar cuando hacerlo implica perdonar, sostener al otro en su herida o cargar con la propia debilidad, todo esto exige valentía.
También en la vida cotidiana la fortaleza ocupa un lugar decisivo. Cuando el bien trae consigo renuncia, incomodidad o exposición, es esta virtud la que permite dar el paso y perseverar. Muchas veces sabemos lo que debemos hacer, pero es la valentía la que nos permite permanecer fieles.
Por eso, a la luz de la Pascua, el nombre de nuestro apostolado deja de ser solamente una referencia institucional y se convierte en una invitación personal: Courage nos invita a permanecer en el bien y EnCourage nos recuerda la llamada a perseverar en el amor y a esperar junto a quienes amamos.
Que esta Pascua nos regale esta oración sencilla:
Señor, dame tu valentía y hazme perseverar en el bien.
Fortalece mi corazón y cada día indícame el camino para seguir tu voz que me llama
y me dice “no tengáis miedo”.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
"Después de sentir que no me quedaban lágrimas, ahí estaba mi Sagrado Corazón de Jesús": Testimonio de una madre de EnCourage
"Después de sentir que no me quedaban lágrimas,
ahí estaba mi Sagrado Corazón de Jesús"
Testimonio de una madre de EnCourage
Soy una hija amada de Dios, nací en el Perú, tengo 54 años. Soy administradora de profesión y soy madre de dos hijas maravillosas.
Mi familia es católica sin mucha convicción, nos crió mi papá, pues mi mamá falleció cuando yo tenía solo cinco años. Mi infancia fue feliz, era muy engreída por todos ya que era la más pequeña de cuatro hermanas. Siempre creí en Dios, iba a misa y a algunos grupos de parroquia. Conforme iba creciendo, también me iba alejando en mi relación con Dios.
Me casé por civil y con el tiempo tuve mi primera hija. Me sentí muy amada por Dios por el milagro de poder dar vida, luego tuvimos a nuestra segunda princesa quien completó nuestra familia, pero nos faltaba el miembro más importante del hogar: Dios. Estaba ausente entre nosotros. Nunca recibimos el sacramento del matrimonio y decidimos divorciarnos cuando nuestras hijas eran aun pequeñas.
Pasados los años intenté inmigrar a un país del norte de América, mandé a mi hija mayor por delante para que vaya estudiando y viviendo la experiencia fuera de nuestro país. Un tiempo después -mientras ella vivía sola por allá- me llamó para contarme que estaba saliendo con una muchacha y que era su enamorada. En ese momento, el mundo se me vino encima, me sentí en medio de una tormenta, en donde solo por gracia del Espíritu Santo terminé bien la llamada y no hablé mucho. Salí de casa ese día, no sabía qué hacer, a dónde ir, cómo seguir respirando. Llamé a una amiga católica y me consoló, me contactó con muchas personas buenas que me iban orientando. Saqué citas con cuanto sacerdote conocía, pero también recibía consejos de amistades que apoyan las relaciones homosexuales y nuevas ideologías. Sin embargo, todo ello me ayudó a sacarme la venda de los ojos y a encontrarme con la realidad del mundo actual.
Después, vino el sentimiento de culpa, el peor de los sentimientos que puedo haber experimentado. Un día, en medio de este sentimiento, en diálogo con un sacerdote me dijo que la culpa es acción del demonio, cuando venga ese sentimiento sácalo de tu mente y corazón.
Pasé días, semanas, meses investigando, tratando de encontrar la verdad sobre este tema totalmente nuevo para mí hasta que, una noche leyendo el libro “La iglesia y los homosexuales: un falso conflicto” del Padre Mario Arroyo, supe del apostolado Courage. Lo busqué en internet y recuerdo que esa noche no dormí nada y me pasé leyendo los testimonios, artículos, conferencias. Le di gracias a Dios por mostrarme tan claramente la VERDAD, esa Verdad que uno experimenta en lo más profundo de su corazón y te libera. Me sentí tan consolada, descubrí que era mentira la idea de que la Iglesia margina a los homosexuales o que son excluidos y, hasta en algunos casos se dice que los odia. Nada más falso y contrario de todo lo que leía en este sitio web. Me sentí amada, amadísima por mi Santa Madre Iglesia. No podía creer que había un apostolado llamado Courage que existía hace más de 45 años y acompañaba espiritualmente a personas que están experimentando atracción al mismo sexo (AMS) y que también acompañaba a sus familias, como yo, a través del apostolado EnCourage.
Escribí de inmediato al correo electrónico que figura en la web de Courage Internacional y me contactaron pronto. Concertamos una primera llamada por Zoom, me aclararon muchas dudas, una de las más importante es que Dios ama a mi hija con todas sus atracciones y me ama a mí, con todas mis atracciones. Además, me compartieron que todos somos pecadores, pero por encima de ello somos hijos amados de Dios, y que el amor que le tengo a mi hija está por encima de sus atracciones o las decisiones que ella pueda tomar y yo no comparta. Me invitaron a participar de un capítulo virtual de EnCourage en español y comencé a asistir una vez al mes. Fueron reuniones muy consoladoras para mi alma, el poder escuchar los consejos y la guía de nuestro capellán, escuchar a los otros padres de familia y compartir sobre la situación difícil por la que pasamos con mi hija, fueron un bálsamo a mi corazón. Me ayudó mucho vivir y compartir en comunidad y orar de corazón unos por otros.
Hoy la relación con mi hija es muy buena, el amor que nos tenemos está por encima de toda decisión que ella esté tomando y no compartamos. Hace tres años pude visitarla y hablar con ella en persona de lo que yo creo y he aprendido sobre las relaciones del mismo sexo, de la belleza de la complementariedad de sexos y que ella es una hija amada por Dios. Hace unos meses vino de visita con la persona con la que está viviendo hace dos años y vinieron un par de veces a visitarme a casa, además de otros muchos momentos que compartimos juntas durante ese viaje. Fueron momentos muy duros para mi alma, solo por gracia de Dios, siempre me esforcé por acogerla con mucha caridad. No voy a negar que lloré mucho y después de sentir que no me quedaban lágrimas, ahí estaba mi Sagrado Corazón de Jesús, a mi costado, dejando que apoye mi alma en su pecho como San Juan en la última cena. Al día siguiente me sentí muy consolada, es difícil explicarlo, nada había cambiado, pero yo inexplicablemente estaba en paz, comprobé que es cierto que las lágrimas limpian el alma. Mi hija se da cuenta que estoy sufriendo, me lo dijo antes de regresar al país donde reside. Al despedirnos le dije, “hija, todo lo ofrezco, no te preocupes por mí, yo estoy con el Rey del Mundo. Preocúpate por ti, sigue buscando la Verdad en tu corazón”.
Mi vida cambió por completo con esta cruz que estoy viviendo, me he acercado mucho a Dios y a nuestra Madre María, busco ser santa cada día, ser santa y poder llevar a otras personas a encontrarse con Jesús, estoy creciendo espiritualmente en una comunidad católica en mi parroquia, amo a nuestro Sagrado Corazón de Jesús con locura, jamás me sentí tan amada. Trato de asistir a misa diaria, hago oración que se ha convertido en el oxígeno de mi alma, me confieso con frecuencia y no dejo de asistir a las reuniones mensuales del apostolado de EnCourage que son un gran abrazo para mí. Si me lo permiten les recomiendo asistir a la Conferencia anual de Courage y EnCourage en EE.UU. ¡Es un encuentro maravilloso! Dios me regaló la oportunidad de asistir hace dos años y fue muy enriquecedor ver cómo hay tantos chicos y chicas decididos a vivir en castidad y ser santos, y como hay tantos padres de familia, como nosotros, que no se conforman con solo amar a sus hijos sino en darles lo mejor, ayudarlos a llegar al cielo a través del Amor de Cristo.
Hoy tengo FE Y ESPERANZA en que un día, mi hija volteará por fin su mirada y ahí estará Jesús esperándola con los brazos abiertos y diciéndole cuanto ha esperado ese momento en el que voltee a mirarlo y deje ser amada por Él. Yo sigo rezando, pero no con la actitud como he escuchado en algunas ocasiones, “qué vamos a hacer, lo que nos queda es rezar”. ¡No! Rezar es lo más grande e importante que puede hacer una madre por sus hijos, para cumplir el propósito más importante de nuestra labor de madres, llevar a nuestros hijos al cielo, como en el libro “Confesiones” de San Agustín en el que menciona que su madre, Santa Mónica, le dio a luz dos veces: una para la vida física y otra para la vida eterna a través de su fe y oraciones. Rezo, rezo, rezo con mucha fe, no solo por mi hija, rezo por todas las personas que están experimentado AMS y por sus familias, para que se dejen abrazar por nuestro Señor.
No estamos solos, no tengamos miedo, Dios, el Rey del mundo, el que murió y resucitó por ti y por mí ha vencido a la muerte y tiene un lugar en el cielo para nosotros y nuestros amados hijos. No nos dejemos robar ese lugar maravilloso, seamos santos, busquemos ayuda, caminemos en comunidad hacia nuestra patria celestial.
Margarita, EnCourage Lima (Perú)
Un testimonio de fe y esperanza: Testimonio de un matrimonio de EnCourage
Un testimonio de fe y esperanza
Nuestra historia no comenzó fácil. Como padres, vivimos uno de los momentos más dolorosos de nuestra vida cuando nuestra hija empezó a involucrarse en una relación que nos preocupaba profundamente. Fue una etapa llena de confusión, discusiones, lágrimas y un dolor constante en el corazón.
Llegamos a vivir situaciones muy difíciles. El dolor era diario. Ver a nuestra hija alejarse poco a poco de nosotros fue desgarrador. Hubo un momento en que ella decidió que quería irse a vivir con aquella mujer.
Como padres, sentimos que el mundo se nos venía encima. Fue entonces cuando la enfrenté con el corazón en la mano y le dije: "Hija, tienes que decidir… ella o tu familia. Mira todo lo que puedes perder." No fue una conversación fácil. Fue uno de los momentos más duros de nuestra vida. Pero en medio de ese dolor, nunca dejamos de orar.
Un día decidimos buscar ayuda espiritual y fuimos a la parroquia La Divina Providencia, en el centro de Monterrey, para hablar con el párroco Luis René Lozano del Río. Le abrimos nuestro corazón y le compartimos todo lo que estábamos viviendo. Con una gran sensibilidad, el padre nos recomendó acercarnos al apostolado EnCourage en Monterrey (México). Y puedo decir con total certeza que fue lo mejor que nos pudo pasar. Ahí conocimos a otros padres de familia que también cargaban su propia cruz. Diferentes historias, diferentes circunstancias… pero el mismo dolor: el sufrimiento de ver a nuestros hijos en situaciones que nos rompían el alma. No nos sentimos solos. Por primera vez, entendimos que nuestro dolor era compartido.
Un día nos invitaron a una Hora Santa organizada por el grupo. Esa noche marcó nuestra vida para siempre. Estábamos todos los padres unidos en oración, frente al Santísimo Sacramento, derramando lágrimas, suplicando por nuestros hijos. Fue un momento tan poderoso, tan lleno de la presencia de Dios, que al recordarlo se me eriza la piel. Sentimos claramente que Dios estaba ahí. Que nos escuchaba. Que no nos había abandonado. En esa Hora Santa comprendimos algo profundamente: Dios jamás nos deja solos. Dios escucha. Dios actúa. Y lo que ocurrió después fue simplemente maravilloso.
Dos días después de aquella Hora Santa que marcó nuestra vida, sucedió algo que jamás olvidaremos, nuestra hija nunca se había ido físicamente de la casa… pero su corazón estaba lejos. La sentíamos distante, cerrada, como si una barrera invisible se hubiera levantado entre nosotros. Compartíamos el mismo techo, pero no la misma paz.
Ese día se acercó a nosotros diferente. Había algo en su mirada que no veíamos desde hacía mucho tiempo. Se sentó frente a nosotros, con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa. Nos dijo que había terminado esa relación, que había reflexionado profundamente. Que en esos días algo se había movido dentro de ella. Que había sentido una lucha en su corazón. Y, con una humildad que nos partió el alma, reconoció que estaba equivocada. Que había tomado decisiones que nos habían herido… y que también la estaban lastimando a ella. Y entonces dijo algo que jamás olvidaremos: “Quiero volver… quiero volver a estar bien con ustedes. Quiero volver a mi familia.” En ese momento entendimos que no hablaba de regresar físicamente, porque nunca se había ido. Hablaba de volver con el corazón. De reconstruir lo que se había fracturado, de sanar.
No hubo reclamos. No hubo condiciones. Solo lágrimas que corrían sin control. La abrazamos fuerte, como si en ese abrazo quisiéramos envolverla en todo el amor que nunca dejamos de sentir por ella. Fue un momento que solo puede describirse como un milagro. Nosotros habíamos pedido ese momento con todo el corazón… y Dios nos lo concedió. Estamos convencidos de que, en esa Hora Santa, en ese instante de oración profunda y sincera, Dios escuchó nuestro clamor.
Con el tiempo, el Señor siguió obrando. A nuestra hija llegó un hombre bueno, respetuoso, amoroso. Un hombre que la cuida, la valora y le demuestra cada día cuánto la ama. Hoy es su novio y tienen planes de casarse. Su relación está basada en respeto, cariño y compromiso. Verla feliz hoy es una respuesta viva de Dios. Pero el Señor todavía tenía más sorpresas para nosotros.
Tiempo después, quise visitar nuevamente al padre Luis para agradecerle todo lo que hizo por nosotros. Mi hija quiso acompañarnos junto con su novio. Coordinamos la visita, y de manera providencial, ese mismo día el grupo EnCourage en Monterrey estaba celebrando su aniversario.
Todo coincidió perfectamente, mi hija, frente a todos los padres del grupo y junto a su novio, compartió su testimonio. Habló del dolor que vivió, de la confusión, del sufrimiento… pero también del amor de Dios que la rescató. Fue un momento lleno de luz, de esperanza y de confirmación de que Dios escribe recto en renglones que nosotros vemos torcidos.
Hoy solo podemos decir:
Gracias, Señor, por nunca soltarnos.
Gracias por escucharnos cuando llorábamos en silencio.
Gracias por sostenernos cuando sentíamos que ya no podíamos más.
Gracias por nuestra hija.Gracias por su felicidad.
Gracias por tu amor infinito.
Nuestro testimonio es prueba viva de que la oración tiene poder, que la fe mueve montañas y que Dios jamás abandona a una familia que confía en Él.Dios siempre escucha. Dios siempre actúa. Solo hay que confiar.
Francisco y Nelly, EnCourage Monterrey.
Escuchar y ayunar para acoger la vida nueva
Escuchar y ayunar para acoger la vida nueva
Por Yara Fonseca*
La Cuaresma se nos presenta cada año como un tiempo favorable para volver al centro, para reencontrar aquello que da sentido a nuestra vida cristiana. En su mensaje para la Cuaresma de 2026, el Papa León XIV nos propone un camino sencillo y exigente a la vez, resumido en dos actitudes fundamentales: escuchar y ayunar. Ambas prácticas, profundamente arraigadas en la tradición bíblica y espiritual de la Iglesia, nos conducen a una conversión auténtica del corazón, capaz de abrirnos nuevamente a la gracia de Dios.
El Santo Padre nos recuerda que todo proceso de conversión comienza por la escucha. “Cada camino hacia la conversión comienza permitiendo que la palabra de Dios toque nuestros corazones y acogiéndola con espíritu dócil”, afirma en su mensaje. No se trata de una escucha superficial o distraída, sino de una actitud interior que exige silencio, disponibilidad y humildad. Escuchar es, en el fondo, reconocer que no somos el centro, que necesitamos dejarnos interpelar por una voz que nos precede y nos llama.
En la Escritura, Dios se revela como Aquel que escucha el clamor de su pueblo. El Papa evoca el pasaje del Éxodo: “He observado la miseria de mi pueblo… y he oído su clamor”. Esta escucha divina no es pasiva; es una escucha que se compromete con la historia concreta de hombres y mujeres reales. Del mismo modo, cuando aprendemos a escuchar a Dios, somos también llamados a escuchar a los demás, especialmente allí donde hay sufrimiento, fragilidad y búsqueda de sentido.
La Cuaresma nos invita a revisar cuántas voces ocupan nuestro interior y cuántas de ellas terminan acallando la voz de Dios. Vivimos rodeados de ruido, opiniones, juicios y urgencias que nos impiden detenernos. Escuchar, entonces, se convierte en un acto profundamente contracorriente en nuestra sociedad: implica frenar, hacer espacio, permitir que la Palabra nos confronte y nos transforme. Sin esta escucha, la vida espiritual corre el riesgo de volverse rutina o simple cumplimiento exterior.
Unida inseparablemente a la escucha, el Papa León XIV propone la práctica del ayuno. Lejos de reducirlo a una mera abstinencia alimentaria, el ayuno aparece como un ejercicio que educa el deseo y orienta el corazón. “Abstenerse de alimentos es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión”, señala el Papa, porque nos ayuda a reconocer qué es lo verdaderamente necesario y a mantener viva el hambre de justicia y de bien.
El ayuno nos confronta con nuestras dependencias, con aquello a lo que nos aferramos para sentirnos seguros o satisfechos. Al privarnos voluntariamente de algo legítimo, descubrimos cuánto necesitamos de Dios y cuánto espacio ocupa Él realmente en nuestra vida. En este sentido, el ayuno no empobrece, sino que ensancha el corazón. Como recuerda san Agustín, citado en el mensaje: “Durante la vida terrenal, los hombres y mujeres deben tener hambre y sed de justicia… los hombres se ensanchan al tener hambre”. El ayuno, vivido con sentido espiritual, dilata nuestra capacidad de desear a Dios.
El Papa amplía además el significado del ayuno invitándonos a una abstinencia que alcanza nuestra manera de hablar y de relacionarnos. Nos exhorta a “desarmar nuestro lenguaje, evitando palabras duras, juicios apresurados y habladurías”. Este llamado toca una dimensión muy concreta de la conversión cotidiana. Con frecuencia, nuestras palabras revelan impaciencia, miedo o dureza interior. Ayunar de palabras que hieren es una forma concreta de caridad y un signo de que el corazón comienza a dejarse transformar.
Escucha y ayuno se iluminan mutuamente. La escucha nos dispone a recibir la verdad; el ayuno nos libera de aquello que nos impide acogerla. Escuchar sin ayunar puede quedarse en una experiencia superficial, sin consecuencias reales. Ayunar sin escuchar puede transformarse en un gesto vacío, centrado en uno mismo. Vividas juntas, estas prácticas nos conducen a una fe encarnada, capaz de traducirse en decisiones concretas y en una vida más conforme al Evangelio.
La Cuaresma no es solo un tiempo de esfuerzo personal, sino un tiempo de gracia. No se trata de perfeccionarnos por nuestras propias fuerzas, sino de abrir espacios para que Dios actúe. Escuchar y ayunar son, en el fondo, maneras de decirle al Señor que estamos disponibles, que deseamos volver a Él con un corazón más libre, más unificado, más dócil a su voluntad.
Que esta Cuaresma sea para nosotros un verdadero retorno al corazón de Jesús, un camino que no se agota en el esfuerzo ni en la renuncia, sino que se abre a la promesa de la Pascua. Vivir cuarenta días de escucha y de ayuno prepara el corazón para acoger un don que nos sobrepasa: la vida siempre nueva que Cristo nos ofrece en su Resurrección. Escuchar nos dispone a reconocer su voz cuando vuelve a llamarnos por nuestro nombre; ayunar ensancha el deseo para recibir lo que no podemos darnos a nosotros mismos. Así podremos celebrar la Pascua no solo como un acontecimiento que recordamos, sino como Vida que brota viva y nueva en nosotros, porque el Señor resucitado hace nuevas todas las cosas.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
Después del Jubileo: recojamos los frutos de la esperanza
Después del Jubileo: recojamos los frutos de la esperanza
Por Yara Fonseca*
El 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, se clausuró oficialmente en Roma el Año Jubilar de la Esperanza, con el cierre de la Puerta Santa. Sin embargo, al encontrarnos ahora, algunas semanas después, todavía resuena en nosotros la pregunta más importante que deja todo tiempo de gracia: ¿qué ha hecho Dios en nosotros durante este año?
No se trata de un balance apresurado ni de una evaluación de resultados. El Jubileo no fue un programa que cumplir ni una meta espiritual que alcanzar, sino un tiempo ofrecido por Dios, un espacio en el que Él salió a nuestro encuentro con una misericordia renovada. Por eso, este momento posterior a la clausura resulta especialmente fecundo: es el tiempo de recoger los frutos, de reconocer la obra silenciosa de la gracia, incluso allí donde no vemos cambios evidentes.
Desde sus raíces bíblicas, el jubileo siempre ha sido iniciativa de Dios. En el Antiguo Testamento, no era el esfuerzo humano el que producía la liberación, sino la fidelidad del Señor que restauraba, devolvía, sanaba y recomponía lo que había quedado fragmentado (cf. Lv 25). También el descanso de la tierra recordaba que no todo depende de nuestra acción, sino que la vida se sostiene, en última instancia, en la gracia de Dios.
Esta verdad ha atravesado también el Año Jubilar que acabamos de vivir. Como miembros de Courage y EnCourage, sabemos bien que nuestro camino espiritual no se caracteriza por logros espectaculares, sino por una fidelidad frágil, sostenida día a día por la gracia. El Jubileo no nos pidió ser más fuertes, sino más disponibles; no más eficaces, sino más confiados.
Quizás algunos esperaban frutos visibles: una mayor claridad interior, una paz más estable, una superación definitiva de ciertas luchas. Sin embargo, los frutos de Dios muchas veces crecen en silencio, bajo la superficie. Tal vez este año jubilar dejó en nosotros algo más discreto, pero no menos real: una mayor paciencia con nosotros mismos, una oración más sencilla y perseverante, una confianza más profunda en la misericordia de Dios, o simplemente la decisión de seguir caminando, aun sin comprender todo.
San Pablo lo expresa con gran realismo espiritual cuando escribe:
“Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros” (2 Co 4,7).
El Jubileo nos ha recordado precisamente que el tesoro no es nuestra coherencia ni nuestra constancia, sino la presencia fiel de Dios que habita en nuestra pobreza y pequeñez. Y ese es, quizá, uno de los frutos más preciosos de este año santo.
Posiblemente muchos de nosotros tuvimos la oportunidad de atravesar una Puerta Santa como signo visible de este tiempo de gracia. Otros no pudieron hacerlo físicamente, pero la cruzaron interiormente: al volver al sacramento de la reconciliación y acogerse a la indulgencia plenaria propia de este tiempo, al retomar la oración después de un tiempo de sequedad, al aceptar ser acompañados, al elegir una vez más la fidelidad concreta en lo cotidiano. También ahí hubo Jubileo.
Ahora, cuando el calendario jubilar ya se ha cerrado, la Iglesia nos invita a no perder lo esencial. La esperanza que hemos cultivado no estaba destinada solo a un año excepcional, sino a sostener nuestra vida cristiana ordinaria. Seguimos siendo peregrinos, pero no peregrinos solitarios, pues caminamos sostenidos por la fidelidad de Dios, que no abandona la obra que ha comenzado en nosotros (cf. Flp 1,6).
Este tiempo posterior al Jubileo puede convertirse, entonces, en un verdadero acto de acción de gracias. Agradecer por los consuelos recibidos y también por las purificaciones silenciosas; por los pasos firmes y por los tropiezos que nos enseñaron a depender más de Dios; por lo que entendemos y por lo que permanece misterioso.
El Jubileo ha terminado, pero la gracia permanece. Y mientras seguimos avanzando en este nuevo tramo del camino, podemos hacerlo con la certeza serena de que no somos sostenidos por nuestros esfuerzos —siempre insuficientes—, sino por la misericordia y amor de Dios, que nos precede, nos acompaña y nos espera.
Propongámonos empezar este año 2026 con el corazón agradecido por los frutos del Año Jubilar, pidiendo a Dios que permanezcamos en el deseo de seguir caminando como peregrinos de esperanza, confiados no en nuestras fuerzas, sino en Él.
Señor Jesús, te damos gracias por el Año Jubilar que hemos vivido,
por cada gracia visible y por aquellas que solo Tú conoces.
Gracias por habernos sostenido en nuestra fragilidad,
por no retirarnos tu misericordia
cuando nuestros pasos fueron inseguros
y nuestra esperanza vaciló.
Recibe, Señor, lo que somos y lo que traemos:
los frutos que reconocemos y aquellos que aún germinan en silencio.
Enséñanos a confiar más en tu obra que en nuestros esfuerzos,
a descansar en tu fidelidad y a seguir caminando como peregrinos de esperanza.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
"Sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí"- Testimonio de un miembro de Courage
"Sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí"
Testimonio de un miembro de Courage
Hola, soy Javier, nací en Atlixco, Puebla, México, una ciudad llena de fe y tradiciones. Desde pequeño fui criado en la Iglesia Católica. Fui el segundo de tres hermanos hombres. Mi hermano mayor nació y tuvo una parálisis cerebral. Eso fue muy duro para mis padres, especialmente para mi mamá, quien en algún momento me compartió que quería que no naciese por miedo a lo que había vivido y además quería que yo fuese mujer. Este dolor en mis padres hizo que yo fuese un niño muy sobreprotegido, cuidado al extremo, al punto de no dejarme gatear, por lo que siempre estaba en brazos de mi madre. Ello me hizo débil, frágil, inseguro.
En nuestra casa vivíamos con nuestros tíos. Desde que yo era muy pequeño recuerdo que ellos se burlaban mucho de mí porque era débil y tenía una voz delicada. Me decían: “pareces mariquita”, “no te comportes como mujercita”. Me decían muchas cosas con las que yo sabía que “no estaba bien como era”. Sentía culpabilidad de ser quien era: mariquita.
En el kínder fui un niño alegre y extrovertido, pero alrededor de los 4 años, tras una experiencia dolorosa por maltrato de una maestra en el kínder, me volví sumamente introvertido. Recuerdo que en esa escuela me llamó la atención las figuras de un niño y una niña, pero sentía que la del niño me atraía más. Desde muy pequeño comencé a pensar que quizá mis tíos tenían razón y poco a poco me convencí de que era gay. Fue un secreto que se convirtió en mi mayor carga. En mi soledad, desde muy pequeño, busqué refugio en el auto placer, idealizando lo masculino y buscando llenar un vacío interior.
A pesar de sentir esa confusión, pasaban los años y siempre me gustaba ir a misa con mi tía abuela y leer vidas de santos. Un día pensé: “¿Y si yo fuera santo?... qué tontería, un santo gay. Dios jamás lo permitiría”. Esa idea me llenó de enojo y confusión. Poco a poco empecé a sentir rechazo hacia la Iglesia por considerarla rígida.
En casa, mis padres no me dejaban tener amigos con quienes salir para protegerme de cualquier peligro, por lo que mi único amigo fue mi hermano menor, con quien jugaba, pero también peleaba bastante hasta mi adolescencia. En esa época llegué a perder la esperanza. Intenté acabar con mi vida dos veces, pero el miedo y una chispa de fe me detuvieron. Me sentía profundamente enojado con Dios por “no ser normal” y comencé a alejarme de todo lo religioso. Incluso porque, al confesar mi preferencia, ningún sacerdote supo guiarme en ello, por lo que prefería ocultarlo.
A los 19 años conocí a un chico y tuve mi primera experiencia sexual. No fue lo que imaginé. Luego vinieron revistas, fantasías y más soledad. Tuve varios enamoramientos platónicos, sin llegar a nada real por miedo. Aunque me disgustaba mi condición, pensaba que era lo que me había tocado vivir. Durante dos años participé en un grupo LGBT donde por fin sentí comprensión. Sin embargo, observaba actitudes y conductas con las que no coincidía. En el fondo, quería mantener los valores que me inculcó mi familia, aunque en silencio los envidiaba por “ser tan libres”. Finalmente, terminé saliendo de ese grupo.
Después traté de llevar una vida “normal”. Tuve dos novias, cada relación duró dos años. Fingía vivir la castidad hasta el matrimonio, pero por las noches frecuentaba bares y lugares donde daba rienda a mis pasiones. Me volví alcohólico y fumador. Tras un accidente automovilístico y despertar golpeado afuera de un bar, decidí cambiar de ciudad. Allí empecé de nuevo, más independiente y viviendo una libertad aparente. Aún asistía ocasionalmente a misa y me gustaba confesarme, porque al comulgar sentía una paz que no encontraba en ningún otro lugar. Sin embargo, en especial una noche de Pascua, marcó mi alejamiento de la iglesia. Fue entonces que seguí viviendo de noche en ambientes de desenfreno, convencido de que esa era la vida que quería.
Conocí a un chico que me propuso una “relación abierta”. Acepté, aunque en el fondo sabía que eso rompía mis propios valores. Me enamoré profundamente, pero cuando pedí exclusividad, me rechazó. Eso me llevó a hundirme en más excesos en el alcohol, tabaco, encuentros casuales y una vida sin compromisos.
Me acerqué entonces a corrientes de la Nueva Era, pensando que ahí estaba la verdad: una “espiritualidad sin culpa”. Pero en el fondo seguía vacío. Hasta que conocí a mi última pareja. Era, según yo, mi “amor verdadero”: físico, emocional, todo lo que soñé. Sin embargo, algo dentro de mí no estaba en paz. Empecé a serle infiel con otras personas, continuaba sumido en el alcohol en secreto y vivía en total descontento conmigo mismo.
Buscando respuestas espirituales, sanar mi deteriorada salud y salir de mis vicios, al cumplir 40 años, acepté participar en una experiencia tomando “ayahuasca o yagé” (bebida que genera alucinaciones, adormecimiento), creyendo que encontraría sanación. Pero esa misma noche viví algo que cambió mi vida por completo. Caí en un estado de gran perturbación interior que me llevó a escuchar voces y perder el control de mi mente.
El jueves 31 de octubre de 2019 a las 7:00 pm, 7 días después de aquella experiencia, en plena desesperación, esas voces me impulsaron a hacerme daño a mí mismo lanzándome hacia un auto que venía a alta velocidad ... pero Dios tenía otros planes para mí. Ese día corrí a una iglesia, y providencialmente, estaba expuesto el Santísimo Sacramento. Caí de rodillas y lloré. En ese momento, Jesús se mostró vivo, real, lleno de amor, cubriéndome con Su gracia, como el Padre que abraza al hijo pródigo. En un instante supe que Él era real, que me amaba, y que me invitaba a empezar de nuevo. Sentí nuevamente esa paz que ya había experimentado antes. Me confesé, comulgué y ahí empezó un camino de liberación, conversión profunda de mi corazón y regreso a Casa del Padre.
Seguí con mi pareja unos meses más, pero en una confesión, un buen sacerdote me dijo: “¿Por qué quieres seguir con él? ¿Estarás dos, cinco, diez años más? ¿Cuánto durará ese amor… y luego qué sigue? Te invito a buscar la castidad. ¡Si supieras cuán hermoso es vivir así, en tu condición de vida!”.
Aquellas palabras me dejaron sin aliento. Mi pareja se fue poco después y yo me quedé solo. Pero algo nuevo había nacido en mí.
Empecé a buscar a Dios con sinceridad, aunque nadie en la Iglesia me explicaba cómo vivir la fe experimentando atracción al mismo sexo. En medio de esa confusión, descubrí una página web llamada Courage. Tardé un año en contactarlos, por miedo y por una crisis interior al intentar vivir una relación “en castidad” con un chico de la Iglesia. Finalmente, escribí y recibí respuesta inmediata.
Poco a poco fui conociendo la espiritualidad del apostolado, aprendiendo que Dios me ama tal como soy, que no me pide negar mi historia, ni mis sentimientos, sino entregarle mis debilidades y deseos para transformarlos en algo más grande. Descubrí que sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí.
Hoy, en mi capítulo de Courage, vivo la plenitud de ofrecer mi afectividad y mi sexualidad de manera libre y consciente, por amor al Reino de Dios. He encontrado hermanos, comprensión, fe, esperanza y la certeza de que Jesús y María Santísima me acompañan cada día en este camino hacia la verdadera libertad interior.
Mi vida ya no es la misma. El Señor me sacó de la oscuridad y me mostró que Su Amor sana, transforma y da sentido a todo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20).










