El gozo pascual

 


El gozo pascual

Lícia Pereira de Oliveira, f.m.r.*

«Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuántos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»[1]. 

Quizás estas primeras palabras del texto conciliar nunca fueron tan apremiantes para nosotros como lo son hoy: hace poco más de dos años la humanidad se encontró perpleja delante de una pandemia, una situación inaudita, anormal y para muchos apocalíptica; hace poco más de un mes, los seres humanos volvimos a tener una sensación de inseguridad con una nueva guerra que amenaza tener proporciones más amplias de las que hemos visto desde la 2ª guerra mundial. Ciertamente existen muchas otras situaciones dolorosas y preocupantes en el mundo además de las que citamos, pero si las citamos es porque nadie las ignora y pueden ser una alerta para nosotros.

Los discípulos de Cristo, viviendo en la carne o solidarizándonos con los que sufren, somos llamados no solo a empatizar con sus dolores, sino que estamos llamados a algo más: ¡estamos llamados a anunciarles la Alegría! ¿Es eso, una actitud evasiva? Ciertamente no, la fe en Cristo no oculta o minimiza los dolores, sino que busca darle su verdadero sentido.

San Pablo VI, en el trascurso del año 1975, proclamó el «Año Santo de Renovación y Reconciliación» y en este contexto regaló a la Iglesia una de las más bellas exhortaciones apostólicas escritas por un Papa: la Gaudete in Domino, sobre la alegría cristiana; en este texto, el Santo Padre nos ofrece muchas luces sobre la importancia de vivir la auténtica alegría en medio de las vicisitudes de la vida:

El cristiano, sometido a las dificultades de la existencia común, no queda sin embargo reducido a buscar su camino a tientas, ni a ver la muerte el fin de sus esperanzas. En efecto, como lo anunciaba el profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,1-2). El Exsultet del pregón pascual canta un misterio realizado por encima de las esperanzas proféticas: en el anuncio gozoso de la resurrección, la pena misma del hombre se halla transfigurada, mientras que la plenitud de la alegría surge de la victoria del Crucificado, de su Corazón traspasado, de su Cuerpo glorificado, y esclarece las tinieblas de las almas [2].

Jesús, cuando estaba entre los discípulos, les prometió que no les dejaría en la tristeza después de su partida: «vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16, 20); «Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado» (Jn 16, 24); confiemos en Jesús, su Amor ya fue derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu que nos ha sido dado (cf. Rm 5, 5) y una de las dimensiones del fruto del Espíritu es la alegría: «…el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz…» (Gal 5, 22a).

El gozo de Cristo Resucitado, gozo de la Pascua es una gracia que el Señor nos ofrece: si la acogemos, ella nos transfigura y se hace estilo de vida. No importa la situación que vivamos, el Don de Dios es mayor que cualquier limitación, problemas u obstáculos. Si nos sentimos inseguros a causa del tiempo que vivimos, recordemos las palabras de Jesús: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí» (Jn 14,1). Si nuestras situaciones personales nos desaniman, angustian, preocupan o entristecen, repitamos estas mismas palabras de Jesús: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí», Él nos las dijo «para que nuestro gozo sea completo» (1Jn 1,4).

 



Referencias:

1. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1, en https://bit.ly/3rG34oQ
acceso: 01/04/2022.
2. PABLO VI, Exortación Apostólica Gaudete in Domino, sobre la alegría cristiana, 28, en https://bit.ly/3rEKzRB acceso: 01/04/2022. El negrito del texto es mío. 

* Lícia Pereira es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y en este momento reside con su comunidad en Brasil.


El Señor nos quiere a todos para Él- Testimonio de Gary, miembro fundador de Courage


«El Señor nos quiere a todos para Él»

Testimonio de Gary, miembro fundador de Courage
Conferencia Anual Courage y EnCourage 2021

 

Hola, amigos míos:

Me gustaría comenzar con una oración:

Señor, te alabamos y te damos gracias por tu gran amor y misericordia, por habernos dado a tu Santísima Madre y por habernos congregado en esta bendita reunión familiar.

Le dedico este testimonio a mi mamá y a mi papá, una pareja de la mejor generación, que me amaron hasta el cielo y las estrellas y que, en verdad, hicieron todo lo que pudieron para transmitirme ese amor a lo largo de toda mi vida.

Ya que Courage se aproximaba a su 40 aniversario y sabiendo que yo había estado presente en la primera reunión del apostolado en 1980, el P. Bochanski me preguntó si estaría dispuesto a dar mi testimonio. Inmediatamente, mis pensamientos se transportaron 40 años atrás y vino a mi mente la imagen de mis padres y mi determinación de protegerlos de la indeseada pesadilla de la atracción al mismo sexo que estaba viviendo. Tenía que abordar este oscuro y pesado secreto, pero simplemente no sabía cómo — no obstante, en los siguientes años, marcados por la búsqueda de compresión y paz, recuerdo lo que un amable sacerdote me dijo después de confesión: «Me alegra que hayas venido». Podríamos decir, entonces, que el simple hecho de haberme presentado, el paso necesario para el comienzo de todo camino, ha sido la simple historia de mi vida. Haber estado presente al comienzo de este extraordinario apostolado, por el que siempre estaré agradecido, fue, definitivamente, el plan de Dios…todo fue un don…yo solo me presenté.

Esta es también una historia sobre la infinita paciencia, amor y misericordia de Dios en mi vida…y de redención para mí y para mi padre. No es una historia de culpa o amargura, sino la revelación de una visión muy privada y, a menudo dolorosa y aleccionadora de mí y mi dinámica familiar, que pudo haber contribuido a mi orientación sexual.

Mientras tanto, Nuestro Señor y su Madre me acompañaron durante las crisis más devastadoras, indeseadas y, a menudo, paralizantes de mi vida hasta ahora.

 

Crianza

Crecí al otro lado del camino de la viña de mis abuelos maternos, donde el estilo de vida era como en la vieja Italia. Desde el principio, el ambiente en mi hogar estuvo primordialmente influenciado por las siete mujeres que vivían a solo pasos de distancia. Mi madre y mi hermana mayor, mi abuela y tres tías solteras en la granja y otra tía a la puerta de al lado.

La familia de mi mamá estaba muy involucrada en la Iglesia y la vida parroquial, así como con una orden de monjas que vivían cerca. Como nací en un año mariano, las monjas convencieron a mi madre de que debía consagrarme a la Santísima Virgen poniéndome como segundo nombre, «Marian.» Cuando crecí, no me sentía contento con este nombre femenino y deseaba que me hubieran puesto un nombre de niño. Así que para mi confirmación elegí el nombre de Michael, que se convirtió en mi segundo nombre. No fue sino después que supe el don tan poderoso que es estar siempre bajo la protección de la Madre de Dios, ahora que tantos religiosos toman el nombre de María como su segundo nombre tras hacer su profesión. Podríamos decir que mi mamá estaba adelantada a su tiempo y ahora estoy eternamente agradecido por su decisión.

Ya que estaba rodeado mayoritariamente por mujeres adultas y mi padre raramente estaba presente por su trabajo, me volví un niño sobreprotegido y no hacía lo que los demás niños usualmente querían hacer. En vez de trepar árboles, de aprender a nadar o jugar a la pelota, me ponían a hacer lo que comúnmente se consideraba «trabajo de niñas», desde ayudar a limpiar el santuario de la Iglesia, hasta preparar conservas de berenjena y, «mi favorito»: sacudir el polvo de los muebles. Hasta el día de hoy detesto sacudir el polvo ¡Literalmente, podría llenar almohadas con el polvo que he dejado acumular!

Haber sido sobreprotegido muy probablemente contribuyó a mi baja autoestima. Desde una edad temprana, me di cuenta de que era un niño demasiado sensible, pues lloraba fácilmente cuando me reprendían. Recuerdo claramente que una de mis tías le dijo a mi mamá, «es muy sensible».

En ese entonces no me di cuenta de que me faltaba una presencia más fuerte de mi padre como cabeza y protector del hogar, aunque era un proveedor concienzudo y amoroso con una gran ética laboral. Mirando al pasado, puedo ver que mi desconexión involuntaria y gradual del mundo masculino recién empezaba.

Mi padre era un hombre manifiestamente afectuoso y yo era su orgullo y su alegría. Me llamaba su campeón... ¡su campeón! Era un hombre extremadamente generoso y solidario, con un gran sentido del humor. Como sindicalista del gremio de la construcción, trabajaba duro y se divertía igual, visitando varios bares con sus compañeros después del trabajo. A veces volvía a casa muy tarde, pero sin importar ni el día ni la hora, mi mamá siempre tenía un plato de comida caliente listo para él.

De vez en cuando, pasaba los sábados con mi papá. Nos subíamos a la camioneta e íbamos a varios talleres, ya que él era un as de la mecánica y conocía a todos en el negocio, luego terminábamos yendo a uno o más de los bares de la ciudad. Nuestro tiempo juntos transcurría en su mundo. El olor a aceite de motor y gasolina, temprano por la mañana, que daba luego lugar al olor de alcohol y humo de cigarro por la tarde, gradualmente se convirtió cada vez más en una experiencia poco atractiva para mí a medida que pasaba el tiempo.

El alcohol era un aspecto común, incluso en los domingos, del que poco hablábamos en casa. Mi madre, siendo la roca espiritual de la familia, nos llevaba a mi hermana y a mí a misa, mientras mi padre invitaba a uno de mis primos mayores a casa para pasar el rato bebiendo.

Vi lo que el alcohol le estaba haciendo a mi padre y a nuestra familia. A veces experimentaba dos actitudes radicalmente diferentes que él tenía para conmigo. Cuando bebía era paranoico e inquisidor, cuando estaba sobrio era afectuoso y de buen humor.

No comprendía el concepto de que mi padre era un alcohólico. A medida que pasó el tiempo, comencé a rechazar el mundo de alcohol de mi padre que contaminaba su mente y las relaciones en la familia, especialmente su relación con mi madre.

Al crecer noté una tensión sutil pero constante en la relación de mis padres. Supuse que el alcohol tenía algo que ver y no fue hasta que fui mayor que descubrí que mi padre lidiaba con una gran inseguridad, profundamente arraigada, que lo volvía celoso y posesivo.

Desde el principio de su matrimonio, mi padre acusó injustamente a mi madre de serle infiel. Ella era muy bella y por su inseguridad mi padre fue incapaz de aceptar sus propias limitaciones y darle el amor y el respeto que ella tanto merecía. Con tal de evitarle, aunque fuese un poco de estrés y angustia a la familia, mi madre soportó en silencio un terrible abuso psicológico durante años.

Este venenoso secreto familiar gradualmente abrió una brecha entre mi padre y yo, que se convirtió en esa respuesta de autoprotección conocida como «desapego defensivo», el cual conocí a través de los escritos de la psicóloga católica Elizabeth Moberly. Claramente, a menudo era muy difícil comprender y llevarme bien con mi padre.

 

Días escolares

Durante los primeros años de mi vida escolar, cuando se supone que los chicos deben conectarse con su propia masculinidad, tuve mi parte de humillaciones ocasionadas por mis compañeros de clase y, peor aún, por mis maestros, quienes debilitaron mi autoestima.

Hubo varios momentos vergonzosos, desde ser llamado marica, hasta la peor humillación que vino en sexto grado, cuando la maestra me pidió que me pusiera de pie para contestar una pregunta. Recuerdo haberme encogido de hombros porque no sabía la respuesta. Ella me miró y me dijo, «¡No tienes ni un solo hueso masculino en tu cuerpo!» Fue un momento trágico para mí, como Bambi enfrentándose a Godzilla.

Me quedé ahí, congelado por lo que para mí pareció una hora. Sentí que todos mis compañeros me miraban. Tomé asiento lleno de vergüenza e incredulidad. Nunca antes me había sentido tan humillado. Desde ese momento, me sentí como un fracaso de hombre.

Honestamente, no era consciente de la impresión que daba a mi alrededor...pero pronto me enteré y necesitaba cambiar lo que los demás veían en mí y que yo no veía. Me volví introvertido, esperando pasar desapercibido para proteger mis emociones y pensamientos más profundos. Así pues, al comenzar la escuela preparatoria, viendo que muchos de mis nuevos compañeros de clase no me conocían, vi que tenía la oportunidad de tratar de integrarme y ser aceptado.

Aunque en mis clases había solo chicos, en la escuela católica a la que fui, socializaba con un grupo de chicos y chicas solo como amigos, en el que ninguno de nosotros estábamos «de pareja». Cuando la escuela organizaba bailes, yo pasaba la mayor parte del tiempo cerca de la mesa de refrigerios, con mucho más interés en los pastelillos que en las chicas.

Una de las chicas de mi grupo de «amigos» comenzó a interesarse por mí y, en algunas ocasiones, llegamos a darnos algunos besos y hasta este día recuerdo que usaba labial con sabor a fresa. Para mí, el labial era lo mejor del asunto. Creo que, si su labial hubiese sido del sabor de los dulces italianos, esa relación hubiera continuado. Sin embargo, no tenía en mente tener una novia, tal vez porque me sentía incompetente e inseguro sobre mi masculinidad.

Como ya podía conducir, conseguí un trabajo de medio tiempo, después de escuela, en la bodega de una tienda cercana. Un chico, que llamaré «Jack», uno de los vendedores, de veintitantos años, que venía del mismo pueblo que yo, se ofreció a pasar por mí los sábados para llevarme al trabajo. Lo que comenzó como una relación laboral inocente, lentamente se tornó en 2 años de seducción que ocurrió sin que me diera cuenta.

La mayoría de las veces, nuestras conversaciones eran bastante básicas, relacionadas al trabajo, mientras que, en otras ocasiones, trataban sobre el servicio militar, ya que él era miembro de la reserva militar, y aunque yo solo tenía 17 años, tenía mi número de reclutamiento para la Guerra de Vietnam, asunto que constantemente ocupaba mi mente.

A medida que creció la confianza en nuestra amistad, Jack, en varias ocasiones, aprovechaba la oportunidad de introducir una dinámica sexual en la conversación, muy probablemente para ver mi reacción. En una ocasión, durante uno de los viajes al trabajo, me dio una revista pornográfica que tenía bajo el asiento. En otra ocasión, describió, de manera un tanto gráfica, un encuentro sexual que tuvo con una mujer de su pasado.

Había pasado un año, tiempo en el que me sentí atraído a una chica de mi clase con la que salí en un intento, poco confiado, de tener una relación. En ese tiempo también cumplí 18 años, alcanzando así la mayoría de edad, por lo que Jack comenzó a invitarme a su casa para pasar el rato, hablar y beber.

Una tarde de verano estaba sentado sobre el césped en la casa de Jack y me contó sobre un amigo suyo de la universidad con quien solía tomar cerveza y luego, de vez en cuando, luchaban por diversión. Luego, repentinamente, Jack me derribó y comenzamos a rodar por el suelo enfrascados en un juego de luchas.

Creo que esa fue la primera vez que sentí una conexión intensa con mi masculinidad. Disfruté el contacto físico no erótico con este chico e incluso deseaba poder experimentarlo más. Me fui a casa sintiéndome fuerte y alentado por el hecho de que este chico maduro disfrutaba de mi compañía. Hasta ese punto, mis pensamientos sobre nuestro juego de lucha nunca se erotizaron.

Sin embargo, lo que yo vi solo como un juego de chicos, Jack lo vio como una puerta abierta para llevar la situación a otro nivel y eso fue precisamente lo que hizo. Nada de lo que ocurrió la siguiente vez que visité a Jack me había pasado antes por la cabeza, sin embargo, aprovechándose de mi estado de vulnerabilidad a causa de haber bebido demasiado alcohol, me acorraló y logró llevarme a la cama.

Pasados ya tantos años, lo veo como un recuerdo borroso, sin embargo, recuerdo claramente que, en un momento de lucidez y asco pensé, «¡Oh no, soy uno de ellos!»

Como el «Señor Sensible» que era, me puse a llorar. Jack se dio cuenta de mi reacción y dijo, «Necesitas ser feliz con este aspecto de tu vida o buscar ayuda para tratar de cambiarlo», luego me reveló que había ido con un psicoterapeuta para buscar respuestas. No sabía si lo que acababa de suceder había sido el estúpido resultado de mi borrachera o algo que realmente deseaba.

Mi experiencia con Jack alteró para siempre todos los aspectos de mi vida a tal grado que me resulta imposible expresarlo ahora. Pasé por un campo minado de eventos y personas que, por cuestiones de tiempo, me limitaré a mencionar solo lo necesario para dar una mejor comprensión y perspectiva.

Jack tenía una novia, quien le había dado un ultimátum: o se comprometía a tener una relación seria o ella se iría. Fue así que puso fin a lo que yo consideraba nuestra amistad especial que, para mí, se había convertido en una dependencia emocional, aunque para él solo era una más de sus mentiras en la doble vida que llevaba.

Sintiéndome profundamente rechazado por el hermano mayor que nunca tuve o la figura paterna y atenta que deseaba haber tenido, caí en una profunda depresión. Perdí mucho peso y me convertí en una úlcera andante, teniendo como nueva compañera una botella de antiácido. Oculté esta parte de mi vida para evitar que mis padres y mis amigos se enteraran del infierno emocional por el que estaba pasando.

Mientras trataba de encajar socialmente en mi nuevo grupo de amigos en la universidad, la chica con la que tenía una relación cercana se fue a estudiar a otra ciudad, lo que truncó toda posibilidad de continuar con esa relación en el futuro, porque ella no merecía enredarse en mi vida de confusión sexual, baja autoestima y mentiras. Era tan humillante decir la verdad sobre mí y mucho más fácil seguir adelante sin acercarme a ninguna otra mujer.

Innumerables circunstancias siguieron reforzando mi necesidad de formar parte de la mayoría heterosexual, por ejemplo, el comentario de uno de mis mejores amigos, «Si un día me enterara de que soy un maldito marica, me mataría». O la incansable obsesión de mi padre y mis tíos por mi vida amorosa, las relaciones y el matrimonio, que llegaba al punto de que mi padre siempre presentaba a cualquiera de mis amigas como mi prometida. O aquella ocasión en que un tipo en un bar al verme gritó «Malditos maricones», estrellando un vaso de cristal contra la pared, a pocos centímetros de mi cara.

Otro tío político que se había fijado en mí, se ganó mi confianza y organizó un paseo falso en el que terminamos en una tienda de pornografía donde me hizo insinuaciones sexuales inesperadas y no deseadas, lo que me hizo salir corriendo del lugar. Pese a rechazar contundentemente sus insinuaciones, continuó acosándome sexualmente durante años. ¿Cómo y a dónde huyes de este tipo de personas? Si mi padre se hubiera enterado, lo hubiera mandado al hospital.

Por tanto, seguí ocultando mis sentimientos y deseos más profundos esperando sobrevivir en un mundo que veía con asco a los chicos como yo, considerándonos pervertidos y pedófilos. ¿Quién quiere vivir así? Odiaba esa farsa y me sentía atrapado en ella.

 

Abre un nuevo bar...Mamá y yo

De la nada, abrió un nuevo bar gay precisamente en mi ciudad. El bar se convirtió en toda una curiosidad para algunos de mis amigos que querían ir como parte de una experiencia entretenida, como voyeristas de un constructo social emergente que, necesariamente, se había mantenido oculto durante siglos. Era mediados de los años 1970.

Así pues, tras juntarme con estos amigos para ir en la noche al bar, temiendo revelar mi fascinación por la abierta demostración de afecto prohibido, comencé a frecuentar el lugar solo, donde veía con un cierto grado de envidia a todos los hombres expresándose abiertamente de una manera aún considerada como tabú. A menudo me preguntaba lo que el Señor pensaba de mí y mis atracciones, que sentía que ocurrían «sin culpa mía», una frase escrita por mi futuro mentor, el padre John Harvey.

Entonces, un día mi vida secreta, que había ocultado tan cuidadosamente, salió a la luz. Fue un momento lleno de gracia que, de hecho, se convirtió en el primer paso de un camino largo y agridulce hacia la sanación y la paz.

Estaba en la cocina de la casa de mis padres. Mi madre entró y se acercó a mí con algo en la mano, me mostró lo que tenía y me preguntó, «¿Vas a este lugar?» Vi lo que me mostraba e inmediatamente comencé a sudar frío. Tenía en su mano una ficha para una bebida gratis del nuevo bar gay que debió haberse caído de mi bolsillo en el cesto de la ropa sucia. Intuitiva como era y llegando a su propia conclusión, caminó hacia la mesa de la cocina, se sentó y comenzó a llorar. Al principio no dije nada, pero me invadió la culpa cuando vi a mi pobre madre abrumada por el peso de lo que entendió como la inimaginable verdad sobre mi vida. Estaba inconsolable y, en medio de sus lágrimas, trató de preguntarme lo que me pasaba, cómo me sucedió esto a mí, y quiénes eran las personas con las que me juntaba. Traté de tranquilizarla diciendo, «Mamá, no te preocupes por mí, tengo buenos amigos». Con dificultad para hablar, continuó, «¿Entonces traerás a un amigo a la casa?» No estaba preparado para escuchar esto, ya que no había ningún amigo especial en mi vida, porque mi vergüenza era mayor que la nerviosa, pero generosa, invitación de mi madre. Y aunque tenía claramente el corazón roto y no podía contener las lágrimas, me dijo, «Solo quiero que seas feliz».

Me mataba verla tan angustiada. Nunca quise que supiera por lo que estaba pasando porque sabía que se culparía. ¿Cómo puede un chico de 20 años, nuevo a este misterio centenario de la vida, explicar lo inexplicable a una madre en estado de shock y sorpresa? Juro que si hubiese habido una píldora que pudiera hacer que todo esto pasara, me hubiera tomado todo el frasco.

Mi madre, en su sabiduría, decidió no contarle a mi padre sobre nuestra conversación. Recurrió a su fe, a Nuestro Señor y a su Santísima Madre. Siempre practicaba sus devociones en lo oculto, como dice Nuestro Señor en Mateo 6, 6, «Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará». Y eso es lo que hizo. A menudo, durante mi niñez, y aún después, vi a mi madre arrodillarse para rezar al lado de su cama —una práctica diaria que continuó a lo largo de su vida. Ella bombardeaba el cielo con sus oraciones, rogando al Señor que salvara a su hijo y, en poco más de dos años, sus tantas lágrimas y sentidas peticiones comenzaron a dar fruto al punto de que tal vez un cierto arzobispo de Nueva York fue inspirado atender la necesidad de atención pastoral para individuos y familias que lidiaban con la atracción al mismo sexo.

A medida que seguí llevando una vida secreta, con mi espíritu en el último banco de mi parroquia y el resto de mí en los oscuros rincones del bar, conocí a un chico llamado Sam. Los siguientes dos años de mi vida con él me llevaron a experimentar tanto el ámbito del placer sexual pasajero, como el conflicto espiritual y social resultante, siempre presente en mi mente y mi corazón. El Señor me bendijo con una conciencia bien formada, pero es tortuoso saber lo que es bueno y verdadero y santo para luego no optar por ello, por cualquier razón, ya sea egoísmo, soledad, lujuria, cansancio, debilidad, lo que sea. (Romanos 7 se escribió pensando en mí - aun hasta este día de mi vida). Ignoraba a mi conciencia mientras seguía teniendo mis fantasías privadas, ya fuese con Sam o con mi reserva de pornografía, que se había convertido en una adicción con la que he luchado durante décadas. Deprimido y consumido por la culpa, fui a confesarme anónimamente para aligerar un poco la carga que cada vez se volvía más difícil de llevar. Confesé mi relación con Sam y el sacerdote me dijo que, a menos que dijese ahí y en ese momento que pondría fin a mis actos sexuales, no podría recibir la absolución. No recuerdo cómo terminó la confesión, pero en el fondo de mi corazón sabía lo que el sacerdote iba a decir y lo que el Señor me pedía.

Lo que me salvó de perderme completamente fue mi determinación de ir a la misa dominical, pues sabía que era pecado mortal no ir. También sabía, en el fondo de mi corazón que no debía recibir la Sagrada Comunión por los actos que cometía con Sam.

A medida que pasaron los meses, Sam comenzó a mostrar rasgos dañinos de su personalidad. Se volvió extremadamente inseguro y posesivo en nuestra relación, similar al modo en que mi padre había manipulado y controlado psicológicamente a mi madre. Yo me rehusé a tolerarlo. No era feliz para nada, así que le dije a Sam que necesitaba espacio para pensar sobre mi vida y, con suerte, encontrar la paz conmigo mismo y, en definitiva, con Dios.

Aun con todo lo necesaria que era nuestra separación, me resultó difícil, sobre todo considerando la manera en que Sam seguiría adelante porque aún lo recuerdo llorando mientras me rogaba que no lo dejara.

Mi intento de encontrar respuestas y paz no pasó desapercibido, pues el maligno y sus tentaciones parecían golpear con todo mientras el suave susurro del Espíritu Santo estuvo siempre presente, esperando a que soltara todo y dejara a Dios actuar.

Poco sabía que la ayuda habría de llegar en pocas semanas, pero no sino hasta después de un viaje no planeado y transformador a West Hollywood, California, para visitar a una pareja de mujeres homosexuales, amigas mías, originalmente de Nueva York. Era la semana del Día de Acción de Gracias de 1979. Mis experiencias durante esos 10 días parecieron iluminar lo que sería mi vida si seguía en este camino dañino de desenfreno sexual, consumo de cocaína y divagación espiritual.

Pero el Señor, que definitivamente tiene sentido del humor, me dio la oportunidad de reírme de mí mismo y me mostró que mi valor como hijo suyo no viene de lo físico, que es pasajero, sino de lo espiritual, que es eterno.

Entonces, después de devorar una cena de despedida de 5 tiempos con mis amigas, donde el ajo, el ingrediente principal, ahora rezumaba de debajo de mis párpados, decidí salir a la ciudad con la esperanza de resultar atractivo para alguien para pasar un buen rato y aumentar mi ego. Luego de entrar en un bar, recuerdo haber entablado conversación con un chico lo suficientemente amable. Tras un par de minutos de charla, sin ningún tipo de reparo, el chico me dijo, «Hombre, ¿cenaste ajo?» ¡Guau! ¡Era una cabeza de ajo andante y, probablemente, la persona menos atractiva de la Costa Oeste! Tras disculparme con el chico que estaba ahora probablemente a 3 metros de distancia, decidí mejor dejar el lugar antes de que me sacaran por contaminar el aire. Mi deseo de seguir la fantasía por una noche más terminó en un fiasco, mientras que el Señor me recordaba «No poner mi esperanza en los príncipes, sino en Dios", ¡un recordatorio que necesito aun hasta el día de hoy!

A los pocos días de haber vuelto a casa, el Señor puso su plan en acción.

Ocurrió en una misa dominical durante el tiempo de Adviento. En la procesión de entrada, en el pasillo central, estaba nuestro nuevo sacerdote recién ordenado, a quien veía por primera vez. Mostraba una reverencia en el altar como nunca antes había visto y su homilía fue brillante y profunda. Totalmente inspirado, comencé a reflexionar en lo admirable que era su vida y lo y desastrosa y vergonzosa que era la mía —al menos para mí. Me dije, «quiero ser más como él, respetable y puro». Fue así que me convencí de confesarme con él —afortunadamente aún no cara a cara— y entregarle mi vida al Señor y encontrar la paz que tanto necesitaba.

Con la gracia de Dios obrando, aún me resultaba muy difícil revelarle mi vida secreta a este nuevo sacerdote, desconocido para mí. Fue muy compasivo y me pidió que lo contactara para agendar una cita después de Navidad.

Vi al padre Jim poco después del Año Nuevo de 1980. Reconociendo mi evidente necesidad de ayuda y dirección, acordamos reunirnos semanalmente por una hora hasta que lo considerara necesario.

Tomó algo de trabajo reordenar mi vida espiritual. El padre me guió en una confesión que cubrió todos los pecados de mi pasado, que ni siquiera podía recordar. Esto me trajo la paz que tanto necesitaba. Lo que más elogio del padre, fue la penitencia tan poco convencional que me dio, la cual duró meses, como una serie de oraciones y lecturas diarias continuas. No era cosa de un día. La penitencia consistía en un ofrecimiento matutino; dos misterios del rosario; el salmo 32; 15 minutos de lectura espiritual. Y antes de dormir, el salmo 6; 10 minutos de lectura de los Evangelios, comenzando por el Evangelio de San Mateo; 1 misterio del rosario; y el Acto de contrición. Esta penitencia podría parecer algo extrema, sin embargo, realmente me ayudó a establecer una vida de oración estructurada. Espero que también ayude a cualquiera que tenga dificultad con la oración.

Llevo conmigo, entre otras, una medalla de San Dimas, «el Buen ladrón», como recordatorio de la compasión y la misericordia de Jesús. Y para luchar contra la avalancha de recuerdos pornográficos que inundaban mi mente cuando me iba a dormir por la noche, puse un crucifijo debajo de mi almohada, que permaneció ahí por muchos años. El padre también me pidió que enfrentara mi adicción a la pornografía deshaciéndome de la pesada colección que había acumulado.

Y para todos aquellos que estuvieron fuera a principios de la primavera de 1980 (si ya habían nacido) y vieron una gran luz que brillaba en el cielo del noreste de los Estados Unidos, específicamente del estado de Nueva York, como a 120 kilómetros al norte de Manhattan —era yo que estaba quemando toda mi pornografía en un viejo barril. Sin embargo, lo terrible de esta “ceremonia” fue que tuve que ver nuevamente todo una vez más antes de que ardiera en las llamas. ¡La batalla continúa hasta este día!

Durante una de mis sesiones con el padre, en marzo de 1980, abrió el cajón de su escritorio y sacó un sobre que luego me dio diciendo, «Esto es para ti, creo que te interesará leerlo». Era una carta que el cardenal Cooke, mi arzobispo de la Diócesis de Nueva York, había enviado a todas las parroquias en la que hablaba sobre la necesidad de ofrecer acompañamiento pastoral a hombres y mujeres que lidiaban con la homosexualidad y sobre la posibilidad de formar un grupo de apoyo espiritual para ellos. Básicamente, tenía en mis manos la primera página de lo que sería el mapa de ruta del resto de mi vida. Me sentí feliz al instante por este regalo de apoyo tan oportuno y, al mismo tiempo, sentía temor ante lo desconocido y el compromiso que imaginaba se esperaría de mí.

Nuestra primera reunión se llevó a cabo el viernes 26 de septiembre de 1980 en el Santuario de Santa Elizabeth Ann Seaton en el bajo Manhattan.

Al llegar, fui conducido al salón de reuniones después de pasar un momento a la capilla para orar. Al cabo de unos minutos se abrió la puerta y este sacerdote, amable y modesto, entró en la habitación. Con una voz muy suave, que para mí era reflejo de su paciencia y carácter, se presentó el padre John Harvey.

Las primeras reuniones fueron abrumadoras para mí porque estaba rodeado de un pequeño grupo de hombres, que probablemente me doblaban la edad, y a quienes imaginaba que tenían una fe sólida y sus tendencias sexuales mucho más controladas que las mías.

Recuerdo que pensé. «¿Esto será realmente para mí?», «¿puedo parar o controlar mi atracción por alguien de mi sexo por el resto de mi vida?», «¿No se suponía que este sería el lugar donde encontraría la paz que tanto buscaba?» La batalla interior continuaba, luego comprendí, «¡Lo es! ¡Es hora de tomarlo con seriedad!» «Pero, espera, ¡no quiero estar solo por el resto de mi vida! ¿Castidad ahora y para siempre?» «¿Puedo pensarlo por un tiempo como mi amigo San Agustín que dijo, “Señor, hazme casto, pero aún no”?»

No, esta llamada de atención del Señor no fue nada fácil y por ese motivo, uno de nuestros primeros miembros llamado Bob sugirió que consideráramos la verdaderamente inspiradora virtud de la valentía (courage) para el nombre del apostolado. Y así fue. En pocas palabras, se necesita valentía (courage) para vivir una vida casta.

A medida que continuaban nuestras reuniones, sentí que el Espíritu me llevaba a considerar el plan de Dios para mí, que era reconfortante y decía, «Tal vez el Señor te quiere para él» y quizás «Fuiste elegido junto con tus compañeros miembros de Courage, para ser sus testigos de la verdad del Evangelio». Luego, sentí un golpe de realidad cuando pensé en cómo el Señor, para sus propios propósitos, me había protegido justo a tiempo del trágico desenlace que tantos de mis amigos habían sufrido ante la aparición de un nuevo virus llamado SIDA.

Recordando las palabras de San Agustín, «Nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», seguí preguntándole al Señor, «¿Por qué permitiste esto?» y «¿De qué manera te sirve mi orientación sexual?» Este era el misterio de mi vida y la pregunta que he contemplado durante años.

Con las Metas de Courage, que me ayudaban a mantenerme enfocado, y ya encaminado hacia la paz y la sanación espiritual, estaba en mejores condiciones de integrar mejor mis relaciones en casa. Comencé a servir como ministro extraordinario de la Eucaristía y llevaba la comunión a los asilos de ancianos de mi ciudad; me uní al coro de mi parroquia y a un ministerio local para jóvenes adultos. En una Cuaresma en particular, me propuse ir a misa diaria y continué con esta devoción por cerca de 20 años, hasta que, en el 2006, el cuidado de mi madre se convirtió en mi prioridad.

Me sentía muy bien sobre el estado de mi vida espiritual y mi madre también notó el cambio en mí. No me lo dijo, pero sí se lo comentó a Judy, una buena amiga mía de la escuela, pues había notado que estaba más contento y que me había vuelto muy religioso.

Cuando lo escuché, no podía agradecer a Dios lo suficiente por haber levantado la carga de angustia que había pesado durante años en el corazón de mi madre por mi causa. Sin embargo, todo esto se vería ensombrecido por una confrontación inesperada e injusta con mi padre.

Una noche llegué a casa de mis padres sin saber que mi madre ya se había ido a dormir. Estaba en la cocina cuando mi padre, ya jubilado, entró en la habitación. Rápidamente supuse que debía haber estado tomando. Tenía una mirada incómoda y yo no estaba preparado para escuchar lo que iba a decir. Fue directo al punto y dijo, «Sé lo que has estado haciendo...no quiero que avergüences a esta familia». Y luego me dijo esa frase clásica, «Dios hizo a Adán y Eva, no a Adán y Esteban». Literalmente, casi me ahogo por la incredulidad de que mi padre, que últimamente parecía poco interesado en nuestra relación, hubiese abordado el tema y, más aún, de que conociera la condenada frase de Adán y Eva. Mi sangre comenzó a hervir preparándome para gritarle mi respuesta mientras pensaba en todo lo que había rezado a diario durante años rogándole al Señor que mi padre nunca se enterara de mi mayor secreto.

Instintivamente ignoré su acusación sobre mis actividades sexuales ya que verdaderamente no había tenido actos sexuales desde que había comenzado Courage aproximadamente hace 7 años atrás. Mi furia, por haber sido tomado por sorpresa, comenzó a apoderarse de mí desatando 25 años de ira reprimida por su adicción al alcohol y la manera que había afectado a nuestra familia. En este punto comencé a gritar, lo que despertó a mi mamá que, al entrar a la cocina, vio lo mal que estaba. En ese momento, finalmente tuve el valor de defenderla de todas las acusaciones que soportó durante años, gritándole, lamentablemente, a mi padre esta desafortunada verdad, «¡Has arruinado su vida con tu vicio por la bebida!»

Mi mamá volvió a la cama y mi padre se sentó en silencio, inclinado sobre la mesa en un gesto de derrota total. Es una imagen que llevo grabada en mi memoria y aún ahora deseo que nunca hubiese ocurrido. No podía imaginar cómo podríamos reparar nuestra relación tan profundamente dañada. En verdad, fue la segunda peor noche de mi vida, siendo la primera aquella noche que descubrí que me atraían los hombres.

Con el paso del tiempo y con la gracia de Dios, mi padre comenzó a ir a misa con mi madre y nuestra relación pareció sosegarse cuando me vio sirviendo como ministro extraordinario de la Eucaristía en la parroquia. Le pedía a Dios que mi padre pudiera ver y apreciar la vida que estaba tratando de llevar, pero supongo que no puedo culparlo por querer verme casado, porque así es como la vida normal debe transcurrir para la mayoría de las personas, ¿cierto?

Fue necesario un evento trágico en la vida de un amigo mío de la infancia y el amoroso toque de Dios para restaurar el vínculo que siempre estuvo ahí pero que había sido enterrado bajo el peso de expectativas insatisfechas y egos heridos.

Mark, un amigo cercano de la escuela primaria, era un profesional en la administración de hospitales en Washington, D.C. Cuando me reveló que era gay le conté sobre mi participación en Courage y sus metas, que no estuvo dispuesto a aceptar. Tristemente, llegó el día en que me contó que tenía SIDA y, en los años 1980s nadie sobrevivía a la enfermedad. En las últimas semanas de su batalla contra esta horrible enfermedad me disuadió de que fuera a visitarlo al hospital, pero finalmente me llamó y dijo que estaba en el hospital y que sería mejor que fuera a visitarlo pronto porque se acercaba el fin. Como era de esperarse, sus padres estaban devastados y me prohibieron contarle a mis padres o a cualquier otra persona la verdad: que Mark tenía SIDA. Vi con mis propios ojos la manera en que los padres de Mark manejaron esta crisis, quizás de manera similar que mis padres. El padre estaba en el pasillo, enojado y humillado por tener un hijo gay, mientras que la madre estaba al lado de su cama, con un paño húmedo sobre la cabeza de su hijo y un tazón de sopa para darle fuerzas. Me dejaron un momento a solas con Mark, tomé su mano despacio y le ofrecí mi amor y mis oraciones, que he continuado hasta el día de hoy. Era el caparazón del hombre que había sido, ciego por el cáncer que había invadido su cuerpo. Lo recuerdo diciendo, «Bien, creo que es mejor que te vayas ahora». Cuando dejé la habitación, la madre de Mark me dio las gracias y me pidió que ayudara a cargar el féretro en el funeral. Intenté, torpemente, consolarla pensando en cómo se habría sentido mi madre si hubiese sido yo quien estuviera en una cama de hospital. Mark murió 4 días después a la edad de 34 años.

Durante la enfermedad de Mark, mantuve a mis padres informados sobre su estado, sin revelarles que su cáncer estaba relacionado al SIDA. Mi padre decidió ir solo al velorio. Después de dar mis condolencias a la familia, pasé a la casa de mis padres y los encontré en la cocina. Mi padre, que estaba sentado a la mesa, se puso inmediatamente de pie y caminó hacia mí. Tenía una gran sonrisa y lágrimas en sus ojos. Tomó mi cara entre sus manos y me acercó a él como diciendo, «Estoy tan feliz de que estés vivo y bien».

Su evidente amor por mí estaba escrito en su rostro y yo quería creer que aún era... su campeón. Por ese breve momento se desvanecieron todas las decepciones y juicios del pasado. Vi a un hombre que siempre había querido lo mejor para mí porque lo había demostrado a lo largo de mi vida, y yo solo quería que estuviera orgulloso de mí.

Este día inolvidable de sanación fue en verdad un regalo de lo más oportuno pues tan solo 6 semanas después el Señor, en su misericordia, llamó a mi padre a su encuentro, hace ya 30 años. Supongo que puedo decir con seguridad que, con el Señor, el don de la redención siempre está ahí a la espera de todos aquellos que clamen a Él, sin importar lo imperfecto o débil que sea nuestro clamor, incluso si es solo un susurro, porque Aquel que hizo el oído siempre nos escuchará y nos responderá.

 

Reflexionando sobre mis 41 años como miembro de Courage

Mirando 41 años atrás la manera en que se desarrolló el plan del Señor en mi vida, puedo decir que el apostolado Courage/EnCourage, inspirado y creado por el poder del Espíritu Santo y mantenido por la fe, el amor y la perseverancia de la familia de miembros reunida aquí, en este auditorio, y ahora alrededor del mundo, en verdad continúa salvando mi vida espiritual cada día, un día a la vez.

Mi mayor consuelo, después de todos estos años de tratar de aceptar mi debilidad, es que la victoria sobre el pecado —y el crecimiento en la virtud— no se logran en un solo momento definitivo de gracia. La victoria se gana cada día con perseverancia, cuando decidimos levantarnos cada vez que caemos, sin importar cuántas veces suceda, con la confianza de pedir al Señor su misericordia para comenzar de nuevo. ¡Yo lo sigo haciendo constantemente!

Los pensamientos que he intentado controlar, los he tenido. Los lugares que me he dicho que tengo que evitar, los he visitado. Los pecados que dije que jamás cometería, los he cometido. Pido a Dios por todos aquellos a quienes alejé del buen camino y por aquellos que me alejaron de él.

Me ha resultado difícil creer y, peor aún, perdonarme sabiendo que el Señor me perdona en la confesión porque ningún pecado es más grande que el perdón de Dios y su misericordia. ¡Decir lo contrario es blasfemia! Como nos dijo Santa Teresa de Calcuta, «Hemos sido llamados a ser fieles, no exitosos».

Estamos en una guerra para salvar nuestras almas inmortales, que dura toda la vida. Nuestro Señor sabía que no podríamos vivir las enseñanzas de nuestra fe católica solos, por eso, en su sabiduría, trajo a la vida este movimiento contracultural, este remanente de la verdadera Iglesia, con nuestro querido director y amigo el padre John Harvey sus sucesores para guiarnos.

Para mí, el padre Harvey se convirtió en mi padre espiritual, en el amable y dulce buen pastor que admiré y al que recurría cuando necesitaba dirección en mi camino de fe renovado. Estaré eternamente agradecido con el Señor por habernos reunido y por haber tenido el honor de ser llamado uno de sus combatientes veteranos.

 

A mi familia de Courage

Nunca me hubiese imaginado en aquel septiembre de 1980 hacia dónde me llevaría mi caminar en este apostolado único llamado Courage.

Las amistades forjadas en el sufrimiento compartido en el Señor han sido lo que verdaderamente me ha dado la fortaleza para perseverar en este camino. Si reconociera a cada persona nos quedaríamos aquí toda la noche y sé que terminaría olvidando a alguien, pero estoy tan agradecido de estar ante ustedes a pesar de mi fragilidad, que quiero darles las «gracias» por llevarme en esta misión al cielo por medio de su propio testimonio de la verdad de nuestra vida eterna en Jesucristo.

Gracias a mis hermanos y hermanas de Courage —quienes me han abierto sus hogares y sus corazones durante alguna visita o alguna llamada telefónica en la que han escuchado pacientemente los eventos felices y tristes de mi vida, y han soportado mi incorregible y alocado sentido del humor que espero sea un ingrediente útil para una vida espiritual en vías de recuperación.

Gracias, querida Tina, por tu incansable ayuda y aliento durante el proceso de escritura y edición de este testimonio.

Gracias, padre Timone por ser mi amigo y mentor espiritual por más de 40 años y gracias padre Barnabas Keck, primer capellán de Courage y mi fiel guía hacia el cielo.

Gracias a las increíbles familias de EnCourage que me han mostrado tanto amor y apoyo aun a cientos de kilómetros de distancia, además de brindarme el diálogo paternal que no tuve con mis propios padres.

Gracias a las Hijas de San Pablo que han brindado a Courage su amistad y apoyo inquebrantables desde hace 30 años a partir de la Conferencia Nacional en el Assumption College en 1991.

Gracias a las Hermanas de la Vida (Sisters of Life) por organizar nuestro maravilloso retiro anual para hombres (que desearía hubiese durado más).

Gracias a los Frailes de la Renovación (Friars of the Renewal) por continuar con la obra de nuestro cofundador, el P. Benedict Groeschel.

 

Meditación final

Me gustaría terminar con la siguiente meditación que realmente me conmovió cuando la escuché narrada tan bellamente el Viernes Santo del 2020 desde la catedral de Notre Dame en París, un año después del terrible incendio que casi destruyó la estructura. Supe que Nuestro Señor me hablaba directamente a mí y de una manera que nunca había escuchado.

Jesús nos habla desde la cruz

«Tengo sed»

He venido a consolarte y darte fuerza.A levantarle y vendar tus heridas.
A disipar con mi luz tu oscuridad y tus dudas.
Vengo con mi poder que me permite llevarte a ti y todas tus cargas.
Vengo con mi gracia para tocar tu corazón y transformar tu vida.
Vengo con mi paz para calmar tu alma.
Te conozco como a la palma de mi mano.
Sé todo sobre ti.
He contado incluso los cabellos de tu cabeza.
No hay nada en tu vida que no sea importante para mí.
Te he seguido a través de los años y siempre te he amado, aun cuando te alejaste de mí.
Conozco todos tus problemas, tus necesidades y tus preocupaciones.
Conozco todos tus pecados, pero como dije, te amo.
No por lo que haces o has dejado de hacer. Te amo por quien eres,
por la belleza y la dignidad que mi Padre te dio al crearte a su propia imagen.
Una dignidad que has olvidado,
una belleza que has empañado por el pecado,
pero te amo como eres y he derramado mi sangre para recuperarte.
Si me lo pides con fe, mi gracia tocará todo aquello que necesita cambiar en tu vida.
Te daré la fuerza para liberarte del pecado y su poder destructor.
Sé lo que hay en tu corazón.
Conozco tu soledad y todas tus heridas,
los rechazos, los juicios, las humillaciones.
Cargué con todo ello antes que tú para que pudieras compartir mi fuerza y mi victoria.
Conozco, sobre todo, tu necesidad de amor, tu sed de amor y de ternura,
y lo mucho que has deseado satisfacer tu sed en vano,
buscando ese amor egoístamente,
tratando de llenar el vacío con placeres efímeros,
con el vacío, aun mayor, del pecado.

¿Tienes sed de amor?

Ah, las palabras del Amante más grande que el mundo jamás conocerá y suena como si hubiera respondido a mi pregunta de toda la vida... «Tal vez el Señor nos quiere a todos para Él».

¡Finalmente, quisiera agradecer a todos aquellos que han orado por mi madre durante todos estos años! Algún día conocerá finalmente a mi familia de Courage que me ayudó a llegar al cielo!

¡Gracias por escucharme!

 

 

 

 

 

 

 

 


«Pongámonos las armas de la luz» - La pureza cristiana


P. Raniero Cantalamessa
Predicación de Cuaresma (2018)

«Pongámonos las armas de la luz»
La pureza cristiana


En nuestro comentario de la parénesis de la Carta a los Romanos, hemos llegado al punto donde se dice:

«La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos» (Rom 13,12-14).

San Agustín, en las Confesiones, nos narra el lugar que este pasaje tuvo en su conversión. Había llegado ya a una adhesión casi total a la fe; sus objeciones fueron eliminadas una tras otra, y la voz de Dios se había ido haciendo cada vez más apremiante. Pero había una cosa que lo retenía: el miedo de no lograr vivir casto. Vivía, como se sabe, con una mujer sin estar casado. Estaba en el jardín de la casa que lo albergaba, preso de esta lucha interior y con lágrimas en los ojos, cuando, desde una casa cercana, oyó que provenía una voz, como de niño o niña, que iba repitiendo: «Tolle, lege!, ¡Toma, lee; toma, lee!». Interpretó dichas palabras como una invitación de Dios y, teniendo al alcance de la mano el libro de las Cartas de san Pablo, lo abrió al azar, decidido a considerar como voluntad de Dios la primera frase sobre la cual cayera su mirada. La palabra sobre la cual cayó su mirada fue, precisamente, la de la Carta a los Romanos que acabamos de recordar. Dentro de él brilló una luz de seguridad (lux securitatis), que hizo desaparecer todas las tinieblas de la incertidumbre. Sabía ya que, con la ayuda de Dios, podía ser casto [1].

Las cosas que el Apóstol, en ese pasaje, llama «obras de las tinieblas» son las mismas que en otros lugares define como «deseos, u obras, de la carne» (cf. Rom 8,13; Gál 5,19) y las cosas que llama «armas de la luz» son las mismas que en otros lugares llama «obras del Espíritu» o «frutos del Espíritu» (cf. Gál 5,22). Entre estas obras de la carne se pone de relieve, con dos términos (koite y aselgeia), el desenfreno sexual, al cual se contrapone el arma de la luz que es la pureza.

En el presente contexto, el Apóstol no se alarga hablando de este aspecto de la vida cristiana; pero sabemos qué importancia revestía a sus ojos la lista de vicios, puesta al comienzo de la Carta (cf. Rom 1,26ss). San Pablo establece un vínculo estrechísimo entre pureza y santidad, y entre pureza y Espíritu Santo:

«Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y os aseguramos: Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo» (1 Tes 4,3-8).

Por lo tanto, tratemos de recoger esta última «exhortación» de la palabra de Dios, profundizando el fruto del Espíritu que es la pureza.


1. Las motivaciones cristianas de la pureza

San Pablo, en la carta a los Gálatas, escribe: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benignidad bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gál 5,22). El término griego original, que traducimos con «dominio de sí», es enkrateia. Tiene una gama de significados muy amplia; se puede ejercer, en efecto, el dominio de sí en el comer, en el hablar, en contenerse de la ira, etc. Sin embargo, aquí, como por lo demás casi siempre en el Nuevo Testamento, significa el dominio de sí en una esfera muy precisa de la persona, es decir, en el marco de la sexualidad. Lo deducimos por el hecho de que, poco más arriba, al enumerar las «obras de la carne», el Apóstol llama porneia, es decir, impureza, lo que se opone al dominio de sí (¡es el mismo término que deriva de «pornografía»!)

En las traducciones modernas de la Biblia, el término porneia se traduce como prostitución, como impureza, como fornicación o adulterio y con otros vocablos. La idea de fondo contenida en el término es, sin embargo, la de «venderse», enajenar el propio cuerpo, y, por tanto, prostituirse (pernemi, en griego, significa «me vendo»). Al emplear dicho término para indicar casi todas las manifestaciones de desorden sexual, la Biblia viene a decir que todo pecado de impureza es, en cierto sentido, un prostituirse, un venderse.

Los términos usados por san Pablo nos dicen, pues, que son posibles, hacia el propio cuerpo y la propia sexualidad, dos actitudes opuestas: una fruto del Espíritu y, la otra, obra de la carne; una de virtud y otra de vicio. La primera actitud es conservar el dominio de sí y del propio cuerpo; la segunda es, en cambio, vender o enajenar el propio cuerpo, es decir, disponer de la sexualidad según el propio antojo, para fines utilitaristas y distintos de aquellos para los cuales fue creada; un hacer del acto sexual un acto venal, aunque lo útil no siempre está constituido por el dinero, como en el caso de la auténtica prostitución, sino también por el placer egoísta fin en sí mismo.

Cuando se habla de la pureza y de la impureza en simples listas de virtudes o de vicios, sin profundizar en la materia, el lenguaje del Nuevo Testamento no difiere mucho del de los moralistas paganos. También los Estoicos y los Epicúreos exaltaban el dominio de sí, pero sólo en función de la quietud interior, de la impasibilidad (apatheia), del autodominio; la pureza era gobernada, según ellos, por el principio de la «recta razón».

En realidad, sin embargo, dentro de estos antiguos vocablos paganos, hay ya un contenido totalmente nuevo que brota, como siempre, del kerigma. Esto es ya visible en nuestro texto, donde al desenfreno sexual se opuso, de modo muy significativo, como su contrario, el «revestirse del Señor Jesucristo». Los primeros cristianos eran capaces de captar este contenido nuevo, porque era objeto de catequesis específica en otros contextos.

Examinemos ahora una de estas catequesis específicas sobre la pureza, para descubrir el verdadero contenido y las verdaderas motivaciones cristianas de esta virtud que se derivan del acontecimiento pascual de Cristo. Se trata del texto de 1 Cor 6,12-20. Parece que los Corintios —quizás tergiversando una frase del Apóstol— adujeron el principio: «Todo me es lícito», para justificar también los pecados de impureza. En la respuesta del Apóstol está contenida una motivación totalmente nueva de la pureza que brota del misterio de Cristo. No es lícito —dice— darse a la impureza (porneia), no es lícito venderse o disponer de sí según el propio antojo, por el simple hecho de que nosotros ya no nos pertenecemos, no somos nuestros, sino de Cristo. No se puede disponer de lo que no es nuestro: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo [...] y que no os pertenecéis?» (1 Cor 6,15.19).

La motivación pagana es, en cierto sentido, puesta del revés; el valor supremo que hay que salvaguardar ya no es el dominio de sí, sino el «no-dominio de sí». «¡El cuerpo no es para la impureza, sino para el Señor!» (1 Cor 6,13): la motivación última de la pureza es, pues, que «¡Jesús es el Señor!». La pureza cristiana, en otras palabras, no consiste tanto en establecer el dominio de la razón sobre los instintos, cuanto en establecer el dominio de Cristo sobre toda la persona, razón e instintos.

Hay un salto de cualidad casi infinito entre las dos perspectivas; en el primer caso, la pureza está en función de mí mismo, yo soy el objetivo; en el segundo caso, la pureza está en función de Jesús. Esta motivación cristológica de la pureza se hace más apremiante por lo que san Pablo añade en el mismo texto: nosotros no somos sólo genéricamente «de» Cristo, como su propiedad o cosa suya; ¡somos el cuerpo mismo de Cristo, sus miembros! Esto hace todo inmensamente más delicado, porque quiere decir que, cometiendo la impureza, yo prostituyo el cuerpo de Cristo, realizo una especie de sacrilegio odioso; «violento» al Cuerpo del Hijo de Dios. Dice el Apóstol: «¿Tomaré pues los miembros de Cristo y haré de ellos los miembros de una prostituta?» (1 Cor 6,15).

A esta motivación cristológica, se agrega luego enseguida la pneumatológica, es decir, referida al Espíritu Santo: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros?» (1 Cor 6,19). Abusar del propio cuerpo es, pues, profanar el templo de Dios; pero si uno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él (cf. 1 Cor 3,17). Cometer impurezas es «entristecer al Espíritu Santo de Dios» (cf. Ef 4,30).

Junto a las motivaciones cristológica y pneumatológica, el Apóstol alude también a una motivación escatológica, es decir, que se refiere al destino último del hombre: «Dios, que ha resucitado al Señor, nos resucitará también a nosotros» (1 Cor 6, 14). Nuestro cuerpo está destinado a la resurrección; está destinado a participar, un día, en la bienaventuranza y en la gloria del alma. La pureza cristiana no se basa en el desprecio del cuerpo, sino, por el contrario, en la gran estima de su dignidad. El Evangelio —decían los padres de la Iglesia al combatir a los gnósticos— no predica salvarse «de» la carne, sino la salvación «de la» carne. Los que consideran el cuerpo como un «vestido extraño», destinado a ser abandonado aquí abajo, no poseen los motivos que tiene el cristiano para conservarlo inmaculado.

El Apóstol concluye esta catequesis suya sobre la pureza con la apasionada invitación: «¡Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo!» (1 Cor 6,20). El cuerpo humano es, pues, para la gloria de Dios, y expresa esta gloria cuando la persona vive la propia sexualidad y toda su corporeidad en obediencia amorosa a la voluntad de Dios, que es como decir: en obediencia al sentido mismo de la sexualidad, a su naturaleza intrínseca y original que no es la de venderse, sino la de donarse. Esta glorificación de Dios a través del propio cuerpo no requiere necesariamente la renuncia al ejercicio de la propia sexualidad. En el capítulo inmediatamente posterior, es decir en 1 Cor 7, san Pablo explica, en efecto, que dicha glorificación de Dios se expresa de dos maneras y en dos carismas distintos: o a través del matrimonio, o a través de la virginidad. Glorifica a Dios en su cuerpo la virgen y el célibe, pero lo glorifica también quien se casa, siempre que cada uno viva las exigencias del propio estado.


2. Pureza, belleza y amor al prójimo

A la luz nueva que brota del misterio pascual y que san Pablo nos ha ilustrado hasta aquí, el ideal de la pureza ocupa un lugar privilegiado en cualquier síntesis de moral cristiana del Nuevo Testamento. Se puede decir que no hay una carta de san Pablo en la que no le dedique un espacio, cuando describe la vida nueva en el Espíritu (cf. por ejemplo, Ef 4,17-5,33; Col 3,5-12). Esta exigencia fundamental de pureza se específica, de vez en cuando, según los diversos estados de vida de los cristianos. Las cartas pastorales muestran cómo debe configurarse la pureza en los jóvenes, en las mujeres, en los casados, en los ancianos, en las viudas, en los presbíteros y en los obispos; nos presentan la pureza en sus diferentes caras de castidad, fidelidad conyugal, sobriedad, continencia, virginidad, pudor.

En su conjunto, este aspecto de la vida cristiana determina lo que el Nuevo Testamento —de modo especial, las cartas pastorales— llama la «belleza» o el carácter «hermoso» de la vocación cristiana, que, fusionándose con el otro rasgo, el de la bondad, forma el ideal único de la « belleza buena », o la «bella bondad», por lo que se habla indistintamente tanto de buenas obras como de obras hermosas. La tradición cristiana, al llamar a la pureza «virtud bella», ha recogido esta visión bíblica, que expresa, a pesar de los abusos y las acentuaciones demasiado unilaterales que también han existido, algo profundamente verdadero. ¡La pureza, en efecto, es belleza!

Esta pureza es un estilo de vida, más que una virtud particular. Tiene una gama de manifestaciones que va más allá de la esfera propiamente sexual. Existe una pureza del cuerpo, pero hay también una pureza del corazón que huye, no sólo de los actos, sino también de los deseos y los pensamientos «malos» (cf. Mt 5,8.27-28). Existe una pureza de la boca que consiste, negativamente, en abstenerse de palabras deshonestas, vulgaridades y necedades (cf. Ef 5,4; Col 3,8) y, positivamente, en la sinceridad y franqueza en el hablar, es decir, en decir: «Sí, sí» y «no, no», a imitación del Cordero Inmaculado «en cuya boca no se halló engaño» (cf. 1 Pe 2,22). Existe, finalmente, una pureza o limpidez de los ojos y de la mirada. El ojo —decía Jesús— es la lámpara del cuerpo; si el ojo es puro y claro, todo el cuerpo está en la luz (cf. Mt 6,22s; Lc 11,34). San Pablo usa una imagen muy sugestiva para indicar este estilo de vida nuevo: dice que los cristianos, nacidos de la Pascua de Cristo, deben ser los «panes sin levadura de pureza y de sinceridad» (cf. 1 Cor 5,8). El término empleado aquí por el Apóstol —eilikrinéia— contiene, en sí, la imagen de una «transparencia solar». En nuestro propio texto, él habla de la pureza como de un «arma de la luz».

Actualmente, se tiende a contraponer los pecados contra la pureza y los pecados contra el prójimo y se tiende a considerar verdadero pecado sólo el contrario al prójimo; se ironiza, a veces, sobre el culto excesivo concedido, en el pasado, a la «bella virtud». Esta actitud, en parte, es explicable; la moral había acentuado demasiado unilateralmente, en el pasado, los pecados de la carne, hasta crear, a veces, auténticas neurosis, en detrimento de la atención a los deberes hacia el prójimo y en detrimento de la misma virtud de la pureza que, de este modo, era empobrecida y reducida a virtud casi sólo negativa, la virtud de saber decir no. Ahora, sin embargo, se ha pasado al exceso opuesto y se tiende a minimizar los pecados contra la pureza, a favor de una atención (a menudo sólo verbal) al prójimo. El error de fondo está en contraponer estas dos virtudes. La Palabra de Dios, lejos de contraponer pureza y caridad, las vincula, en cambio, estrechamente entre sí. Basta leer la continuación del pasaje de la Primera Carta a los Tesalonicenses que he mencionado al principio, para darse cuenta de cómo las dos cosas son interdependientes entre sí, según el Apóstol (cf. 1 Tes 4,3-12). El fin único de pureza y caridad es poder llevar una vida «llena de decoro», es decir, íntegra en todas sus relaciones, tanto en relación a uno mismo como en relación a los demás. En nuestro texto, el Apóstol resume todo esto con la expresión: «Comportarse honestamente como en pleno día» (cf. Rom 13,13).

Pureza y amor del prójimo se relacionan entre sí como el dominio de sí y la donación a los demás. ¿Cómo puedo donarme, si no me poseo, sino que soy esclavo de mis pasiones? ¿Cómo puedo donarme a los demás, si no he entendido todavía lo que me ha dicho el Apóstol, es decir, que no me pertenezco y que mi propio cuerpo no es mío, sino del Señor? Es una ilusión creer que se puede juntar un verdadero servicio a los hermanos, que exige siempre sacrificio, altruismo, olvido de sí y generosidad, con una vida personal turbulenta, que tiende toda ella a complacerse a uno mismo y a las propias pasiones. Inevitablemente se termina por instrumentalizar a los hermanos, como se instrumentaliza el propio cuerpo. No sabe decir los «síes» a los hermanos quien no sabe decir los «noes» a sí mismo.

Una de las «excusas» que más contribuyen a favorecer el pecado de impureza, en la mentalidad de la gente, y a descargarlo de toda responsabilidad es que, como mucho, no hace daño a nadie, no viola los derechos y libertades de los demás, a menos —se dice— que se trate de violencia carnal. Pero aparte del hecho de que viola el derecho fundamental de Dios de dar una ley a sus criaturas, esta «excusa» es falsa también respecto del prójimo. No es verdad que el pecado de impureza termina con quien lo comete. Hay una solidaridad de todos los pecados entre sí. Todo pecado, dondequiera y por cualquiera que lo cometa, contagia y contamina el ambiente moral del hombre; este contagio es llamado por Jesús «el escándalo» y está condenado por él con algunas de las palabras más terribles de todo el Evangelio (cf. Mt 18,6ss; Mc 9,42ss; Lc 17,1ss.). Según Jesús, también los malos pensamientos que están estancados en el corazón, contaminan al hombre y, por tanto, al mundo: «Del corazón salen los malos pensamientos; los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones:.. Estas son las cosas que contaminan el hombre» (Mt 15,19-20).

Todo pecado produce una erosión de los valores y, todos juntos, crean lo que Pablo define como «la ley del pecado» del que describe su terrible poder sobre todos los hombres (cf. Rom 7,14ss). En el Talmud hebreo se lee un apólogo que ilustra bien la solidaridad que existe en el pecado y el daño que todo pecado, incluso personal, lleva a los demás: «Algunas personas se encontraban a bordo de un barco. Una de ellas tomó un taladro y comenzó a hacer un agujero debajo de sí mismo. Los demás pasajeros, al verlo, le dijeron: —¿Qué haces? — Él respondió: ¿Qué os importa a vosotros? ¿No estoy caso haciendo el agujero debajo de mi asiento? — Pero ellos replicaron: — ¡Sí, pero el agua entrará y nos ahogará a todos!». La naturaleza misma ha comenzado a enviarnos signos siniestros de protesta contra ciertos abusos y excesos modernos en la esfera de la sexualidad.


3. Pureza y renovación

Estudiando la historia de los orígenes cristianos, se ve con claridad que los principales instrumentos con que la Iglesia logró transformar el mundo pagano de entonces fueron dos; el primero, fue el anuncio de la Palabra, el kerigma, y el segundo, el testimonio de vida de los cristianos, el martirio; y se ve cómo, en el marco del testimonio de vida, dos fueron, de nuevo, las cosas que más admiraban y convertían a los paganos: el amor fraterno y la pureza de las costumbres. Ya la primera carta de Pedro alude al asombro del mundo pagano frente al tenor de vida tan diferente de los cristianos. Escribe:

«Ya es bastante el tiempo transcurrido llevando una vida de gentiles, andando entre libertinajes, instintos, borracheras, comilonas, orgías e idolatrías nefastas. Por eso se extrañan y os insultan cuando no acudís con ellos a ese derroche de inmoralidad» (1 Pe 4,3-4).

Los Apologetas —es decir, los escritores cristianos que escribían en defensa de la fe, en los primeros siglos de la Iglesia— atestiguan que el tenor de vida puro y casto de los cristianos era, para los paganos, algo «extraordinario e increíble». En particular, tuvo un impacto extraordinario sobre la sociedad pagana el saneamiento de la familia, que las autoridades del tiempo querían reformar, pero cuyo desmoronamiento eran impotentes de frenar. Uno de los temas sobre los cuales san Justino mártir basa su Apología dirigida al emperador Antonino Pío, es este: los emperadores romanos están preocupados de sanear las costumbres y la familia, y se esfuerzan por promulgar, a tal fin, leyes oportunas, que, sin embargo, se revelan insuficientes. Pues bien, ¿por qué no reconocer lo que han sido capaces de obtener las leyes cristianas en aquellos que las han acogido y la ayuda que pueden prestar también a la sociedad civil? Algunas luminosas muchachas cristianas, muertas mártires, mostraron hasta dónde llegaba, en este punto, la fuerza del cristianismo.

No hay que pensar que la comunidad cristiana estuviera toda exenta de desordenes y pecados en materia sexual. San Pablo tuvo que reprender incluso un caso de incesto en la comunidad de Corinto. Pero tales pecados eran claramente reconocidos como tales, denunciados y corregidos. No se exigía estar sin pecado, en esta materia, como en lo demás, sino luchar contra el pecado.

Ahora hacemos un salto desde los orígenes cristianos hasta nuestros días. ¿Cuál es la situación del mundo de hoy respecto a la pureza? ¡La misma, si no peor, que la de entonces! Nosotros vivimos en una sociedad que, en asunto de costumbres, ha caído de lleno en el paganismo y en la idolatría del sexo. La tremenda denuncia que san Pablo hace del mundo pagano, al comienzo de la Carta a los Romanos, se aplica, punto por punto, al mundo de hoy, especialmente en las sociedades llamadas del bienestar (cf. Rom 1,26-27.32).

También hoy, no sólo se hacen estas cosas y otras peores, sino que se intenta incluso justificarlas, es decir, justificar toda licencia moral y toda perversión sexual, con tal de que —se dice— no violente a los demás y no ofenda la libertad ajena. Se destruyen familias enteras y se dice: ¿qué mal hay? Es indudable que ciertos juicios de la moral sexual tradicional debían ser revisados y que las modernas ciencias del hombre han contribuido a iluminar algunos mecanismos y condicionamientos de la psique humana que eliminan o disminuyen la responsabilidad moral de algunos comportamientos considerados, un tiempo, como pecaminosos.

Pero este progreso nada tiene que ver con el pansexualismo de ciertas teorías pseudocientíficas y permisivistas que tiende a negar toda norma objetiva en materia de moral sexual, reduciendo todo a un hecho de evolución espontánea de las costumbres, es decir, a un asunto de cultura. Si examinamos de cerca lo que se llama la revolución sexual de nuestros días, nos damos cuenta, con pavor, de que no es simplemente una revolución contra el pasado, sino que es también, a menudo, una revolución contra Dios y a veces contra la misma naturaleza humana.


4. ¡Puros de corazón!

Pero no quiero detenerme demasiado en describir la situación actual en torno a nosotros, que, por lo demás, todos conocemos bien. A mí me interesa, en efecto, descubrir y transmitir lo que Dios quiere de nosotros cristianos en esta situación. Dios nos llama a la misma empresa a la que llamó a nuestros primeros hermanos de fe: a «oponernos a este torrente de perdición». Nos llama a hacer resplandecer de nuevo, ante los ojos del mundo, la «belleza» de la vida cristiana. Nos llama a luchar por la pureza. A luchar con tenacidad y humildad; no necesariamente a ser, todos y enseguida, perfectos. Esta lucha es tan antigua como la Iglesia misma.

Hoy hay algo nuevo que el Espíritu Santo nos llama a hacer: nos llama a testimoniar al mundo la inocencia originaria de las criaturas y de las cosas. El mundo ha caído muy bajo; el sexo —se ha escrito— se nos ha subido a todos al cerebro. Hace falta algo muy fuerte para romper esta especie de embotamiento y borrachera de sexo. Hay que despertar en el hombre la nostalgia de inocencia y sencillez que él lleva anhelante en su corazón, aunque muy a menudo recubierta de barro. No de una inocencia de creación que ya no existe, sino de una inocencia de redención que nos fue devuelta por Cristo y que se nos ofrece en los sacramentos y en la Palabra de Dios. San Pablo apunta este programa cuando escribe a los Filipenses: «Sed irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida» (Flp 2,15s). Esto es lo que el Apóstol llama, en nuestro texto, «ponernos las armas de la luz».

Ya no basta con una pureza hecha de miedos, de tabúes, de prohibiciones, de fuga recíproca entre el hombre y la mujer, como si la una fuera, siempre y necesariamente, una insidia para el otro y un potencial enemigo, más que una «ayuda». En el pasado, la pureza se había reducido, a veces, al menos en la práctica, precisamente a este conjunto de tabúes, de prohibiciones y de miedos, como si la virtud tuviera que avergonzarse ante el vicio y no, en cambio, el vicio el que debiera avergonzarse ante la virtud. Debemos aspirar, gracias a la presencia en nosotros del Espíritu, a una pureza que sea más fuerte que el vicio contrario; una pureza positiva, no sólo negativa, que sea capaz de hacernos experimentar la verdad de esa palabra del Apóstol: «¡Todo es puro para quien es puro!» (Tt 1,15) y de esta otra palabra de la Escritura: «Aquel que está en vosotros es más grande que aquel que está en el mundo» (1 Jn 4,4).

Debemos empezar con sanear la raíz que es el «corazón», porque de allí sale todo lo que contamina realmente la vida de una persona (cf. Mt 15,18s). Decía Jesús: «¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!» (Mt 5,8). Ellos verán realmente, es decir, tendrán ojos nuevos para ver el mundo y a Dios, ojos límpidos que saben vislumbrar lo que es bello y lo que es feo, lo que es verdad y lo que es mentira, lo que es vida y lo que es muerte. Ojos, en definitiva, como los de Jesús. Con qué libertad Jesús podía hablar de todo: de los niños, de la mujer, de la gestación, del parto... Ojos como los de María. La pureza ya no consiste, entonces, en decir «no» a las criaturas, sino en decirlas «sí»; sí en cuanto criaturas de Dios que eran, y siguen siendo, «muy buenas».

Nosotros no nos hacemos ilusiones. Para poder decir este «sí», hay que pasar a través de la cruz, porque después del pecado, nuestra mirada sobre las criaturas se enturbió; se desencadenó en nosotros la concupiscencia; la sexualidad ya no es pacífica, se ha convertido en una fuerza ambigua y amenazadora, que nos arrastra contra la ley de Dios, a pesar de nuestra propia voluntad. En la primera meditación de esta Cuaresma hemos insistido en un aspecto particularmente actual y necesario de la mortificación: la de los ojos. Un sano ayuno de las imágenes es hoy más importante que el ayuno de los alimentos y las bebidas. Concluimos recordando la experiencia de San Agustín que hemos evocado al comienzo. Después de aquella experiencia él comenzó a rezar para obtener la castidad de manera nueva. “Señor, dijo, tú me pides de ser casto: dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”. Una oración que todos podemos hacer nuestra, sabiendo que en este campo, como in cualquier otro, sin la gracia de Dios no podemos hacer nada.

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1.   S. AGUSTÍN, Confesiones, VIII, 11-12.

©Traducción del original italiano PABLO CERVERA BARRANCO


«Con la gracia de Dios y acompañado por Él, sigo perseverando en la fe» -Testimonio de un miembro de Courage

 

«Con la gracia de Dios y acompañado por Él, sigo perseverando en la fe»

Testimonio de un miembro de Courage


Esta es mi experiencia, tan pasada y tan actual, desde que descubrí que experimentaba atracción al mismo sexo. Ahora entiendo aquella frase tan popular del Padre Pío que dice: «Bendita la crisis que te hizo crecer, la caída que te hizo mirar al cielo, el problema que te hizo buscar a Dios»
.

Vengo de una familia muy grande, de muchos hermanos y, sobre todo, hermanas. Nos criamos junto a papá y mamá en un ambiente estrecho, machista y económicamente limitado; un hogar carente de muchas cosas, incluso de algunas básicas. Además, en mi hogar no existía eso que llaman «privacidad», pues debíamos convivir juntos en una habitación, prácticamente en ese ambiente se desarrollaba la vida. Por lo mismo, la calle siempre fue nuestro patio trasero, ahí jugábamos y pasábamos mucho tiempo, con mucha «libertad». Esa fue un poco mi formación, aprendí en la escuela de la calle. Mi papá casi nunca estuvo cerca de mí, estaba en casa, pero era como si no estuviera, siempre metido en sus cosas. Recuerdo una sola muestra de cariño de su parte y la atesoro.

Hubo un evento de mi niñez que marcó mi vida. Como comenté, pasaba mucho tiempo jugando en la calle sin ningún tipo de supervisión. En una ocasión –una de tantas– otro niño y yo, acompañados de un adolescente de unos 13 o 15 años, entramos a una finca. Entre juegos, nos pidió observarlo mientras realizaba actos sexuales con otro chico. Para mí fue un shock mirar semejante acto –yo tenía apenas siete u ocho años– y más dramático aún, que nos incitara a realizar tocamientos indebidos. A partir de ese momento, para mí esa situación se convirtió en una fijación cada vez que veía después a otros varones; se volvió una obsesión.

Cuando cumplí 13 años, mi vida quedó marcada. Descubrí que la bisexualidad era un concepto, una palabra en el diccionario que definía a las personas con gusto sexual por ambos sexos. En ese entonces, me identificaba interiormente de esa forma, pero con una personalidad tímida, seria, un poco introvertida, muy reservada, como escondiendo algo vergonzoso. Ciertamente, había algo diferente en mi sexualidad y no podía hablarlo con nadie, absolutamente con nadie, ni amigos, ni familiares, de quiénes me sentía muy distante.

Tuve una novia en el bachillerato, pero decidí terminar la relación porque no me sentía listo para continuar, sentía un poco de afecto por aquella chica, pero el amor no fue suficiente, se despertaban otros intereses sentimentales y me creaban expectativas.

Me tocó alejarme de la convivencia con mi familia por mis estudios. De cierta manera, me sentía libre de decidir qué camino tomar en la vida. Decidí realizar mis sueños académicos, lo demás podía esperar, incluyendo mi vida sentimental, que era difícil de descifrar. La atracción por uno y otro sexo iba y venía, sin embargo, empecé a fijarme principalmente en los chicos y al final todo quedaba como escondido ahí, muy «guardadito».

A los 24 años conocí a Willy, quien se convirtió en mi mejor amigo. Él ya daba pasos en el mundo gay. Willy era alguien con quien podía expresar mis gustos paralelos. Un día, me presentó a su pareja, y este luego me presentó a su mejor amigo, ahí mi vida empezó a cambiar. Meses después entablé una relación sentimental con otro hombre como yo; un año y medio después comencé a convivir con esa persona, hubo exceso de fiestas, alcohol y, a veces, promiscuidad. En esa vida «divertida», siempre experimenté una sensación de vacío en mi corazón, sentía que me perdía de algo, pero no sabía qué. Solo sabía que eso que estaba viviendo no era amor, sino una compensación del vacío y soledad que me producía.

Una de esas noches, nos visitó un amigo que hace tiempo no veía. Nos contó que estaba asistiendo a una iglesia católica donde había encontrado algo que llenaba su vida. Le pregunté si podía asistir a esas reuniones y me dijo que sí. A partir de ese momento empezaron las sorpresas. Hice un retiro espiritual de tres días que cambió todo mi esquema de vida.

Sin embargo, aún había aquella dicotomía en mi vida, ese doblez, pues continuaba en aquella relación gay, aunque sentía que debía dejarla, pero no sabía cómo. Y entre mucho ir y venir, y encuentros con Jesús en su Palabra, y en la Eucaristía, empecé a dejarme amar por Él y entendí el momento en que debía acabar con esa relación. Aunque fue doloroso, finalmente, un año después logré hacerlo. Jesús hizo su gran parte.

En aquel retiro comenzó mi proceso de conversión, al tener un encuentro más profundo con Jesucristo, y descubrí mi vocación.

Perseveré en el grupo de jóvenes de la iglesia. Fueron años muy bonitos y plenos en los que conocí a muchos amigos y hermanos, y me involucré en varios apostolados y grupos de la iglesia. Realicé muchas visitas a hospitales, asilos, escuelas y colegios, llevando el mensaje de Jesucristo.

Mientras servía en esas actividades pastorales, conocí a una chica con quien entablé una bella amistad, conversábamos y coincidíamos en la manera de vivir nuestra fe y amor a Jesucristo. Con el paso del tiempo nos fuimos enamorando, fueron los años de juventud más bonitos que viví y, poco a poco, descubrimos juntos el plan de Dios en nuestras vidas e iniciamos nuestro noviazgo. Ambos perseveramos en esos grupos junto con otros buenos amigos.

Fuimos novios un par de años y fui descubriendo en mi corazón y en la oración que era la mujer idónea para mi vida. Así pues, nos casamos y, por gracia de Dios, llevamos ya casi veinte años de matrimonio. Dios nos bendijo con hijos con increíbles dones y talentos.

Hoy puedo decir que me siento pleno como hombre, mis debilidades están ahí, a veces me doblan, pero no me quiebran. Sé que aún me falta mucho por crecer como persona y como hombre y para fortalecer mi masculinidad, pues he sido herido por el pecado, pero Dios, en su infinita misericordia, siempre mantiene los brazos extendidos para recibirme, abrazarme y ayudarme.

Hace unos ocho años, un buen amigo católico me invitó a las reuniones del apostolado Courage. Asistí en un momento de crisis en mi matrimonio debido a mi atracción al mismo sexo. Al principio sentí miedo a la exposición pública por mi estado de vida, luego supe de la discreción de las reuniones, lo platiqué con mi esposa, quien conoce todo mi proceso de heridas causadas por la atracción al mismo sexo y juntos comenzamos este camino. A partir de ese momento comencé a participar de las reuniones de Courage.

Recuerdo que en una reunión se nos pidió que pensáramos en aquel momento de la vida en que habíamos tocado fondo. En ese momento, al recordar, lloré como un niño mientras contaba a los miembros del grupo ese evento. Jamás imaginé que aquella escena de la parábola del «Hijo pródigo», en que este, habiendo caído tan bajo, llegó al punto de desear la comida de los cerdos, fuera el mejor ejemplo para describir una situación particular de mi vida. Por mucho tiempo estuve sumido en ese ambiente de promiscuidad sexual, me tocó ver el fondo de mi vida y sentirme asqueado y decepcionado de mí mismo y de la degradación moral en la que caí.

Desde ese momento, pude sentirme más libre, cayó esa vergüenza que llevaba en el corazón, sentí el abrazo de Jesús en cada uno de los miembros del grupo que me escucharon con tanta calma y sin escandalizarse ante el triste relato de mi pasado.

En Courage encontré el apoyo de amigos que entienden lo que me pasa porque también lo viven de una u otra manera. Vamos caminando juntos, orando juntos, desarrollando un espíritu de fraternidad y amistad sincera, buscamos juntos alcanzar cosas más grandes, como la santidad a través de vidas castas y llenas del amor de Dios.

Con la gracia de Dios y acompañado por Él, sigo perseverando en la fe y en mi camino de vida cristiana.

 


Vivir con mayor hondura la oración, el ayuno y la caridad durante Cuaresma

 

Vivir con mayor hondura la oración, el ayuno y la caridad durante Cuaresma

Por Lícia Pereira* 


Muchos cristianos confiesan no vivir muy bien la Cuaresma y las razones pueden ser varias. Algunos no llegan a entender el sentido más profundo de este tiempo, aunque lo deseen; hay quienes consideran las practicas devocionales de la Cuaresma anacrónicas y sin sentido, y no faltan quienes ven en ellas hipocresía, y a veces nos les falta la razón, pues el Señor mismo criticó este tipo de actitud cuando denunciaba el modo en que los «hipócritas» daban limosna, rezaban y ayunaban (cf. Mt 6, 1-18). Es bueno entonces preguntarnos: ¿Por qué la Iglesia recomienda que acentuemos nuestra vida de oración, hagamos ayunos y vivamos más la caridad durante la Cuaresma?

Este tiempo especial en la vida de la Iglesia es «un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso», de este modo, «la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua» (1). Como sabemos, «la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (2), por lo tanto, lo que ella nos indica merece ser considerado con atención.

Desde los inicios del cristianismo, en los escritos de los Padres, encontramos exhortaciones a realizar estas tres prácticas espirituales como un medio para fortalecer la unión con Dios. La Iglesia, siempre entendió que para mejor vivir la Cuaresma y prepararse para la Pascua, esta tríada es de gran valor. San Agustín, por ejemplo, nos alienta en el tiempo cuaresmal a vivir de modo más intenso la oración, el ayuno y la limosna y nos habla de la relación entre ellas: «Añadamos a nuestras oraciones la limosna y el ayuno. Son como las alas de la piedad con las que pueden llegar más fácilmente a Dios […] En efecto, la oración, ayudada con las alas de tales virtudes, levanta el vuelo y llega con más facilidad al cielo adonde nos precedió Cristo, nuestra paz» (3). El santo dice también que cuando imploramos a Dios sus dones de misericordia, deberíamos también estar dispuestos a ofrecer nuestros dones de misericordia. Así al dar limosna tenemos la posibilidad de hacer dos tipos de donación: la donación de bienes materiales a los que necesitan y la donación de nuestro perdón a quienes nos han ofendido (4); Para Agustín, el ayuno es también una forma de vivir la caridad: «La escasez voluntaria del rico sea abundancia necesaria para el pobre»(5), en otras palabras, si voluntariamente nos privamos de llenar nuestra despensa con algunas cosas, tal privación voluntaria es un medio para ayudar a llenar la despensa de aquellos que poco o nada tienen.

Pero ¿tenemos que vivir estas prácticas intensamente solo en Cuaresma? No, ¡hay que vivirlas siempre! Orar, ayunar y hacer caridad son prácticas que deberíamos estar dispuestos a vivir intensamente todos los días de nuestra vida. Pero la Cuaresma nos ofrece a que sea un incentivo a más.

Por estar íntimamente conectada con el Misterio Pascual, durante este período especial en el que recordamos la obra de nuestra Reconciliación, nuestra oración puede asemejarse más a la de Jesús que camina hacia la Pasión (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46); nuestra renuncia a las cosas buenas de la vida y que nos dan gusto puede asemejarse a la renuncia de Jesús: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2, 6-8) y nuestra limosna puede asemejarse a la generosa y sincera donación de Jesús: «Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2Cor 8, 9).

Para concluir, el Papa Francisco este año nos exhorta a no cansarnos de orar, a esforzarnos por extirpar el mal de nuestras vidas y a no cansarnos de hacer el bien en la caridad activa hacia los demás. Intensificando estas tres actitudes espirituales durante la Cuaresma, ayudamos a que este tiempo sea para nosotros «un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado»(6).

Referencias:

1. BENEDICTO XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2009 en Mensaje para la Cuaresma 2009 | Benedicto XVI (vatican.va).
2. CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, 10
3. SAN AGUSTIN, Sermón sobre la Cuaresma: oración, ayuno y limosna, 206, 2-3.
4. Ibid., 2.
5. SAN AGUSTIN, Sermón sobre el ayuno cuaresmal, 210, 10.12.
6. FRANCISCO, Mensaje para la Cuaresma del 2022, Intro., en Cuaresma 2022: «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a) | Francisco (vatican.va).

* Lícia Pereira es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y en este momento reside con su comunidad en Brasil.

Reconciliación con Dios y con la Iglesia: las dos gracias del sacramento de la Penitencia

Reconciliación con Dios y con la Iglesia:
las dos gracias del sacramento de la Penitencia

Por Lícia Pereira de Oliveira, f.m.r.*

No son pocos los católicos que confiesan tener dificultades para acercarse al sacramento de la Reconciliación. Algunos sienten mucha vergüenza de sus pecados y les es difícil abrir el corazón; otros se sienten cansados de repetir las mismas cosas en el confesionario; otros desconfían de modo generalizado de los sacerdotes y se «confiesan» directamente con Dios y no faltan quienes tuvieron malas experiencias con uno o más ministros y terminaron abandonando esta práctica sacramental tan importante en la vida de fe.

Existen también algunas concepciones limitadas sobre el sacramento. La confesión no es una terapia para descargarnos y quedarnos en paz con nuestra conciencia, aunque una buena confesión también tiene efectos positivos en nuestra psicología; tampoco es un tribunal donde me acuso de lo malo que hice, aunque, ciertamente, en ella debo reconocer mis pecados y relatarlos delante del ministro; no es una obligación que cumplir para ser un buen católico, aunque tengamos que acatar la prescripción de la Iglesia que dice que debemos confesar los pecados graves al menos una vez al año (1).

Así pues, para superar las dificultades y las ideas reduccionistas, hay que ir a lo esencial del sacramento. El Catecismo de la Iglesia Católica, citando el antiguo Catecismo Romano, nos recuerda su sentido: «Toda la fuerza de la Penitencia consiste en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad (Catecismo Romano, 2, 5, 18)»(2). Confesarse es antes que nada un hermoso encuentro con el Dios que nos ama y perdona. Es un momento donde experimentamos de modo palpable que Dios es «rico en misericordia» (Ef 2,4) y que su misericordia se derrama abundantemente en nuestros corazones transformándolos (cf. Rom 5,5).

Cuando los cristianos acuden al Sacramento de la Reconciliación reciben «la misericordia de Dios, el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados»(3). Reconciliación con Dios y con la Iglesia, son las dos gracias sacramentales que recibimos al confesarnos. Confiados, entonces, en que recibimos la Gracia que sana las heridas interiores causadas por el pecado y que restablecemos nuestra unión con Dios, recurramos cuantas veces sea necesario al sacramento, pues nuestro Dios es «Padre de las misericordias y Dios de toda consolación» (2Cor 1,3) y está siempre invitándonos a volver a Él, como nos dice el profeta Oseas: «Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer» (Os 11, 8).

De la reconciliación con Dios brota la reconciliación personal y con los hermanos. La gracia sacramental nos infunde fuerza para vivir el amor de Caridad, que consiste en amar a los demás con el amor que viene de Dios:

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud (1 Jn 4,10-12).

No permitamos que malas experiencias del pasado o ciertas ideas obstaculicen la experiencia de gracia que este sacramento nos proporciona. Recordemos que el «confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios»(4), por lo que San Pablo, consciente de ser siervo de Cristo (cf. Rom 1,1) exhortó a los Corintios y nos exhorta hoy: «En nombre de Cristo les rogamos: ¡déjense reconciliar con Dios!» (2Cor 5,20).

  1.  CIC, can. 989
  2. Catecismo de la Iglesia Católica1468
  3.  Lumen Gentium, 11
  4. Catecismo de la Iglesia Católica, 1466

* Licia Pereira es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y en estos momentos reside en Brasil con su comunidad.