"Después de sentir que no me quedaban lágrimas, ahí estaba mi Sagrado Corazón de Jesús": Testimonio de una madre de EnCourage
"Después de sentir que no me quedaban lágrimas,
ahí estaba mi Sagrado Corazón de Jesús"
Testimonio de una madre de EnCourage
Soy una hija amada de Dios, nací en el Perú, tengo 54 años. Soy administradora de profesión y soy madre de dos hijas maravillosas.
Mi familia es católica sin mucha convicción, nos crió mi papá, pues mi mamá falleció cuando yo tenía solo cinco años. Mi infancia fue feliz, era muy engreída por todos ya que era la más pequeña de cuatro hermanas. Siempre creí en Dios, iba a misa y a algunos grupos de parroquia. Conforme iba creciendo, también me iba alejando en mi relación con Dios.
Me casé por civil y con el tiempo tuve mi primera hija. Me sentí muy amada por Dios por el milagro de poder dar vida, luego tuvimos a nuestra segunda princesa quien completó nuestra familia, pero nos faltaba el miembro más importante del hogar: Dios. Estaba ausente entre nosotros. Nunca recibimos el sacramento del matrimonio y decidimos divorciarnos cuando nuestras hijas eran aun pequeñas.
Pasados los años intenté inmigrar a un país del norte de América, mandé a mi hija mayor por delante para que vaya estudiando y viviendo la experiencia fuera de nuestro país. Un tiempo después -mientras ella vivía sola por allá- me llamó para contarme que estaba saliendo con una muchacha y que era su enamorada. En ese momento, el mundo se me vino encima, me sentí en medio de una tormenta, en donde solo por gracia del Espíritu Santo terminé bien la llamada y no hablé mucho. Salí de casa ese día, no sabía qué hacer, a dónde ir, cómo seguir respirando. Llamé a una amiga católica y me consoló, me contactó con muchas personas buenas que me iban orientando. Saqué citas con cuanto sacerdote conocía, pero también recibía consejos de amistades que apoyan las relaciones homosexuales y nuevas ideologías. Sin embargo, todo ello me ayudó a sacarme la venda de los ojos y a encontrarme con la realidad del mundo actual.
Después, vino el sentimiento de culpa, el peor de los sentimientos que puedo haber experimentado. Un día, en medio de este sentimiento, en diálogo con un sacerdote me dijo que la culpa es acción del demonio, cuando venga ese sentimiento sácalo de tu mente y corazón.
Pasé días, semanas, meses investigando, tratando de encontrar la verdad sobre este tema totalmente nuevo para mí hasta que, una noche leyendo el libro “La iglesia y los homosexuales: un falso conflicto” del Padre Mario Arroyo, supe del apostolado Courage. Lo busqué en internet y recuerdo que esa noche no dormí nada y me pasé leyendo los testimonios, artículos, conferencias. Le di gracias a Dios por mostrarme tan claramente la VERDAD, esa Verdad que uno experimenta en lo más profundo de su corazón y te libera. Me sentí tan consolada, descubrí que era mentira la idea de que la Iglesia margina a los homosexuales o que son excluidos y, hasta en algunos casos se dice que los odia. Nada más falso y contrario de todo lo que leía en este sitio web. Me sentí amada, amadísima por mi Santa Madre Iglesia. No podía creer que había un apostolado llamado Courage que existía hace más de 45 años y acompañaba espiritualmente a personas que están experimentando atracción al mismo sexo (AMS) y que también acompañaba a sus familias, como yo, a través del apostolado EnCourage.
Escribí de inmediato al correo electrónico que figura en la web de Courage Internacional y me contactaron pronto. Concertamos una primera llamada por Zoom, me aclararon muchas dudas, una de las más importante es que Dios ama a mi hija con todas sus atracciones y me ama a mí, con todas mis atracciones. Además, me compartieron que todos somos pecadores, pero por encima de ello somos hijos amados de Dios, y que el amor que le tengo a mi hija está por encima de sus atracciones o las decisiones que ella pueda tomar y yo no comparta. Me invitaron a participar de un capítulo virtual de EnCourage en español y comencé a asistir una vez al mes. Fueron reuniones muy consoladoras para mi alma, el poder escuchar los consejos y la guía de nuestro capellán, escuchar a los otros padres de familia y compartir sobre la situación difícil por la que pasamos con mi hija, fueron un bálsamo a mi corazón. Me ayudó mucho vivir y compartir en comunidad y orar de corazón unos por otros.
Hoy la relación con mi hija es muy buena, el amor que nos tenemos está por encima de toda decisión que ella esté tomando y no compartamos. Hace tres años pude visitarla y hablar con ella en persona de lo que yo creo y he aprendido sobre las relaciones del mismo sexo, de la belleza de la complementariedad de sexos y que ella es una hija amada por Dios. Hace unos meses vino de visita con la persona con la que está viviendo hace dos años y vinieron un par de veces a visitarme a casa, además de otros muchos momentos que compartimos juntas durante ese viaje. Fueron momentos muy duros para mi alma, solo por gracia de Dios, siempre me esforcé por acogerla con mucha caridad. No voy a negar que lloré mucho y después de sentir que no me quedaban lágrimas, ahí estaba mi Sagrado Corazón de Jesús, a mi costado, dejando que apoye mi alma en su pecho como San Juan en la última cena. Al día siguiente me sentí muy consolada, es difícil explicarlo, nada había cambiado, pero yo inexplicablemente estaba en paz, comprobé que es cierto que las lágrimas limpian el alma. Mi hija se da cuenta que estoy sufriendo, me lo dijo antes de regresar al país donde reside. Al despedirnos le dije, “hija, todo lo ofrezco, no te preocupes por mí, yo estoy con el Rey del Mundo. Preocúpate por ti, sigue buscando la Verdad en tu corazón”.
Mi vida cambió por completo con esta cruz que estoy viviendo, me he acercado mucho a Dios y a nuestra Madre María, busco ser santa cada día, ser santa y poder llevar a otras personas a encontrarse con Jesús, estoy creciendo espiritualmente en una comunidad católica en mi parroquia, amo a nuestro Sagrado Corazón de Jesús con locura, jamás me sentí tan amada. Trato de asistir a misa diaria, hago oración que se ha convertido en el oxígeno de mi alma, me confieso con frecuencia y no dejo de asistir a las reuniones mensuales del apostolado de EnCourage que son un gran abrazo para mí. Si me lo permiten les recomiendo asistir a la Conferencia anual de Courage y EnCourage en EE.UU. ¡Es un encuentro maravilloso! Dios me regaló la oportunidad de asistir hace dos años y fue muy enriquecedor ver cómo hay tantos chicos y chicas decididos a vivir en castidad y ser santos, y como hay tantos padres de familia, como nosotros, que no se conforman con solo amar a sus hijos sino en darles lo mejor, ayudarlos a llegar al cielo a través del Amor de Cristo.
Hoy tengo FE Y ESPERANZA en que un día, mi hija volteará por fin su mirada y ahí estará Jesús esperándola con los brazos abiertos y diciéndole cuanto ha esperado ese momento en el que voltee a mirarlo y deje ser amada por Él. Yo sigo rezando, pero no con la actitud como he escuchado en algunas ocasiones, “qué vamos a hacer, lo que nos queda es rezar”. ¡No! Rezar es lo más grande e importante que puede hacer una madre por sus hijos, para cumplir el propósito más importante de nuestra labor de madres, llevar a nuestros hijos al cielo, como en el libro “Confesiones” de San Agustín en el que menciona que su madre, Santa Mónica, le dio a luz dos veces: una para la vida física y otra para la vida eterna a través de su fe y oraciones. Rezo, rezo, rezo con mucha fe, no solo por mi hija, rezo por todas las personas que están experimentado AMS y por sus familias, para que se dejen abrazar por nuestro Señor.
No estamos solos, no tengamos miedo, Dios, el Rey del mundo, el que murió y resucitó por ti y por mí ha vencido a la muerte y tiene un lugar en el cielo para nosotros y nuestros amados hijos. No nos dejemos robar ese lugar maravilloso, seamos santos, busquemos ayuda, caminemos en comunidad hacia nuestra patria celestial.
Margarita, EnCourage Lima (Perú)
Un testimonio de fe y esperanza: Testimonio de un matrimonio de EnCourage
Un testimonio de fe y esperanza
Nuestra historia no comenzó fácil. Como padres, vivimos uno de los momentos más dolorosos de nuestra vida cuando nuestra hija empezó a involucrarse en una relación que nos preocupaba profundamente. Fue una etapa llena de confusión, discusiones, lágrimas y un dolor constante en el corazón.
Llegamos a vivir situaciones muy difíciles. El dolor era diario. Ver a nuestra hija alejarse poco a poco de nosotros fue desgarrador. Hubo un momento en que ella decidió que quería irse a vivir con aquella mujer.
Como padres, sentimos que el mundo se nos venía encima. Fue entonces cuando la enfrenté con el corazón en la mano y le dije: "Hija, tienes que decidir… ella o tu familia. Mira todo lo que puedes perder." No fue una conversación fácil. Fue uno de los momentos más duros de nuestra vida. Pero en medio de ese dolor, nunca dejamos de orar.
Un día decidimos buscar ayuda espiritual y fuimos a la parroquia La Divina Providencia, en el centro de Monterrey, para hablar con el párroco Luis René Lozano del Río. Le abrimos nuestro corazón y le compartimos todo lo que estábamos viviendo. Con una gran sensibilidad, el padre nos recomendó acercarnos al apostolado EnCourage en Monterrey (México). Y puedo decir con total certeza que fue lo mejor que nos pudo pasar. Ahí conocimos a otros padres de familia que también cargaban su propia cruz. Diferentes historias, diferentes circunstancias… pero el mismo dolor: el sufrimiento de ver a nuestros hijos en situaciones que nos rompían el alma. No nos sentimos solos. Por primera vez, entendimos que nuestro dolor era compartido.
Un día nos invitaron a una Hora Santa organizada por el grupo. Esa noche marcó nuestra vida para siempre. Estábamos todos los padres unidos en oración, frente al Santísimo Sacramento, derramando lágrimas, suplicando por nuestros hijos. Fue un momento tan poderoso, tan lleno de la presencia de Dios, que al recordarlo se me eriza la piel. Sentimos claramente que Dios estaba ahí. Que nos escuchaba. Que no nos había abandonado. En esa Hora Santa comprendimos algo profundamente: Dios jamás nos deja solos. Dios escucha. Dios actúa. Y lo que ocurrió después fue simplemente maravilloso.
Dos días después de aquella Hora Santa que marcó nuestra vida, sucedió algo que jamás olvidaremos, nuestra hija nunca se había ido físicamente de la casa… pero su corazón estaba lejos. La sentíamos distante, cerrada, como si una barrera invisible se hubiera levantado entre nosotros. Compartíamos el mismo techo, pero no la misma paz.
Ese día se acercó a nosotros diferente. Había algo en su mirada que no veíamos desde hacía mucho tiempo. Se sentó frente a nosotros, con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa. Nos dijo que había terminado esa relación, que había reflexionado profundamente. Que en esos días algo se había movido dentro de ella. Que había sentido una lucha en su corazón. Y, con una humildad que nos partió el alma, reconoció que estaba equivocada. Que había tomado decisiones que nos habían herido… y que también la estaban lastimando a ella. Y entonces dijo algo que jamás olvidaremos: “Quiero volver… quiero volver a estar bien con ustedes. Quiero volver a mi familia.” En ese momento entendimos que no hablaba de regresar físicamente, porque nunca se había ido. Hablaba de volver con el corazón. De reconstruir lo que se había fracturado, de sanar.
No hubo reclamos. No hubo condiciones. Solo lágrimas que corrían sin control. La abrazamos fuerte, como si en ese abrazo quisiéramos envolverla en todo el amor que nunca dejamos de sentir por ella. Fue un momento que solo puede describirse como un milagro. Nosotros habíamos pedido ese momento con todo el corazón… y Dios nos lo concedió. Estamos convencidos de que, en esa Hora Santa, en ese instante de oración profunda y sincera, Dios escuchó nuestro clamor.
Con el tiempo, el Señor siguió obrando. A nuestra hija llegó un hombre bueno, respetuoso, amoroso. Un hombre que la cuida, la valora y le demuestra cada día cuánto la ama. Hoy es su novio y tienen planes de casarse. Su relación está basada en respeto, cariño y compromiso. Verla feliz hoy es una respuesta viva de Dios. Pero el Señor todavía tenía más sorpresas para nosotros.
Tiempo después, quise visitar nuevamente al padre Luis para agradecerle todo lo que hizo por nosotros. Mi hija quiso acompañarnos junto con su novio. Coordinamos la visita, y de manera providencial, ese mismo día el grupo EnCourage en Monterrey estaba celebrando su aniversario.
Todo coincidió perfectamente, mi hija, frente a todos los padres del grupo y junto a su novio, compartió su testimonio. Habló del dolor que vivió, de la confusión, del sufrimiento… pero también del amor de Dios que la rescató. Fue un momento lleno de luz, de esperanza y de confirmación de que Dios escribe recto en renglones que nosotros vemos torcidos.
Hoy solo podemos decir:
Gracias, Señor, por nunca soltarnos.
Gracias por escucharnos cuando llorábamos en silencio.
Gracias por sostenernos cuando sentíamos que ya no podíamos más.
Gracias por nuestra hija.Gracias por su felicidad.
Gracias por tu amor infinito.
Nuestro testimonio es prueba viva de que la oración tiene poder, que la fe mueve montañas y que Dios jamás abandona a una familia que confía en Él.Dios siempre escucha. Dios siempre actúa. Solo hay que confiar.
Francisco y Nelly, EnCourage Monterrey.
Escuchar y ayunar para acoger la vida nueva
Escuchar y ayunar para acoger la vida nueva
Por Yara Fonseca*
La Cuaresma se nos presenta cada año como un tiempo favorable para volver al centro, para reencontrar aquello que da sentido a nuestra vida cristiana. En su mensaje para la Cuaresma de 2026, el Papa León XIV nos propone un camino sencillo y exigente a la vez, resumido en dos actitudes fundamentales: escuchar y ayunar. Ambas prácticas, profundamente arraigadas en la tradición bíblica y espiritual de la Iglesia, nos conducen a una conversión auténtica del corazón, capaz de abrirnos nuevamente a la gracia de Dios.
El Santo Padre nos recuerda que todo proceso de conversión comienza por la escucha. “Cada camino hacia la conversión comienza permitiendo que la palabra de Dios toque nuestros corazones y acogiéndola con espíritu dócil”, afirma en su mensaje. No se trata de una escucha superficial o distraída, sino de una actitud interior que exige silencio, disponibilidad y humildad. Escuchar es, en el fondo, reconocer que no somos el centro, que necesitamos dejarnos interpelar por una voz que nos precede y nos llama.
En la Escritura, Dios se revela como Aquel que escucha el clamor de su pueblo. El Papa evoca el pasaje del Éxodo: “He observado la miseria de mi pueblo… y he oído su clamor”. Esta escucha divina no es pasiva; es una escucha que se compromete con la historia concreta de hombres y mujeres reales. Del mismo modo, cuando aprendemos a escuchar a Dios, somos también llamados a escuchar a los demás, especialmente allí donde hay sufrimiento, fragilidad y búsqueda de sentido.
La Cuaresma nos invita a revisar cuántas voces ocupan nuestro interior y cuántas de ellas terminan acallando la voz de Dios. Vivimos rodeados de ruido, opiniones, juicios y urgencias que nos impiden detenernos. Escuchar, entonces, se convierte en un acto profundamente contracorriente en nuestra sociedad: implica frenar, hacer espacio, permitir que la Palabra nos confronte y nos transforme. Sin esta escucha, la vida espiritual corre el riesgo de volverse rutina o simple cumplimiento exterior.
Unida inseparablemente a la escucha, el Papa León XIV propone la práctica del ayuno. Lejos de reducirlo a una mera abstinencia alimentaria, el ayuno aparece como un ejercicio que educa el deseo y orienta el corazón. “Abstenerse de alimentos es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión”, señala el Papa, porque nos ayuda a reconocer qué es lo verdaderamente necesario y a mantener viva el hambre de justicia y de bien.
El ayuno nos confronta con nuestras dependencias, con aquello a lo que nos aferramos para sentirnos seguros o satisfechos. Al privarnos voluntariamente de algo legítimo, descubrimos cuánto necesitamos de Dios y cuánto espacio ocupa Él realmente en nuestra vida. En este sentido, el ayuno no empobrece, sino que ensancha el corazón. Como recuerda san Agustín, citado en el mensaje: “Durante la vida terrenal, los hombres y mujeres deben tener hambre y sed de justicia… los hombres se ensanchan al tener hambre”. El ayuno, vivido con sentido espiritual, dilata nuestra capacidad de desear a Dios.
El Papa amplía además el significado del ayuno invitándonos a una abstinencia que alcanza nuestra manera de hablar y de relacionarnos. Nos exhorta a “desarmar nuestro lenguaje, evitando palabras duras, juicios apresurados y habladurías”. Este llamado toca una dimensión muy concreta de la conversión cotidiana. Con frecuencia, nuestras palabras revelan impaciencia, miedo o dureza interior. Ayunar de palabras que hieren es una forma concreta de caridad y un signo de que el corazón comienza a dejarse transformar.
Escucha y ayuno se iluminan mutuamente. La escucha nos dispone a recibir la verdad; el ayuno nos libera de aquello que nos impide acogerla. Escuchar sin ayunar puede quedarse en una experiencia superficial, sin consecuencias reales. Ayunar sin escuchar puede transformarse en un gesto vacío, centrado en uno mismo. Vividas juntas, estas prácticas nos conducen a una fe encarnada, capaz de traducirse en decisiones concretas y en una vida más conforme al Evangelio.
La Cuaresma no es solo un tiempo de esfuerzo personal, sino un tiempo de gracia. No se trata de perfeccionarnos por nuestras propias fuerzas, sino de abrir espacios para que Dios actúe. Escuchar y ayunar son, en el fondo, maneras de decirle al Señor que estamos disponibles, que deseamos volver a Él con un corazón más libre, más unificado, más dócil a su voluntad.
Que esta Cuaresma sea para nosotros un verdadero retorno al corazón de Jesús, un camino que no se agota en el esfuerzo ni en la renuncia, sino que se abre a la promesa de la Pascua. Vivir cuarenta días de escucha y de ayuno prepara el corazón para acoger un don que nos sobrepasa: la vida siempre nueva que Cristo nos ofrece en su Resurrección. Escuchar nos dispone a reconocer su voz cuando vuelve a llamarnos por nuestro nombre; ayunar ensancha el deseo para recibir lo que no podemos darnos a nosotros mismos. Así podremos celebrar la Pascua no solo como un acontecimiento que recordamos, sino como Vida que brota viva y nueva en nosotros, porque el Señor resucitado hace nuevas todas las cosas.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
Después del Jubileo: recojamos los frutos de la esperanza
Después del Jubileo: recojamos los frutos de la esperanza
Por Yara Fonseca*
El 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, se clausuró oficialmente en Roma el Año Jubilar de la Esperanza, con el cierre de la Puerta Santa. Sin embargo, al encontrarnos ahora, algunas semanas después, todavía resuena en nosotros la pregunta más importante que deja todo tiempo de gracia: ¿qué ha hecho Dios en nosotros durante este año?
No se trata de un balance apresurado ni de una evaluación de resultados. El Jubileo no fue un programa que cumplir ni una meta espiritual que alcanzar, sino un tiempo ofrecido por Dios, un espacio en el que Él salió a nuestro encuentro con una misericordia renovada. Por eso, este momento posterior a la clausura resulta especialmente fecundo: es el tiempo de recoger los frutos, de reconocer la obra silenciosa de la gracia, incluso allí donde no vemos cambios evidentes.
Desde sus raíces bíblicas, el jubileo siempre ha sido iniciativa de Dios. En el Antiguo Testamento, no era el esfuerzo humano el que producía la liberación, sino la fidelidad del Señor que restauraba, devolvía, sanaba y recomponía lo que había quedado fragmentado (cf. Lv 25). También el descanso de la tierra recordaba que no todo depende de nuestra acción, sino que la vida se sostiene, en última instancia, en la gracia de Dios.
Esta verdad ha atravesado también el Año Jubilar que acabamos de vivir. Como miembros de Courage y EnCourage, sabemos bien que nuestro camino espiritual no se caracteriza por logros espectaculares, sino por una fidelidad frágil, sostenida día a día por la gracia. El Jubileo no nos pidió ser más fuertes, sino más disponibles; no más eficaces, sino más confiados.
Quizás algunos esperaban frutos visibles: una mayor claridad interior, una paz más estable, una superación definitiva de ciertas luchas. Sin embargo, los frutos de Dios muchas veces crecen en silencio, bajo la superficie. Tal vez este año jubilar dejó en nosotros algo más discreto, pero no menos real: una mayor paciencia con nosotros mismos, una oración más sencilla y perseverante, una confianza más profunda en la misericordia de Dios, o simplemente la decisión de seguir caminando, aun sin comprender todo.
San Pablo lo expresa con gran realismo espiritual cuando escribe:
“Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros” (2 Co 4,7).
El Jubileo nos ha recordado precisamente que el tesoro no es nuestra coherencia ni nuestra constancia, sino la presencia fiel de Dios que habita en nuestra pobreza y pequeñez. Y ese es, quizá, uno de los frutos más preciosos de este año santo.
Posiblemente muchos de nosotros tuvimos la oportunidad de atravesar una Puerta Santa como signo visible de este tiempo de gracia. Otros no pudieron hacerlo físicamente, pero la cruzaron interiormente: al volver al sacramento de la reconciliación y acogerse a la indulgencia plenaria propia de este tiempo, al retomar la oración después de un tiempo de sequedad, al aceptar ser acompañados, al elegir una vez más la fidelidad concreta en lo cotidiano. También ahí hubo Jubileo.
Ahora, cuando el calendario jubilar ya se ha cerrado, la Iglesia nos invita a no perder lo esencial. La esperanza que hemos cultivado no estaba destinada solo a un año excepcional, sino a sostener nuestra vida cristiana ordinaria. Seguimos siendo peregrinos, pero no peregrinos solitarios, pues caminamos sostenidos por la fidelidad de Dios, que no abandona la obra que ha comenzado en nosotros (cf. Flp 1,6).
Este tiempo posterior al Jubileo puede convertirse, entonces, en un verdadero acto de acción de gracias. Agradecer por los consuelos recibidos y también por las purificaciones silenciosas; por los pasos firmes y por los tropiezos que nos enseñaron a depender más de Dios; por lo que entendemos y por lo que permanece misterioso.
El Jubileo ha terminado, pero la gracia permanece. Y mientras seguimos avanzando en este nuevo tramo del camino, podemos hacerlo con la certeza serena de que no somos sostenidos por nuestros esfuerzos —siempre insuficientes—, sino por la misericordia y amor de Dios, que nos precede, nos acompaña y nos espera.
Propongámonos empezar este año 2026 con el corazón agradecido por los frutos del Año Jubilar, pidiendo a Dios que permanezcamos en el deseo de seguir caminando como peregrinos de esperanza, confiados no en nuestras fuerzas, sino en Él.
Señor Jesús, te damos gracias por el Año Jubilar que hemos vivido,
por cada gracia visible y por aquellas que solo Tú conoces.
Gracias por habernos sostenido en nuestra fragilidad,
por no retirarnos tu misericordia
cuando nuestros pasos fueron inseguros
y nuestra esperanza vaciló.
Recibe, Señor, lo que somos y lo que traemos:
los frutos que reconocemos y aquellos que aún germinan en silencio.
Enséñanos a confiar más en tu obra que en nuestros esfuerzos,
a descansar en tu fidelidad y a seguir caminando como peregrinos de esperanza.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.
"Sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí"- Testimonio de un miembro de Courage
"Sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí"
Testimonio de un miembro de Courage
Hola, soy Javier, nací en Atlixco, Puebla, México, una ciudad llena de fe y tradiciones. Desde pequeño fui criado en la Iglesia Católica. Fui el segundo de tres hermanos hombres. Mi hermano mayor nació y tuvo una parálisis cerebral. Eso fue muy duro para mis padres, especialmente para mi mamá, quien en algún momento me compartió que quería que no naciese por miedo a lo que había vivido y además quería que yo fuese mujer. Este dolor en mis padres hizo que yo fuese un niño muy sobreprotegido, cuidado al extremo, al punto de no dejarme gatear, por lo que siempre estaba en brazos de mi madre. Ello me hizo débil, frágil, inseguro.
En nuestra casa vivíamos con nuestros tíos. Desde que yo era muy pequeño recuerdo que ellos se burlaban mucho de mí porque era débil y tenía una voz delicada. Me decían: “pareces mariquita”, “no te comportes como mujercita”. Me decían muchas cosas con las que yo sabía que “no estaba bien como era”. Sentía culpabilidad de ser quien era: mariquita.
En el kínder fui un niño alegre y extrovertido, pero alrededor de los 4 años, tras una experiencia dolorosa por maltrato de una maestra en el kínder, me volví sumamente introvertido. Recuerdo que en esa escuela me llamó la atención las figuras de un niño y una niña, pero sentía que la del niño me atraía más. Desde muy pequeño comencé a pensar que quizá mis tíos tenían razón y poco a poco me convencí de que era gay. Fue un secreto que se convirtió en mi mayor carga. En mi soledad, desde muy pequeño, busqué refugio en el auto placer, idealizando lo masculino y buscando llenar un vacío interior.
A pesar de sentir esa confusión, pasaban los años y siempre me gustaba ir a misa con mi tía abuela y leer vidas de santos. Un día pensé: “¿Y si yo fuera santo?... qué tontería, un santo gay. Dios jamás lo permitiría”. Esa idea me llenó de enojo y confusión. Poco a poco empecé a sentir rechazo hacia la Iglesia por considerarla rígida.
En casa, mis padres no me dejaban tener amigos con quienes salir para protegerme de cualquier peligro, por lo que mi único amigo fue mi hermano menor, con quien jugaba, pero también peleaba bastante hasta mi adolescencia. En esa época llegué a perder la esperanza. Intenté acabar con mi vida dos veces, pero el miedo y una chispa de fe me detuvieron. Me sentía profundamente enojado con Dios por “no ser normal” y comencé a alejarme de todo lo religioso. Incluso porque, al confesar mi preferencia, ningún sacerdote supo guiarme en ello, por lo que prefería ocultarlo.
A los 19 años conocí a un chico y tuve mi primera experiencia sexual. No fue lo que imaginé. Luego vinieron revistas, fantasías y más soledad. Tuve varios enamoramientos platónicos, sin llegar a nada real por miedo. Aunque me disgustaba mi condición, pensaba que era lo que me había tocado vivir. Durante dos años participé en un grupo LGBT donde por fin sentí comprensión. Sin embargo, observaba actitudes y conductas con las que no coincidía. En el fondo, quería mantener los valores que me inculcó mi familia, aunque en silencio los envidiaba por “ser tan libres”. Finalmente, terminé saliendo de ese grupo.
Después traté de llevar una vida “normal”. Tuve dos novias, cada relación duró dos años. Fingía vivir la castidad hasta el matrimonio, pero por las noches frecuentaba bares y lugares donde daba rienda a mis pasiones. Me volví alcohólico y fumador. Tras un accidente automovilístico y despertar golpeado afuera de un bar, decidí cambiar de ciudad. Allí empecé de nuevo, más independiente y viviendo una libertad aparente. Aún asistía ocasionalmente a misa y me gustaba confesarme, porque al comulgar sentía una paz que no encontraba en ningún otro lugar. Sin embargo, en especial una noche de Pascua, marcó mi alejamiento de la iglesia. Fue entonces que seguí viviendo de noche en ambientes de desenfreno, convencido de que esa era la vida que quería.
Conocí a un chico que me propuso una “relación abierta”. Acepté, aunque en el fondo sabía que eso rompía mis propios valores. Me enamoré profundamente, pero cuando pedí exclusividad, me rechazó. Eso me llevó a hundirme en más excesos en el alcohol, tabaco, encuentros casuales y una vida sin compromisos.
Me acerqué entonces a corrientes de la Nueva Era, pensando que ahí estaba la verdad: una “espiritualidad sin culpa”. Pero en el fondo seguía vacío. Hasta que conocí a mi última pareja. Era, según yo, mi “amor verdadero”: físico, emocional, todo lo que soñé. Sin embargo, algo dentro de mí no estaba en paz. Empecé a serle infiel con otras personas, continuaba sumido en el alcohol en secreto y vivía en total descontento conmigo mismo.
Buscando respuestas espirituales, sanar mi deteriorada salud y salir de mis vicios, al cumplir 40 años, acepté participar en una experiencia tomando “ayahuasca o yagé” (bebida que genera alucinaciones, adormecimiento), creyendo que encontraría sanación. Pero esa misma noche viví algo que cambió mi vida por completo. Caí en un estado de gran perturbación interior que me llevó a escuchar voces y perder el control de mi mente.
El jueves 31 de octubre de 2019 a las 7:00 pm, 7 días después de aquella experiencia, en plena desesperación, esas voces me impulsaron a hacerme daño a mí mismo lanzándome hacia un auto que venía a alta velocidad ... pero Dios tenía otros planes para mí. Ese día corrí a una iglesia, y providencialmente, estaba expuesto el Santísimo Sacramento. Caí de rodillas y lloré. En ese momento, Jesús se mostró vivo, real, lleno de amor, cubriéndome con Su gracia, como el Padre que abraza al hijo pródigo. En un instante supe que Él era real, que me amaba, y que me invitaba a empezar de nuevo. Sentí nuevamente esa paz que ya había experimentado antes. Me confesé, comulgué y ahí empezó un camino de liberación, conversión profunda de mi corazón y regreso a Casa del Padre.
Seguí con mi pareja unos meses más, pero en una confesión, un buen sacerdote me dijo: “¿Por qué quieres seguir con él? ¿Estarás dos, cinco, diez años más? ¿Cuánto durará ese amor… y luego qué sigue? Te invito a buscar la castidad. ¡Si supieras cuán hermoso es vivir así, en tu condición de vida!”.
Aquellas palabras me dejaron sin aliento. Mi pareja se fue poco después y yo me quedé solo. Pero algo nuevo había nacido en mí.
Empecé a buscar a Dios con sinceridad, aunque nadie en la Iglesia me explicaba cómo vivir la fe experimentando atracción al mismo sexo. En medio de esa confusión, descubrí una página web llamada Courage. Tardé un año en contactarlos, por miedo y por una crisis interior al intentar vivir una relación “en castidad” con un chico de la Iglesia. Finalmente, escribí y recibí respuesta inmediata.
Poco a poco fui conociendo la espiritualidad del apostolado, aprendiendo que Dios me ama tal como soy, que no me pide negar mi historia, ni mis sentimientos, sino entregarle mis debilidades y deseos para transformarlos en algo más grande. Descubrí que sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí.
Hoy, en mi capítulo de Courage, vivo la plenitud de ofrecer mi afectividad y mi sexualidad de manera libre y consciente, por amor al Reino de Dios. He encontrado hermanos, comprensión, fe, esperanza y la certeza de que Jesús y María Santísima me acompañan cada día en este camino hacia la verdadera libertad interior.
Mi vida ya no es la misma. El Señor me sacó de la oscuridad y me mostró que Su Amor sana, transforma y da sentido a todo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20).
Adviento en clave de Dilexit Nos y Dilexi Te
Adviento en clave de Dilexit Nos y Dilexi Te
Por Yara Fonseca*
Estamos viviendo los primeros días del Adviento, un tiempo de espera, de silencio interior y de esperanza. Lo hacemos con el corazón aún iluminado por un acontecimiento reciente en la vida de la Iglesia: la publicación de la primera Exhortación Apostólica del Papa León, Dilexi Te, el 4 de octubre del presente año. Aunque su aparición precedió el inicio del año litúrgico, la providencia nos permite acogerla y meditarla ahora, cuando ya caminamos hacia Belén. Su mensaje encuentra en el Adviento un espacio privilegiado para ser escuchado, porque es un texto que nace del amor recibido y que impulsa al amor ofrecido, la misma dinámica espiritual que la liturgia nos invita a vivir durante este tiempo.
Esta nueva exhortación es un verdadero don para la Iglesia y, al mismo tiempo, un signo de continuidad con el magisterio del Papa Francisco. El corazón de Dilexi Te se reconoce fácilmente en la enseñanza de Francisco, especialmente en Dilexit Nos, donde nos recordaba que nuestra identidad cristiana brota del amor primero de Cristo. El Papa León retoma esa certeza y la conduce hacia una expresión profundamente misionera, pues saber que hemos sido amados nos capacita para amar.
En Dilexit Nos, Francisco decía: “Cristo nos amó primero (cf. 1 Jn 4,19), y es en ese amor que nos precede donde encontramos nuestra identidad y nuestro descanso”. Y ahora León afirma que “ninguna misión cristiana es posible sin esta verdad fundante; Él nos amó antes, Él tomó la iniciativa, Él salió a nuestro encuentro” (Dilexi Te, 2).
Es hermoso contemplar cómo un documento conduce al otro y cómo un amor engendra otro amor. Dilexit Nos nos ayudó a reconocer el amor que nos sostiene. Dilexi Te nos invita a dejar que ese mismo amor se haga vida en nuestras obras. La Escritura resume este movimiento en una sola frase: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Primero conocemos el amor y luego creemos en él hasta vivirlo, sobre todo en la sensibilidad hacia toda forma de pobreza presente en el corazón del hombre y en la sociedad.
León XIV retoma además un tema central del magisterio reciente: la contemplación del misterio del Corazón de Cristo, donde el amor de Dios se muestra como una misericordia que sostiene y regenera. En un pasaje iluminador afirma que “en el Corazón de Jesús encontramos la ternura que no humilla y la firmeza que no abandona; una herida abierta que no acusa, sino que invita a volver a empezar” (Dilexi Te, 7). La misma intuición se encuentra en la enseñanza de Francisco. La misión cristiana nace de una experiencia personal del amor de Cristo, que transforma al discípulo en testigo. De este modo, el magisterio de ambos se une en un mismo llamado: permitir que el amor de Jesús configure nuestra manera de mirar, de acompañar y de servir.
En este contexto, el Adviento adquiere un significado aún más profundo. Es el tiempo litúrgico que nos invita a acoger nuevamente el amor que Dios nos ha tenido desde siempre, porque “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Al mismo tiempo, el Adviento nos impulsa al amor por los hermanos, en especial por los más necesitados.
La contemplación del pesebre nos ayuda a entrar más hondamente en este misterio. Allí está el Verbo hecho carne, frágil y pequeño, envuelto en pañales. Allí se manifiesta ese Amor que tomó la iniciativa. Se nos dio cuando aún no sabíamos recibirlo; se hizo hermano cuando todavía no entendíamos la fraternidad; se puso en nuestras manos cuando nuestras manos no estaban limpias. El pesebre es la cátedra del Amor que precede y es también el lugar donde aprendemos a responder. En el silencio de Belén se entrelazan estos dos movimientos: un Amor que baja y un amor que sube; un Amor que nace y un amor que aprende a nacer al pobre.
En este Adviento podemos pedir una gracia sencilla y profunda: dejarnos amar. Permitir que Cristo nos encuentre donde estamos. Contemplar el pesebre sin prisa. Abrir el corazón al silencio que nos conduce a lo esencial de la vida cristiana. Y, desde allí, renovar nuestra disponibilidad para amar como Él.
Que este tiempo litúrgico nos ayude a vivir esa doble confesión que une a Francisco y a León XIV, y que podamos repetir con alegría: Él nos amó. Señor, yo también quiero amar. Y con tu gracia, amaré a tu Iglesia y a los hermanos, a quienes Tú tanto amaste. Que María, la Madre del Adviento, nos acompañe en la espera que educa el corazón para el amor cristiano.
*Yara Fonseca es asistente de coordinación, en la oficina de Courage Internacional, para los capítulos de Courage en español y portugués.
La misericordia divina: nuestra fuente de esperanza
La misericordia divina: nuestra fuente de esperanza*
P. Brian Gannon
Director general de Courage Internacional
Una de las mayores bendiciones de mi vida fue hace 10 años, cuando en mi parroquia recibimos las reliquias de santa María Goretti. Hicimos un poco de promoción y contamos con la ayuda de cien voluntarios, anticipando un gran número de fieles, sin embargo, nadie imaginó la explosión de gracia que le esperaba a la parroquia ese día. En un periodo de doce horas, cerca de ocho mil personas de la región y de otras localidades, visitaron la iglesia para venerar a esta santa extraordinaria, no solo por su castidad, sino por su gran misericordia. Y es que ella fue una verdadera apóstol de la misericordia. Conocemos la historia: Cómo Alessandro Serenelli intentó violar a María, las catorce puñaladas, como sufrió María sin anestesia, pero, sobre todo, cómo en su lecho de muerte y en medio del dolor, María perdonó a su asesino e incluso deseó que un día estuviese con ella en el cielo. Solo la gracia puede hacer eso. Solo una unión íntima con Jesucristo puede despertar esa disposición heroica en el alma de una persona.
Ya que nos acercamos al final de este maravilloso Encuentro y considerando la bendición de este Año Jubilar de la esperanza, reflexionemos sobre lo que la Sagrada Escritura y el Magisterio nos dicen sobre la misericordia, fuente de nuestra esperanza.
Comencemos con un poco de antropología cristiana, partiendo de esta elocuente, aunque mundana, descripción del hombre que termina, sin embargo, en un tono de desesperanza: ¡Que admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos! ¡Qué semejante a un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios! Él es sin duda lo más hermoso de la tierra, el más perfecto de todos los animales. Pues, no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me deleita...
Estas palabras son de la obra Hamlet de Shakespeare. En la obra, Hamlet describe con elocuencia las cualidades del hombre, sin embargo, sus pensamientos terminan con cinismo y desesperanza. Su respuesta a los problemas se torna brutal: venganza y placer, buscando, con astucia y violencia, el control sobre los demás. Busca vengar el asesinato de su padre, asesinando. Usa su ingenio para destruir a los demás.
Es interesante cómo el hombre no es la criatura más rápida, ni la más fuerte, ni la más resistente a las inclemencias del tiempo. Muchos animales son mucho más rápidos, más fuertes y resistentes al frío y al calor. Entonces, ¿qué le da al hombre tanto poder sobre las criaturas?
Bien, pasemos a algo un poco más elocuente que el gran Shakespeare: ¡las Sagradas Escrituras! Específicamente, el salmo 8: “¿Qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor; le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies: todos los rebaños y ganados, y hasta los animales salvajes; las aves del cielo, los peces del mar y cuanto surca los senderos de las aguas. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!”
Y, desde luego, está también el primer capítulo del Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó”. Así que, de hecho, Dios ha dado al hombre y a la mujer la dignidad de Su propia imagen. Un intelecto y una voluntad; un cerebro y poder, no solo para resistirse a sus propios instintos, sino el poder de resistirse incluso al mismo Dios. ¡Se trata de un poder extraordinario!
Por supuesto, en Génesis 1, 28, Dios da al hombre incluso el dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y todos los seres vivientes. Así que, en el mundo antes del pecado original, el hombre y la mujer son el culmen de la creación y los gobernantes perfectos de la Tierra en el Edén.
Por tanto, lo que vemos aquí es la respuesta de Dios, o más bien un recordatorio del plan original de Dios, ante la desesperación de Hamlet. Los poderes extraordinarios del hombre no vienen de las teorías neodarwinistas actuales, sino, como sabemos, del hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto significa que cada uno de nosotros vale más que todo el universo material junto.
El hombre tiene un intelecto, una voluntad para elegir y, desde luego, también tiene un corazón para amar, pero no solo para sentir el afecto que un animal hembra siente por sus cachorros, sino para amar realmente como Dios ama. ¡Qué don tan extraordinario poder amar como Dios ama! Juan Pablo Segundo lo describe muy bien en su primera encíclica Redemptor hominis:
El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre.
A continuación viene, por supuesto, el pecado original, o sea, la catástrofe original, la rebelión original contra el Dios infinitamente amoroso de la creación. No hay excusa: ¡Adán y Eva sabían exactamente lo que hacían, incluso mejor que nosotros cuando pecamos! Y, sin embargo, a tan solo minutos, por así decirlo, de esta increíble rebelión contra Dios, Dios promete a quien aplastará la cabeza de la serpiente. Nos promete un salvador. En un pasaje, reconocido tanto por judíos como cristianos como una profecía sobre el Mesías venidero, podemos ver que ya en la mente de Dios estaba el hacerse hombre y nacer específicamente para asumir su pasión, crucifixión y muerte. Así que en el jardín del Edén, en aquel momento crítico, Dios ya había ideado un plan para dejarse aplastar por nuestras iniquidades, ¡por el infinito amor que tiene por cada uno de nosotros!
Esta es la hora de la misericordia original, por así decirlo. Este es el primer momento en la historia del universo en que Dios revela las profundidades de su amor. Había advertido a Adán y Eva que morirían si se atrevían siquiera a tocar el fruto prohibido. Y, desde luego, básicamente la tentación fue: “pueden ser más felices sin Dios, decidir lo que es bueno y malo”. Y, con todo eso, después de que Adán y Eva ignoraran arrogantemente su advertencia, Dios ya había planeado su propia crucifixión, muerte y resurrección. Ese fue el momento en que el mundo experimentó la misericordia por primera vez. Esto nos revela que en nuestro momento más temprano y oscuro, ¡Dios ya estaba listo para derramar su misericordia sobre nosotros!
¿Qué es la misericordia? En La ciudad de Dios, san Agustín dice que la misericordia es la combinación de la palabra “cor”, que significa “corazón”, y “misera”, que significa “miseria o sufrimiento”. Por tanto, es la compasión de nuestro corazón por la miseria ajena. Experimentamos la misericordia cuando nuestro corazón se sacude por la desgracia o el sufrimiento de alguien más y nos sentimos movidos a ayudar. Santo Tomás de Aquino describe la misericordia como la mayor de las virtudes sociales después de la caridad. Citando las Escrituras, santo Tomás dice que la misericordia está sobre todas las obras de Dios. El amor de Dios impulsa la misericordia; la infinita misericordia de Dios es la que prácticamente empuja a la Segunda Persona de la Trinidad a ver el sufrimiento de la raza humana y a entrar en la historia, haciéndose hombre, para solucionar este sufrimiento.
Escuchemos lo que dijo el Cardenal Ratzinger justo antes del cónclave del 2005, cuando fue elegido papa: La misericordia de Cristo no es una gracia barata; no implica trivializar el mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. Quema y transforma el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor doliente.
Lo que nos recuerda el Cardenal Ratzinger, es que la misericordia de Dios tiene un precio extraordinario. Dios permite que el demonio ponga todo el peso que puede sobre Cristo durante su Pasión, como vimos en la película “La pasión de Cristo”. Pero todo lo hace por su infinito amor hacia nosotros; lloró por Jerusalén como llora por nosotros con intenso y ferviente amor.
Todo esto demuestra cuánto valor da Dios al alma humana: tu alma no tiene precio. Sin importar cuán rebelde haya sido contra Dios, tu alma sigue siendo una joya, en cierto sentido, una perla preciosa, que Dios busca apasionadamente. Él quiere derramar su misericordia sobre nosotros. Lo hermoso de las curaciones físicas que Cristo realiza en las Sagradas Escrituras es que, en vez de volverse él impuro, toda herida o deterioro que toca se sana. Cristo limpia físicamente a los leprosos, como nos limpia a nosotros en el confesionario. La amorosa gracia sanadora de Dios transforma todo lo que toca. El bautismo representa el regalo monumental de amor de Dios, por el cual no solo nos lava del pecado original, sino por el cual también habita en nuestro interior. Como dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios, “Son templo del espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios. Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio!” ¡Créanlo! Dejen que esta verdad toque su mente cada vez que contemplen un crucifijo.
El Cardenal Ratzinger diría también con cierta ironía que “Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona de su Hijo, sufre por nosotros”. Por lo tanto, la venganza de Dios no es contra nosotros, sino contra el pecado y la muerte. Esto me recuerda una historia de hace algunos años en la que un padre de familia de Virginia, Estados Unidos, vio que su hijo discapacitado cayó en una fosa séptica y, sin dudarlo, se lanzó y salvó a su hijo, muriendo en el proceso. Así es el amor de Dios. No hay espacio para la duda, sino solo un deseo radical de salvarnos, porque no hay momento en que no nos ame y nos busque con todo su corazón en medio de la tormenta.
Irónicamente, como dijo el entonces Cardenal Ratzinger, “Cuanto más nos toca la misericordia del Señor, tanto más somos solidarios con su sufrimiento, tanto más estamos dispuestos a completar en nuestra carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo”.
Es un recordatorio para nosotros de que, cuando meditamos sobre el sufrimiento de Cristo, nos puede conmover su misericordia; asimismo, en sentido inverso, cuanto más lloramos por su misericordia, mayor es la unión que sentimos con su sufrimiento. ¡Su sufrimiento en la cruz le da poder y significado a nuestro sufrimiento, nos brinda misericordia y, además, nos da gran esperanza!
En su hermosa encíclica: Dives in misericordia, Juan Pablo II habla sobre la larga y rica historia de la misericordia en el Antiguo Testamento, y nos ayuda a comprender mejor la misericordia de Cristo. Juan Pablo Segundo habla sobre cómo el pecado es la fuente de la miseria del hombre. El incidente del becerro de oro en el monte Sinaí, es un buen ejemplo: La respuesta de Dios a Moisés fue que «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad».
Dios muestra ira y paciencia con los israelitas a lo largo de su travesía por desierto, así como nos muestra una increíble paciencia y acompañamiento en nuestro peregrinar errático por esta vida.
Podemos ver otro ángulo interesante de la misericordia de Dios cuando Abraham intercede pidiendo misericordia por Sodoma y Gomorra. En su oración ante Dios Todopoderoso, recordamos cómo Abraham le dice a Dios: “¿Y si hay cincuenta justos? ¿Qué tal si hay cuarenta y cinco? ¿Y si hay cuarenta? Y sigue así hasta llegar a diez. Quizás tenía una razón muy personal para llegar hasta el número diez, porque sabía que Lot y su familia estaban en Sodoma. Pero en general, este pasaje no nos presenta solo el poder y la necesidad de la oración de intercesión, sino que nos muestra que Dios escucha y que nunca tiene el impulso de destruir, sino de mostrar siempre misericordia. Otro aspecto bastante serio de esta cuestión es que, al final, el tiempo se agota ¡y queremos arrepentirnos antes de que sea demasiado tarde! Por eso debemos reflexionar sobre la muerte.
Podemos ver otro ángulo interesante sobre la misericordia en el Evangelio de Mateo. En uno de los pasajes, los fariseos preguntan a los apóstoles, “¿Por qué su maestro come con publicanos y pecadores?” y Jesús les responde, “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.
Aquí, un par de cosas: primero, Jesús no está oponiendo la misericordia y el sacrificio; no está diciendo que simplemente seamos amables y nos olvidemos de todo ese culto formal en la iglesia. ¡La Iglesia de los amables y simpáticos...! De hecho, el texto original en griego dice “Deseo más misericordia que sacrificio”, lo que realmente significa que la misericordia es intrínseca a cualquier sacrificio auténtico. Como dice en otro pasaje de la Escritura, “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda a Dios”. Cuanto más reconozcamos nuestro pecado y busquemos la misericordia de Dios, mayor será el valor de los sacrificios que le ofrezcamos al Señor. Recordemos que Caín ofreció un sacrificio al Señor, pero su ofrenda no fue aceptada porque la ofreció con un corazón lleno de egoísmo.
Por supuesto, en el pasaje de la mujer sorprendida en adulterio, Jesús no trivializa su pecado, ni le dice, “No te preocupes, está bien”. No, le dice, “Vete y no peques más”. Y el motivo, por supuesto, no es dureza, sino que el corazón humano esté verdaderamente abierto al extraordinario poder de Dios. El orgullo cierra el corazón, y Jesús quiere abrirlo. Como dijo una vez el gran arzobispo Fulton Sheen, a veces para que Dios pueda entrar en un corazón, primero tiene que romperlo. Desde luego, esto significa que nos permite caer, para que desde la humildad nos demos cuenta de lo mucho que lo necesitamos, pero también de lo mucho que nos ama.
Esto se aplica también al sacerdote que celebra la misa: entre más consciente sea el sacerdote de que no solo es persona Christi, sino que también es un pecador, ofrecerá la misa con mayor reverencia.
Como escribió un teólogo, “¡No puedo adorar a un Dios que es misericordia si esa adoración de Dios no me hace misericordioso!” En otras palabras, si la adoración a Dios no me transforma y me mueve a un amor mayor, a una mayor caridad y a una mayor misericordia, entonces mi adoración no es auténtica, sino un simple acto mecánico.
El hecho de que Cristo coma con pecadores significa, por supuesto, que come también con todos nosotros. Y el banquete supremo en este mundo es el santo sacrificio de la misa. Y la impresionante belleza de la misericordia que se derrama por nuestra participación en el santo sacrificio de la misa es que Cristo no es solamente el anfitrión del banquete eucarístico, sino también la hostia que consumimos. Así es, Cristo es ambas cosas: el anfitrión y el alimento, el sacerdote y la víctima.
Para reiterar esto, en el libro del profeta Oseas, vemos cómo Dios pone un alto a su venganza: “¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? ¿Cómo voy a entregarte, Israel?... Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura: no daré libre curso al ardor de mi ira, no destruiré otra vez a Efraím. Porque yo soy Dios, no un hombre: soy el Santo en medio de ti, y no vendré con furor”.
En la bella encíclica Deus caritas est, el Papa Benedicto XVI, escribe sobre una gran ironía, una aparente paradoja: “El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia”.
Aquí, Benedicto no está hablando en sentido literal de que Dios se rebela contra sí mismo, lo que está diciendo es que, si vemos la justicia fríamente desde nuestra perspectiva humana, pensando que si le debemos algo a Dios podemos pagárselo, salimos perdiendo porque el precio de nuestro pecado es mayor de lo que jamás podríamos pagar. Pero, desde luego, Dios paga el rescate, de tal manera que lo único que podemos ofrecerle es nuestro corazón. Dios crea un sistema de justicia que no es ciego, al contrario, tiene mejor visión que Superman, ya que ve hasta lo más profundo de nuestro corazón; ve en nosotros su imagen y semejanza. Ve el alma herida de quien quiere seguirlo y quiere rescatarnos de la prisión del pecado y del mal. ¡Dios nos rescatará si confiamos en Él y abrazamos las exigencias de su amor!
Esto nos lleva al siguiente punto importante: ¿La misericordia contradice la Ley? En el capítulo 10 de Lucas, un maestro de la Ley le pregunta a Jesús, “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”. La respuesta de Jesús es fascinante: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” En otras palabras, el maestro de la Ley le pregunta a Jesús “¿cómo puedo llegar al cielo?” Y Jesús le responde, “¿Qué dice la Ley sobre llegar al cielo?” ¡Es hermoso! ¡Jesús le hace una concesión al maestro de la Ley!
El maestro de la Ley, desde luego, responde “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”. Y Cristo le dice, “Obra así y alcanzarás la vida”. Entonces el maestro de la Ley le pregunta, “¿Y quién es mi prójimo?”, ¡esperando, quizás una respuesta mínima absoluta!
Entonces, escuchamos, desde luego, la parábola del Buen samaritano, que no leeré ahora. Pero el punto culminante llega cuando Cristo le pregunta al maestro de la Ley “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?” Y el maestro de la Ley responde, “El que tuvo misericordia con él”. Entonces Jesús le dice, “Ve y haz tú lo mismo”.
La clave aquí es, primero: Que todo esto está en la ley de Dios en el Antiguo Testamento, demostrando, una vez más, que el Dios del Antiguo Testamento es, en realidad, muy misericordioso, ¡y que la misericordia es central en su relación con Israel y con nosotros!
El Nuevo Testamento no es el único Testamento que habla de la misericordia, simplemente manifiesta la misericordia de Dios de manera más culminante: en la crucifixión y muerte de Nuestro Señor. Por tanto, Nuestro Señor también nos está diciendo aquí que la misericordia opera dentro de la Ley, dentro del amor ordenado de Dios. La misericordia no desestima la Ley. De hecho, la Ley protege a la misericordia cuando se trata de la Ley de Dios. Protege nuestra esperanza y nuestra capacidad de crecer en santidad. Protege la búsqueda de la felicidad suprema, es decir, la unión con Dios.
Pero esto también significa que debemos abrazar las exigencias del amor. Hay acciones que deberían ser el instinto automático de todo ser humano, pero a causa de la naturaleza humana caída, incluso después del bautismo, debemos luchar contra nuestro egoísmo y fragilidad para satisfacer las verdaderas exigencias del amor.
Por consiguiente, la obediencia a Dios a través de la Santa Madre Iglesia es clave. Pero debemos recordar siempre que la obediencia a Dios genera un mayor amor, una mayor libertad y, sobre todo protege nuestra esperanza de la vida eterna. Por tanto, así como la humildad es la fuente de la virtud, necesitamos abandonarnos en las manos de Dios de la misma manera que el aprendiz se somete a la instrucción de un mentor experto. Cuanto más confiamos en la sabiduría del experto, en este caso, Dios, más se abre la puerta a la misericordia de Dios para nosotros, porque al confiar en Él, nuestro corazón se abre realmente al océano de misericordia de Dios.
Entre mayor sea la humildad, entre más grande sea el abandono en Dios, más llenará nuestros corazones el océano de su misericordia, tal como ocurrió con los santos. Es entonces que alcanzamos la mayor felicidad, porque hemos confiado en la misericordia de Dios y, en consecuencia, hemos recibido una esperanza maravillosa. Así que la misericordia y la esperanza nos dan una mayor pasión, propósito, y un enfoque más claro: “Felices los puros de corazón, porque verán a Dios”. Y cuanto más busquemos la misericordia de Dios, cuanto más confesemos nuestros pecados y busquemos las virtudes opuestas a las tentaciones que se nos presentan, más brillará el poder de la esperanza en nuestros corazones, hasta convertirse en una antorcha resplandeciente de gloria, como lo son los santos.
Muchas gracias por su atención.
*Charla ofrecida originalmente en la Conferencia Anual Courage y EnCourage 2025, en Aston, Pensilvania, EE.UU., así como en el Encuentro Courage y EnCourage 2025, en la Ciudad de México.
«¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?» - Testimonio de un miembro de Courage
«¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Testimonio de un miembro de Courage
Nací en un hogar católico practicante, pero no muy devoto. Desde pequeño crecí con la etiqueta y expectativas de ser un niño bien portado, obediente y de buenas calificaciones. A la par, fui un niño obeso y esto me marcó por el bullying. Sentía curiosidad y atracción hacia las niñas; sin embargo, al ser el «gordito de la clase» siempre tenía el rol del amigo fiel de aquellas que me gustaban. Esto sembró en mí inseguridades que, con el tiempo comprendí, entorpecieron mi manera de relacionarme con el sexo opuesto.
Mis padres tuvieron siete años de noviazgo y se casaron, hasta que mi padre terminó la carrera y pudo darle un hogar a mi madre. Según sé, respetaron la castidad hasta el lecho conyugal: eran todo un ejemplo de la buena moral y de «cómo ser un buen adulto». Sin embargo, con los años mi padre comenzó una relación con su secretaria. Él siempre viajaba por trabajo y algunas veces yo lo acompañaba. En uno de esos viajes descubrí una carta de «amor» a su secretaria. No la supe entender a mi corta edad, pero la comprendí cuando la casa se convirtió en una guerra violenta de reproches y reclamos crueles, que no deberían ser escuchados por niños como mi hermanito y yo.
A pesar de todo, seguía cumpliendo las expectativas y las reglas. Mi excelencia académica era lo habitual, por lo que no había felicitaciones: mis padres estaban demasiado ocupados en su crisis marital. Me sentía invisible, cuando los pleitos comenzaban, yo me volvía una pared más de la casa: no lloraba, no hablaba, pero veía todo.
Recuerdo dos pensamientos nítidos que tuve en aquella época: «Si mi familia no me hace feliz, debo buscar la felicidad en otro lado» y «mi padre siempre ha sido ejemplo de cumplir las reglas, pero eso no lo hizo feliz; yo no quiero que eso me pase». Creo que fue en ese momento cuando mi relación con Dios se volvió difusa y esporádica.
Cuando no puedes cambiar tu realidad, te queda tu cuerpo. Yo, sujeto a la potestad de un matrimonio roto, tuve episodios de bulimia. En paralelo me refugié en las artes y, durante toda la adolescencia, pasaba las mañanas en la escuela y las tardes en cursos de pintura, con tal de no estar en casa.
Al tener bulimia, desarrollé una fijación por el físico masculino de los «niños guapos» —según las niñas—. Pronto estuve en mi peso ideal y, junto con el «estirón» de la adolescencia y el despertar sexual, descubrí que ahora sí las niñas se fijaban en mí… pero también algunos niños. Eso comenzó a producir confusión sobre lo que me gustaba. Para no lidiar con el dilema moral de elegir, me asumí como bisexual algunos años: «A las niñas las amaba, pero los niños me gustaban», pensaba.
Durante la prepa, al parecer mis padres habían superado su crisis matrimonial y nos mudamos a una región violenta del país, especialmente peligrosa para los jóvenes. Mi padre me propuso regresar a nuestra ciudad natal para vivir solo y estudiar la prepa. Fue música para mis oídos: por fin podría buscar la felicidad que no había en el hogar.
Comencé a vivir solo a los 15 años e inicié una vida promiscua. La validación que no tuve en la infancia por la obesidad, ni en la casa por los problemas de mis papás, la encontraba —según yo— en extraños y en el placer carnal que podía obtener de ellos. Me volví una persona superficial, aspirando a formar parte de «los chicos cool». Eventualmente tuve mi primera pareja sentimental, en toda mi vida tuve 3 parejas formales, pero innumerables parejas de una sola noche.
Aunque nunca desarrollé un odio hacia la Iglesia, la descarté como manual de vida ya que «no les había funcionado a mis papás». La consideraba una opción más entre tantas para llegar a un dios —con minúscula—, el dios del mundo que cada quien crea según su criterio personal.
Por gracia de las oraciones de mi madre conservé una enseñanza infantil durante todos esos años y hasta la fecha: rezar el Padrenuestro, el Ave María y el Ángel de la Guarda. Todas mis parejas me vieron rezar antes de dormir juntos; para mí era como cepillarme los dientes antes de acostarme.
Después me gané una beca en una universidad de prestigio, ubicada en la ciudad donde residía mi familia. Aunque no quería dejar mi independencia, el formar parte de ese mundo elitista me hizo volver al hogar como un extraño más. Claro que los quería, pero después de tantos años me sentía ajeno de la dinámica familiar.
Pronto destaqué en la universidad, ganando premios y conservando el estatus de buen muchacho. Comencé a trabajar y a ganar bastante bien a pesar de ser estudiante. Pero también la vida promiscua seguía sin control. Fue aquí cuando Dios —ahora sí con mayúscula— dijo: ¡Basta! En pocas semanas perdí reputación, salud y dinero al comenzar a mostrar síntomas de una enfermedad que mi doctor decía, solo podía ser algo muy grave, ya que no respondía a las medicinas. Tenía síntomas dolorosos, sentía que la vida se me iba. Fue ahí cuando me acordé de Él: de Dios.
Compré una Biblia y, en una ocasión de la nada, sentí muchas ganas de ir a una parroquia. Era una iglesia que conocía, con intensa vida parroquial. Entré al sagrario sin saber aun lo que era Cristo Eucaristía; simplemente fui, porque veía que la gente acude ahí a rezar en silencio. Entonces sentí una soledad absoluta, como si no hubiera nadie a kilómetros, un silencio abismal sin vida. De pronto tuve la certeza de que siluetas malignas estaban fuera de las ventanas de aquella capilla: decenas de cosas que no podía ver, pero sí sentir, espiritualmente, que se reían de mí. Claramente las escuchaba decir: «¿Qué haces aquí? Él no está aquí». Yo sentía que eso era verdad, yo no sentía nada más que una desgarradora desolación. No sentía a Dios. Pero yo llorando y gritando dentro del sagrario, les contestaba: «Él está aquí. No lo siento, pero yo sé que está aquí».
—Abre tu Biblia —me dijo una voz. Y aun con aquellas burlas invisibles alrededor, lo hice. Mis ojos cayeron precisamente en Juan 20,15: «… ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?».
Al leer el encuentro de María Magdalena con Jesús resucitado, el ambiente cambió por completo. Aquellas sombras se fueron. La luz del sol nuevamente entraba por la ventana, escuchaba las voces de la vida parroquial que antes parecían no existir. Y de mis labios brotó: «A tu misericordia me apiado, pero a tu voluntad me someto». Mientras pensaba: Señor, no sé lo que pasará conmigo, pero te prometo hablar de ti a quienquiera que conozca.
—¿Qué hiciste? —me dijo mi doctor en la siguiente consulta. No había rastro de nada: todo síntoma había desaparecido. Dios fue bueno.
Me gradué y me esforcé mucho por dejar la vida promiscua. Ya tenía una pequeña semilla de fe, pero mi interior era un pantano de malas hierbas bien abonado por años de pecado. Vino la primera recaída desde la conversión: en un motel, ya alistándonos para devolver el cuarto, vi a mi cita vestirse; pero con los ojos del espíritu observé que un ángel negro lo abrazaba. Sin dudarlo le pregunté: —Oye, ¿has querido suicidarte, verdad? El chico abrió los ojos y me dijo: —¿Cómo lo sabes? Supe ahí que Dios me estaba probando en mi promesa, y me pasé toda la tarde escuchando a este joven y hablándole de Dios.
Recaídas hubo muchas, porque yo quería obedecer por mis medios, sin la gracia santificante de los sacramentos. Leía la Biblia, y cada vez que veía a una pareja en la calle dándose cariño pensaba en Génesis 2,18: «No es bueno que el hombre esté solo». Lloraba muchas noches pensando en aquel versículo y en la soledad le dije a Dios: «Déjame intentarlo una vez más, y si no funciona, te prometo que ya no buscaré a otro».
Me mudé a la Ciudad de México por trabajo, pero pretendía servir a dos amos: una relación con Dios que coexistiera con el mundo. La capital es abrumadora; entre tanto estrés descubrí que los sagrarios de las iglesias eran un buen lugar para escapar del bullicio. Sin saberlo, ya hacía adoración eucarística. Todo el catecismo me parecía fábulas de niños, así que era ignorante de la doctrina católica, pero decidí volver al primer amor, al que me enseñaron mis padres. Retomé la misa dominical: de lunes a sábado entre la oficina y la fiesta, y los domingos a la santa misa.
Apareció un chico de buen trabajo, amable, con quien disfrutaba pasar tiempo. Iniciamos una relación y empezamos a vivir juntos. Desde la primera cita le dije: «Yo ya conocí al amor de mi vida, y es Dios. Pero quiero a un compañero de vida». Él aceptó esa parte de mí; yo le hablaba mucho de Dios y algunos domingos incluso aceptaba acompañarme a misa.
Con el tiempo la relación se volvió tóxica. Mi promesa —«es la última vez que lo intento»— me llevó a hacer todo lo incorrecto para conservar la relación. En lo exterior teníamos una relación «bonita», tipo Netflix: buen departamento, buen trabajo; con viajes de pareja e incluso pasamos unas navidades con mis padres. En la rutina diaria yo siempre llegaba primero al departamento, y en el silencio regresó la voz de Cristo: «¿Eres feliz?» Yo miraba a mi alrededor con todo lo que había pedido para no sentirme solo y, con lágrimas en los ojos, respondí: —No.
Comenzó la pandemia, y justo en la primera semana de cuarentena mi ex me corrió del departamento. Me fui a rentar solo y, en la quietud de un mundo paralizado por el COVID, la humanidad por primera vez vivió una Semana Santa virtual; yo, libre del trabajo, pude vivirla con profundidad. Fue en este tiempo que supe del apostolado Courage, mediante un sacerdote que busqué e inicié un acompañamiento espiritual que duró un año. Me confesé después de no hacerlo quince años; retomé los sacramentos y estudié dos años teología. Me tomó un año decidir buscar un capítulo para unirme. Primero ingresé como miembro y ahora, colaboro ayudando al capellán de nuestro capítulo, he encontrado un espacio dentro de la Iglesia donde tengo a cirineos que me ayudan a cargar la cruz, me reconfortan y me toca reconfortar durante las caídas. Ahora ya no me siento solo: estamos hechos para la comunión. Con mis hermanos de Courage he aprendido, quizá por ahora, no a amar mi cruz, pero digamos que ya le tengo cariño. He aprendido a vivir la virtud de la castidad como el estado en que me siento más yo mismo, libre de etiquetas y expectativas del mundo, siendo increíblemente libre cuando me someto al amor de Dios. Señor, muchos años viví a mi manera; ahora, lo que me quede de vida quiero que sea a tu manera.
Dios les bendiga.
Charly
Con los ojos fijos en Jesús, la meta de nuestra esperanza
Con los ojos fijos en Jesús, la meta de nuestra esperanza
Por Yara Fonseca*
Estamos en un tiempo en que los maratones y medio maratones atraen a miles de personas cada fin de semana, que se preparan, se esfuerzan y avanzan paso a paso hacia la meta. Este deporte, que fortalece el cuerpo y entrena la mente, también puede hablarnos profundamente de nuestra vida cristiana. En este Año Jubilar de la Esperanza, queremos abrir nuestro corazón para reflexionar, junto con San Pablo, sobre algunas enseñanzas que este deporte nos deja.
El corredor sabe que cada paso cuenta y que todos tienen una dirección, una meta concreta. Así también nosotros, no caminamos sin rumbo, no vivimos al azar. Nuestra vida tiene una meta segura, el encuentro con Cristo resucitado, la plenitud del amor de Dios. «¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo obtiene el premio? Corran, pues, de manera que lo consigan» (1 Co 9,24). La esperanza nos impulsa a seguir adelante, porque sabemos que el Señor nos espera al final de nuestro camino.
En el recorrido, claro, no todo es sencillo. Los corredores hablan del «muro», ese momento en que el cuerpo y la mente parecen rendirse, y todo parece indicar que no se puede continuar. En nuestra vida de fe también atravesamos cansancios, pruebas, sequedad y oscuridades. Es entonces cuando necesitamos recordar que no estamos solos, pues «corramos con perseverancia en la carrera que nos toca, fijos los ojos en Jesús, que inicia y consuma nuestra fe» (Hb 12,1-2). Él es quien nos anima, quien corre a nuestro lado y nos da la fuerza para continuar cuando sentimos que no tenemos más energías. La esperanza es esa certeza interior de que, aun cuando sentimos todo el peso de nuestros límites, el Señor nos sostiene y nos conduce.
Nadie llega a la meta sin preparación. Todo corredor sabe que necesita entrenar, disciplinar su cuerpo, cuidar lo que come y descansar bien. La vida espiritual también requiere entrenamiento. Nuestro corazón se fortalece con la oración, nuestra mente se ilumina con la Palabra, nuestra alma se alimenta con la Eucaristía y nuestra vida se renueva con la confesión. Son los ejercicios cotidianos que nos ayudan a perseverar y a mantenernos firmes en el camino de la fe.
Al mismo tiempo, correr acompañado siempre es más fácil. En los grupos de runners se comparte la fatiga, se celebra cada logro y se sostiene al que queda atrás. La vida cristiana también es así, tenemos una comunidad que anima, que acompaña, que no deja que nadie se pierda en el camino. San Pablo lo decía con sencillez: “Anímense mutuamente y edifíquense los unos a los otros” (1 Ts 5,11). Ser peregrinos de esperanza significa caminar juntos, sostenernos unos a otros y experimentar que la fe compartida se vuelve más fuerte.
En toda carrera hay señales que guían y puntos de agua que renuevan las fuerzas. Así también Dios nos regala señales de esperanza por medio de la luz de su Palabra, la gracia de los sacramentos, la compañía de la Virgen María, el testimonio de los santos y el consuelo de los hermanos.
Y al final, lo que espera es la alegría. El corredor, aunque cansado, sonríe al cruzar la meta, porque todo esfuerzo valió la pena. Así será también para nosotros, pues “en esperanza fuimos salvados” (Rm 8, 24). La meta es la vida eterna, la victoria del amor, el descanso en el corazón de Dios. Allí nos aguarda Cristo, con los brazos abiertos, y todo sufrimiento se transformará en alegría.
Por eso hoy, al ver a tantos hombres y mujeres que corren con entusiasmo por las calles, podemos escuchar una invitación de Dios. Él nos llama a correr también nosotros, a no dejar que el cansancio nos venza, a mantenernos firmes en la esperanza. Y lo hermoso es que en esta carrera nadie queda fuera, porque no se trata de llegar primero, sino de llegar juntos. Somos peregrinos de esperanza, llamados a correr la carrera de la fe con los ojos fijos en Jesús, seguros de que Él corre con nosotros y nos espera en la línea de llegada. Corremos hacia Él y con Él, y por eso avanzamos juntos como hermanos.
Señor Jesús, Tú que corres a nuestro lado, danos la perseverancia de los atletas, la disciplina de los entrenamientos y la alegría de la meta alcanzada. Haznos peregrinos de esperanza, que nunca nos cansemos de mirar hacia Ti, hasta que podamos cruzar la línea de llegada y abrazarte para siempre. Amén.
*Yara Fonseca es asistente de coordinación, en la oficina de Courage Internacional, para los capítulos de Courage en español y portugués.
«Frente al Santísimo le expresé mis miedos, temores, vergüenza, y Jesús me dijo: ¡Aquí estoy! »
«Frente al Santísimo le expresé mis miedos,
temores, vergüenza, y Jesús me dijo: ¡Aquí estoy! »
Testimonio de un miembro de Courage
Hola, me llamo José, tengo 32 años y soy el mayor de 3 hermanos varones. Nací en el campo en Venezuela y desde hace 7 años vivo en Santiago de chile.
Mi madre tenía 15 años cuando quedó embarazada por primera vez, fue una situación compleja, mi abuela materna había fallecido unos meses antes, dejando 8 niños huérfanos; mi madre era la mayor de todos, mi padre tomaba mucho alcohol, era violento y agresivo en ocasiones.
El dinero escaseaba, mi hermano y yo tuvimos que trabajar desde muy pequeños. Recuerdo que desde los 6 años me encomendaban hacer cosas que demandaban gran responsabilidad. Por ejemplo, salir solo a buscar el mercado o ir solo a llevarle la comida a mi papá que estaba a algunos kilómetros de distancia.
Mi infancia estuvo fuertemente marcada por múltiples abusos sexuales de adolescentes y adultos. Quien cuidaba de mí aprovechaba cualquier ocasión donde mis padres estuvieran ocupados para abusar sexualmente de mí.
Mi padre fue un hombre muy tranquilo en su entorno, pero con su familia era muy violento física y verbalmente, acostumbrado a los malos tratos; su forma de corregir era con golpes, ofensas o malas palabras.
Recuerdo comenzar a sobresalir sobre mi hermano por mi manera de ser bastante sensible y dócil; no me gustaban los trabajos que implicaban el uso de la fuerza o lo que mi padre hacía; no tenía motivación alguna, en la escuela no era buen estudiante, en casa no colaboraba ni me interesaba por ninguna actividad, no tenía amigos, ni me gustaba compartir o jugar.
Recuerdo tener muchos juegos sexuales con primos cercanos a mi edad, hubo uno en particular en el que un primo, terminó golpeándome el trasero y diciéndome “eres una marica”, eso me marcó.
Esto sucedió camino a su casa a preparar una presentación para la escuela, pero por el incidente, terminé por hacerla solo, pues sentía mucha vergüenza; nunca le volví hablar. Recuerdo que la maestra me felicitó por el trabajo que había hecho, y me gustó y alegró tanto cómo me hizo sentir y su trato hacia mí que me enfoqué en ser un excelente estudiante. El desinterés por parte de mis padres era muy notable, yo veía cómo otros padres platicaban o incluso se involucraban en las actividades de sus hijos y mi padre, en especial, nunca decía nada ni mostraba interés alguno.
Durante la adolescencia, comencé a tener relaciones frecuentes con otros adolescentes y con adultos; descubrí la masturbación y comencé a hacerlo diariamente. El bullying estuvo presente casi siempre, para mis compañeros yo era muy afeminado, era muy delgado, todos eran más fuertes que yo.
Hice mi primera comunión a los 11 años junto con mi hermano. Nos preparamos durante 2 años y fui el primero del grupo en aprenderme de memoria todas las oraciones, los ritos, las preguntas, era muy aplicado cuando algo me gustaba. Un año después recibí la confirmación; tenía 12 años. Después de eso, nunca volví a pisar una iglesia por voluntad propia, pero en el fondo deseaba volver y seguir aprendiendo de la fe.
Terminé el bachillerato con muy buenas calificaciones y con todas las intenciones de seguir estudiando, aunque no tenía el apoyo económico, pero era algo que estaba seguro de que quería hacer. No quería seguir al lado de mi padre, ni quería ser como él. Me sumergí en el estudio, en el cálculo, la lógica y los números, lo que de alguna forma hizo que mi deseo sexual hacia los hombres desapareciera casi por completo durante 5 años. Fui el mejor promedio de mi clase, cuando terminaron mis obligaciones como estudiante y mis amigos dejaron de visitarme, comencé a sentir un vacío enorme, pues ya había comenzado a buscar trabajo y me encontré con una realidad opuesta a la que estaba viviendo dentro de la universidad, debido a los problemas económicos que desde 2013 afectaban a mi país. El sueldo no alcanzaba para vivir tranquilamente, por lo que tuve que tomar la decisión de comenzar a trabajar en los negocios familiares de mis tíos, que era donde mejor podía estar; menos gastos más ingresos.
En ese momento mi atracción al mismo sexo emerge con mucha fuerza, descubrí los chats y tuve mis primeras citas con desconocidos, y comencé a experimentar libremente mi homosexualidad, hasta que encontré a una persona con la que mantuve una relación por algunos meses.
En el 2015 me cambio a una ciudad más grande, y, bajo la influencia de familiares, tengo relaciones sexuales con prostitutas, buscando confirmar que esto de la homosexualidad era algo que se podía eliminar teniendo relaciones con mujeres, pero pasado el tiempo encuentro un hombre con quien empecé a tener relaciones sexuales con frecuencia.
Durante ese año trabajaba entre 12 a 14 horas al día, 6 o 7 días a la semana. Tenía muy poco descanso y cuando tenía un pequeño espacio libre buscaba “relajarme” teniendo relaciones sexuales. La relación con mis padres mejoró después de cumplir 17 años. El haberme ido de casa primero a estudiar y luego a trabajar, ayudó e influyó mucho en mis reacciones hacia ellos y en la de ellos hacia mí.
En mayo del 2016 encuentro mi primer trabajo formal como ingeniero en una municipalidad, allí se forma un círculo social y laboral bueno, en todos los ámbitos. Comienzo a preocuparme de mi salud física, mental y establezco un noviazgo con una mujer y conozco una compañera de trabajo, dulce, amable, cariñosa y servicial, una persona que parecía tener a Dios en su corazón, por la alegría, la bondad que transmitía su rostro y su mirada. Era increíble cómo afrontaba el sufrimiento y las ocasiones de dolor, con fuerza y fortaleza. Eso y otras cosas en conjunto no me llevaron a buscar a Dios directamente, pero sí a sentir vacío y desolación en mi corazón y en mi alma. Poco tiempo después tuve un episodio de parálisis del sueño que me hizo pensar, “tengo que buscar un sacerdote, me tengo que confesar porque no estoy bien”.
Me acerco al sacerdote de mi parroquia, me confieso, comienzo a ir a misa y del terror que tenía comencé a rezar todas las noches, pensando que la parálisis del sueño que había tenido era un acto de manifestación maligna (en realidad no tengo certeza). Pasaba el tiempo y seguía experimentando con más fuerza aquel sinsentido de la vida; sentía mucha tristeza y no sabía por qué, no tenía motivos para sentirme triste en ese momento.
Fue tal aquella confusión que sentí, que el sacerdote, me invitó a seguir en acompañamiento espiritual, aunque yo no sabía lo que eso significaba. El miedo se apoderó de mí, porque comencé a sentir cierta atracción física y sexual hacia el acompañante.
Un día, llegué a la iglesia y frente a Jesús Sacramentado comenzó aquella liberación de mi alma. Sentí tanta confianza y sinceridad, que le conté todo lo que había vivido, la atracción que experimentaba desde pequeño. Me hizo entrar en los momentos más duros y expresar todo el dolor, la frustración, la rabia, el rencor, la vergüenza, el miedo, el temor, la angustia que sentía y que había reprimido por mucho tiempo dentro de mí; sentí que Jesús me escuchó y me dijo: “¡Aquí estoy!” Desde aquel momento yo no volví a ser la persona que era. Hubo una enorme transformación en mi interior, experimenté ser perdonado de verdad, decidí perdonar y soltar la carga que desde niño llevaba en el corazón. Desde aquel momento comenzó un proceso de perdón hacia las personas que abusaron de mí.
Mejoró la relación con mi familia, en especial con mis hermanos; comencé a buscar la voluntad de Dios en todo lo que hacía y vivía. Fueron meses de apreciar y experimentar mucho amor y misericordia. Jesús me recibió con los brazos abiertos, abrí mi corazón. Mi forma de ver la vida había cambiado, todo a mi alrededor había cambiado.
Al poco tiempo, tomé la decisión de emigrar, de buscar mejores oportunidades para mí y mi familia.
Llegué a Ecuador, e inmediatamente busqué una parroquia donde congregarme. Hice muy buenos amigos, conseguí un buen trabajo y comencé a ayudar a mi familia.
Pero, poco a poco, comenzaron a aparecer reacciones y emociones que comenzaron a sabotear mis relaciones y mis acciones. Corté un proceso de acompañamiento y no pude afrontar todas las cosas nuevas que estaba viviendo. Volvió a aparecer la atracción al mismo sexo y a ser más fuerte.
Yo no podía permanecer más de 6 meses o un 1 año en un solo lugar, tenía que estar constantemente cambiándome de trabajo, de casa, de ciudad. Fue así como el 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción, comencé un viaje por tierra hasta Santiago de Chile, una experiencia bastante fuerte para cualquier persona. Llegué a Santiago de Chile el 12 de diciembre del año 2018, providencialmente ambos días dedicados a la Virgen. Pero no es hasta marzo del 2019 cuando vuelvo acercarme a Dios, desde la tragedia de dejar mi hogar, mi patria mis costumbres y del miedo a lo desconocido y sabiendo que había dejado atrás un proceso de sanación.
Chile me abrió las puertas en muchos ámbitos de mi vida y me ha dado muchos aprendizajes y experiencias, pero también sacó de mí lo peor de la atracción al mismo sexo. Descubrí las aplicaciones de citas en un país donde estoy solo, donde puedo hacer miles de cosas sin que mi familia o conocidos se enteren; era el espacio ideal para poder dejar que estas atracciones gobernarán plenamente mi vida, y sí que pasó. Durante casi 5 años estuve en una relación amorosa tóxica e intermitente con un señor 15 años mayor, de la que siempre intenté salir de múltiples formas: cambié de trabajo, intenté volver a mi país, buscaba acercarme a la iglesia, pero no perseveraba.
Comencé a buscar autoconocimiento con mucha mayor intensidad, conscientemente quería tener una vida casta, pero mi cuerpo y mi mente desean totalmente lo contrario, o me hacían olvidarme rápidamente de todo lo deseado; estar en la gracia de Dios, en el 2020 conozco el apostolado Courage y me uno a un grupo en línea con personas de diferentes países, y desde diciembre del 2023, participo en reuniones presencialmente. Este proceso de acompañamiento pastoral y espiritual ha sido de gran ayuda para permanecer unido a Cristo, buscar siempre levantarme rápidamente después de mis caídas, buscar apoyo y tener amistades que me ayudan a perseverar en la vida cristiana.
También conocí un lugar llamado Casa de la misericordia que pertenece a la Fundación Basílica del Salvador, un edificio en ruinas construido hace más de 100 años, abandonado y deteriorado por el paso del tiempo, que en el transcurso de estos años se ha ido restaurando desde su interior y atendiendo cada día a más personas que llegan con el único deseo de acoger y manifestar la misericordia infinita de Dios. Para mí, más que sanador ha sido claro cómo es el mismo Dios quien va actuando desde el silencio, cómo nos va transformando, nos va llenando de su luz y nos va mostrando la belleza que hay en nuestro corazón: nos va sacando de la ruina.
Actualmente mi atracción al mismo sexo no preside mi vida, la preside Jesús y mi amor y atracción por Él. Jesús en ti confío.










