«El Día de San Valentín, el Miércoles de Ceniza y el misterio del amor de Dios»

El Día de San Valentín, el Miércoles de Ceniza
y el misterio del amor de Dios

He sido célibe intencionalmente desde que ingresé al seminario hace más de un cuarto de siglo, así que hace bastante tiempo que no pienso mucho en el Día de San Valentín. Sin embargo, este año incluso los sacerdotes prestamos atención a esta fecha, dada la muy rara coincidencia de que el Día de San Valentín cae en un Miércoles de Ceniza —cosa que no ha sucedido en los últimos sesenta años y solo ocurre tres o cuatro veces en un siglo.

Aunque el Día de San Valentín parece la «celebración mercadotécnica por excelencia», su conexión con el amor romántico (lo que los filósofos griegos llamaban eros) se remonta al siglo XIV y al poeta inglés Geoffrey Chaucer.  Las cajas de chocolates en forma de corazón vinieron mucho después, a mediados del siglo diecinueve; por cierto, este año no cumplirán con las normas de ayuno y abstinencia que marcan el inicio de la Cuaresma. Sin embargo, el espíritu y las tradiciones del Miércoles de Ceniza pueden, en realidad, enriquecer nuestra comprensión del eros y su lugar apropiado en la vida del discípulo.

En el núcleo del Miércoles de Ceniza hay una experiencia sumamente táctil: la imposición de las cenizas en la cabeza de cada uno de los fieles. El llamado de la Cuaresma a la conversión espiritual —alejarse del pecado y ser fiel al Evangelio— empieza con el contacto de la Iglesia con el cuerpo, porque creemos que «el cuerpo humano comparte la divinidad de “la imagen de Dios”: es un cuerpo humano precisamente porque está animado por un alma espiritual, y es la persona humana completa la que ha sido creada para convertirse en el cuerpo de Cristo, un templo del Espíritu» (Catecismo 364).  Recordamos también el impacto que el Pecado Original y nuestra propia historia de pecado tienen en el cuerpo: «se rompe el control de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo» (Catecismo, 400), y la carne está sujeta al sufrimiento e incluso a la muerte —recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás.

Así, el Miércoles de Ceniza desafía la mentira que comúnmente se sostiene hoy día (que es también una de las herejías más antiguas), de que el alma del ser humano es el verdadero «yo» y que el cuerpo es meramente un cascarón destinado a enterrarse cuando muramos y que puede ser usado, manipulado, e incluso adquirir nuevas formas a voluntad con el fin de maximizar el placer personal.  El Miércoles de Ceniza nos llama a ser realistas en nuestro entendimiento del cuerpo y sus deseos, reconociendo que hay que tomar en cuenta las emociones y las atracciones en el contexto de los efectos del pecado original, más que tomarlas en su valor nominal y como siempre conducentes a nuestro bien.

En una costumbre de Cuaresma practicada especialmente en países angloparlantes, las cenizas se imponen en la frente con la señal de la Cruz —la misma señal que el sacerdote o el diácono hace en la frente de la persona que va a ser bautizada.  Así, el Miércoles de Ceniza es un llamado a la conversión —para alejarse del pecado– y también una invitación a volver al momento del compromiso bautismal que, en efecto, formalizaremos en la liturgia de la Pascua de Resurrección cuando, como una sola congregación, renovamos nuestras promesas de rechazar el pecado y a Satanás, de vivir en el Dios Trino, y de vivir como el Cuerpo de Cristo en su Iglesia, esforzándonos por alcanzar la vida eterna. Es un recordatorio de que la obra salvífica de Cristo, en su Pasión, Muerte y Resurrección, ha restaurado en nosotros la Imagen de Dios que es el cimiento de nuestra identidad y nuestra dignidad.

Valorar nuestro origen y nuestra identidad como criaturas y como hijos e hijas de Dios por la gracia, es el punto de inicio necesario para una valoración apropiada del eros.  «La castidad significa la integración exitosa de la sexualidad dentro de la persona y así, la unidad interna del hombre en su ser corporal y espiritual» (Catecismo, 2337, énfasis añadido).  La castidad no es la represión o el rechazo de las sensaciones y deseos; ser casto no es ser asexual o apático.  Más bien, la virtud de la castidad le permite a una persona, hombre o mujer, considerar el deseo sexual, el eros, en relación con su identidad, su vocación y sus compromisos.  El mundo dice «si lo sientes, hazlo: con quien quieras, cuando quieras y tan a menudo como te plazca».  La castidad dice «Sí, lo siento, y tengo la libertad de decidir si actuar al respecto o no.  Consideraré que el pecado y mi naturaleza herida por el pecado hacen que mis sentimientos no siempre sean confiables, pero sé que puedo confiar en que el plan de Dios para la intimidad sexual siempre me conducirá a mi verdadera felicidad y mi realización personal».

Aplicar este plan de Dios a la experiencia del eros lleva, por supuesto, a las personas hacia diferentes conclusiones, según su estado de vida. Para las personas casadas, el eros constituye el cimiento para la relación vitalicia y exclusiva en la que “los dos se vuelven una sola carne” y cooperan con Dios en la creación de nueva vida.  La castidad los convoca a la intimidad sexual que se caracteriza por la permanencia, la fidelidad, la complementariedad y la apertura hacia la procreación.  Las personas no casadas están llamadas a vivir el eros de manera distinta: pueden entablar una relación romántica solamente con una persona que pudiese ser su futuro cónyuge, y deben abstenerse de la intimidad sexual salvo que estén casados y hasta que estén casados. La mayoría de las personas no casadas está buscando a la persona hacia quien la Divina Providencia los está guiando para formar una familia. Pueden enviar libremente sus tarjetas de San Valentín a alguien que pudiese llegar a ser su cónyuge: alguien con quien, debido a la diferencia entre los sexos, puedan formar esa unión especial y fecunda llamada matrimonio.  Los miembros ordenados del clero y los hombres y mujeres consagrados han hecho el compromiso de no casarse por el Reino; no entregan corazones de chocolate a nadie,  con tal de entregar su corazón completo a Dios en su vocación.  ¿Y qué ocurre con las personas solteras para quienes su experiencia del eros no se orienta a un posible cónyuge, porque experimentan atracción hacia el mismo sexo?  ¿Realmente la Iglesia los condena por su eros, marginándolos y aislándolos, sin esperanza de desarrollar vínculos significativos?

Tenemos que admitir que el plan de Dios para la sexualidad llama a nuestros hermanos y hermanas a no entablar vínculos sexuales e íntimos con personas del mismo sexo; como dice el Catecismo, «en ninguna circunstancia pueden» estas relaciones «ser aprobadas» (no. 2357).  Pero esto no significa relegar a la persona a vivir sin amor en absoluto.  El Día de San Valentín es un recordatorio de que el eros, es un tipo particular de amor destinado a un tipo particular de relación: después de la escuela primaria, ya no enviamos tarjetas de San Valentín a cualquiera y mucho menos a todos. El eros es un amor importante, pero no es el único tipo de amor; y parte de la responsabilidad actual de la Iglesia es resaltar la importancia del afecto, la caridad y la amistad, que no son premios de consolación o amores de segunda categoría, sino vínculos reales y cimientos para relaciones auténticas.

Las personas que experimentan atracción al mismo sexo están llamadas a sacrificar la posibilidad de una relación basada en el eros con el objeto de purificar sus corazones y sus intenciones, haciendo así posibles las amistades auténticas. Por supuesto que esta puede ser una propuesta difícil para muchas personas, particularmente para los jóvenes.  En mi ministerio encuentro cada vez más gente joven, miembros de la «Generación JP2», que buscan lo que un amigo mío llamaba «el novio(a) casto(a) gay».  Es decir, han leído la Teología del Cuerpo y conocen las «reglas» de la intimidad sexual, por tanto, están buscando a alguien igualmente lleno de fe y bien educado con quien puedan compartir una relación romántica, intensa y exclusiva, evitando la intimidad física sexual. El acompañamiento pastoral honesto debe disuadirlos de este esfuerzo: El eros quiere una unión definitiva con el amado, un don total, dado y recibido; y mientras los seres humanos sean una unidad de cuerpo y alma, el eros siempre tenderá a la unión física, así como a la espiritual. «La castidad externa» (no «hacerlo») es imposible sin esa clase de «castidad interna» que distingue el eros de la amistad, y que permite a las personas elegir apropiadamente.  Sostener un «romance casto» con alguien del mismo sexo es mantener un propósito contrario al que se dice estar buscando.

Así pues, el eros se sacrifica en aras de la amistad –algo fácil de decir, pero aparentemente muy difícil de hacer.  Sin embargo, esta noción de sacrificar algo deseado en aras de algo mayor se encuentra en el corazón mismo de la vida Cristiana, así como en el cimiento de nuestra vivencia de la Cuaresma.  El ayuno y la abstinencia del Miércoles de Ceniza están destinados a disciplinar el cuerpo, pero estas prácticas no son fines en sí mismas.  Más bien, al renunciar a cosas que serían placenteras para el cuerpo, la persona permite que su alma responda mejor al llamado de Dios y se libere de la esclavitud de los deseos mundanos.  Damos limosna, no para sentirnos moralmente superiores a otros, sino para tener una mayor motivación para depender de Dios y su providencia.  Pasamos menos tiempos frente al televisor y otras «pantallas» a fin de tener más tiempo para la oración y la reflexión.  Ninguna de nuestras penitencias de Cuaresma se hace como un fin en sí mismo; todas están destinadas a conducirnos a una relación más profunda con Dios, la fuente de todo consuelo verdadero y el proveedor de todas nuestras necesidades.

Aun con la mejor de las motivaciones y la más clara de las explicaciones, muchos de nuestros hermanos y hermanas sienten que se les ha dejado completamente solos para cargar una cruz increíblemente pesada sin nadie que los ayude y sin ningún auxilio a la vista.  Aquí es donde entra en juego el aspecto más obvio, pero más fácilmente ignorado del Miércoles de Ceniza: el hecho de que, como cristianos y discípulos, todos estamos juntos en esto. Los votos privados son tan fuertes como la persona que los hace; las penitencias privadas fácilmente se dejan detrás cuando no hay nadie ante quien uno sea responsable. Pero cuando ayunamos y nos abstenemos durante la Cuaresma, lo hacemos juntos —como dice la primera lectura— «proclamamos el santo ayuno», igualmente «convocamos a asamblea, congregamos al pueblo» (Joel 2:15-16). Nuestro compromiso común da testimonio ante el mundo, y de igual forma fortalece y alienta a cada miembro a sacrificarse y orar en unión con todo el Cuerpo de Cristo.

«Todos los bautizados están llamados a la castidad», nos recuerda el Catecismo«Todos los fieles de Cristo están llamados a vivir una vida casta, manteniendo sus condiciones particulares de vida» (no. 2348). Así como cada miembro fiel de la Iglesia, hombre o mujer, vive la castidad en su estado de vida, también cada uno de nosotros da testimonio de las lecciones que ha aprendido. Las personas casadas testimonian que la complementariedad sexual y la posibilidad de procreación los hacen salir de sí mismos y los acercan recíprocamente. Las personas consagradas y ordenadas proclaman que una vida sin relaciones sexuales no es una vida sin amor. Las personas solteras que buscan un cónyuge, en castidad, dan testimonio del poder de la gracia que les ayuda a vivir el autocontrol y una paciente y profunda confianza en el plan de Dios. Y nuestros hermanos y hermanas que experimentan atracción al mismo sexo, aprendiendo de todas estas experiencias, comparten su propio camino hacia una heroica dependencia de Dios y confianza en que Él es la fuente del verdadero consuelo y las relaciones auténticas, tanto divinas como humanas.

El Eros, como señala C. S. Lewis en Los cuatro amores, «es necesariamente entre dos y solo entre dos». Es el amor del Día de San Valentín, de las cenas románticas y las conversaciones íntimas. «Pero dos, lejos de ser el número necesario para la amistad, ni siquiera es el mejor».  El amor del Miércoles de Ceniza es este amor de la amistad —primeramente, con Cristo y, a través de Cristo, de unos con otros. Aunque este año tendrán que reprogramarse muchas citas para salir a cenar, el Miércoles de Ceniza no amenaza al Día de San Valentín. Por el contrario, le da el contexto necesario para comprender qué es lo que en realidad celebramos cada 14 de febrero, y cómo cada uno de nosotros debe elegir vivir en relaciones de amor, siguiendo el plan de Dios para nuestra felicidad y satisfacción.


El padre Philip Bochanski es sacerdote de la Arquidiócesis de Filadelfia y director ejecutivo emérito de Courage Internacional.


«¿Está bien ser gay?»

¿Está bien ser gay  

Las atracciones hacia el mismo sexo son parte de mi historia, sin embargo, hoy vivo una vida llena de sentido dentro de la Iglesia Católica, buscando la virtud y la santidad. 

¿Cómo llegué aquí?  Empecé a hacerme preguntas y esto es lo que descubrí: 

  1. Dios nos ama, sin importar qué atracciones o inclinaciones experimentamos.
  2. No debemos sentir vergüenza por experimentar atracciones o inclinaciones que no elegimos específicamente. Aunque se nos alienta a ser honestos con nosotros mismos, esto no significa que uno deba estar orgulloso de sus atracciones. Tampoco implica que nuestras opciones carezcan de efecto. Cada elección que hacemos nos forma de alguna manera -a veces influyendo en quiénes confiamos, lo que tiene un impacto en las personas que permitimos acercarse íntimamente a nuestros corazones. 
  3. Toda persona está llamada a abrir su corazón para crecer en virtud (incluidas la castidad y la humildad). De esto se trata el decir "sí" a Dios, en lugar de enfocarse en una lista de "nos" articulados en torno a la montaña rusa del mero manejo de la conducta. Hay una enorme diferencia. 
  4. No todas las atracciones o inclinaciones son de índole sexual o romántica. 
  5. La exploración sexual y romántica puede sentirse bien, pero eso solo significa que nuestros cuerpos funcionan apropiadamente en lo fisiológico. 
  6. Este "sentirse bien" a menudo se interpreta como«Yo soy_____».
  7. Nuestra percepción acerca de quién«soy»influye en cómo creemos que debemos buscar nuestra realización personal. 
  8. La búsqueda de la realización es buena, pero debemos examinarlos deseos de nuestro corazón. 
  9. Cuanto más buscamos el logro de un deseo en particular, más lo deseamos. Sin embargo, el entusiasmo y la satisfacción que sentimos al alcanzar dicho deseo disminuye con el tiempo, mientras que el deseo de revivirlo y volver a experimentarlo permanece, a menos que los deseos de nuestros corazones se transformen. 
  10. Si Dios nos creó de esta forma, entonces el no seguir tales deseos sería negar nuestra naturaleza. Sin embargo, si Él no nos creó de esta forma, entonces eso lo cambia todo. Incluso hoy, que hay prominentes activistas homosexuales que reconocen que «el entorno cumple un rol en el desarrollo de nuestras atracciones», ya no me siento indefensamente aferrado a la falsa idea de que «Dios me creó de esta manera, y éste es quien seré por el resto de mi vida» 

Hoy en día, me siento fortalecido con una nueva visión de mí mismo. Soy Suyo, y no elijo «ser hetero». Más bien elijo perseguir la virtud y la santidad. ¿Por qué? Porque me he encontrado con Cristo, a través de las personas de mi entorno que sirven a Dios de la manera más humilde. Hoy me doy cuenta de que la santidad implica respetar el arte del Artista Divino y el orden que Él ha escrito en nuestro universo y en nuestros cuerpos. Hoy ya no estoy irremediablemente «destinado» a vivir en una jaula de soledad, sintiendo que tengo que negar mi naturaleza «para ser un buen católico». 

La Alegría de Confiar en Dios 

Confiar en Dios ha abierto la puerta a lo que el Espíritu Santo podría escribir en mi corazón –como por ejemplo la atracción sexual ocasional (inesperada) hacia el sexo opuesto. Si es voluntad de Dios que algo resulte de ello, entonces que Él me conceda la valentía para seguirla con prudencia, pese a que existan posibles atracciones hacia el mismo sexo. El tema es que convertirme algún día en esposo y padre es una vocación sagrada que ya no me es ajena. 

No estoy «viviendo una mentira» o «sintiéndome conflictuado» al decirlo, pese a que muchas personas lo interpreten así. Tal vez esté tan «fuera del radar» que las personas no pueden hallarle un sentido. Pero yo lo vivo. Ese soy yo siendo completamente honesto conmigo mismo. 

Entonces, ¿está bien ser gay? 

Pues, antes que nada, ser «gay» no es lo que soy.  El experimentar atracciones es una cosa, pero el asumir una identidad es algo completamente diferente. La gran pregunta que me hago es ¿por qué me concentraría en mis atracciones como núcleo de mi identidad,  cuando puedo enfocarme en algo mucho más grande que esto? 

 Es decir: 

  • Es mi naturaleza desear la unificación con Dios. 
  • Mi naturaleza se realiza al abrir mi corazón para crecer en la plenitud de la virtud. 
  • La alegría que hoy experimento supera todo lo que tuve antes... ¡y no estoy mirando al pasado! 

Publicado originalmente en el sitio web Chastity Project bajo el título Is it OK to be gay?.  Traducido por el equipo de Courage International.  Si tiene alguna pregunta, nos puede puede escribir a: oficina@couragerc.org 
Este artículo, escrito por un miembro de Courage, fue firmado originalmente con el pseudónimo "Andrew". Actualmente el autor comparte abiertamente su testimonio con el público utilizando su nombre real: Hudson Byblow. Puede visitar su sitio web (disponible en inglés) aquí.

 

 

 


«Todo lo que quería era pertenecer»

«Todo lo que quería era pertenecer»

 

Siempre he deseado pertenecer. 

No obstante, por una u otra razón, la mayor parte del tiempo me veía a mí mismo afuera, mirando hacia adentro. 

Cuando era muy niño, creía que no «llegaba a la altura» de los otros chicos. No disfrutaba hacer cosas «de chicos». Así pues, por mi desinterés, no hice el esfuerzo de sobresalir en esos aspectos. Era el último o penúltimo en ser escogido, más veces de las que puedo enumerar. Era como revivir una humillación una y otra vez. 

Si bien algunas veces fui recibido en el «redil», por decirlo de algún modo, muy dentro de mí, sentía que aun no pertenecía. En retrospectiva, veo cómo eso apuntaba al problema, mucho más profundo, de la autoestima. Intenté pertenecer, con mucho empeño, pero mirando al pasado, veo cómo mi desesperación por pertenecer en realidad alejaba a la gente de mí. 

Alrededor del sexto grado, comencé a admirar a los niños más cercanos a mí. «Si tan solo pudiera ser como ellos». La primera llamada telefónica que recibí de una niña en toda mi vida fue durante ese grado... pero fue solo para conseguir el número de teléfono de uno de esos amigos. Precisamente una razón más para que yo (en ese momento) creyera que no era parte de los niños. 

Alrededor de esa edad, comencé a notar que esos niños me atraían cada vez más. Al principio dicha atracción no era sexual o romántica, sino un profundo anhelo en el corazón de estar cerca de ellos. Sin embargo, al sentir que no era parte de los niños, me acerqué (durante años) cada vez más a las chicas. Ellas influían en mí. Yo encajaba con ellas. Me volví como ellas. Era parte de ellas. Y, finalmente, empecé a ver a los niños como algo complementario para mí... casi como la pieza de mí que faltaba y que yo deseaba. 

Me sentía avergonzado -esa parte de mí quería inclinarse y darle un beso en los labios a uno de mis amigos del mismo sexo. Sentía vergüenza porque quería que ellos me abrazaran y me hicieran sentir especial, como si perteneciera, aunque tal vez de forma diferente; no como un niño... sino como una niña. Al margen de que la gente pensara que eso estaba bien o mal, mi corazón de once años sintió profunda vergüenza. En un intento de huir de la vergüenza que había interiorizado, seguí afeminándome.  Al menos dentro de ello me sentía cómodo en mi propio cuerpo. Sentía que era más fiel a «quien soy». 

Estaba cuestionándome a mí mismo y mi identidad. Hoy imagino que me habrían dado la bienvenida como una segunda Q en la comunidad LGBTTQ. Y me lo guardé. 

Me volqué hacia la pornografía para ocultar mi corazón de los demás. Las personas en la pantalla no podían ver cómo me sentía verdaderamente respecto a mí mismo. No podían juzgarme. No podían rechazarme. 

Estaba viviendo una mentira: profundamente adolorido por dentro, pero presentándome muy feliz exteriormente ante los demás. El huir de mí mismo me llevó a conductas más excéntricas. Hacía cualquier cosa con tal de evitar confrontarme conmigo mismo. 

Llegué tan lejos, que incluso investigué sobre la cirugía de cambio de sexo. Llegó un momento en que realmente creía que eso era lo que tenía que hacer para ser feliz. Estaba convencido de que solo podía ser feliz como mujer. Eso concordaba con mis primeros recuerdos de sentir la esperanza de que una mañana despertaría y sería una niña. 

Un día, sin embargo, a los veintitantos años, tuve un momento de verdad. Me miré en el espejo y me di cuenta de que el camino por el que iba se estaba saliendo de control; cada vez era más y más delirante. Ya no podía correr más. Mirándome al espejo, me pregunté: «¿En qué te has convertido?» Era cierto, había tomado decisiones que me llevaron hasta ese punto. 

En ese momento, ninguna de mis opciones estaba dirigida hacia Jesucristo. Sabía de Él, pero todavía no lo conocía en mi corazón. 

En mi desesperación, por esa época, una noche después de consumir pornografía transgénero y entre personas del mismo sexo, me levanté y formé la figura de la Cruz con mi cuerpo. Finalmente dejé entrar a Dios.  Me quedé allí en mi departamento y lloré cuando el Señor inundó mi alma con Su amor y misericordia. Le pedí al Señor que pusiera todo Su cuerpo crucificado sobre el mío. Y Él lo hizo. 

Entonces lo supe. En Él yo pertenecía. 

 

Este artículo fue publicado originalmente en el sitio web Pursuit of Truth Ministries bajo el título All  I wanted was to belong”.  
Fue traducido por el equipo de Courage-Latino.  Si tiene alguna pregunta puede escribirnos a: oficina@couragerc.org 

«Darnos cuenta de nuestra verdadera identidad»

Darnos cuenta de nuestra verdadera identidad 

«La cosa más difícil de creer para nosotros podría ser esta: que Dios es bueno, aun cuando las cosas no son como deberían ser». 

 

recapacitando dijo (...), me levantaré iré a mi padre (Lucas 15, 17 - 20).  

El Hijo Pródigo es la más amada de todas las parábolas de Jesús, quizá porque es la historia, o al menos la más esperada de las historias de muchos corazones humanos. Hay un gran drama en esta historia: la generosidad de un padre, la terquedad de un hijo, división en la familia, un desperdicio de talentos, sufrimiento autoinflingido, humildad, un momento de gracia y verdad, un cambio de sentimiento, contrición, perdón y reconciliación. Estos temas sugieren que esta parábola, tan central en las enseñanzas de Cristo, ofrece el fundamento espiritual para las cuestiones relativas al cuidado pastoral de las familias que la Iglesia tiene en consideración.  

Un momento decisivo en la parábola sucede cuando el hijo se da cuenta de su verdadera identidad: el hijo de un padre amoroso y generoso. «Sabemos», escribe el apóstol Pablo, «que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Romanos 8, 28). «Todas las cosas»... para quienes creen que son hijos de un Padre amoroso y generoso. 

La cosa más difícil de creer para nosotros puede ser esta: que Dios es bueno, aun cuando las cosas no son como deberían ser -por ejemplo, cuando alguien que amamos está en dificultad, confundido acerca de la verdad y quizás actuando sobre la base de tal confusión. Pero esta parábola nos reafirma que nada está fuera de la Providencia de Dios o del alcance de su gracia. 

A menudo me hacen una pregunta que no puedo responder fácilmente: «Padre, ¿qué le digo a mi hijo, a mi hija, a mi amigo, etc., cuando él o ella me dice “soy gay”?». 

No es una pregunta fácil de contestar porque mucho depende de la relación que el hablante tiene con la persona, de hasta qué punto la persona se entiende a sí misma a la luz de su atracción sexual y de otras consideraciones. 

Sin embargo, hay algunas cosas que podemos hacer al disponernos a responder a la autorrevelación arriba descrita. La primera podría ser retornar a la parábola del Hijo Pródigo y a la fuerza del amor y la gracia de nuestro Padre Celestial. No estoy diciendo que toda persona que experimenta atracciones hacia el mismo sexo (AMS) sea un obstinado hijo (o hija) pródigo. En absoluto. La Iglesia enseña que  la inclinación homosexual no es pecaminosa en sí misma; solo el acto lo es. Si bien ciertamente no estoy proponiendo una analogía entre la cuestión de la homosexualidad y la parábola del Hijo Pródigo, de todos modos encuentro aspectos de la parábola útiles en este contexto. 

Cuando el hijo inicialmente se acerca a su padre, algo le ha generado confusión sobre quién es él realmente. En ese momento, él no está pensando en sí mismo como un "hijo amado". Otra identidad ha suplantado la verdad. Con el tiempo, la verdad volverá a él, pero esa claridad llegará a través del sufrimiento. La gracia ha venido operando en "todas las cosas". En tiempos de prueba, el papel del sacerdote es apaciguar los corazones para ayudar a profundizar la paz y alentar a las personas a creer que, durante la prueba, Dios es aún bueno y que su gracia sigue operando. En estos momentos, el Misterio de la Pascua –la vida salvífica, la muerte y resurrección de Jesucristo– se hace menos, menos un principio teológico y más una realidad de la gracia vivida en la vida del alma. El catecismo se ha hecho carne. 

Esto puede parecer un prefacio extenso para contestar a la pregunta que un miembro de la familia o un amigo hace sobre cómo responder a alguien que se describe a sí mismo como «gay».  Sin embargo, en mi experiencia de más de diez años en el apostolado de Courage, creo que esto preserva el orden correcto de las cosas. La buena práctica pastoral sigue al buen entendimiento de la identidad –o de lo que se llama «antropología cristiana»: saber quiénes somos, qué somos y por qué somos. Y esas preguntas solo pueden ser plenamente respondidas por las Escrituras y por la persona de Jesucristo. 

«Las enseñanzas de la Iglesia hacen esto difícil, Padre», me dijo un padre de familia. Comprendí su punto de vista, pero sugerí cortésmente que no eran las enseñanzas de la Iglesia lo que hacía difícil la situación; era en parte la confusión de su hijo acerca de sí mismo lo que causaba esa tensión. Nuestro Salvador no prometió que la verdad sería fácil de aceptar o que sería fácil vivir en ella, sino que nos traería libertad y paz (Juan 8,32; 14,27). 

En mi opinión, la homosexualidad no es en el fondo una cuestión de sexo o de relaciones. Es en el fondo una cuestión de identidad y, en particular, una percepción equivocada y una confusión acerca de quién la persona cree que es. 

Lo que ha llevado a esa persona a tal entendimiento es, por supuesto, importante. El Catecismo de la Iglesia Católica habla sobre el «génesis psicológico» de la homosexualidad (2357), lo cual nos hace recordar lo que sabemos: que vivimos en un mundo de causa y efecto. Pero en el momento de autorrevelación, la causa o las causas no son el interés principal, ni tampoco lo es una intervención que intenta abordarlas o contrarrestarlas, por muy bien intencionada que sea. 

En primer lugar, miramos hacia la Iglesia, que, en palabras del Beato Pablo VI, es «experta en humanidad». A través de las Sagradas Escrituras y su reflexión magisterial sobre la identidad del ser humano en Cristo, la Iglesia nos reafirma algo más que sabemos: que la expresión dual de la naturaleza humana no es heterosexual ni homosexual, sino masculina y femenina. 

Si el varón está hecho para la mujer, y la mujer está hecha para el varón (Génesis 2,18; Mateo 19,4-5), entonces una persona con atracción hacia el mismo sexo sufre de la privación de un bien, la atracción natural por el sexo opuesto. 

Las palabras «gay», «homosexual» y «lesbiana» parecerían reducir la identidad de una persona a su atracción sexual. Tal vocabulario, medido ya sea por la justicia o la caridad, es a lo sumo incompleto, si acaso no una falta de respeto a la dignidad de otra persona. 

Aunque podríamos escuchar a algunos de nuestros pastores ocasionalmente usar esta terminología tan común en el discurso popular, no deberíamos asumir que el Santo Padre o cualquier líder de la Iglesia está implicando la existencia de un «tercer sexo». 

La Iglesia, en sus documentos magisteriales, evita tales términos. Estas palabras también dejan a la persona en confusión porque, independientemente de la intensidad de su AMS, la persona, hombre o mujer, comparte la misma naturaleza humana que tiene toda criatura de Dios. Por ende, aceptar una falsa historia sobre uno mismo es entrar en colisión con uno mismo. Ningún progenitor quiere que su hijo sufra, especialmente si algo se puede hacer para prevenirlo. Por naturaleza, el amor trata de proteger a los seres amados del daño, del dolor y de la pena. ¿Acaso Jesús mismo no afirma que «nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15,13)?  Quien ama se interpone entre el ser amado y el peligro. 

Y aun así, ¿acaso no dijo el Padre a su Hijo: «¿Beberás la copa? (Lucas 22, 42)?» ¿Acaso el Padre no envió al Hijo a «ofrecer su vida en rescate por muchos» (Mateo 20, 28)? ¿Y, acaso, al mismo tiempo, el Hijo no nos hace recordar a nosotros, «pobres hijos desterrados de Eva», de la bondad del Padre (Mateo 7,11; Lucas 12,32)? 

La vida de Jesús y la parábola del Hijo pródigo nos dan la confianza de que el sufrimiento puede ser la fuente de la redención, de la libertad, aunque no tenga la última palabra; que la verdad prevalecerá; que nada yace fuera del alcance de la gracia y que nuestro Padre es siempre bueno. 

 El Padre Paul Check es el director ejecutivo de Courage.  Este artículo fue publicado originalmente en el periódico National Catholic Register bajo el título “Realizing Our True Identity” y fue traducido por el equipo de Courage International Si tiene alguna pregunta nos puede escribir a: oficina@couragerc.org 
 

¿«Gay» o «AMS»? – Por qué las palabras importan

¿«Gay» o «AMS»? – Por qué las palabras importan

«¿Quién eres?» Es fascinante cómo una frase tan pequeñita puede contener un significado tan profundo. Hay miles de maneras de responder: de hecho, las personas suelen tener diferentes respuestas para diferentes situaciones, dependiendo de quién haga la pregunta. La respuesta se hace aun más complicada cuando involucra asuntos que son muy personales, como la fe, la familia y la sexualidad. Pero, en el meollo del asunto, debería ser una pregunta fácil de responder, ya que, en última instancia, todos compartimos la misma identidad, la que nos hace lo que somos como personas y nos reúne.

La identidad fundamental de cada ser humano se deriva de la creación que Dios hizo de él. «Luego Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza» (Gn.1, 26). Cada uno de nosotros posee dignidad y valor inherentes porque hemos sido modelados a imagen de Dios, lo cual significa que somos personas capaces de relacionarnos y, a semejanza de Dios, lo cual significa que nuestras relaciones deberán modelarse en el amor de entrega de uno mismo que está en el corazón de la Trinidad. La imagen de Dios se ensombrece en nosotros por la realidad del pecado, por eso Dios envió a su Hijo al mundo para librarnos del pecado y darnos nueva vida.  Creados y redimidos por Dios, somos adoptados como sus hijos e hijas y, junto con Jesús, podemos llamar Padre nuestro, a Dios. Estos hechos explican quiénes somos y nos permiten amarnos unos a otros como hermanos.

El plan de cada una de nuestras vidas comienza con esta verdad: somos creados y redimidos de tal modo que podamos amar libremente a Dios y amarnos los unos a los otros. La historia de la creación del ser humano también nos cuenta que fuimos creados como hombres o mujeres, y que el hombre y la mujer han sido creados el uno para el otro (cf. Gn.1, 27; Gn.2,18-25). Entonces, las bendiciones del sexo (el hecho de que haya hombres y mujeres) y la sexualidad (cómo experimentamos el ser hombre o ser mujer y la relación del uno con el otro) están íntimamente conectadas con nuestra identidad como personas creadas a imagen y semejanza de Dios. Dios nos crea como seres con sexo y sexualidad para que podamos amar, apoyarnos mutuamente y depender unos de otros a imitación Suya.  En la vocación del matrimonio, el sexo significa que el hombre y la mujer pueden hacerse don total mutuo en el cuerpo y en el alma, simbolizando su unión espiritual permanente, la que les permite cooperar con Dios en la creación de nueva vida humana.

Sin embargo, es importante mantener estas realidades en el orden adecuado. Los seres humanos, particularmente en el mundo moderno, pueden experimentar en la vida cotidiana el deseo sexual como una influencia muy poderosa y a veces avasalladora en sus mentes y corazones. Es fácil pensar que, porque el deseo sexual es tan poderoso, es el aspecto más importante de la vida, lo que define quién soy y lo que debo hacer. La fe revela que esto no es así: el sexo y la sexualidad están al servicio de la vocación de amar en imitación de Dios, lo que le da a una persona su identidad masculina o femenina, no al contrario. Esto significa, como lo señaló en 1986 la Congregación para la Doctrina de la Fe, que «La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser definida de manera adecuada con una referencia reductiva solo a su orientación sexual».

En tanto la sexualidad es creada por Dios, está creada de acuerdo al plan de Dios. Dios coloca en el corazón del varón un deseo de unión íntima con la mujer; y en el corazón de la mujer, el deseo de unión íntima con el hombre. Y es este deseo dado por Dios el que los atrae uno al otro y hace de la unión sexual en el matrimonio una fuente de gozo. La fe nos dice, sin embargo, que este deseo dado por Dios ha sido distorsionado a consecuencia del pecado original. «Sentirás atracción por tu marido», Dios le dice a la mujer en el Jardín del Edén, «y él te dominará» (Gn. 3,16), haciendo alusión a los pecados de la lujuria y la dominación que desde entonces han traído tensión a las relaciones entre hombres y mujeres. Esta ruptura de las relaciones humanas, desde el pecado original, ha introducido otras distorsiones en la experiencia humana de la sexualidad, incluyendo la muy difícil situación en que los deseos sexuales de la persona se dirigen de modo predominante o exclusivo hacia su mismo sexo en vez del sexo opuesto.

La manera en que nos referimos a estos deseos y a las personas que los experimentan revela si los estamos considerando o no en el marco del plan original de Dios para la humanidad y la realidad del pecado. En su nivel básico, estos deseos pueden ser llamados atracciones hacia el mismo sexo o atracciones homosexuales, porque esto es lo que son. (El prefijo griego homo- significa sencillamente «el mismo»). Pero, decir de una persona que él o ella es «un (o una) homosexual» hace que este aspecto de su experiencia sea el término definitorio de su identidad. Parece sugerir que Dios hubiese creado dos clases de personas –los heterosexuales y los homosexuales – y, por lo tanto, que hay dos clases de vocaciones para amar a imitación de Dios. Como hemos visto, esto no puede ser así –si los seres humanos compartimos una identidad en tanto hijos de Dios, entonces compartimos una vocación para amar, y las «reglas» son las mismas para todos. Por lo tanto, explica la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Iglesia «se rehúsa a considerar a la persona puramente como un “heterosexual” o un “homosexual” y reafirma que cada persona tiene la misma identidad fundamental: ser criatura y, por gracia, hijo de Dios, heredero de la vida eterna».

Expresiones como «homosexual» y «gay» parecen reivindicar en las personas una identidad particular basada en sus atracciones sexuales en vez de la identidad fundamental de las personas como hijos de Dios, identidad que abarca los deseos sexuales del individuo pero que es mucho mayor que estos. Es mucho más fácil caer en el pensamiento erróneo de que, si una persona siente de determinado modo, necesariamente actuará según tales sentimientos. Como hemos visto, hay un plan para el sexo y para el deseo sexual que está orientado por Dios hacia el sexo opuesto; de modo que, actuar sobre la base del deseo hacia el mismo sexo no puede llevar a la verdadera felicidad, que es el resultado previsto para nosotros en el plan divino. La virtud de la castidad requiere que mantengamos los deseos en una perspectiva adecuada y que optemos por obrar solo de una manera que conduzca hacia la santidad y la realización.

La expresión «gay» también tiende a portar una carga política; y declarar una «identidad gay» puede hacer que la persona se vea arrastrada hacia el «activismo gay», que es parte del discurso civil moderno. Esto es precisamente lo que el papa Francisco comentó en su entrevista después del Día Mundial de la Juventud en el 2013, cuando dijo que «el problema no es tener esta tendencia … el problema está en hacer de esta tendencia un lobby», es decir, una división basada en la orientación sexual.

Por estas razones, muchos ministerios y oficinas de la Iglesia Católica toman la opción deliberada de describir a alguien como «persona con atracción hacia el mismo sexo (AMS)». Aunque la expresión pueda parecer engorrosa o clínica, en realidad conlleva el testimonio silencioso pero persistente sobre la realidad perdurable del plan de Dios para cada hombre y cada mujer, y para la humanidad en general. Una «persona con AMS» es, en primer lugar y ante todo, una persona creada por Dios a su imagen y semejanza. Una «persona con AMS» es un hombre o una mujer que ha sido creado con la capacidad de amar y ser amado; y, aunque los deseos sexuales que deberían conducirle al amor matrimonial le conduzcan en otro sentido, su capacidad fundamental y su llamado al amor permanecen. Una «persona con AMS» es una persona que ha sido redimida por Jesucristo; y, con la gracia que viene de Cristo, puede percibir las atracciones hacia el mismo sexo en su contexto adecuado, comprender de dónde provienen y hacia dónde van, y tomar decisiones libres y generosas para seguir el plan de Dios y vivir una vida casta. Una «persona con AMS» afronta sus deseos en tanto discípulo liberado, redimido, llamado y elegido del Señor, libre de amar a Dios y al prójimo generosamente, en imitación de Cristo.

La manera en que un hombre o una mujer se describe a sí mismo(a) no solo habla de lo que la persona es, sino también de lo quiere ser. Para el discípulo, esto también le habla de quien él o ella están llamados a ser, creados por Dios y redimidos por la Cruz. Llamarse a uno mismo «persona con atracción hacia el mismo sexo» reconoce el importante rol que la sexualidad desempeña en la vida de uno, a la vez que lo sitúa en el panorama mucho mayor de lo que significa ser una persona humana libre, creada a imagen y semejanza de Dios, y llamada al amor sagrado y dichoso.

El Padre Philip Bochanski es el Director Ejecutivo de Courage International, apostolado Católico Romano que brinda cuidado pastoral a personas con atracción hacia el mismo sexo (AMS) que desean vivir una vida en castidad conforme a las enseñanzas de la Iglesia Católica. Para más información sobre Courage y EnCourage (apostolado que realiza labor pastoral con los familiares de personas con AMS), por favor visita nuestra página: www.CourageRC.org
Este artículo fue originalmente publicado en Catholic Answers bajo el título “‘Gay’ or ‘SSA’? : Why Words Matter” y fue traducido por el equipo de Courage International. Si tienes alguna pregunta, por favor escríbenos a: oficina@couragerc.org

«Una etiqueta que perdura»

Una etiqueta que perdura

 

Cuando estaba en la escuela secundaria, los estudiantes se catalogaban en varios grupos: los «esnobs», los atletas, las porristas, los «punks», los roqueros, los «fumados», los «nerds», y todos los demás. Prácticamente todos eran asignados a un grupo en particular. Tal asignación no era oficial, sin embargo, tampoco podía cambiarse.  Ahora, cuando trabajo en escuelas secundarias, veo que poco ha cambiado. Los grupos aún existen (con solo algunos cuantos cambios terminológicos) y los profesores y directores continúan pronunciándose contra tales etiquetas. Como bien dicen, las etiquetas refuerzan los estereotipos y los prejuicios, nos impiden aceptar a la persona y llegar a conocerla como realmente es.

Sin embargo, existe una diferencia. Si bien, los directivos de las escuelas secundarias advierten a los estudiantes sobre las consecuencias que los estereotipos y las etiquetas traen consigo, existe un grupo de estudiantes al que constantemente alientan cada vez más a aceptar su etiqueta: aquellos que experimentan atracción hacia el mismo sexo. Con la ayuda (y a veces con la presión) de grupos como la Gay-Straight Alliance (Alianza Homosexual-Heterosexual) y la Gay, Lesbian, Straight Education Network (Red para la Educación Gay, Lesbiana y Heterosexual), las escuelas secundarias en los Estados Unidos tienen ahora, de forma regular, organizaciones estudiantiles dedicadas a promover la tolerancia y la aceptación de la homosexualidad. En efecto, la ciudad de Nueva York tiene una escuela -Harvey Milk High School- dedicada por completo a «la juventud gay, lesbiana, transgénero y en proceso de experimentación».

¿Vale la pena señalar que, incluso hasta el día de hoy, los profesores y directivos de las escuelas tenían razón sobre los peligros que conllevan consigo las etiquetas--- mas no cuando permiten y animan a que los estudiantes homosexuales sean etiquetados? Como ocurre con la mayoría de los errores, este procede de una cierta verdad y, a menudo, de buenas intenciones. La verdad es que los adolescentes con atracción hacia el mismo sexo tienen una mayor tasa de suicidio y son más propensos al abuso del alcohol y las drogas. Al atribuirle estos problemas a la persecución y al acoso, los nuevos grupos prometen crear una atmósfera segura para que los estudiantes no se vean tentados a seguir conductas autodestructivas.Sin embargo, en la práctica esta estrategia significa mucho más que solo poner un alto a los apodos insultantes. Significa la aprobación de la homosexualidad y, en una nueva modalidad de ofensa o burla, insiste en que los adolescentes que experimenten atracción hacia el mismo sexo «salgan del clóset» y se revelen como homosexuales.

Para comenzar, esta es una falta de sentido común. Tales categorizaciones alimentan la inclinación del adolescente hacia las etiquetas. Los estudiantes de secundaria quieren pertenecer a un grupo, quieren una identidad. Llegar a conocer a otras personas, entenderlas, descifrar quién es uno mismo a la luz de quiénes son los otros… puede ser una tarea difícil. Las etiquetas lo hacen mucho más fácil. Muchos adolescentes se aferran a una identidad durante algún tiempo y más adelante la reconsideran. Por este motivo, los padres de familia y los profesores tradicionalmente se cuidan de encasillar a los estudiantes en ciertas categorías.

Sin embargo, este nuevo enfoque hace precisamente lo opuesto: fomenta el encasillamiento. En vez de simplemente atravesar por las dificultades propias de la adolescencia, un estudiante de primer o de segundo año ahora puede, con respaldo oficial, declararse gay, e instantáneamente adquiere una identidad y un grupo. Ahora sí pertenece, sabe quién es. Queda descartada la posibilidad de que el adolescente pueda estar confundido o incluso equivocado. Por lo general, los adultos muestran una sana reserva frente a los descubrimientos personales de los estudiantes de secundaria: saben que los adolescentes aún están intentando discernir las cosas y reconocen que es parte de su responsabilidad como adultos ayudarlos a sortear las confusiones. Entonces ¿por qué ahora se deja de lado toda este sentido común natural justo en la área más confusa y desconcertante de la sexualidad adolescente?

Por supuesto que las frases son tentadoras, debido a su practicidad y eficacia. Son comunes, están a la mano y facilitan la manera de afrontar este difícil tema. Sin embargo, también identifican a la persona con sus inclinaciones homosexuales. Las frases presuponen que una persona es sus inclinaciones o atracciones: es un «gay», o es un «homosexual». En algún momento, los adultos tendrán que admitir que un adolescente de 15 años que se declara «bisexual transgénero con dudas sobre su identidad», en realidad, está simplemente confundido.

Mientras tanto, el respaldo de las escuelas a todo esto, socava rápidamente la autoridad de los padres en un área especialmente sensible. Mientras que los padres tratan de enseñar algo en casa, la escuela presenta un punto de vista opuesto, ya no solo en el aula, sino también socialmente (lo que puede llegar a tener un mayor impacto durante la secundaria). Y los padres de familia que tienen una mejor manera de manejar las dificultades por las que atraviesa su hijo, verán sus esfuerzos frustrados. En casa se esfuerzan por amar a sus hijos, ayudarlos en sus batallas y enseñarles la verdad coherente sobre la sexualidad humana. Entretanto, en la escuela, los jóvenes reciben la propaganda y el estímulo para argumentar precisamente en contra de lo que sus padres dicen.

Gran parte de esta ingeniería social se basa en la visión de que la homosexualidad es una orientación fija, innata. Los grupos en las escuelas se aferran a esto como si fuese un dogma no abierto a discusión. En uno de los debates presidenciales del año pasado, al preguntarle si pensaba que la homosexualidad era hereditaria o elegida, el presidente Bush, con sabiduría y modestia, respondió que no lo sabía. Con ello mostró estar bastante bien alineado con la comunidad científica, que tampoco logra emitir una respuesta definitiva a esta pregunta. Nunca se ha probado que exista o que haya sido descubierto el supuesto «gen gay». A lo sumo, podemos decir que ciertas personas podrían tener predisposiciones genéticas hacia la homosexualidad, lo cual es bastante distinto a decir que ésta es hereditaria.

Las organizaciones escolares, sin embargo, no tienen escrúpulos en dar por hecho la cuestión. Al insistir en que la homosexualidad es innata, llegan de inmediato a la conclusión de que un adolescente con inclinaciones homosexuales debe necesariamente ser homosexual, gay, lesbiana o transgénero –cualquier etiqueta que le quede.

Y, una vez que la etiqueta ha sido asignada, es terriblemente difícil de retirar. Permanece incluso después que se ha terminado la escuela secundaria y deja al adolescente a merced de los extremos de nuestra cultura. «¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra?  ¿O, si le pide un pescado, le da una serpiente?» Cada vez con más frecuencia, nuestras escuelas secundarias dan piedras y serpientes a niños hambrientos. Los adolescentes realmente confundidos o ansiosos sobre su sexualidad son aconsejados para que acepten la etiqueta de «homosexual», truncando así su identidad, quizás para el resto de su vida.

Dados los obvios errores de este nuevo enfoque, permanece la interrogante, especialmente para los padres de familia: ¿cómo debería uno responder a los adolescentes que experimentan atracción hacia el mismo sexo? El amor debe estar a la cabeza de toda respuesta. Las organizaciones escolares atraen a los adolescentes precisamente porque aseguran la afirmación y aceptación incondicional de la persona sin importar su «orientación». Aun cuando el recibir tal aceptación y afirmación, en efecto, implica su adhesión a los fines de la ideología gay, los adolescentes siguen percibiéndolo como aceptación y afirmación. Los padres de familia necesitan comprender cuán eficaz resulta esto. El primer punto a dar a conocer, entonces, no es qué es lo incorrecto, sino qué es lo correcto: El niño es amado y es digno de ser amado. Tal amor, más que ninguna otra cosa, infunde en el adolescente la confianza que necesita para luchar contra cualquier realidad, triste o dolorosa, que pueda enfrentar.

Las dificultades surgen cuando el niño insiste en ser aceptado y amado no como persona, sino como «gay», «homosexual» u «otro» –cuando desea ser amado según la etiqueta. Y nuestra cultura cede voluntariamente ante estas etiquetas por la misma razón que las usábamos en la escuela secundaria: Hallamos más fácil interactuar con etiquetas que con personas reales. Claramente, esta situación exige gran paciencia y perseverancia; requiere que los padres insistan constantemente en que no, su hijo no es simplemente la suma de sus atracciones sexuales, que pueden amar a su hijo aun cuando rechazan algunas de sus acciones.

Los adolescentes necesitan escuchar precisamente esto: Las inclinaciones sexuales no determinan la identidad de las personas, ni todo aquél que se autodenomina «homosexual» siente atracciones del mismo tipo o al mismo nivel. Algunos sienten deseos homosexuales fuertes y permanentes; para otros, tales deseos son leves y pasajeros. Meter a todos en el mismo saco por tener la misma orientación o identidad reduce burdamente esta compleja realidad y daña masivamente a las personas que dice ayudar.

Resistirse a la tentación de poner etiquetas nos exige rechazar el vocabulario de la cultura [actual] y adoptar términos más precisos. En el uso popular, las palabras «gay» y «lesbiana» implican una orientación fija, así como un cierto estilo de vida. Incluso la expresión «persona homosexual», usada en algunos documentos del Vaticano, sugiere que las inclinaciones homosexuales de algún modo determinan, es decir, limitan la identidad de la persona.

Admitamos que no siempre tenemos las frases precisas en la punta de la lengua. Pero, lo que se pierda en eficiencia se ganará en precisión. Expresiones como “atracción hacia el mismo sexo” e “inclinaciones homosexuales” muestran lo que la persona experimenta, sin identificar a la persona con tal clase de atracciones. Ambas frases reconocen tal tipo de atracciones y mantienen la libertad y la dignidad de la persona. Habiendo hecho esta distinción esencial, los padres pueden oponerse de mejor manera a las atracciones sin rechazar al hijo. Y, a medida que el niño madure, no hallará su identidad confinada a su sexualidad.

Más aun, la oposición a las atracciones y acciones homosexuales tiene sentido solo si está enraizada en la verdad plena de la sexualidad humana. Los grupos escolares gay obtienen aprobación y respaldo, en parte porque la concupiscencia heterosexual (la contracepción, la masturbación, el sexo premarital, el adulterio y todo lo demás) ha afectado a muchas personas. La deliberada separación que nuestra cultura hace del sexo y la procreación ha destruido nuestra capacidad de articular una explicación coherente de la ética sexual. Los padres de familia y los educadores han dañado las herramientas que les permitirían explicar por qué la actividad homosexual es incorrecta.

El entendimiento de la verdad plena de la sexualidad humana genera una valoración de la pureza. Por supuesto que todos los jóvenes necesitan esforzarse por esta virtud, pero la pureza tiene mayor significado para aquellos que experimentan atracción hacia el mismo sexo. Nada confirmará una supuesta identidad «gay» más rápida y sólidamente, que las acciones homosexuales. Tras un encuentro homosexual, el adolescente puede, o admitir el error de sus acciones y arrepentirse, o identificarse fuertemente con sus actos buscando una manera de justificarlos.

A medida que la promiscuidad sexual aumenta en nuestra cultura, hallaremos más adolescentes confundidos sobre su sexualidad y que incluso podrían quizás estar experimentando atracción hacia el mismo sexo. La salida fácil es disolver la tensión, aprobando la homosexualidad e incluso alentándola. Pero el acto más caritativo que podemos hacer por esos jóvenes es amarlos como imágenes de Dios que son, enseñándoles la verdad sobre la sexualidad humana, permitiéndoles vivirla. Hacer menos que esto sería como dar piedras a nuestros hijos cuando piden pan.

 

Paul Scalia es sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia, y capellán del Capítulo de Courage en Arlington. Este artículo fue originalmente publicado en First Things bajo el título “A Label that Sticks”, y fue traducido por el equipo de Courage International.  Si tiene alguna pregunta, puede escribirnos a: oficina@couragerc.org