«¿La castidad es posible?»

¿La castidad es posible? 

 

Para responder a nuestra pregunta, debemos considerar tres interrogantes: ¿Qué es exactamente la castidad? ¿Qué comportamiento implica la castidad cristiana? ¿Cómo vive uno la castidad?

¿Qué es la castidad?

¿Qué es la castidad?  Inspirados en Santo Tomás de Aquino y Aristóteles, podemos definir la castidad como la moderación habitual del apetito sexual conforme a la recta razón.  Tengamos en cuenta que no se trata solamente de la regulación del comportamiento, lo cual sería autocontrol, sino de la regulación de los deseos que conducen al comportamiento sexual. Consideremos también, que la norma es «recta» razón, es decir, la razón conforme a la ley eterna de Dios, y  no simplemente la razón mundana, que considera cualquier acto sexual que evita el embarazo no deseado o la enfermedad como «razonable».

 

¿Qué es el comportamiento casto?

Ahora ¿qué comportamiento exige la castidad cristiana?  Primero, analicemos las palabras de Jesús en el Evangelio: «Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad…Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre». (Mc 7, 21-23; ver también Mt 15, 19-20).  San Pablo agrega: «… porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios» (Ef 5, 3-7; también Gal 5, 19-21). [La fornicación es cualquier relación sexual voluntaria de una persona soltera con otra persona soltera del sexo opuesto].

Así pues, las Escrituras son bastante claras en cuanto al sexo fuera del matrimonio.  Algunas personas buscan racionalizar su forma de pensar en cuanto a esto pero, en última instancia, eso es una negación de las enseñanzas de Cristo y Su Iglesia.  La negación de la enseñanzas contenida en las Escrituras es mucho peor que un pecado sexual cometido a partir de la debilidad.  ¿Y qué hay de la ignorancia invencible? ¿Qué verdadero cristiano podría ignorar, irreprochablemente, el código moral de la Biblia?

La Iglesia Católica agrega precisión a este tema bíblico: « El uso de la función sexual logra su verdadero sentido y su rectitud moral tan sólo en el matrimonio legítimo» (Declaración acerca de algunas cuestiones de ética sexual, Congregación para la Doctrina de la Fe, 1975, párrafo 5).  En el mismo documento (párrafo 10) encontramos: «El orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana bienes tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave» (Esto claramente sigue lo expuesto en la cita anterior de San Pablo: Uno no es excluido del Reino por pecados veniales).  Partiendo de ésta y otras enseñanzas de la Iglesia, podemos concluir que, cualquier excitación o acto sexual voluntario fuera de una unión matrimonial normal (sin uso de anticonceptivos), ya sea por parte del marido o de la mujer, constituye un pecado grave.  Esto incluiría la masturbación, la fornicación, los juegos de estimulación sexual extramatrimoniales, el adulterio, los actos homosexuales, e incluso los pensamientos lujuriosos  (Mt 5, 28).  Para nuestro mundo hipersexualizado, esto puede parecer intolerable, pero las enseñanzas morales de Cristo siempre han sido un obstáculo para el mundo.  El mundo le encuentra el sentido a las cruces.

¿Por qué están mal estas cosas?  En pocas palabras, porque 1) el sexo es un símbolo de la entrega del amor conyugal (y la finalidad de los juegos sexuales es preparar a las personas para el acto sexual),  y 2) el sexo puede producir hijos, que deben ser concebidos y criados en la comunidad de amor estable del matrimonio.

 

Cómo vivir la castidad

¿Cómo vive uno esto?  ¿Cómo desarrolla uno la virtud de la castidad por medio de la cual uno vive, habitualmente, de esta manera sin una lucha o, como lo expresó Santo Tomás de Aquino, «gozosa, fácil e inmediatamente»?

Ciertamente, como fruto del Espíritu Santo, la castidad no es algo a lo que uno llega sin oración y esfuerzo considerables.  Los frutos de un árbol aparecen al final, y lo mismo ocurre con los frutos del Espíritu Santo: para cultivarlos, estos requieren de mucho tiempo y esfuerzo mediante la gracia de Dios. Por lo tanto, para comenzar a vivir esto en nuestro mundo, es necesario tener una vida espiritual fuerte.  Quince minutos de meditación diaria (con el rosario o la meditación de los Evangelios), más el asistir frecuentemente a la Santa Misa, así como la constante recepción de los sacramentos, resulta fundamental para cualquier persona que espera alcanzar esta virtud.

Pero ¿existen algunos métodos que uno pueda emplear para utilizar efectivamente la gracia recibida por medio de los ejercicios espirituales para desarrollar la castidad?

Sí, los hay.  Debemos comenzar observando con Aristóteles y Santo Tomás de Aquino (Summa Theologica, I, q81 a3), que el apetito sexual no solo escucha a la razón, sino también a los sentidos y a la imaginación.  Por lo tanto, debemos primero tener cuidado con lo que miramos u observamos. Ver películas o videos sexualmente explícitos, o pornografía, o incluso el hecho de enfocarse en personas del sexo opuesto, provocativamente vestidas, es veneno para una persona que busca la castidad.  Lo peor es utilizar materiales pornográficos, ya que la pornografía presenta al sexo como una simple actividad recreativa, y a las mujeres (u hombres) como meros objetos de placer.  Ambas son mentiras terribles.

La imaginación es otra área de potencial peligro.  Cuando nos damos cuenta de un pensamiento impuro, debemos tratar inmediatamente de desplazar ese pensamiento con un pensamiento animado, como un juego de pelota, o un bello atardecer, etc.  Además, debemos tomar el consejo de San Juan María Vianney de hacer la señal de la cruz para ahuyentar la tentación y, con Santa Catalina de Siena, decir el nombre de Jesús de forma repetitiva en el corazón ( así fue como ella combatió una serie de tentaciones infames).  Un pensamiento impuro no invitado no es pecaminoso, pero una vez que una persona desea su continuación, entra el pecado, y como Jesús señaló, uno puede pecar seriamente en el corazón.

Además, dado que hay voces compitiendo por el control del apetito sexual, no funciona lidiar «despóticamente» con dicho apetito diciendo simplemente «no» a aquello que lo hace atractivo.  Si lo hacemos, terminaremos reprimiendo el apetito en el inconsciente donde esperará una oportunidad para detonar (Papa Juan Pablo II, en su libro  Amor y Responsabilidad, de aquí en adelante AR, Ignatius Press, pág. 198).  En un momento de debilidad, en efecto, el apetito detonará con un arrebato de actividad sexual.  Esto se observa en la persona que se contiene durante varias semanas pero luego tiene un arranque de actividad sexual , y repite este ciclo una y otra vez.

El intelecto debe lidiar «políticamente» con el apetito, enunciando los valores que se ganarán al vivir la castidad, para compensar el valor del placer sexual que se está sacrificando.

 

Valores de la castidad

¿Cuáles son algunos de estos valores (bienes) que debemos recordar para aliviar cualquier resentimiento interior y encontrar paz en la opción por la castidad?  Primero que todo, está el don más precioso que tenemos como cristianos: nuestra relación de amor personal con Jesucristo.  Violar de manera libre y consciente la castidad es destruir esa relación con el Señor, una relación que es nuestra fuente de vida y nuestro camino de salvación.  Es un alto precio a pagar por unos breves momentos de placer.

Otro valor que se consigue al optar por la castidad, es el de mantener la sacralidad del sexo, tan sagrado que pertenece solo al matrimonio.  Al vivir la castidad, uno evita trivializar el sexo como algo meramente recreativo, de tal manera, que cuando la persona participe de él, en el matrimonio, experimentará su naturaleza única y un profundo sentido de intimidad.

Un valor adicional que se alcanza al optar por la castidad, es el vivir a la altura de nuestra propia dignidad humana como personas creadas a imagen y semejanza de Dios.  Como tales, somos facultados para vivir según la razón, en vez de ser controlados por nuestros deseos e impulsos (como los animales).  Al ejercer esta facultad, vivimos nuestra noble dignidad como personas a imagen de Dios.

Al abstenernos de la actividad sexual con otra persona, también somos capaces de mantener el valor de la persona como un todo, en vez de caer en la tendencia (como resultado del pecado original) de ver al otro como un simple objeto de placer.  El valor del sexo es tan solo uno de los muchos valores que una persona tiene, sin duda uno realmente precioso, pero solo uno de muchos.  Participar del sexo antes del matrimonio da lugar a la tendencia natural, particularmente en el hombre, de considerar a la mujer, primordialmente, como un objeto de placer, más que como una persona, como su igual y como alguien digno de ser amado, no solo usado (AR, pág. 41).

Otro valor es la importancia de desarrollar uno de los tipos de amor más importantes durante el noviazgo.  El amor de entrega de sí mismo (ágape), la amistad y el afecto son los amores que mantendrán un matrimonio unido.  Estos deben desarrollarse como hábitos durante el noviazgo de modo que cuando comience el matrimonio, y llegue el momento de las relaciones sexuales, como se supone que debe ser, estos otros amores, menos emocionantes pero más fundamentales, serán casi una segunda naturaleza para los esposos.  Si una pareja comparte el sexo antes del matrimonio, lo más probable es que no desarrollen estos amores más desinteresados como hábitos.  El egoísmo tenderá a infiltrarse, como sucede con frecuencia con algo tan placentero como el sexo.  Las parejas que no tienen sexo antes del matrimonio tienen mucho más probabilidades de estar dispuestas a servirse mutuamente en ágape, de expresar su amor mediante el afecto sin siempre tener que pasar de ahí al sexo, y de desarrollar los intereses comunes que están al centro de toda buena amistad.  De hecho, la actividad sexual antes del matrimonio puede ocultar el error fatal de una carencia fundamental de amistad, tan esencial para un buen matrimonio.

Al recordar constantemente estos valores, la persona puede, en un sentido, infundir razón al apetito, a tal punto que, con el tiempo, parecerá que el apetito participa de la razón.  Los valores de la castidad deben ser «objetivados», interiorizados, de modo que la voluntad esté «constantemente confrontada por un valor que explique plenamente la necesidad de contener los impulsos provocados por el deseo carnal y la sensualidad.  Solo cuando este valor tome posesión de la mente y la voluntad, se calmará la voluntad y se liberará de un sentido característico de pérdida» (AR, pág. 198).  Esta es la paz que trae consigo la castidad.

Otra forma de ver esto es que tras convertir la mente, debemos «convertir el corazón».  El signo de un corazón que aun no se ha convertido, es una persona que, en teoría, desea vivir la castidad pero no hace nada para evitar los peligros de los pecados contra la castidad.  Si bien, algunas personas aceptan las enseñanzas de la Iglesia respecto al sexo, ya sea por aburrimiento o por el apego a la emoción del sexo, insisten en, al menos, coquetear con el sexo.  Por ejemplo, una pareja que continúa besándose prolongadamente en el sofá, aunque saben que eso ya antes los ha llevado a cometer graves pecados; o cuando uno invita al otro a pasar la noche juntos («¡pero no va a pasar nada!»), sabiendo que ésta es una seria ocasión de pecado.  O cuando un hombre casado acude a una cena a solas con una mujer atractiva.  Dichas personas ya han pecado gravemente contra el amor (y la prudencia) al ponerse deliberada e innecesariamente en tentación.  ¿Qué persona que realmente ama a Dios caminaría al borde de un acantilado como éste y luego diría «¡Espero no caerme!»?

El autocontrol debe servir como un vigilante del apetito sexual hasta que este esté preparado, pero el autocontrol no es una virtud completamente desarrollada en sí misma, ya que conlleva una constante batalla.  Por otro lado, la castidad es una verdadera virtud ya que pone al apetito del lado de la razón, eliminando así la batalla.  Con la castidad, la persona tiene la cabeza y el corazón unidos en la búsqueda de los valores más nobles de una relación con el Señor, la verdad de la sacralidad del sexo y la dignidad de la persona humana.

* * *

«La castidad es un asunto difícil, de largo plazo; sus frutos deben aguardarse con paciencia por la felicidad y amorosa bondad que traerán consigo.No obstante, al mismo tiempo, la castidad es el camino seguro a la felicidad» (AR, pág. 172).

Por consiguiente, volviendo a nuestra pregunta original: ¿Es posible la castidad?  Sí, por supuesto.  Puede que no sea fácil en nuestra sociedad, sumergida en el sexo, pero con la gracia que recibimos por medio de la Santa Misa, los sacramentos y la oración, es posible.  Y, con la gracia no sólo viene la castidad, sino también… la vida eterna.


Este artículo fue originalmente publicado en Courage International bajo el título “Is Chastity Possible?”, y fue traducido por el equipo de Courage International.  Si tiene alguna pregunta, puede escribirnos a: oficina@couragerc.org

 


«Profesar la fe, profesar la medicina: Los médicos y el llamado evangelizador» 

Profesar la fe, profesar la medicinaLos médicos y el llamado evangelizador 

 

Oratorio de San Felipe Neri en FiladelfiaPensilvaniaE.U.A.  

El Juramento Hipocrático establece tradicionalmente a la medicina como una profesión: una carrera o vocación basada en profesar un juramento relativo a la propia conducta personal y pública. Para el médico católico, los compromisos del Juramento de Hipócrates asumen un nuevo sentido vistos bajo la luz de las promesas hechas en el Bautismo y que se renuevan cada Pascua de Resurrección.  Este artículo, originalmente dirigido a estudiantes de medicina, trata del rol de los médicos católicos como evangelizadores, aquellos que difunden el mensaje y los valores del Evangelio de Jesucristo. 

  

Palabras clave:  Profesión, vocación, evangelización, Hipócrates, católico, papas, enseñanza papal

Hace algunos años, estaba en una celebración parroquial, digamos una fiesta tipo cóctel, y, mientras circulaba entre las personas, me topé con un hombre a quien había conocido una vez hacía unos cuantos meses. Ambos nos reconocimos e intercambiamos los saludos de cortesía. Con toda seguridad, yo recordaba correctamente que esta persona era médico, de modo que le pregunté cómo iba todo en su trabajo. «Supongo que bien», respondió él, «aunque nuestra productividad ha bajado en los dos últimos meses».  Esto no era lo que yo esperaba escuchar: inmediatamente empecé a pensar si me había equivocado de persona. «Oh, pensé que usted era doctor», dije. «Sí, por supuesto» dijo él, y me recordó el hospital donde ejercía, con una mirada de acertijo que reflejaba la mía. «Entonces, ¿qué dijo usted sobre “productividad”?» pregunté. «Ah», respondió él, «me refería a que el número de pacientes que atendemos en el consultorio ha venido bajando. Menos pacientes, menos reembolsos … menos ingresos equivalen a menor productividad». Asentí con la cabeza y, antes de las que cosas se pusieran más raras, cambié rápidamente de tema y le pregunté cuándo le tocaba a su hijo mayor hacer la Primera Comunión.  

Quizás soy el único al que una conversación así le parecería rara. Como sociedad parecemos habernos acostumbrado tanto a hablar de «la industria del cuidado de la salud» como si fuese equiparable con la industria siderúrgica, con la industria automotriz o con la industria minera. Pocas personas, quizás, se sentirían incómodas por el hecho de que se usen términos tales como «productividad», «ingresos| y «análisis de costo-beneficio», como si estuvieran trabajando en la General Motors y no en el Mercy General Hospital. Afortunadamente, sin embargo, aún existe la tendencia de hablar sobre la medicina como profesión más que como industria.  No obstante, la cuestión sigue siendo: ¿Esta terminología es acaso mejor?  

Depende, por supuesto de lo que para nosotros signifique la palabra «profesional».  Aquí nos topamos con otra entidad que parece no tener problemas de productividad o de ingresos en los últimos tiempos: el complejo industrial conformado por el coaching / los recursos humanos / el desarrollo profesional. En el lenguaje de los enunciados de misión, las metas, los objetivos, lo que el hombre moderno piensa al usar la palabra «profesional» sigue siendo indefinido al punto de la frustración.  Si bien estoy al tanto del peligro de usar como fuente de datos y de información confiable enciclopedias de Internet alimentadas por el público, es cierto que a menudo dan una visión bastante clara (para bien o para mal) de la mentalidad colectiva de la cultura. He aquí lo que Wikipedia tiene que decir al respecto: «Una profesión es una vocación que se basa en una capacitación educativa especializada, cuyo propósito es brindar asesoría y servicios a terceros, a cambio de una remuneración directa y definida, muy aparte de expectativas de otra ganancia comercial» (Wikipedia 2,013).  Cuando cita la normatividad económica de la Unión Europea, expresa que «las profesiones liberales “se ejercen sobre la base de calificaciones profesionales relevantes en forma personal, responsable y de modo profesionalmente independiente por quienes brindan servicios intelectuales y conceptuales en interés del cliente y del público”» (Wikipedia 2013).  

Tuve un momento de esperanza al inicio de la definición, allí donde aparece la palabra «vocación». Pero como el autor no definió la palabra en el contexto ni la usa nuevamente en el resto del artículo, parece que no hay mucho por inferir en esta área. Más bien, tenemos la definición de un profesional como alguien que:  

•tiene capacitación especializada; 

•se dedica a ofrecer«servicios intelectuales y conceptuales»a terceros (en vez de productos industriales y comerciales);  

•lo hacen cambio de un sueldo u honorarios definidos; y  

•lo hacen interés del público. 

Parece que la cuestión no radica exactamente en si esta definición es precisa, aunque nos sea útil -aunque les sea útil a ustedes, que dedican tanto tiempo, energía y recursos a prepararse para ser «profesionales médicos».  Y, si decidimos que es demasiado difusa como para ser de alguna ayuda (lo cual claramente pienso que es el caso), entonces ¿hay alguna otra definición más útil que podríamos encontrar?  Pienso que sí la hay. Y el propósito de mi charla es proponerla y desarrollarla.  

El hecho de que la definición de «profesional» que hallamos en Wikipedia pueda aplicarse a tantas carreras «de ayuda| significa que esta no solo es terriblemente vaga, sino que también está desconectada de la historia. Durante siglos hubo solo tres «trabajos» o «carreras» a las que se les asignara la categoría adicional de «profesión»: el derecho, la medicina y la orden sacerdotal. La característica distintiva que separaba a las profesiones de todos los demás oficios no era solo el prestigio. En gran parte del mundo antiguo y del temprano medieval, las figuras públicas más respetadas eran los retóricos, quienes practicaban esa antigua y fascinante arte que en parte era política, en parte comunicaciones, en parte marketing y muy lucrativa. Tampoco era solo el hecho de que la gente hallara que las profesiones y los profesionales fuesen lo más útil de tener cerca. Durante la mayor parte de la vida cotidiana en la Edad Media, un mozo de labranza o un buen jornalero podían proporcionar servicios más útiles que los de un abogado que luciera su cartel en el pueblo. No, lo que hacía que uno de estos hombres (en aquellos días, en que casi siempre eran varones) fuese un profesional era precisamente el que tenía algo que profesar –hacía un juramento público que al mismo tiempo le marcaba los deberes y las responsabilidades que asumiría y le confería el derecho y la obligación de cumplirlos.  

Los historiadores rastrean el juramento por el cual los abogados eran admitidos al colegio de abogados (el cual suele ser homogéneo en todas las jurisdicciones) hasta alrededor de la época del rey Eduardo I de Inglaterra -es decir, a fines del siglo XII y comienzos del siglo XIV. Aquellos que van a ser ordenados como diáconos, sacerdotes u obispos a través del sacramento de la orden sacerdotal hacen un Voto de Fidelidad que incorpora la Profesión de Fe que se desarrolló en el Primer Concilio Ecuménico de Nicea en el año 325. Pero es la profesión de la medicina, la que se jacta de tener la más larga tradición, pues llega en el pasado a cuatro siglos antes del nacimiento de Cristo hasta el médico griego Hipócrates. El juramento hipocrático para los médicos significó un sitial para él y sus discípulos, que los distinguía de los practicantes de su tiempo y establecía las normas por las que se guiaron generaciones de médicos a lo largo de milenios. Aunque en tiempos modernos los ideales y los principios de Hipócrates amenazan con separar a quienes los profesan de muchos de sus colegas, la importancia de profesar el juramento y llevarlo a la práctica ha llegado a ser, por así decirlo, incluso más esencial en nuestros propios días.  

¿Qué significará para ustedes, en tanto católicos, profesar el Juramento Hipocrático al final de sus estudios? Para responder cabalmente a esta pregunta, deberíamos empezar con dos conceptos introductorios. Primero, la Iglesia ha desarrollado su propia definición de juramento, la cual está consagrada en el Derecho Canónico (Cánones 1199–1204).  Genera varios temas importantes. Dice que «Un juramento es la invocación del Nombre Divino como testigo de la verdad. No puede hacerse, si no es en verdad, con criterio y en justicia».1  En otras palabras, un juramento es una clase particular de promesa en la que una persona invoca a Dios por su nombre, pidiéndole que sea testigo no solo de sus buenas intenciones sino también de la honestidad y la sinceridad de quien ha juramentado. No significa solamente que la persona que lo profesa le pida a Dios que lo o la ayude a cumplir tal juramento, sino que convoca a Dios para garantizar que tal juramento está siendo asumido de modo sincero.  

Esto le confiere un profundo significado y seriedad a la obligación de cumplir con el juramento. Romper un juramento o jurar falsamente es no solo un pecado contra la justicia, sino un pecado contra el mandamiento que prohíbe invocar en vano el Nombre del Señor. El Código continúa diciendo que «una persona que toma un juramento en libertad está especialmente obligada por la virtud de la religión a cumplir con aquello que él o ella afirmó a través del mismo».2 

Un segundo punto que deben ustedes tomar en cuenta como estudiantes de medicina y profesionales aspirantes católicos es que el Juramento de Hipócrates no será la primera promesa pública que harán invocando a Dios para que dé testimonio de las palabras de ustedes. Un momento definitorio en la vida del cristiano – en efecto, el necesario requisito para permitir la recepción del Sacramento que lo hace a uno un cristiano — es la profesión de fe en el Dios Trino que se hace inmediatamente después del Bautismo. Tan importante es esta profesión de fe, que la Iglesia orienta a los padres y a los padrinos para que sea hecha en nombre de los pequeños que no pueden hablar por sí mismos. Tan esencial es para la vida continua del cristiano, que la Iglesia separa seis semanas al año con la finalidad expresa de prepararse – a través de la oración y de la penitencia – para la renovación de este juramento bautismal en la celebración de la Pascua de Resurrección. Al recibir el juramento bautismal, el celebrante de la liturgia proclama: «Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos en profesar en Cristo Jesús nuestro Señor». La conexión entre la vida del discípulo y la vida del médico se da, entonces, en la intersección de las propias promesas bautismales con el Juramento de Hipócrates – el médico católico es uno que profesa la fe y profesa la medicina. «Con este conocimiento», escribía el Beato Juan Pablo II a una conferencia de médicos católicos italianos en el año 2004, «ustedes, como médicos católicos, están llamados en tanto creyentes a dar testimonio de Cristo … ayudando eficazmente a eliminar las causas del sufrimiento que humillan y entristecen a la humanidad».3   Ustedes están llamados a dar testimonio de Cristo, insiste el Papa, en el momento mismo en que son llamados a ejercer su oficio. Las dos obligaciones nunca se contraponen; de hecho, el ejercicio eficaz de la medicina depende del ejercicio de la fe.   

Dado que estas dos profesiones están tan estrechamente unidas, sería beneficioso leer el Juramento Hipocrático a la luz de las promesas que hicimos en el Bautismo; y a la luz de las verdades eternas en las que profesamos nuestra fe, la cual le da un nuevo contexto y sentido a cada aspecto de la vida humana. Esta idea no es nueva. En la misma carta que mencioné hace un momento, Juan Pablo II les decía a los médicos italianos: «Yo reafirmo en presencia de ustedes los principios éticos que están basados en el propio Juramento Hipocrático: ninguna vida es merecedora de no ser vivida; ningún sufrimiento, al margen de lo terrible que sea, puede justificar la supresión de una vida; sin embargo, ninguna razón, independientemente de cuán elevada sea, hace plausible “crear” seres humanos para su subsiguiente explotación y destrucción».4  Si es posible «bautizar» a Hipócrates, por así decirlo –leyendo sus antiguos compromisos a la luz de la Verdad Eterna del Evangelio – ello puede brindar un cimiento sobre el cual desarrollar una vida como discípulos y como médicos.  

La primera realidad hacia la cual Hipócrates llama la atención del médico es el hecho de que el arte de la medicina es impartido por el maestro al estudiante. El médico que profesa toma el juramento en presencia de sus maestros, así como de sus pares; y jura «considerar en tan alta estima a todos los que me han enseñado este arte como a mis padres; y, en el mismo espíritu y con la misma dedicación, impartir a otros el conocimiento de este arte».5 Si bien la profesión del juramento marca típicamente una transición de los años de aula e instrucción clínica al comienzo del ejercicio efectivo de la medicina, insiste en que el aprendizaje nunca cesa. El o la profesional jura que «continuará con diligencia manteniéndose actualizado con los avances de la medicina» como un componente necesario de la buena práctica, y «buscará el consejo de médicos especialmente hábiles en los casos que corresponda para el beneficio del paciente».  

 Hablando ante una asamblea de médicos del ejército de diversas naciones que se reunió en Roma mientras la Segunda Guerra Mundial aún asolaba el continente, el Papa Pío XII subrayó la necesidad de la dedicación al aprendizaje y la instrucción. Dijo el Papa que la reunión de estos médicos demostraba que estaban «inteligentemente vivos para el primer deber de todo médico, incrementar permanentemente su bagaje de conocimientos y mantenerse al día respecto del progreso científico que se hiciere en su campo particular. Este deber surge de inmediato», continuó, «de la responsabilidad del médico hacia la persona individual y hacia la comunidad… La necesidad del hombre será la medida de la responsabilidad del médico».6  El aspecto comunitario del rol y de la responsabilidad del médico significa que el dar atención al aprendizaje es un acto de caridad. Esto garantiza que el médico tendrá la capacidad de atender a sus pacientes de modo óptimo con conocimiento que él mismo adquiera a costa de su sacrificio personal.  

El compromiso con el aprendizaje demanda gratitud hacia los propios maestros que uno tuvo, la que con frecuencia puede expresarse de la mejor manera posible como una voluntad de enseñar a otros – tanto a los estudiantes de medicina como a los pacientes y a los grupos con los que uno entra en contacto. Al escribir sobre los retos que se presentan en torno a la donación de órganos, el Papa Benedicto XVI señaló la capacidad singular del médico de dar forma a la mente no solo de una persona sino de comunidades enteras:  

El camino correcto por seguir, hasta que la ciencia sea capaz de descubrir nuevas formas y terapias más avanzadas, será la formación y la difusión de una cultura de la solidaridad que sea receptiva a todos y no excluya a nadie. Un trasplante médico corresponde a una ética de donación que requiere el compromiso de parte de todos de invertir el máximo esfuerzo posible en formación y en información; para generar una conciencia aun más sensible hacia un problema que toca directamente la vida de muchas personas. Por lo tanto, será necesario rechazar prejuicios y malentendidos y la extendida indiferencia y el temor a sustituirlos con certeza y garantías, a fin de permitir en cada uno de nosotros una conciencia siempre más extendida y elevada del gran don que es la vida.7 

Por supuesto, toda la ciencia y todo el aprendizaje del mundo llevarán al estudiante de medicina o al médico solo hasta este punto. No hay respuesta para todas las preguntas, no hay cura para todas las enfermedades. La única respuesta definitiva a las cuestiones del sufrimiento humano se encontrará en la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Verbo hecho Carne; la única curación que conduce a la vida eterna proviene de las manos de Cristo el Médico Divino. Se requiere de ustedes también que den testimonio de estas verdades eternas, en los problemas que resuelvan y en aquellos que excedan sus capacidades humanas. Al final del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI habló en nombre de los Padres del Concilio «a los pobres, a los enfermos y a los que sufren» en el mundo:  

Nuestro sufrimiento se incrementa al pensar que no está en nuestra capacidad traerles ayuda corporal ni la disminución de su sufrimiento físico, que los médicos, las enfermeras y todos aquellos dedicados a la atención de los enfermos se esfuerzan por aliviar del mejor modo posible. Pero tenemos algo más profundo y más valioso que darles, la única verdad capaz de responder al misterio del sufrimiento y de traerles alivio sin engaño; es decir, la fe y la unión con el Hombre de los Dolores, con Cristo Hijo de Dios, crucificado por nuestros pecados y para nuestra salvación. … Esta es la ciencia cristiana del sufrimiento, la única que da paz.8  

Cuando uno reconoce las propias limitaciones y al mismo tiempo hace visible la fe en Dios omnipotente, uno difunde la verdad del Evangelio. Esto se llama evangelización, y durante todo este Año de Fe los papas han convocado a toda la Iglesia a llevar a cabo esta tarea urgente para hacer a Cristo más conocido en el mundo. Cuando el Sínodo de Obispos emitió sus documentos preparatorios para su conferencia acerca de lo que se ha dado en llamar la Nueva Evangelización, se señaló que la Difusión del Evangelio debe tomar en cuenta en varios «sectores» de la vida moderna; e hicieron especial mención del ámbito de la ciencia y la tecnología, marcado por continuos progresos «de los que nos estamos volviendo cada vez más dependientes».9 

La Evangelización en la medicina, así como en el resto de la vida humana, no provendrá de la instrucción técnica tanto como del constante testimonio de ustedes sobre el poder de Cristo en sus vidas, especialmente en aquellos aspectos y momentos en los que uno está más indefenso.  Como escribió el Papa Pablo VI acerca de las misiones y el Papa Benedicto reiteró con respecto a la Nueva Evangelización, «Es básicamente por la conducta y por la vida de la Iglesia que ella evangelizará al mundo; en otras palabras, por su testimonio viviente de fidelidad al Señor Jesús –testimonio de pobreza y de desprendimiento, de libertad en la faz en los poderes de este mundo; en otras palabras, el testimonio de santidad».10  O, como lo dijo Hipócrates, «con pureza, santidad y benevolencia» es que uno debe vivir la [propia] vida «y ejercer el [propio] arte».  

 Están ustedes llamados a dar este testimonio por el poderoso medio de los encuentros personales con aquellos a quienes cuidan. Y el Juramento de Hipócrates delinea cuidadosamente la manera en la que ustedes se conducirán en tales encuentros. Primeramente, «Trataré sin excepción a todos lo que buscan mis oficios, en cuanto ello no comprometa el tratamiento de otros».  Sin excepción —el ejercicio de la medicina no podría existir sin este compromiso que comprende a los pobres, los difíciles, los ingratos, los extranjeros, y todo el resto de la humanidad sin excepción.  El llamado del médico a esta clase de interés y receptividad está reflejado en la imagen que a menudo se usa en los escritos de los papas para describir la misión del médico católico: la del Buen Samaritano la cual, como lo destacó el Papa Pío XII, «ha sido preservada para la posteridad en el Evangelio escrito por San Lucas, que era médico».11 «El contexto puede ser diferente de las circunstancias que en la su experiencia de ustedes son comunes», admite el Papa, «pero el espíritu de la pronta y generosa devoción, de los elevados principios que inspiran el sacrificio de uno mismo en aras del otro, de la ternura y el amor -ese es el mismo espíritu que ha caracterizado la profesión de ustedes en todas las épocas de la historia humana.  Lástima por la humanidad, si ello no fuere así».12 

La receptividad del médico para con todos los que buscan su atención es, para los médicos católicos, otro momento de evangelización. Ello da testimonio de la verdad fundamental de la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida y adoptada como hermano o hermana de Jesucristo, y a través de Cristo, a nosotros. Pío XII continúa:  

El médico no está manejando materia inerte, aunque fuese de valor incalculable. En sus manos, el sufrimiento es una criatura humana, un hombre como él mismo. Como él, ese paciente tiene una posición de deberes en alguna familia donde corazones amorosos lo esperan con ansias; tiene una misión que cumplir, por humilde que sea, en la sociedad humana. Lo que, es más, esa forma doliente, tullida, empalidecida, tiene una cita con la eternidad; y cuando el hálito abandone su cuerpo, empezará una vida inmortal, cuya dicha o desdicha reflejarán ante Dios el éxito o el fracaso de su misión terrenal. Criatura preciosa del creador y la omnipotencia de Dios. 

Ese hombre que se pone en manos del cuidado del médico es algo más que nervios y tejidos, que sangre y órganos. Y, aunque al médico se lo busca directamente para sanar el cuerpo, a menudo debe dar consejos, tomar decisiones, formular principios que afectan el espíritu del hombre y su destino en la eternidad. Después de todo, es un hombre quien será tratado: un ser humano, compuesto por alma y cuerpo, que tiene intereses temporales, pero también los tiene eternos; y así como sus intereses temporales y su responsabilidad con la familia y la sociedad no pueden sacrificarse por fantasías erráticas o desesperados deseos de pasión, del mismo modo sus intereses y su responsabilidad eternos ante Dios nunca podrán subordinarse a ninguna ventaja temporal.13 

Hipócrates sigue, describiendo «los sí y los no» de la práctica médica. El juramento dice «Seguiré el método de tratamiento que, de acuerdo a mi capacidad y a mi criterio, considere beneficioso para mi paciente». Más aun, el médico que profesa jura «abstenerse de todo lo que sea dañino o maligno»: No habrá dosis letales ni actos u omisiones en favor de la eutanasia; no al aborto; no a la investigación sin aceptación; no a la seducción o al abuso de la relación médico – paciente.  

La lista parece obvia, evidente –sin embargo, ello no resulta así para todos los estudiantes y los médicos. Al escribir en el Georgetown Undergraduate Journal of Health Sciences en julio del 2012, Emily Woodbury señala que:  

En la actualidad, el 100% de los médicos graduados en escuelas de medicina en los Estados Unidos juran ante alguna versión del Juramento Hipocrático (en oposición a solo 24% en 1928). La mayoría de esos juramentos son vagos y contienen los principios de la no maldad, la benevolencia, la autonomía del paciente y la justicia social. Solamente 14% de ellos prohíben la eutanasia; 11% remiten a una deidad, 8% prohíben el aborto, y 3% prohíben las relaciones sexuales. (Woodbury 2012)   

Woodbury continúa diciendo que «los antiguos fundamentos religiosos del juramento se han vuelto irrelevantes y la actual divergencia y la opción por temas específicos como el aborto y la eutanasia han vuelto intolerable el juramento original» (Woodbury 2,012). Si bien es difícil determinar cuán extendida se encuentra esta afirmación en la cultura en general, son escalofriantes las estadísticas que la señorita Woodbury cita sobre las omisiones de las versiones modernas.  

Contra la tendencia de juramentos y promesas marchitos que prevalece, el médico católico está llamado a dar testimonio del valor inherente de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, y a dar testimonio tanto en su práctica y en sus indicaciones profesionales como en su palabra. En su magnífica encíclica Evangelium vitae—«Evangelio de la Vida»—El Beato Juan Pablo II explicó la naturaleza y la importancia del testimonio de vida que ofrecen los médicos, que él en efecto encuentra en el juramento que hemos venido analizando:  

En el personal del cuidado de la salud recae una responsabilidad única. … Su profesión los convoca a ser guardianes y sirvientes de la vida humana. En el contexto cultural y social de hoy, en el que la ciencia y la práctica de la medicina se arriesgan a perder de vista su inherente dimensión ética, los profesionales de la salud pueden verse a veces fuertemente tentados de volverse manipuladores de vida o incluso agentes de la muerte. Al afrontar esta tentación, su responsabilidad se ha incrementado enormemente en la actualidad. Su inspiración más profunda y su más fuerte apoyo radican en la dimensión ética intrínseca e innegable de la profesión del cuidado de la salud, algo ya reconocido por el antiguo y aún relevante Juramento Hipocrático, el cual requiere que cada médico se comprometa con el respeto absoluto por la vida humana y su naturaleza sagrada. 

El respeto absoluto de toda vida humana inocente también requiere el ejercicio de la objeción consciente respecto del aborto y la eutanasia voluntarios. «Causar la muerte» nunca podrá considerarse una forma de tratamiento médico, aunque la intención sea solo cumplir con la solicitud del paciente. Antes bien, va completamente en contra de la profesión del cuidado a la salud, que está destinada a ser una afirmación ferviente e inquebrantable de la vida.14 

Aquí nuevamente abordamos el rol del médico como evangelizador. Esta es una realidad que debe permear todos los aspectos de la vida de uno, especialmente en el mundo moderno, el cual fragmenta la vida con tanto éxito, reservando los debates sobre aspectos morales para los domingos y rechazando reflexionar sobre el aborto, la eutanasia y el matrimonio como «aspectos claves» que no tienen sitio en las discusiones políticas de las personas serias y maduras. Ante tal actitud, el Papa Benedicto insiste en que:   

[Es] importante darse cuenta de que el ser cristiano no es un tipo de ropa que ponerse en privado o en ocasiones especiales sino algo vivo y totalmente abarcador, capaz de contener todo aquello que es bueno de la vida moderna. … No [podemos] olvidarnos de que el estilo de vida de los creyentes requiere tener la genuina credibilidad y ser tanto más convincente considerando las dramáticas condiciones en que viven quienes que necesitan oírlo.15 

Los restantes pasajes del Juramento de Hipócrates hablan de las obligaciones del médico cuando él o ella se encuentran con el paciente en la propia casa del paciente o en otro contexto. «Acudiré en beneficio del enfermo», reconoce el médico que profesa; y promete evitar toda corrupción y seducción y mantener en confidencialidad todo lo que vea y oiga. El Papa Benedicto XVI coloca esta obvia necesidad de confianza entre el médico y el paciente en el contexto de la fe cristiana en torno a la dignidad de la persona humana:  

El respeto de la dignidad humana, en efecto, demanda respeto incondicional individual nacido o no nacido, sano o enfermo, sea cual fuere su condición. En esta perspectiva, la relación de confianza mutua que se desarrolla entre el médico y el paciente es de máxima importancia. Es gracias a esta relación de confianza que el médico, escuchando al paciente, puede construir su historia clínica y comprender cómo este enfrenta su dolencia. Más aun, es en esta relación basada en el aprecio reciproco y en el compartir metas realistas que es posible determinar un programa terapéutico: un plan que puede llevar a una audaz intervención para salvar una vida o a una decisión de mantenerse a raya con los medios comunes que ofrece la medicina.…  

Es bueno no olvidar que son estas cualidades humanas, además de la competencia profesional en sentido estricto, lo que el paciente aprecia en su médico. El paciente desea ser tratado amablemente, no solo examinado; desea ser escuchado, no únicamente sometido a sofisticados diagnósticos, quiere tener la certeza de estar en la mente y el corazón del médico que lo está tratando.16 

Así, no solo estamos hablando de una visita profesional, ya sea una visita en casa o una ronda en el hospital. La caridad que nos vincula a Cristo y del uno hacia el otro nos obliga a reconocer la importancia de la visita como tal - recordar nuestra obligación para responder a aquel cuyo juicio contendrá las palabras «Estuve enfermo y tú me cuidaste. … Lo que hiciste por uno de mis hermanos menores, lo hiciste por mí» (Mateo 25:36, 40).  

La importancia de la visita como expresión de compasión y solidaridad es la forma en que ustedes darán testimonio e imitarán a Cristo el Buen Pastor, quien «vino a salvar y a sanar lo que estaba perdido» (Lucas 19:10). La voluntad de ustedes de «estar con» la persona sufriente es de gran de importancia para que superen el aislamiento inherente al sufrimiento. A menudo, el mero hecho de estar presente con alguien que está sufriendo basta para traer alivio y a ayudar a la persona a acercarse al misterio salvador del amor redentor de Cristo. «Sufrir y estar al lado de los que sufren: quien quiera que viva estas dos situaciones en la fe llega a un contacto particular con los sufrimientos de Cristo y se le permite compartir “una partícula muy especial del infinito tesoro de la redención del mundo”», nos dice Juan Pablo II.17  

La presencia de un hermano cristiano en el hogar o en la sala de hospital de la persona enferma es un recordatorio de la presencia de la Iglesia y de la permanente conexión del paciente con el Cuerpo de Cristo. Este recordatorio es una invitación y un estímulo a la reintegración y, así mismo, un reto al enfermo a que recuerde sus responsabilidades para con la comunidad. La persona que visita a los enfermos es capaz de amarlos en esa dimensión particular del amor de Cristo llamada compasión, que cual significa «sufrir con».  Él o ella ofrece también un don de consuelo; en su encíclica sobre la esperanza, el Papa Benedicto explica el sentido de tal palabra:  

 Aceptar al «otro» que sufre, significa que yo asumo su sufrimiento de modo tal que este se vuelve también mío. Porque ahora se ha vuelto un sufrimiento compartido, en el que, sin embargo, hay otra persona presente, el sufrimiento es penetrado por la luz del amor. La palabra latina con-solatio, «consuelo», lo expresa bellamente. Sugiere estar con el otro en su soledad, de modo que esta deje de ser soledad.18 

Al revelar el secreto de este amor de consuelo, por el cual cada discípulo es llamado a «estar con» quienes están aislados, el Papa Benedicto admite que no siempre es fácil amar así. Cada uno de nosotros tiene su propio sufrimiento que acarrear; compartir también las cargas de otros puede ser difícil. La virtud de la esperanza, sin embargo, hace posible el consuelo, aun cuando estando solos no tengamos ayuda que ofrecer o nada que decir:  

En todo sufrimiento humano nos vemos unidos por uno que experimenta y acarrea este sufrimiento con nosotros … y así se lleva la estrella de la esperanza. … [La] capacidad de sufrimiento depende del tipo y de la medida de la esperanza que portamos en nosotros mismos y sobre la cual construimos. Los santos fueron capaces de hacer el gran viaje de la existencia humana de la manera en que Cristo lo había hecho antes que ellos, porque rebosaba grandemente de esperanza.19 

Vale la pena comentar un aspecto más sobre las visitas de ustedes a los enfermos. «El médico no es el señor de la vida», dijo abiertamente el Beato Juan Pablo II, «pero tampoco es el conquistador de la muerte».20  Muy a menudo visitarán ustedes a sus pacientes con noticias malas en vez de buenas, a veces para decirles que, pese a todos sus esfuerzos y buenas intenciones, no hay nada que puedan hacer con su conocimiento y arte de la medicina. No deben ustedes tener miedo de estas conversaciones, ni por ustedes ni por sus pacientes. Vacilar u oscurecer la verdad en estos encuentros hace más daño que bien, porque en ese momento hay más en juego que solo la condición física de la persona enferma.   

El antiguo ritual romano aconsejaba a los pastores hablar claramente acerca de la realidad de la muerte, y destacaba que algunas personas no desean admitir que un ser querido es mortal:  

Cuando la condición de la persona enferma se vuelve crítica, el pastor debería advertirle no dejarse engañar en modo alguno, ni por las artimañas del demonio, ni por las aseveraciones insinceras del médico, ni por el falso ánimo de mejoría que parientes y amigos le den en un intento de postergar la oportuna preocupación por el bienestar de su alma. Por el contrario, habría que urgirlo a recibir los santos sacramentos con la debida prontitud y devoción, mientras su mente esté aún lucida y sus sentidos intactos, haciendo de lado esa falsa y perniciosa procrastinación que ya ha traído a muchos el castigo eterno y sigue haciéndolo diariamente a través de los delirios del demonio.21 

C.S. Lewis, en su ingenioso y esclarecedor libro Cartas del diablo a su sobrino, escribe desde la perspectiva del demonio Escrutopo, quien le aconseja a su sobrino, recién iniciado en las artes de la tentación, mantener a su nuevo «paciente» lejos de sitios como el campo de batalla, donde este podría estar preparado para la muerte:   

¡Cuánto mejor sería para nosotros si todos los humanos muriesen en costosas casas de reposo, entre médicos que mienten, enfermeras que mienten, amigos que mienten, tal como los hemos entrenado, prometiéndoles la vida a los moribundos, alentándolos en la creencia de que la enfermedad excusa toda indulgencia; e, incluso, si nuestros trabajadores supieran hacer su trabajo, obstaculizando cualquier sugerencia de acercarles un sacerdote, para evitar el riesgo de que engañen al enfermo sobre su verdadera condición! (Lewis 2001, 23–24)  

Estos dos pasajes nos instan a ser honestos con la persona agónica acerca de su condición, básicamente desde un punto de vista negativo. Si la persona no sabe que está muriendo, no tendrá tiempo de arrepentirse ni de confesar sus pecados, y podría correr el riesgo de la condena. Esta es, por supuesto, una preocupación seria y real. Sin embargo, hay también una razón positiva para una saludable apreciación de la realidad de la muerte. El Buen Pastor entrega su vida por sus ovejas, a fin de retomarla nuevamente (cf. Juan 10:15, 18). En su resurrección, da la vida a todos los que creen en él y esta es la fuente de esperanza para todo cristiano. Quienes hablan de la muerte y de la resurrección compasivamente y sin embargo en forma inquebrantable dan testimonio del poder de Cristo para conquistar todas las cosas, incluso la enfermedad y la propia muerte.  

Gracias a la fe en la victoria de Cristo sobre la muerte, [el cristiano] confiadamente espera el momento en que el Señor «transfigurará nuestro cuerpo mortal en virtud del poder que él tiene para dominar todas las cosas» (Filipenses 3:21). A diferencia de aquellos que «carecen de esperanza» (cf. 1 Tesalónicos 4:13), el creyente sabe que el momento del sufrimiento representa una ocasión de nueva vida, de gracia y la resurrección. Expresa esta certeza a través de la dedicación terapéutica, una capacidad de aceptar y acompañar, y compartiendo la vida de Cristo comunicada en la oración y en los sacramentos. El cuidar de los enfermos y los agónicos, el ayudar al hombre que se va para que el hombre que viene pueda ser renovado día a día (cf. 2 Corintios 4:16) -¿no es esto cooperar en el proceso de resurrección que el Señor ha introducido en la historia humana con el Misterio Pascual y que será plenamente consumado al final de los tiempos?¿No es esto responder a la esperanza (cf. 1 Pedro 3:15) que se nos ha dado? En cada lágrima que se ha secado hay ya un anuncio de los últimos tiempos, un sabor previo de la plenitud final (cf. Revelación 21:4 e Isaías 25:8).22  

Porque, como hemos visto, quien hace un juramento llama a Dios para testimoniar su sinceridad y la verdad de lo que él o ella está jurando, el Juramento de Hipócrates concluye con una oración y una imprecación. «Mientras yo siga manteniendo intacto este juramento», leemos, «que se me conceda el disfrutar de la vida y la práctica del arte y la ciencia de la medicina con la bendición del Todopoderoso, y respetado por mis pares y la sociedad; pero si yo infringiere y violare este juramento, que me toque la suerte inversa». Seguro el Señor bendecirá y recomenzará a quienes responden a su llamado a evangelizar, a curar y consolar a los enfermos en su Nombre. «Tu recompensa será grandiosa en el cielo» (Mateo 5:12), por supuesto, donde habrá gran regocijo entre los santos –San Cosme y San Damián, San Giuseppe Moscati, San Riccardo Pampuri, Santa Gianna Beretta Molla, Santa Anna Schäffer, el Siervo de Dios Jerôme Lejeune e incontables otros que pusieron sus vidas al servicio de los enfermos por amor a Dios. Pero las bendiciones de profesar la fe y profesar la medicina empiezan ahora, en la época actual, y fluyen desde el inmenso privilegio de cooperar con el Señor en difundir su obra de salvación. Nos llama amigos suyos, nos relata su plan (Juan 15:15), y nos invita a ponernos a su servicio sirviendo a aquellos que lo necesitan, especialmente los enfermos.  

Pocas personas en el siglo XX han cooperado tanto con Cristo para aliviar el dolor y el sufrimiento de los moribundos como la Beata Teresa de Calcuta, conocida por el mundo entero como la Madre Teresa. Aunque ella no era doctora y tenía poco entrenamiento en medicina, tendió la mano con compasión y consuelo, obrando pequeños milagros de amor en las vidas de aquellos a quienes la enfermedad y la debilidad habían colocado en los márgenes de la sociedad. En tanto nos esforzamos para prestar atención al llamado del Señor en nuestras vidas y en nuestras profesiones, podemos compartir la pequeña oración de la Madre como instrumento del Médico Divino:  

Señor, ¿quieres que mis manos pasen este día ayudando a los pobres y a los enfermos que las necesitan? 

Señor, hoy te entrego mis manos. 

Señor, ¿quieres que mi corazón pase este día amando a cada ser humano sencillamente porque es un ser humano? 

Señor, hoy te entrego mi corazón. 

 


REFERENCIAS 

-Lewis, C.S. 2001.  The Screwtape letters.  (Las cartas de Screwtape). San Francisco: HarperCollins.  

-Wikipedia. 2013. Profession. (Profesión).  http://en.wikipe dia.org/wiki/Profession.  

-Woodbury, E. 2012. The fall of the Hippocratic Oath: Why the Hippocratic Oath should be discarded in favor of a modified version of Pellegrino’s precepts. (La caída del Juramento Hipocrático: Por qué debería descartarse el Juramento Hipocrático en favor de una versión modificada de los preceptos de San Pellegrino). Georgetown Undergraduate Journal of Health Sciences 6(2): 9–17.  

 

NOTA BIOGRÁFICA 

El P. Philip G. Bochanski, C.O. es sacerdote de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri de Filadelfia, y capellán del Capítulo de Filadelfia de la Asociación Médica Católica. Su dirección de correo electrónico es philip.bochanski@gmail.com 


«Acompañamiento espiritual para personas con atracción al mismo sexo» 

Acompañamiento espiritual

para personas con atracción al mismo sexo 

 

Algunas personas con atracción al mismo sexo (AMS) buscan dirección espiritual por diversas razones, ya sea para ayudarles a entender los sentimientos que tienen por el mismo sexo o para buscar orientación en otros aspectos de la vida. 1  La dirección espiritual se define como: 

«…ayuda dada de un creyente a otro que le permite a estos últimos prestar atención a la comunicación personal de Dios con él o ella, responder a este Dios que se comunica personalmente, crecer en intimidad con Dios y vivir las consecuencias de la relación. El enfoque de este tipo de dirección espiritual está en la experiencia [...] Además, esta experiencia se ve, no como un evento aislado, sino como una expresión de la relación continua y personal que Dios ha establecido con cada uno de nosotros». (Barry y Connolly 1982, 8 - 9) 

La Congregación para el Clero en su documento «El sacerdote confesor y director espiritual. Ministro de la misericordia divina» que sirve de ayuda para el director espiritual señala: «El objetivo de la dirección espiritual consiste principalmente en ayudar a discernir los signos de la voluntad de Dios en nuestro camino de encuentro a la propia vocación, oración y perfección en la vida cotidiana».  (Congregación para el Clero 2011, 78). 

Las personas que experimentan AMS pueden acercarse y pedir acompañamiento espiritual regular o pueden pedir tener sólo un diálogo espiritual o conversación sobre su situación. Se puede organizar una reunión inicial en la que la persona puede expresar sus necesidades. A veces, una sola reunión puede bastar para responder a una duda o aclarar una situación. Después de haber escuchado a la persona, el director puede sugerir que ésta continúe las sesiones. Es prudente permitir que transcurran dos o tres reuniones antes de acordar sesiones regulares de dirección espiritual; lo cual debe ser explicado a las personas acompañadas en el primer encuentro. Esto les da fundamento y libertad a ambos para decidir si desean o no continuar con las sesiones. 

Respeto por la libertad

El director debe respetar siempre la libertad de la persona que está siendo acompañada. El director no puede forzar o coaccionar a una persona para tomar una decisión - sólo puede aconsejar o sugerir. El Catecismo de la Iglesia Católica aconseja que, si la persona acompañada experimenta AMS, él o ella «deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza.  Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida» (Catecismo 1997, 2358). Normalmente es una buena señal que la persona solicite dirección espiritual, ya que puede indicar un deseo real por crecer espiritualmente y apertura para ser guiado. 

 Es importante señalar que «El director espiritual no hace el camino, sino que sigue asistiendo a la persona en su realidad concreta. Quien guía las almas es el Espíritu Santo y el director debe favorecer su acción» (Congregación para el Clero 2011, 103). 

 

La clave es escuchar

La primera tarea del director y la más importante es escuchar. El director debe escuchar a la persona y escuchar la acción de Dios en la vida del acompañado. A veces lo que se comparte puede ser doloroso: difícil de admitir para la persona acompañada, y difícil de escuchar para el director. En el diálogo con la persona que experimenta AMS, es muy probable que surjan detalles de su sexualidad: sentimientos, pensamientos, luchas, incluyendo experiencias sexuales, entre otros. El director debe ser maduro y tener una formación sólida en sexualidad humana y también una sólida base en las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre la AMS. Es inapropiado aconsejar a una persona que experimenta AMS a que «sólo encuentre un compañero estable», ya que todos los cristianos son llamados a la santidad y a la perfección cristiana, incluso si este crecimiento sólo se logra poco a poco en etapas. 

Un punto importante a tratar tiene que ver con la frecuencia y la duración de la dirección espiritual. Como regla general puede ser una hora una vez al mes. Aunque no está escrito en piedra, cuando al principio el director empieza a acompañar a la persona puede ser que las reuniones sean más frecuentes hasta que se familiarice con la historia del acompañado. 

 

Aclarando términos 

Es útil aclarar con exactitud qué quiere decir la persona acompañada cuando habla de experimentar AMS o por qué él o ella está buscando orientación. Puede ser que la persona tenga incertidumbre sobre su orientación sexual y esté insegura de si es gay o no. El difunto Rev. John Harvey, O.S.F. S., reconocido experto en homosexualidad y fundador de Courage - grupo de apoyo católico para personas que experimentan AMS y desean vivir castamente - identifica tres componentes de una definición de homosexualidad: 

1. «Tendencia erótica persistente hacia personas del mismo sexo». También es posible una atracción temporal o transitoria, pero AMS y el término homosexual normalmente se usan para definir una atracción duradera. 

2. «Desinterés en personas del otro sexo, preocupación por no sentirse atraído físicamente». A veces esta falta de atracción se extiende a un orden psicológico más amplio. 

 3. «Dificultades para tener relaciones físicas con personas del otro sexo». 

 

La primera característica se encuentra en todas las personas con AMS, pero la segunda y tercera no necesariamente se encuentran en todos (Harvey 2007, 6-7). 

Le pregunté a un joven, a quien le habían asegurado que era gay, por qué buscaba dirección espiritual. Él respondió que quería saber cómo darle la noticia a su padre y a su futura esposa. Resultó que después de pensarlo y cuestionarse se dio cuenta que tenía un considerable grado de sentimientos heterosexuales. También había tenido una fuerte ruptura en la relación con su padre manifestada en la ira y falta de perdón. En la compleja génesis de la AMS, es muy importante para un director saber que un factor causal es una relación deficiente con el padre y / o la madre (Asociación Católica de Medicina 2000, 3).2  Estas situaciones subyacentes no eran tan fáciles de ver al principio y aparecieron con el paso del tiempo y el establecimiento de la confianza. Un fundamento importante para una buena relación en la dirección espiritual es explorar las motivaciones y permitir a las personas acompañadas hablar libremente acerca de su historia personal y experiencias. 

 

Conflictos psicológicos  

Es importante que los directores espirituales comprendan a fondo los conflictos psicológicos que predisponen a jóvenes y adultos a la AMS. El Dr. Rick Fitzgibbons identifica estos conflictos en los hombres como «falta de apego y seguridad con el padre, hermano u otra persona del mismo sexo; una imagen corporal negativa; trauma de abuso sexual; desconfianza en la relación con la madre; traiciones severas de otras mujeres y narcisismo. En las mujeres, los conflictos psicológicos de fondo incluyen desconfianza y tristeza en la relación paterna; faltas de apego y seguridad con la madre; traición de hombres importantes para ellas y miedo a ser traicionadas por otros hombres; poca confianza femenina; rechazo de otras mujeres; ira contra los hombres y la soledad y falta de un amor reconfortante».3 

 

Enamoramiento de una sola vez 

Una mujer joven se me acercó a pedir dirección espiritual, estaba convencida que era «lesbiana» por estar enamorada de su maestra. Le aseguré que un sólo enamoramiento no era igual al lesbianismo. Como el P. John Harvey señala: «Las jóvenes adolescentes muchas veces confunden cuando tienen un “enamoramiento” con una joven mayor o una maestra como una forma de homosexualidad. Se les debe mostrar que sólo están pasando por una etapa de fuerte admiración y necesitan tener cuidado de no convertir en ídolo a la otra persona. Mientras tanto, deben seguir buscando amigos dentro de su grupo de compañeros y aprender a formar buenas relaciones humanas con ambos sexos» (Harvey 2007, 34-35). Le pregunté por sus relaciones familiares, explicándole que a veces detrás del deseo de afecto de otra mujer se reflejaba el deseo de una identificación más fuerte con la figura materna. 4  Reconoció que tenía una relación pobre con su madre y ella misma llegó a la conclusión de que esto era la clave para entender su enamoramiento por la maestra. Cuando se carece de una buena relación materna, debe alentarse una relación aún más fuerte con la Madre María. Fortalecer la relación con nuestra Madre María es bueno para todos, pero puede traer frutos particulares en una mujer que busca esa experiencia de amor maternal: «La experiencia del amor de María puede llenar el vacío y la soledad generadas en la relación materna, convertirse en un nuevo fundamento para confiar en las mujeres, fortalecer la confianza y resolver atracciones y comportamientos homosexuales» (Fitzgibbons, 2015). 

 

Abuso previo y problemas relacionados 

Las personas que experimentan AMS a menudo han sido víctimas de abuso. Las investigaciones indican que alrededor del 50 por ciento de las mujeres lesbianas reportan antecedentes de abuso sexual masculino, dos veces más alto que las mujeres heterosexuales (Balsam, Rothblum y Beauhola 2005; Hughes et al., 2000). El abuso puede ser físico, mental o emocional. El abuso homosexual de un hombre mayor es un factor frecuente en el origen de la posterior AMS en los hombres. El abuso produce heridas profundas en la psique de la persona, el director espiritual debe ser consciente de esto y de ser necesario podría remitir a la persona acompañada a profesionales de la salud mental. 5 

El director debe saber que las personas con AMS son más propensas a tener o haber tenido problemas médicos, psicológicos y relacionales.6 Muchos de estos comportamientos y disfunciones psicológicas se experimentan, entre los homosexuales, aproximadamente en tres veces más que en la población general. Estos incluyen abuso de sustancias, historias suicidas y otros problemas de salud mental, tales como trastornos alimenticios, trastornos de personalidad, paranoia, depresión y ansiedad (Diggs 2002). 

La ira excesiva se ve a menudo como resultado de rechazos en relaciones que deberían ser de apego y seguridad principalmente con personas del mismo sexo, pero también a menudo con el padre o hermano. Esta cólera no es saludable, como nos recuerda el libro de Eclesiástico, «el impulso de su pasión le hace caer» (Eclo. 1, 22). Solucionar este enojo es esencial para resolver la tristeza, desconfianza y baja autoestima que a menudo acompañan a una persona con AMS. El sacramento de la reconciliación puede ayudar mucho a quienes albergan la ira. La gracia del sacramento actúa como un bálsamo calmante sobre las heridas de la persona, trayéndoles paz y sanación. Al ser perdonado, el penitente se vuelve más consciente de la necesidad de perdonar a los demás, dejando atrás las heridas pasadas y dando pasos para seguir hacia adelante en la vida. 

Con frecuencia, la falta de confianza es un problema. En el 2011, un estudio realizado por Parkes a 10.000 adolescentes hombres concluyó que jóvenes que habían tenido experiencia con personas del mismo sexo, reportaron baja autoestima. (Parkes et al., 2011). En el 2010, un estudio israelí hecho por Rubinstein a 90 hombres homosexuales y 109 hombres heterosexuales; con edad media de 26 años y sin diferencias significativas con respecto al país de nacimiento, origen étnico, nivel educativo, servicio militar o participación en psicoterapias; reveló que los jóvenes homosexuales obtuvieron calificaciones más bajas en autoestima y más altas en narcisismo en comparación con sus homólogos heterosexuales (Rubinstein 2010). Si la persona acompañada tiene baja autoestima, el director debe estar atento y listo para abordar cualquier tema subyacente, así como ofrecer aliento constante para hacer crecer la baja confianza en sí mismo. 
 

Evitar el vicio

Peligros de un estilo de vida homosexual activo 

Un estilo de vida homosexual activo pone a los hombres que tienen sexo con hombres en grave riesgo médico y moral. En todo el mundo, las relaciones sexuales entre varones representan la mayoría de las nuevas infecciones por VIH, además de exponer a los participantes a una serie de otras infecciones, como la hepatitis B, la gonorrea y la sífilis (McTavish, 2014).7 El director debe respetar siempre la libertad de la persona acompañada, pero en vista de los serios riesgos para la salud en la actividad homosexual es también libre de asesorar a la persona de sus peligros reales. 

 

Evitar ocasiones de pecado 

Se debe aconsejar a la persona que evite todo comportamiento inmoral, incluyendo «ocasiones de pecado», que pueden incluir ver pornografía gay, frecuentar bares o salones de masaje gay y entretenerse con amigos abiertamente homosexuales que pueden tener mala influencia en una persona que intenta liberarse de estas tentaciones. Cuando en la dirección espiritual un joven con AMS me informa que él o ella está teniendo muchas tentaciones sexuales, por lo general le pregunto acerca de posibles factores de provocación, especialmente el uso de la pornografía. La pornografía alimenta pensamientos sexuales desordenados que pueden conducir a acciones lujuriosas. Una máxima espiritual muy útil es: «Si no lo ves, no pensarás en ello». Hay que tener cuidado con lo que uno mira, especialmente en esta cultura sexual que los medios de comunicación nos proponen hoy en día.  

El profeta Jeremías nos dice: «La muerte ha subido por nuestras ventanas, ha entrado en nuestros palacios...» (Jeremías 9, 20). San Alfonso María de Ligorio, santo patrono de la teología moral de la Iglesia católica, escribe acerca de este pasaje: «Porque para defender una fortificación no basta con cerrar las puertas si se permite que el enemigo entre por las ventanas».8  
Nuestras ventanas son los ojos, y si los ojos están sanos todo el cuerpo estará sano, pero si los ojos están mirando pornografía entonces todo el cuerpo sufrirá (véase Mt 6, 22-23). Algunos medios que pueden ayudar a reducir la exposición a la pornografía son: el uso de un filtro de sitios web, colocar la computadora en un lugar más público y tener cerca a una «persona responsable» que nos ayude. 

 

Cultivar la virtud

Cuando hacemos cosas malas constantemente formamos vicios; y cuando hacemos cosas buenas constantemente fomentamos las virtudes. Se debe aconsejar a la persona que experimenta AMS, y que ha comenzando a dejar atrás los vicios, el crecer en una vida de virtud. Las virtudes son buenos hábitos e incluyen la práctica de la oración, frecuentar los sacramentos, cultivar amistades saludables y participar en el apostolado de la Iglesia. El Catecismo anima de la misma forma a las personas que viven en la AMS: «Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana» (Catecismo 1997, 2359). 

 

Unión que da Frutos 

El Señor nos promete: «Quien permanece en mí y yo en él ese dará mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer» (Jn 15, 5). Una vida sacramental, que se alimenta de la Eucaristía y la confesión regular (especialmente después de una caída) ayuda a mantener la unión con Cristo. La oración y los sacramentos son esenciales para que la persona que experimenta AMS reciba la gracia necesaria. 

Se debe recomendar el rezar con la Palabra de Dios, para que la persona sea guiada por la voz de Dios mismo. La Dei Verbum nos enseña: «no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque a Él hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas.» (Concilio Vaticano II, 1965, p. 25). El papa Emérito Benedicto XVI señala: «Por eso es importante que todo cristiano viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, dada en la Sagrada Escritura» (Benedicto 2007). A través de un diálogo personal con la Palabra de Dios, la persona que experimenta AMS puede ser guiada por el Espíritu Santo para caminar gradualmente en el camino de la santidad cristiana. 

Una vida de oración es necesaria para superar las tentaciones de la carne. San Alfonso María de Ligorio reconoció el gran poder de la oración: 

Es importante señalar que, no podemos resistir las tentaciones impuras de la carne, sin recomendarnos a Dios cuando somos tentados. Este enemigo es tan terrible que, cuando pelea con nosotros nos quita toda luz; nos hace olvidar nuestras meditaciones y nuestras buenas resoluciones; también nos hace ignorar las verdades de la fe, e incluso nos hace perder el temor a los castigos divinos. Porque él conspira con nuestras inclinaciones naturales, que nos conducen con violencia a la indulgencia de los placeres sensuales. Quien no recurre a Dios en ese momento se pierde. La única defensa contra esta tentación es la oración. (Ligorio 1992, 70 - 71). 

 

Amistades castas 

Fiel al Magisterio de la Iglesia, el director puede recordar a las personas acompañadas la importancia de la castidad. El capítulo 47 del profeta Ezequiel nos brinda una imagen útil para explicar la castidad. El profeta describe un río poderoso que da vida dondequiera que fluya. «Dondequiera que fluya el río, la vida crece» (Ez 47, 9). El río puede simbolizar el poderoso flujo de nuestra sexualidad con toda su energía y vitalidad que, cuando es guiada en el camino correcto, genera vida. Un corazón casto es un corazón pacífico, que también fluye hacia una vida ordenada. Vivir castamente ayuda a la persona que experimenta AMS a integrarse más. Las heridas previas pueden sanar y curarse, como San Agustín describe: «La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos» (Catecismo 1997, 2340). 

Los obispos católicos de Estados Unidos en sus directrices para la atención pastoral a personas con inclinación homosexual comentan: «En nuestra sociedad, la castidad es una virtud particular que requiere un esfuerzo especial. Todas las personas, ya sean casadas o solteras, son llamadas a la vida casta. La vida casta supera deseos humanos desordenados como la lujuria y da como resultado la expresión de los deseos sexuales en armonía con la voluntad de Dios» (Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, 2006, 8). Los obispos canadienses recomiendan por lo tanto «que cultiven amistades virtuosas y castas, aunque no exclusivamente con otras personas del mismo sexo. La verdadera amistad aumenta la capacidad de vivir castamente, mientras que el vivir aisladamente puede hacer que el miedo o la amargura socaven una vida sana y santa» (Comisión Episcopal para la Doctrina de la Conferencia Canadiense de Obispos Católicos 2011, 22). Las amistades sanas son buenas y necesarias para el crecimiento afectivo maduro y equilibrado. Las amistades sinceras pueden ser más fácilmente encontradas en comunidades como la de Courage, por ejemplo. 9 Las metas de Courage incluyen fomentar un espíritu de hermandad y de apoyo, para que nadie tenga que enfrentarse a las dificultades que acompañan la AMS, sino que puedan encontrar consuelo en amistades saludables y en las que puedan apoyarse. 

 

Apostolado 

La Congregación para el Clero explica: «En el consejo y acompañamiento espirituales entra necesariamente el campo del compromiso apostólico. Se examinen, pues, las motivaciones, las preferencias, las realidades concretas, de forma que la persona acompañada esté más disponible al apostolado» (Congregación para el Clero 2011, p. 133). Al ser parte de una Iglesia apostólica las personas que experimentan AMS, deben ser alentadas a participar en el servicio a otros, ya que «el realizar obras apostólicas y caritativas son un elemento de valor probado» (Harvey 2007, 23). Parte de su misión es dar testimonio de vivir una vida de santidad incluso si esto requiere cargar la Cruz. Las personas que experimentan AMS pueden «unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición» (Catecismo 1997, 2358). También puede ejercer la misión profética de animar a otros que viven la AMS a vivir castamente, así como ayudar a corregir los malentendidos en la sociedad con respecto a la homosexualidad, ayudando a difundir las enseñanzas correctas del Magisterio de la Iglesia. 

 

Conclusión

La dirección espiritual puede ayudar a la persona con AMS a crecer en una relación más personal con Dios, permitiéndole saborear, revivir y disfrutar de la profunda y amorosa cercanía de Dios en sus vidas. Compartir con un director le permite a la persona acompañada explorar y desbloquear áreas de falta de libertad en su historia personal. Crecer en conocimiento del amor y amistad de Dios puede llenar el vacío interior en hombres con AMS que sufrieron acoso o que nunca tuvieron amistades masculinas cercanas en su infancia y adolescencia. Crecer en el conocimiento del amor del Padre y del amor de San José, durante la infancia y el presente, puede ayudar a sanar la profunda tristeza de muchos hombres que nunca sintieron cercanía con sus padres y sanar la profunda desconfianza que pueden tener en mujeres que tuvieron padres abusivos, iracundos o egoístas.  Crecer en el conocimiento del amor de Nuestra Madre puede llenar el vacío que muchas mujeres con AMS tienen por carecer de un amor maternal y consolador, y crecer en este amor puede ayudar a los hombres con madres controladoras, distantes o narcisistas, a confiar más en las mujeres. 

El tiempo y la paciencia son necesarios como en todo proceso de crecimiento. El director debe ser paciente con la persona acompañada, y la persona acompañada debe ser paciente consigo misma. Es muy probable que se produzcan retrocesos, y el director debe ser imagen viva del «Dios de misericordia y consolación» (ver 2 Cor 1, 3-5), animando constantemente a la persona a seguir corriendo la carrera y peleando la buena batalla (véase 2 Tim 4,7). El director debe aconsejar a las personas acompañadas a evitar comportamientos inmorales y alentarlos a crecer en una vida virtuosa, así como motivar los esfuerzos para desarrollar una autoidentificación masculina (o femenina) más fuerte. La persona acompañada puede ser apoyada en su deseo de vivir castamente y de cumplir la voluntad de Dios en su vida.  

 

El P. John Harvey nos dice: 

Es, sobre todo, por una dirección espiritual constante, que la persona con AMS puede formular y comenzar a vivir este plan de vida. Muchas veces, las personas con AMS ya han experimentado la soledad y la imperfección de cualquiera de los dos patrones de la actividad homosexual, ya sea la promiscuidad o una relación estable del mismo sexo. Insatisfechos con estas experiencias, están dispuestos a escuchar la propuesta de un nuevo enfoque, aunque aparentemente parezca una propuesta complicada. La tarea del director espiritual es mostrar al hombre o mujer con AMS que es posible vivir una vida casta y feliz sin estar aislado de la sociedad (Harvey 2007, 23 - 24). 

 


NOTAS FINALES 

  1. La dirección espiritual puede ser conocida por varios términos como por acompañamiento espiritual u orientación, y el director también puede ser conocido como acompañante, amigo, etc. Pueden consultarse textos especializados en dirección espiritual para obtener más información acerca de los pros y contras de la variada terminología. 
  2. El manifiesto: Homosexualidad y Esperanza señala que en la historia de una persona que experimenta atracción por el mismo sexo, se encuentra frecuentemente la alienación del padre en la primera infancia (Asociación Católica de Medicina 2000, 3). Para el Rev. John Harvey uno de los principales factores que, individual o colectivamente, contribuye a la AMS es la "incapacidad del niño para identificarse con el género del padre del mismo sexo" (Harvey 2007, 12).  
  3. Dr. Richard Fitzgibbons, mensaje de correo electrónico al autor, 23 de mayo, 2015.
 
  4. Janelle Hallman comenta que "algunas mujeres con AMS señalan que carecen de afecto y cuidados maternales" (Hallman 2008, 64). Comenta su experiencia obtenida en la terapia dada a mujeres que sienten atracción por el mismo sexo y observa que a menudo experimentan un apego o distancia excesivas con sus madres, no existe término medio en la relación (Hallman 2008, 61-62). Andria L. Sigler-Smalz, consejera de pastoral clínica, cita lo siguiente: "A menudo hay un punto en común en las mujeres que tienen conflictos interiores con el lesbianismo. Una de ellas, la cual reconoció que sus relaciones lésbicas reafirmaron su necesidad de amor maternal, me explicó: "Cuando me encuentro con una mujer a la que me siento atraída, es como si un lugar dentro de mí dijera: ¿Serás mi mamá? Es una sensación poderosa e impotente, la cual no puedo resistir. De pronto, me siento poca cosa. Quiero ser notada por ella, quiero ser especial para ella, y ese deseo se apodera de mi mente "(Sigler-Smalz n.d.).
  5. El abuso produce muchas heridas en la víctima. Surgen temas serios como la necesidad de ser sanados y de encontrar justicia contra él (los) perpetrador (es) por el delito cometido. 
  6. Janelle Hallman comenta que «La depresión y ansiedad son comunes en la vida de mujeres con AMS» (Hallman 2008, 60-61). Véase también la página 4 y la nota 43 de la Asociación Católica de Medicina (2000). Garofalo et al. (1999) reporta que los jóvenes ya sean lesbianas, gay, bisexuales o los que no están seguros de su identidad tienen un índice, significativamente más alto, en la frecuencia de intentos de suicidio. 
  7. «Aunque los HSH representan aproximadamente el 4 por ciento de la población masculina en los Estados Unidos, en el 2010 el sexo entre hombres representó, entre ellos, el 78 por ciento de las nuevas infecciones por VIH. [...] En el 2013 en Filipinas, el 84 por ciento de todas las infecciones nuevas de VIH transmitidas sexualmente se produjeron en HSH, siendo Manila el centro de la epidemia» (McTavish, 2014, 637-638). 
  8. San Alfonso María de Ligorio escribe: «Por eso Job hizo un pacto con sus ojos para no mirar a ninguna mujer, incluso a una virgen casta; porque sabía que de las miradas surgen malos pensamientos»(Ligorio 1888, Instrucción III, II, 1). 
  9. Para más información ver la página de Courage: https://www.couragerc.org/espanol 
 

 

REFERENCIAS  

Balsam, Kimberly F., Esther D. Rothblum, and Theodore P. Beauchaine. 2005. Victimization over the life span: A comparison of lesbian, gay, bisexual, and heterosexual sib- lings. Journal of Consulting and Clinical Psychology 73.3(June): 477–487.  

Barry, William A., y William J. Connolly. 1982. Práctica de la Dirección EspiritualNew York: Harper-Collins. 

Papa Benedicto XVI, 2007. Audiencia General, Miércoles 07 noviembre, https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2007/documents/hf_ben-xvi_aud_20071107.html  

Catecismo de la Iglesia Católica, 1997. Segunda Edición. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana.  

Catholic Medical Association. 2000. Homosexuality and hope. Needham, MA:  Catholic Medical Association.  

Congregación para el Clero, 2011. El sacerdote confesor y director espiritual. Ministro de la misericordia divina. http://www.clerus.org/clerus/dati/2011-08/02-6/sussidio_per_confessori_es.html  

Diggs, John R., 2002. The health risks of gay sex, http://catholiceducation.org/en/marriage- and-family/sexuality/the-health-risks-of- gay-sex.html.  

Episcopal Commission for Doctrine of the Canadian Conference of Catholic Bishops. 2011. Pastoral ministry to young people with same-sex attraction. Ottawa, Ontario, Canada: Canadian Conference of Catholic Bishops.  

Fitzgibbons, Richard. 2015. The origins and healing of homosexual attractions. http://www.catholicculture.org/culture/library/view.cfm?id=3112.  

Garofalo, Robert, R. Cameron Wolf, Lawrence S. Wissow, Elizabeth R. Woods, and Elizabeth Goodman, 1999. Sexual orientation and risk of suicide attempts among a representative sample of youth. Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, 153(5): 487–93.  

Harvey, J.F. 2007. Atracción por el mismo sexo: Enseñanza Católica y práctica pastoral. New Haven: Knights of Columbus, http://www.kofc.org/un/en/resources/cis/cis385.pdf. (texto en inglés) 

Hallman, J. 2008. El corazón de la atracción femenina por el mismo sexo: Un recurso integral para el acompañamiento. Downers Grove, IL: InterVarsity. 

Hughes, Tonda L., Ann Pollinger Haas, Lisa Razzano, Roberta Cassidy, and Alicia Matthews. 2000. Comparing lesbians’ and heterosexual women’s mental health: Results from a multi-site women’s health survey. Journal of Gay and Lesbian Social Services 11.1: 57–76.  

Alfonso María de Ligorio, 1888. Discurso sobre la necesidad de la oración mental para sacerdotes. La Dignidad y Santidad Sacerdotal: La Selva, ed. Eugene Grimm. New York: Elias Frederick CumSchauer.  

Alfonso María de Ligorio, 1992. Oppitz, Joseph. Alfonso Ligorio– El amor redimido de Cristo. New York: New City Press.  

McTavish, James. 2014. Chastity and homosexuality: Combating the scourge of HIV and AIDS. National Catholic Bioethics Quarterly 14.4(Winter): 637–645.
 

Parkes, Alison, Vicki Strange, Daniel Wight, Chris Bonell, Andrew Copas, Marion Henderson, Katie Buston, Judith Stephenson, Anne Johnson, Elizabeth Allen, and Graham Hart. 2011. Comparison of teenagers’ early same-sex and heterosexual behavior: UK data from the SHARE and RIPPLE studies. Journal of Adult Health 48.1: 27–35.  

Rubinstein, Gidi. 2010. Narcissism and self- esteem among homosexual and heterosexual male students. Journal of Sex & Marital Therapy 36.1: 24–34.  

Sigler-Smalz, Andria L. n.d. Understanding the lesbian client, http://www.pfox.org/ sidebar-pages/understanding-the-lesbian- client/.  

Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos. 2006. Ministerio para personas con inclinación homosexual: directrices para la pastoral. Washington, D.C.: Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos. 

Concilio Vaticano II. 1965. Dei Verbumhttp://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html 


NOTA BIOGRÁFICA 

El Rev. James McTavish, F.M.V.D., M.D., es un sacerdote misionero escocés de la Fraternidad Misionera Verbum Dei. Originalmente estudió medicina en la Universidad de Cambridge, y antes de especializarse en plásticos y reconstrucción, ganó una beca en cirugía del Colegio Real de Cirujanos de Edimburgo. Luego escuchó el llamado del Señor para sanar al Cuerpo de Cristo herido a través de la evangelización - «Dame vida conforme a tu Palabra» (Sal 119). Después de la ordenación sacerdotal y luego de haber estudiado teología moral y bioética en Roma, fue asignado a Manila en labores de formación, apostolado bíblico y de enseñanza en moral y ética para diversas escuelas médicas y teológicas. 

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Este artículo fue publicado originalmente en The Linacre Quarterly 82, bajo el título “Spiritual Accompaniment for Persons with Same-Sex Attractions,  y fue traducido por el equipo de Courage-Latino. Para cualquier consultaescribir a: oficina@couragerc.org  

 


 Salir del clóset en Navidad: Una respuesta pastoral para los padres

 

«Salir del clóset» en Navidad:
Una respuesta pastoral para los padres
 

P. Philip G. Bochanski, director ejecutivo de Courage Internacional

 

Entre las muchas alegrías de la temporada navideña, también nos encontramos cara a cara con varios desafíos. Para comenzar, es un tiempo increíblemente ajetreado que, con frecuencia, nos deja sin tiempo ni energía para el tipo de preparación espiritual que semejante fiesta merece. Hay tanto por preparar y tanta gente por ver —todo mientras envolvemos el último regalo y cocinamos el último platillo—. De repente, llegan las visitas, incluyendo a los hijos que vuelven a casa para las fiestas. Tantas noticias nuevas, tantas cosas sobre las que ponerse al día y en algunos hogares, incluso—parece que cada vez con mayor frecuencia en nuestros días— un anuncio inesperado: «Mamá, papá…quiero que sepan que soy gay». 

Los sacerdotes, diáconos y agentes pastorales deberían estar preparados, especialmente en esta época del año, para enfrentarse con padres de familia que acaban de recibir esta noticia por parte de alguno de sus hijos y se dirigen a la Iglesia para encontrar respuestas y apoyo ante esta situación. ¿Cómo podemos ayudarles? ¿Qué deberíamos responder?  

Antes que todo, no hay que entrar en pánico. Los padres vendrán a ustedes con sentimientos encontrados, pero ese no es motivo para temer a la situación ni para tratar de evitarla. Mucho menos es motivo para darles una respuesta ambigua y cortante con tal de no empeorar la situación —lo que llamaríamos falsa compasión. Con algo de preparación y la capacidad de imaginar por lo que la otra persona está pasando, es completamente posible hablar con claridad y verdadera compasión, y ayudar realmente a estos padres y quizás, indirectamente, también a su ser querido que acaba de informarles sobre su atracción al mismo sexo. Con este fin, les comparto algunos puntos de partida sobre los cuales plantear el diálogo con los padres: 

«Comprendo lo que dicen pero, de hecho, su hijo/a no “arruinó la Navidad”»

No es posible «arruinar» la celebración de la Natividad del Señor, a menos que nos olvidemos del significado de lo que celebramos: la Encarnación del Hijo de Dios. En el corazón de la Navidad se encuentra el hecho real de que Dios, por su gran amor a la humanidad, hizo a un lado su gloria y majestad para tomar la naturaleza humana. No se trata solo de un cuento: cuando el Verbo se hizo carne se comprometió, irrevocablemente, a compartir toda experiencia humana, excepto el pecado: nuestras penas, nuestras emociones, nuestros deseos, nuestras alegrías y nuestros sufrimientos. Se convirtió en miembro de una familia humana real y amó a sus familiares y amigos con verdadero corazón humano, corazón que sintió verdadero dolor ante el rechazo, la humillación y la pérdida. La Encarnación significa que, sin importar la conmoción o la angustia por la que estemos pasando, Jesucristo lo comprende y desea atravesar por todo eso a nuestro lado. Desde esta perspectiva, no hay mejor momento que la Navidad para pasar por una situación como esta. 

 «Veo que están sufriendo en este momento. Intentemos comprender ese dolor y qué hacer con él».  

La noticia de que un hijo experimenta atracción al mismo sexo y se identifica como LGBT, ciertamente significa un golpe para los padres. Todos los planes que tenían para sus hijos, las ideas que se habían formado sobre lo que depararía el futuro, incluso las suposiciones básicas que tenían sobre los pensamientos, sentimientos y vida interior de sus hijos, se ven afectadas por esta noticia. Es importante que los padres reconozcan la fuente del dolor y si serán capaces de entregárselo a Dios; la Navidad nos ofrece una buena base para abordar el tema de forma amable. En cada giro de la historia de la Navidad, José y María pensaban que tenían todo resuelto y, de repente, surgía algún cambio de planes inesperado. «¡María está esperando un hijo!», «¡Partamos hacia Belén!», «¡No encontramos posada!», «¡Huyamos a Egipto!» La Sagrada Familia es el modelo de la docilidad y la paz de corazón que surge al aceptar que, aun cuando surgen circunstancias imprevistas que frustran con frecuencia nuestros planes y suposiciones, Dios también tiene planes para nuestras vidas y nuestros seres queridos. La tentación que viene cuando parece que todo está fuera de control  en nuestras vidas, es aferrarnos al poco poder que nos queda y luchar para hacer nuestra voluntad. Pero Dios nos invita a entregarle completamente el control, a confiar en Él para que se lleven a cabo los planes que tiene para nosotros y nuestras familias. 

«No, me temo que no tengo el artículo, libro, sitio de internet, o video que hará que su hijo cambie de opinión» 

Todos los buenos padres quieren lo mismo: saber que sus hijos están seguros y felices. Cuando perciben que algo amenaza la felicidad o seguridad (física, emocional o espiritual) de sus hijos, los padres instintivamente, y con razón, tratan de arreglar la situación, de solucionar el problema, de sanar la herida. Si bien eso funciona con los pequeños accidentes de la vida, una mentalidad de sala de emergencias no es adecuada ante una situación como esta, en la que un hijo confiesa que siente atracción al mismo sexo. La atracción al mismo sexo es con frecuencia profunda y complicada, forma parte importante de la percepción que la persona que la experimenta tiene de sí misma y de sus relaciones, por lo que no es simplemente un problema que pueda «arreglarse». Ciertamente, hay muchos buenos recursos que pueden ayudar a los padres y, a veces también, al hijo/a que se identifica como LGBT, a comprender las enseñanzas de la Iglesia Católica así como en lo que consiste la experiencia de la atracción al mismo sexo—por ejemplo, este artículo, para empezar; el documental Deseo de los collados eternos (Desire of the Everlasting Hills); el libro Porqué no me llamo a mí mismo gayde Dan Mattson; y muchos otros. Sin embargo, este no es el momento adecuado para que los padres saturen a sus hijos con «montones» de materiales, esperando que eso los convenza. Hacerlo podría alejar a su hijo/a, ya que estarían exponiendo una situación bastante personal y, en el proceso, podrían perder la oportunidad de hacer lo más importante: escuchar. 

«Sé que es difícil, pero intentemos ponernos en los zapatos de su hijo/a, y comprender cómo es esta situación para él/ella». 

Por lo regular, los padres no toman en consideración que, aunque recién se han enterado de la impactante noticia, su hijo/a ha vivido con eso ya por un largo tiempo— en muchas ocasiones, desde la adolescencia o incluso antes. Las atracciones hacia el mismo sexo no vienen de Dios, pero tampoco se originan de la nada y, con frecuencia, las personas que tienen atracción al mismo sexo, llevan también otras cargas: cuestiones sobre la imagen que tienen de sí mismos, sobre si serán amados y aceptados, si «encajarán» o si podrán desarrollar un sentido de pertenencia. Pienso que es bastante significativo que celebremos el Nacimiento de Cristo en  pleno invierno y a la media noche. Es cuando todo se ve más oscuro, frío y solo en nuestras vidas, que Cristo entra para traernos luz y amor. Podemos ayudar a que los padres compartan el amor de Cristo motivándolos a escuchar pacientemente lo que sus hijos tienen que decirles, haciendo preguntas amables como: «¿Eres feliz?», «¿Qué te hace feliz?», «¿Qué buscas?», «¿Lo estás encontrando?», «¿Cómo puedo ayudarte?» La comunicación compasiva es esencial desde el principio si los padres esperan seguir teniendo alguna influencia en la vida de fe de sus hijos.  

«Trabajen en mantener la fe por ahora. Ya habrá tiempo para compartirla en el futuro»  

Una de las cosas que más preocupa a los padres de fe es que, en muchos casos, su hijo que se identifica como LGBT pueda estar enojado con la Iglesia y sus enseñanzas, y haya comenzado o amenazado con abandonar la fe. A lo menos, esto puede hacer a los padres sentir que han fallado en transmitir la fe a sus hijos, y su instinto inmediato es reforzarla rápida y enérgicamente. Pero el momento inmediato después de que un hijo ha confesado que experimenta atracción hacia el mismo sexo, no es, por lo regular, el mejor tiempo para  discutir en detalle las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad y la castidad. En muchos casos es suficiente decir lo que cualquier padre de adolescentes ha tenido que decir en varias ocasiones: «Te quiero muchísimo y pienso que estás tomando una mala decisión» (Nos referimos a la decisión de buscar tener una relación con alguna persona del mismo sexo, que involucraría actos pecaminosos). Un padre no traiciona la fe si no cita al pie de la letra el Catecismo cada vez que se le presenta la oportunidad —de todas formas, el hijo por lo regular, ya conoce estas enseñanzas. Abordar la situación desde la posición de la escucha, en vez del sermón, mantiene y construye confianza y respeto mutuo, y pone los cimientos para conversaciones más específicas en el futuro.  

Esta conversación inicial con los padres es tan solo el principio de la atención pastoral que ellos necesitan y merecen. Aquí, el ministro pastoral entra en una relación de acompañamiento, que conlleva el compromiso de estar disponible para los padres en los días, semanas y meses que han de venir y que, con frecuencia, traerán consigo nuevas preguntas y nuevos dolores. Un grupo de apoyo como el  que ofrece el  apostolado EnCourage es un excelente recurso para ofrecer a los padres. En un grupo de EnCourage recibirán apoyo y consejo de otros padres que ya han caminado por el camino que ellos recién comienzan a andar. Lo más importante que debemos enseñarles es cómo orar —no solo oraciones vocales, sino reflexiones reales sobre los acontecimientos de la vida diaria que les permitan reconocer la presencia de Dios en medio de las tribulaciones y a confiar y ponerse a sí mismos, sus hijos, y sus problemas en las manos de la Divina Providencia. La Encarnación nos enseña que ningún detalle de nuestra vida cotidiana pasa desapercibido a la atención y el cuidado de Dios Todopoderoso. Él se ha hecho débil para hacernos fuertes y es precisamente en la relación profunda con Él que encontramos la sanación y transformación para nosotros y nuestros seres queridos.  


El P. Philip Bochanski, sacerdote de la Arquidiócesis de Filadelfia, asumió el cargo de director ejecutivo de Courage International en enero del 2017, tras haber servido como director asociado del apostolado. Antes de su nombramiento, el P. Bochanski sirvió como capellán del capítulo de Courage en Filadelfia.  

 

 

 

 

 

 


«La cirugía de cambio de género no es la solución»

La cirugía de cambio de género

no es la solución

 

La alianza entre gobierno y medios de comunicación que promueve la causa transgénero se ha desbocado en las últimas semanas. El 30 de mayo, un comité de revisión del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos dictaminó que Medicare puede pagar la cirugía de «reasignación» que buscan los transexuales, es decir, aquellos que dicen no identificarse con su sexo biológico. Antes, el mes pasado, el Secretario de Defensa, Chuck Hagel, dijo estar «dispuesto» a levantar la prohibición impuesta a personas transgénero que sirven en el ejército. Viendo la tendencia, la revista Time publicó una historia de portada para su número del 9 de junio que tituló «The  Transgender Tiping Point: America’s next civil rights frontier» (El punto clave del transgénero: la próxima frontera de los derechos civiles en los Estados Unidos).  

Los legisladores y los medios, sin embargo, no están haciéndole ningún favor ni al público ni a las personas transgénero al tratar sus confusiones como un derecho que requiere defensa antes que como un trastorno mental que merece comprensión, tratamiento y prevención. Esta intensa autopercepción de ser transgénero constituye un trastorno mental en dos aspectos.  El primero es que la idea de desfase sexual es sencillamente errónea: no  corresponde con la realidad física. El segundo es que puede conducir a nefastos resultados psicológicos.  

Las personas transgénero sufren un desorden de «aceptación» como el de otros desórdenes con que los psiquiatras están muy familiarizados. En las personas transgénero, la aceptación desordenada es que la persona difiere de lo que parece serle naturalmente dado -es decir, su masculinidad o su feminidad. Otros tipos de aceptación desordenada son los que tienen quienes sufren de anorexia y bulimia nerviosa, donde la aceptación que se aparta de la realidad física es que los peligrosamente delgados creen tener sobrepeso.  

Con el trastorno dismórfico corporal, condición que suele ser socialmente paralizante, el individuo se consume bajo la suposición de «ser feo». Estos trastornos ocurren en sujetos que han llegado a creer que algunos de sus conflictos o problemas psicosociales se resolverán si pueden cambiar la forma en que se muestran a los demás. Tales ideas funcionan como pasiones que rigen la mente de los sujetos y tienden a estar acompañadas por un argumento solipsista.  

En el caso de las personas transgénero, este argumento sostiene que la sensación del propio «género» es consciente y subjetiva que, al estar en la propia mente, no puede ser cuestionada por otros. A menudo el individuo busca no solo la tolerancia de la sociedad hacia esta «verdad personal» sino la afirmación de la misma. En ello se basa el apoyo a la «igualdad transgénero|, las demandas de pago gubernamental de los tratamientos médicos y quirúrgicos, y el acceso a todos los roles y privilegios públicos relativos al sexo.  

Con este argumento, los defensores de las personas transgénero han convencido a varios estados –como California, Nueva Jersey y Massachusetts– de aprobar leyes que prohíban a los psiquiatras (aunque tengan el permiso de los progenitores) esforzarse por restaurar los sentimientos naturales de género en los menores transgénero. Que el gobierno pueda inmiscuirse en los derechos de los progenitores de buscar ayuda para guiar a sus hijos indica cuán poderosos se han vuelto estos defensores.  

¿Cómo responder? Los psiquiatras obviamente deben desafiar el concepto solipsista de que lo que está en la mente no puede ser cuestionado. Los desórdenes de la conciencia, después de todo, constituyen el ámbito de la psiquiatría; declararlos fuera de límite eliminaría el campo. Muchos recordarán cómo, en la década de 1990, los solipsistas de la locura de la «memoria recuperada» consideraron incuestionable una acusación de abuso sexual infantil por parte de los padres.  

No escucharemos esto de boca de quienes defienden la igualdad de los transgénero, pero hay estudios controlados y de seguimiento que revelan problemas fundamentales en este movimiento. Cuando en Vanderbilt University y en la Clínica Portman de Londres se hizo un seguimiento sin tratamiento médico o quirúrgico a niños que manifestaron sentimientos transgénero, entre el 70% y el 80% de ellos perdió esos sentimientos espontáneamente. Aún queda por discernir qué diferencia al 25% de individuos que tuvieron sentimientos persistentes. 

En la Universidad Johns Hopkins, que en la década de 1960 fue el primer centro médico estadounidense en incursionar en la «cirugía de reasignación de sexo|, lanzamos en la década de 1970 un estudio que comparaba los resultados de las personas transgénero que se sometieron a la cirugía respecto de los resultados de otros que no lo hicieron. La mayoría de los pacientes tratados quirúrgicamente se describieron a sí mismos como «satisfechos» por los resultados, pero sus ulteriores adaptaciones psicosociales no fueron mejores que las de quienes no se habían sometido a la cirugía. Y, así, en Hopkins dejamos de hacer cirugía de reasignación de sexo, ya que producir un paciente «satisfecho» pero aún conflictuado no nos pareció una razón apropiada como para amputar quirúrgicamente órganos normales.  

 

Hoy en día parece que nuestra decisión de hace mucho tiempo fue sabia. Un estudio realizado en el 2011 en el Instituto Karolinska, en Suecia, produjo los resultados hasta ahora más esclarecedores con respecto a las personas transgénero, evidencia que debería dar pausa a los defensores. El estudio de largo plazo -hasta 30 años- hizo el seguimiento de 324 personas que se sometieron a una cirugía de reasignación sexual. El estudio reveló que unos 10 años después de la cirugía, los transgénero comenzaron a experimentar dificultades mentales cada vez mayores. Lo más inquietante es que su mortalidad por suicidio aumentó a 20 veces por encima de la población comparable no transgénero. Este perturbador resultado aún no tiene explicación, pero probablemente refleja la creciente sensación de aislamiento que los trangénero reportaban después de la cirugía al ir envejeciendo. La alta tasa de suicidios sin duda plantea un desafío a la prescripción de la cirugía.  

Entre las personas transgénero hay subgrupos y para ninguno parece apta la «reasignación». Un grupo incluye prisioneros varones como el soldado raso Bradley Manning (http://topics.wsj.com/person/M/Bradley-Manning/ 6200), violador de seguridad nacional bajo condena que ahora desea ser llamado Chelsea. Cuando afrontan sentencias largas y los rigores de una prisión para varones, tienen un motivo obvio para querer cambiar de sexo y, por lo tanto, de cárcel. Dado que cometieron sus delitos como varones, deberían ser castigados como tales; tras cumplir su periodo, serán libres de reconsiderar su género. Otro subgrupo está compuesto por jóvenes hombres y mujeres susceptibles a la sugerencia de la educación sexual de que «todo es normal», amplificada por los grupos de chat en la Internet. Estos son los sujetos transgénero con más similitud a los pacientes de anorexia nerviosa. Llegan a estar convencidos de que buscar un cambio físico drástico eliminará sus problemas psicosociales. Sus consejeros escolares de «diversidad», casi como líderes de culto, podrían alentar a estos jóvenes a distanciarse de sus familias y ofrecerles consejos para refutar los argumentos contrarios a la cirugía transgénero. En este caso, los tratamientos deben comenzar por retirar al joven del ambiente sugerente y ofrecerle un mensaje contrario en la terapia familiar.  

También hay un subgrupo de niños muy jóvenes, a menudo púberos, que notan distintos roles sexuales en la cultura y que, al explorar cómo encajan, empiezan a imitar al sexo opuesto. Médicos equivocados de centros médicos como el Boston's Children's Hospital han comenzado a tratar este comportamiento administrando hormonas que retrasan la pubertad para hacer que las ulteriores cirugías de cambio de género sean menos onerosas, a pesar de que los medicamentos entorpecen el crecimiento de los niños e implican un riesgo de causar esterilidad. Dado que cerca del 80% de estos niños abandonarían su confusión y crecerían naturalmente hasta la adultez si no recibieran tratamiento, estas intervenciones médicas se aproximan al abuso infantil. Una mejor manera de ayudar a estos niños: ofrecer una crianza parental dedicada.  

En el corazón del problema está la confusión sobre la naturaleza de las personas transgénero. El «cambio de género» es biológicamente imposible. Las personas que se someten a la cirugía de reasignación de sexo no cambian de hombre a mujer ni viceversa. Por el contrario, se convierten en varones afeminados o en mujeres masculinizadas. Afirmar que se trata de un asunto de derechos civiles y alentar la intervención quirúrgica es, en realidad, aportar a un trastorno mental y promoverlo.  

 


El Dr. McHugh, ex psiquiatra en jefe del Johns Hopkins Hospital, es el autor de Try to Remember: Psychiatry's Clash Over Meaning, Memory, and Mind (Dana Press, 2008). 
Este artículo fue publicado originalmente en el sitio web Truth & Love bajo el título  “Transgender Surgery Isn´t the Solution”.  Fue traducido por el equipo de Courage International.  Si tiene alguna preguntapuede escribirnos a: oficina@couragerc.org 

«Yo fui una mujer transgénero»     

Yo fui una mujer transgénero     

 

El alivio que proporcionaron la cirugía y la vida como mujer fueron solo temporales. Escondido bajo el maquillaje y la ropa femenina estaba el niño herido por un trauma infantil; y se estaba dando a conocer. 

Fue una escena crucial. La madre estaba cepillando el pelo largo de un niño, el niño giró lentamente la cabeza para mirarla y, con voz vacilante, le preguntó: «¿Me amarías si fuera un niño?». La mamá estaba criando a su hijo como para convertirlo en una «niña-trans». 

En esa fracción de segundo, me transporté a mi infancia. Recordé a mi abuela supervisándome, guiándome, vistiéndome con un vestido morado de chifón. El niño de ese brillante documental sobre padres que criaban «hijos-trans» se atrevió a hacer una pregunta que yo siempre había querido hacer. ¿Por qué ella no me amaba como yo era? 

Ese niño y su pregunta me capturaron. ¿Dentro de sesenta años cómo serán los niños trans del 2015?  Los documentales y los reportajes noticiosos solo nos brindan una imagen instantánea en el tiempo. Están editados para idealizar y romantizar la noción del cambio de género y para convencernos de que los progenitores iluminados deben ayudar a sus hijos a realizar sus sueños de ser del sexo opuesto. 

Quiero contarles mi historia. Quiero que tengan la oportunidad de ver la vida de un niño-trans no como se cuenta en un trabajado especial de televisión, sino a través de más de siete décadas de vida, con toda su confusión, dolor y redención. 

 

El «chico-trans» 

No fue mi madre, sino mi abuela, quien me vestía con un vestido de chifón morado, que había hecho para mí. Ese vestido puso en marcha una vida llena de disforia de género, abuso sexual, abuso de alcohol y drogas y, finalmente, una innecesaria cirugía de reasignación de género.  Mi vida fue desgarrada por un adulto de confianza que disfrutaba vistiéndome de niña. 

Mi mamá y mi papá no tenían idea de que cuando dejaban a su hijo por un fin de semana en casa de la abuela, ella en secreto lo vestía con ropa de niña. Mi abuela me decía que era nuestro secretito. Mi abuela se reservaba cualquier expresión que me reafirmara como niño, pero me prodigaba elogios encantadores cuando estaba vestido de niña.  Sus elogios me llenaban de euforia, pero luego me sobrevenían la depresión e inseguridad por el hecho de ser un niño. Sus acciones sembraron en mí la idea de haber nacido en el cuerpo equivocado. Ella nutrió y alentó esa idea, que con el tiempo adquirió vida propia. 

Me acostumbré tanto a usar el vestido morado en casa de la abuela que, sin decírselo, me lo llevé a casa para secretamente poder usarlo allí también. Lo escondí en el fondo de un cajón de mi cómoda. Cuando mi mamá lo encontró, estalló una explosión de gritos y alaridos entre mi mamá y mi papá. Mi padre estaba aterrorizado de que su hijo no estuviera desarrollándose como hombre, por lo que redobló su disciplina. Sentí que me trataban de forma diferente, ya que, a mi modo de ver, mi hermano mayor no recibía el mismo castigo de mano dura que yo. La injusticia me dolía más que cualquier otra cosa. 

Por fortuna, mis padres decidieron que nunca más se me permitiría ir a la casa de la abuela sin ellos.  No sabían que yo tenía miedo de ver a la abuela porque había expuesto su secreto. 

 

La influencia del tío Fred 

Mi peor pesadilla se hizo realidad cuando el hermano adoptivo de mi papá y mucho menor que él, el tío Fred, descubrió el secreto del vestido y comenzó a burlarse de mí. Él me bajaba los pantalones, se burlaba y hacía escarnio de mí. Con solo nueve años de edad, yo no podía defenderme suficientemente, así que recurrí a comer como una forma de lidiar con la ansiedad. Las burlas de Fred hicieron que una comida de seis emparedados de atún y un litro de leche se convirtiera en mi manera de suprimir el dolor. 

Un día, el tío Fred me llevó en su automóvil por un camino de tierra, hacia lo alto de una colina más allá de mi casa e intentó sacarme toda la ropa. Aterrorizado por lo que podría pasar, escapé, corrí a casa y se lo conté a mi madre. Ella me miró acusadoramente y dijo: «Eres un mentiroso. Fred nunca haría eso». Cuando mi padre llegó a casa, ella le contó lo que yo había dicho, y él fue a hablar con Fred. Pero Fred no le dio importancia a la historia y la encaró como si fuera un cuento chino; y mi padre le creyó a él en vez de a mí. Sentí que de nada me valdría contarle a la gente lo que Fred estaba haciendo, así que desde ese momento mantuve en silencio sus continuos abusos. 

Yo iba a la escuela vestido como niño, pero en mi mente seguía ese vestido morado. Me podía ver a mí mismo llevando el vestido, parado frente al espejo de la casa de mi abuela. Era pequeño, pero participaba y destacaba en fútbol americano, atletismo y otros deportes. Mi forma de lidiar con mi confusión de género fue trabajar duro en todo lo que hiciera. Cortaba el césped, repartía periódicos y trabajé en una gasolinera. Tras graduarme de la escuela secundaria, trabajé en un taller automotor, luego tomé clases de diseño para calificar para un trabajo en el sector aeroespacial. En corto tiempo, logré un lugar en el proyecto de la misión espacial Apolo como ingeniero de diseño asociado. Siempre entusiasta por un siguiente desafío, me cambié a una posición de principiante en la industria automotriz y rápidamente ascendí en el escalafón corporativo en una importante empresa de automóviles en los Estados Unidos. Incluso me casé. Lo tenía todo: una carrera prometedora de potencial ilimitado y una magnífica familia. 

Pero también tenía un secreto. Después de treintaiséis años, aún no podía superar la persistente sensación de que en realidad yo era mujer. Las semillas sembradas por la abuela desarrollaron raíces profundas. Sin que mi esposa se enterara, comencé a actuar según mi deseo de ser mujer. Me travestía en público y lo disfrutaba. Incluso empecé a tomar hormonas femeninas para afeminar mi apariencia. ¿Quién imaginaría que el deseo de la abuela de mediados de la década de 1940 de tener una nieta llevaría a esto? 

Agregar alcohol fue como echar gasolina al fuego; beber aumentaba mi deseo. Mi esposa, al sentirse traicionada por los secretos que le había estado ocultando y harta de mis borracheras sin control, entabló una demanda de divorcio. 

 

Mi vida como mujer 

Busqué a un prominente psicólogo de género para una evaluación y rápidamente me aseguró que era obvio que yo sufría de disforia de género. Un cambio de género, me dijo, era la cura. Sintiendo que no tenía nada que perder y emocionado porque finalmente podría lograr el sueño de toda mi vida, a los cuarenta y dos años me sometí a un cambio quirúrgico. Mi nueva identidad como Laura Jensen, mujer, estaba legalmente establecida por mi registro de nacimiento, mi carné de la Seguridad Social y mi licencia de conducir.  Ahora yo era una mujer a la vista de todos. 

El conflicto de género pareció desvanecerse y, en general, estuve feliz por un tiempo. 

Me es difícil describir lo que ocurrió después. El alivio proporcionado por la cirugía y mi vida como mujer fueron solo temporales. Escondido bajo el maquillaje y la ropa femenina estaba el niño pequeño que cargaba las heridas de los hechos traumáticos de su infancia, y se estaba dando a conocer. Ser mujer resultó solo un encubrimiento, no una curación. 

Yo sabía que no era una mujer real, sin importar lo que dijeran mis documentos de identificación. Había tomado medidas extremas para resolver mi conflicto de género, pero cambiar los géneros no había funcionado. Obviamente fue una mascarada. Sentí que me habían mentido. ¿Cómo había llegado a este punto? ¿Cómo me convertí en una falsa mujer? Fui a otra psicóloga de género y ella me aseguró que estaría bien, que solo hacía falta darle un poco más de tiempo a mi nueva identidad como Laura. Yo tenía un pasado, una vida golpeada y rota, que mi vida como Laura no logró ahuyentar ni resolver. Sintiéndome perdido y deprimido, bebía mucho y llegué a pensar en suicidarme. 

A los tres años de vida como Laura, mi excesivo consumo de alcohol me hizo tocar fondo nuevamente.  En mi punto más bajo, en vez de suicidarme, busqué ayuda en un grupo de alcohólicos en recuperación. Mi patrocinador, una mano amiga de respaldo y responsabilidad, me guió en cómo vivir la vida libre del alcohol. 

La sobriedad fue el primero de varios momentos claves en mi vida transgénero. 

Como Laura, ingresé en un programa universitario de dos años para estudiar la psicología del abuso de sustancias y de alcohol. Logré calificaciones más altas que mis compañeros de clase, muchos de los cuales tenían doctorados. Aun así, luché contra mi identidad de género. Todo era tan desconcertante. ¿Para qué se cambiaría uno de género, si no era para resolver el conflicto? Tras ocho años de vivir como mujer, no tenía paz duradera. Mi confusión de género solo parecía empeorar. 

Durante mi pasantía en un hospital psiquiátrico, trabajé con un médico en una unidad de encierro. Después de algunas observaciones, me llevó aparte y me dijo que yo mostraba señales de sufrir un trastorno disociativo. ¿Tenía razón? ¿Había él hallado la llave que desbloquearía una infancia perdida? En vez de ir a psicólogos activistas del cambio de género como el que me había aprobado para la cirugía, busqué las opiniones de varios psicólogos y psiquiatras «comunes» que no trataban todos los trastornos de género como desórdenes transgénero. Estaban de acuerdo: yo encajo en los criterios del trastorno disociativo. 

Fue exasperante. Ahora era evidente que había desarrollado un trastorno disociativo en la infancia para escapar del trauma del reiterado travestismo impuesto por mi abuela y el abuso sexual por parte de mi tío. Eso debería haber sido diagnosticado y tratado con psicoterapia. En cambio, el especialista en género nunca tomó en consideración mi difícil infancia, ni mi alcoholismo, solo vio una identidad transgénero. El prescribirme hormonas y cirugía irreversible, fue un salto precipitado. Años después, cuando confronté a ese psicólogo, admitió que no debería haberme aprobado para la cirugía. 

 

Ser un ser completo 

Volver a ser un ser completo, como hombre, tras someterme a una innecesaria cirugía de género y vivir legal y socialmente como mujer durante años, no iba a ser fácil. Tuve que reconocer ante mí mismo que recurrir a un especialista en género cuando recién tenía problemas fue un gran error. Tuve que vivir con el hecho real de ya no tener algunas partes de mi cuerpo. No fue posible la restauración completa de mis genitales--- la triste consecuencia de tratar con cirugía una enfermedad psicológica. Se requeriría psicoterapia intensiva para resolver el trastorno disociativo que comenzó cuando era un niño. 

Pero tenía un sólido cimiento para empezar mi viaje hacia la restauración. Estaba viviendo una vida libre de drogas y de alcohol, y estaba listo para convertirme en el hombre que había estado destinado a ser. 

A la edad de cincuenta y seis años, experimenté algo que excedía mis más locos sueños. Me enamoré, me casé y empecé de nuevo a vivir plenamente la vida como hombre. Me tomó más de cincuenta años, pero finalmente pude desenmarañar todo el daño que el vestido morado de chifón me había hecho. Hoy tengo setenta y cuatro años de edad, estoy casado con mi esposa desde hace dieciocho y llevo veintinueve años de vida sobria. 

Cambiar de género es una ganancia a corto plazo con un dolor a largo plazo. Entre sus consecuencias están la mortalidad temprana, el arrepentimiento, la enfermedad mental y el suicidio. En vez de alentar a los jóvenes a someterse a una cirugía innecesaria y destructiva, fortalezcámoslos y amémoslos  tal como son. 


Walt Heyer es autor y orador público apasionado por ayudar a otros que lamentan el cambio de género. A través de su sitio web, SexChangeRegret.com, y su blog, WaltHeyer.com, Heyer genera conciencia en el público sobre la incidencia del arrepentimiento y las trágicas consecuencias que se sufren como resultado. La historia de Heyer se puede leer en forma de novela en Kid Dakota y and The Secret at Grandma's House y en su autobiografía, A Transgender's FaithOtros libros de Heyer son Paper Genders y Gender, Lies and Suicide. 
Este artículo fue publicado originalmente en el sitio web The Public Discourse bajo el título “I was a transgender woman”.  Fue traducido por el equipo de Courage International.  Si tiene alguna preguntapuede escribirnos a: oficina@couragerc.org 

 


«Inducir a niños y jóvenes al cambio de género es una mala práctica médica» 

Inducir a niños y jóvenes al cambio de género es una mala práctica médica  

 

Es sádico utilizar el sistema de escuelas públicas, que tiene una audiencia cautiva para desarrollar un experimento social de identidad de género con los jóvenes de la nación. 

Adoctrinar socialmente a infantes para que acepten la noción de transgénero es algo muy extendido en las escuelas públicas de los Estados Unidos. En el estado de Washington, las escuelas públicas comenzarán a enseñar expresión de género a los estudiantes del jardín de la infancia a partir del otoño boreal de 2017, bajo los nuevos estándares aprobados del aprendizaje de educación para la salud. En el 2011, la red GLSEN de defensa gay recibió de los Centros Federales para el Control de Enfermedades una subvención de $1,425 millones por cinco años para promover la agenda LGBT en las escuelas públicas a expensas de los contribuyentes. 

Mediante la infiltración en el currículo de nuestras escuelas públicas, los activistas LGBT pueden dar forma a la próxima generación de participantes. La gente joven está cuestionando su propia identidad de género en una tasa alarmante que parece ir en aumento y están siendo alentados por educadores y profesionales médicos a experimentar la transición de género. Desafortunadamente, la experimentación puede causar aun más confusión. 

 

Los sentimientos cambian, los cuerpos no 

El problema de dar pasos hacia una transición física –hormonas y cirugías de cambio de género– es que los cambios físicos probablemente sean permanentes pero los sentimientos que impulsan el deseo pueden cambiar, sobre todo entre la gente joven. Hace poco recibí un correo electrónico de un hombre de actualmente unos treinta años de edad que comprueba esta realidad: 

«Yo hice la transición a mujer a fines de mi adolescencia y cambié de nombre a inicios alrededor de mis veinte años, hace casi una década. Pero no me resultó bien; ahora solo siento disconformidad en el rol femenino. Me dijeron que mis sentimientos transgénero eran permanentes, inmutables, que estaban profundamente arraigados en mi cerebro y que NUNCA podrían cambiar, y que la única manera en que alguna vez hallaría la paz sería volviéndome mujer. El problema es que ya no tengo esos sentimientos. 

Cuando empecé a ver a un psicólogo hace unos años para que me ayudara a superar algunos asuntos traumáticos de la infancia, mi depresión y mi ansiedad comenzaron a menguar, pero también menguaron mis sentimientos transgénero. De modo que hace dos años empecé a contemplar la posibilidad de volver a mi género original y me siento bien con ello.  No tengo dudas. ¡Quiero ser hombre!» 

Los sentimientos pueden cambiar. En el caso de este hombre, los sentimientos que en su adolescencia eran avasalladores cambiaron después de que acudiera a la asesoría sicológica para tratar sus traumas de infancia. 

Mi historia es similar. Cambiar de género fue una promesa vacía, un alivio temporal que nada solucionó. Tras mucho asesoramiento psicológico, llegué a ver que mi sueño de convertirme en mujer había sido simplemente un escape para afrontar el profundo dolor de sucesos de mi infancia. Desafortunadamente, el así llamado tratamiento temprano de hormonas y cirugía transgénero fue destructivo para mi familia, mi matrimonio y mi carrera, y me llevó a casi querer quitarme la vida. 

 

Ignorar la ciencia para impulsar una agenda política 

Ahora a los niños y niñas del estado de Washington se les enseñará desde el jardín de la infancia sobre la normalidad de querer ser del otro sexo. Las escuelas públicas no deberían ser caldo de cultivo para ningún activismo sexual por parte de ningún grupo en ningún momento. El sistema de escuelas públicas está manteniendo a los chicos como rehenes mientras los activistas dan forma a la siguiente generación de activistas transgénero, pese al serio daño que esto constituye para los niños. 

Por ejemplo, las escuelas de Charlotte-Mecklenburg en Carolina del Norte han eliminado el uso de los términos «niños| y «niñas», exigiendo que los maestros llamen a sus alumnos con términos sexualmente neutros como «estudiantes» o «escolares». También requieren que los educadores mantengan a los padres desinformados sobre la solicitud que sus hijos o hijas hagan de un nombre o pronombre diferente. 

Los activistas que impulsan esta agenda en los programas de estudio de las escuelas públicas ignoran la ciencia relativa al sexo innato. Una revisión de la literatura científica hecha en agosto del 2016 no encuentra evidencia definitiva en la investigación que sugiera que las personas transgénero nacen como tales. Este informe de 143 páginas hecho por dos distinguidos médicos de Johns Hopkins University halla que no hay suficiente evidencia científica definitiva para sugerir que las personas homosexuales, lesbianas y transgénero nazcan como tales. Y de modo aun más importante, afirmaron que el sexo biológico innato es fijo e inmutable. Solo el aspecto del género –la apariencia y la conducta– puede cambiarse. 

Yo era un niño que comenzó a travestirse con su abuela a la edad de cuatro años. Puedo decirles por propia experiencia que el travestismo es un adoctrinamiento psicológico. Es sádico utilizar el sistema de escuelas públicas, que tiene un público cautivo, para realizar experimentos de identidad social de género con los jóvenes del país. 

 

La experimentación médica puede devastar a las personas 

A partir de informes de fines de la década de 1970 hemos sabido que el cambio de género conduce al suicidio, lo cual brinda una visión reveladora de las consecuencias de ignorar la ciencia. El endocrinólogo Dr. Charles Ihlenfeld advirtió sobre los suicidios y la infelicidad de los pacientes transgénero sobre la base de su experiencia en tratar con hormonas a más de 500 pacientes transgénero durante un período de seis años en la clínica de género de su colega el Dr. Harry Benjamin. 

Ihlenfeld observó que el cambio de género condujo a malos resultados y llegó a la conclusión de que el 80 por ciento de los pacientes que desean cambiar su apariencia física de este modo no deberían hacerlo. La denuncia de Ihlenfeld fue más fuerte cuando afirmó que «Hay demasiada infelicidad entre las personas que se han sometido a la cirugía. Demasiados de estos casos terminan en suicidio». Uno se pregunta por qué se ignoró a un médico como éste, conocedor de los primeros experimentos sobre el cambio de género. 

La medicina tiene una larga historia de no poder ayudar adecuada y eficazmente a personas que batallan con problemas emocionales y psicológicos poco comunes. Experimentar con la cirugía como tratamiento para un trastorno psicológico no es algo nuevo. Mi libro, «Paper Genders» («Géneros de papel»), relata una historia de 100 años de este tipo de fallas. 

Esto incluye al psicólogo Dr. Henry Cotton. En la primera parte del siglo XX, Cotton era el jefe del principal hospital psiquiátrico público de Nueva Jersey, en Trenton. Su enfoque teórico era que las infecciones causaban enfermedades mentales, y se esforzó con celo para curar enfermedades mentales eliminando el supuesto origen de la infección. Empezó con la remoción de piezas dentales infectadas. Cuando esto falló, extrajo los restantes dientes y las amígdalas, y luego pasó a extirpar secciones del colon, el estómago, la vesícula biliar, así como los testículos y los ovarios. 

Cotton reportó una tasa de éxito del 85 por ciento. El New York Times elogió a Cotton como un genio científico cuyas investigaciones daban «grandes esperanzas» para el futuro y Cotton se hizo famoso en los Estados Unidos y en Europa. Personas desesperadas llevaron a sufrientes seres queridos al hospital de Trenton para el innovador tratamiento. Quedaron fuera de la vista pública las escalofriantes estadísticas de mortalidad: del 30 al 40 por ciento de sus pacientes quirúrgicos murieron a causa de su así llamado tratamiento. 

Encuentro similitudes sorprendentes entre Cotton y los cirujanos de cambio de género de hoy. Los medios celebran a personas que cambian de género «valientemente», como Caitlyn Jenner. Personas desesperadas que sienten que deberían ser del sexo opuesto solicitan tratamiento de cirujanos compasivos que amputan partes corporales de hombres y mujeres y de endocrinólogos que inyectan hormonas de diferente sexo. Suena brutal y loco; y lo es. 

 

Del corte de cuerpos a la combinación de cerebros 

La locura quirúrgica no terminó con Cotton. Desde mediados de la década de 1930, el neurólogo Dr. Walter Freeman se asoció con el neurocirujano Dr. Watts para realizar lobotomías como tratamiento de trastornos mentales. Freeman creía que cortar ciertos nervios en el cerebro podría eliminar el exceso de emoción y estabilizar una personalidad. 

Las primeras lobotomías implicaron la perforación de agujeros en el cráneo y la inserción de un cuchillo giratorio para destruir células cerebrales en los lóbulos prefrontales del cerebro. Más tarde, Freeman desarrolló una lobotomía transorbital de 10 minutos, en la que se accedía al cerebro a través de las cuencas oculares, con un instrumento similar a una pica de hielo. El procedimiento de Freeman no requería de cirujano o sala de operaciones, lo que le permitió a Freeman, que no era cirujano, realizar las lobotomías. Freeman realizó más de 2,500 lobotomías durante su vida. 

Para los pacientes, los resultados fueron diversos. En «The Lobotomy Files: One Doctor's Legacy» («Los archivos de la lobotomía: El legado de un médico»), el Wall Street Journal dice: «Los doctores Freeman y Watts consideraron que aproximadamente un tercio de sus operaciones fueron un éxito en tanto el paciente pudo llevar una “vida productiva”, dice el hijo del Dr. Freeman. Otro tercio pudo regresar a su hogar, pero no pudo mantenerse por sí solo. Según el Dr. Watts, el último tercio fueron “fracasos”». 

Durante su apogeo, ambos médicos fueron considerados en alta estima, pero los resultados desfavorables en el largo plazo para la mayoría de sus pacientes fueron otro resultado lamentable en la historia de aplicar cirugía al tratamiento de enfermedades mentales. 

 

La cirugía no es el tratamiento para el trastorno del transgénero 

Cotton, Freeman y Watts fueron precursores del actual tratamiento del trastorno del transgénero (un trastorno mental) con otro conjunto de cirugías. Trataron a los pacientes con extracciones dentales, recorte de intestinos y alteraciones del tejido cerebral, lo que condujo a tasas de mortalidad del 30 al 40 por ciento y a una tasa de fracasos del 33 por ciento. En retrospectiva, estos métodos de tratamiento parecen brutales.  La respuesta compasiva es explorar primero otras opciones menos extremas, en vez de recurrir a la cirugía. 

El tratamiento hoy en día aceptado para problemas de género –cortar partes del cuerpo y reacondicionar todo, desde la manzana de Adán, las caderas y los senos hasta los genitales– también parece bárbaro y carente de compasión. La actitud compasiva es primero explorar opciones menos extremas antes de recurrir a la cirugía. 

Nuestra larga historia con el tratamiento del trastorno de transgénero sugiere enfáticamente que la cirugía no ha sido efectiva. En mi trayecto hacia el cambio de género, mi psicóloga me dijo que la cirugía era la única respuesta a mis problemas; y nunca planteé preguntas para descubrir otras posibles causas de mi incomodidad con el género. 

Hoy, hay personas que me escriben sobre sus experiencias de cambio de género. Constantemente comentan cómo en el momento de su transición se les dijo que el cambio de género era el único tratamiento para su condición. Hay padres de familia que me escriben sobre sus hijos adultos que desean la transición, preocupados porque saben que nadie está tomando en cuenta que un trauma infantil podría estar conduciéndolos a ese deseo inusual. Padres y madres informan que los terapeutas de género no quieren saber sobre eventos infantiles. El terapeuta dice que si un adulto quiere una transición, puede obtenerla. 

Al igual que lo ocurrido con Cotton, Freeman y Watts, los actuales tratamientos quirúrgicos de cambio de género no son sometidos a riguroso estudio científico para evaluar su seguridad, su eficacia a lo largo del tiempo ni sus consecuencias imprevistas. Porque los investigadores no pueden encontrarlos, los estudios no cuentan a quienes lamentan haber hecho la transición, a quienes regresan a su género de nacimiento o a quienes se pierden por suicidio. Las estadísticas están sesgadas a favor de resultados positivos porque las personas que experimentan resultados negativos, en lenguaje científico, han sido "perdidas durante el seguimiento". 

 

Las amenazas de suicidio indican enfermedad mental 

Los adolescentes con problemas de género a menudo dirán algo así como «Si no recibo inhibidores de la pubertad u hormonas y cirugía para la transición, me voy a suicidar». Quieren demostrar la fuerza de sus sentimientos transgénero y la urgencia de su necesidad de transición a todos los que pudieran contrariamente invocar precaución, tales como los progenitores, los psicoterapeutas y los endocrinólogos. 

La amenaza de suicidio es un asunto serio que señala la presencia de problemas graves de salud mental. Cuando un niño transgénero utiliza el chantaje emocional y psicológico para conseguir una ruta rápida hacia la cirugía extrema, debe tenerse cautela y cuidado con la salud emocional y psicológica de la persona. Una amenaza de suicidio señala la necesidad urgente de intervención y psicoterapia, no de hormonas y cirugía. 

Considérense sucesos de la vida temprana que se desarrollan del siguiente modo, según un correo electrónico que recibí hace poco: 

Auxilio, mi hija está tratando de vivir como hombre y quiere desesperadamente que se le practique la cirugía de reasignación de género

Su padre era un pedófilo de niños varonesÉl abusó de nuestro hijo. Años más tarde, mi hijo se convirtió en homosexual y está casado con un hombre. 

Por otra parte, mi hija  fue rechazada por su papá. Pasó su adolescencia odiando a los hombres. Ella comenzó a engordar para que los chicos la rechazaran. Desarrolló trastornos obsesivos y se aseguró de lucir poco atractiva para los hombres. Logró ser poco atractiva y los hombres se alejaron de ella. Decidió ser lesbiana. Tras una mala ruptura de una relación lesbiana, ha decidido que eso no era para ella. Ahora quiere convertirse en transgénero. 

No es completamente inesperado que una mujer joven como ésta busque convertirse en transgénero, dado el rechazo del padre, su apariencia calculada para alejar a los varones y una fallida relación lésbica. La pedofilia, las inclinaciones homosexuales y el rechazo de su padre hacia ella naturalmente le impedirían desarrollar una autoimagen positiva y relaciones saludables. 

Ella ve lo transgénero como la solución a todo este rechazo. Como transgénero, puede enamorarse de sí misma y evitar el rechazo. Sí, es un comportamiento psicológicamente nocivo, pero proporcionará un alivio temporal del rechazo que hasta ahora ha experimentado en su vida. 

Los jóvenes que se consideran desatendidos, maltratados o abandonados pueden recurrir a conductas autoagresivas o de búsqueda de atención. Cuando todo parece fuera de control, se aferran a cualquier cosa que puedan controlar. Obsérvese que dije «se consideran».  Un niño puede sentirse rechazado, aunque no exista rechazo. La percepción de rechazo puede conducir a un niño hacia la homosexualidad o al trastorno transgénero porque le parece más atractivo que la vida que lleva o porque le permite sentir control sobre su vida. 

Los progenitores deben asumir una posición contra las escuelas públicas y las políticas gubernamentales que tienen como objetivo modelar a los niños y niñas hacia el cambio de género y eliminar las distinciones sexuales entre hombres y mujeres. Los padres y madres no pueden darse el lujo de permanecer en silencio mientras su derecho de paternidad sobre sus hijos se ve deteriorado. 


Walt Heyer es un consumado autor y orador público con pasión por ser mentor de personas cuyas vidas han sido destrozadas por la innecesaria cirugía de cambio de género. 
Este artículo fue publicado originalmente en el sitio weThe Federalist  bajo el título “Pushing kids into transgenderismo is medical malpractice”.   Fue traducido por el equipo de Courage International.  Si tiene alguna preguntapuede escribirnos a: oficina@couragerc.org 

 


«Catequesis sobre la homosexualidad: Hagamos las distinciones »

Catequesis sobre la homosexualidad: Hagamos las distinciones  

 

William Newton ayuda a catequistas a pensar en categorías que se necesitan utilizar para presentar la comprensión que tiene la Iglesia sobre la homosexualidad y las uniones del mismo sexo. 

 Al transmitir la fe o al ayudar a las personas a profundizar en la comprensión de ésta, es evidente que se debe abordar la visión de la Iglesia sobre la sexualidad humana. Tal catequesis tiene como primer objetivo exaltar las bendiciones de la sexualidad, especialmente en su relación con el matrimonio; pero, como nos dice la Iglesia, debería «proporcionar un contexto óptimo dentro del cual se pueda tratar también la cuestión de la homosexualidad».  

Además del comprensible temor de tocar este tema, dada la cargada atmósfera que en la actualidad lo rodea, también existe la dificultad de que los argumentos involucrados tengan cierta complejidad. Intentaré aquí desentrañar algunos de los argumentos de la Iglesia de tal manera que sean claros y, espero, comunicables. La clave para esto, me parece, es tener claridad sobre un conjunto de tres distinciones. Una vez que se hayan entendido, la convincente lógica de la posición de la Iglesia sale a la luz. Las tres distinciones son: la distinción entre acto, inclinación y persona; entre tolerancia y promoción; y entre el bien privado y el bien común.  

 

Acto, Inclinación y Persona 

La distinción entre actos homosexuales, inclinación homosexual y la persona que es homosexual es crucial para hacer una verdadera y justa evaluación moral de la homosexualidad. Debemos mantener unidas tres verdades: primera, los actos homosexuales son objetivamente pecaminosos; segunda, la inclinación homosexual es desordenada, pero no objetivamente pecaminosa; y, tercera, toda discriminación injusta contra personas homosexuales debe ser condenada. 

La parte más delicada y difícil de presentar las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad es explicar por qué la Iglesia no puede aprobar el sexo homosexual. Esto es difícil porque la sociedad moderna no entiende el significado del sexo y punto. El sexo homosexual es incorrecto, según la Iglesia, porque no puede alcanzar el objetivo de las relaciones sexuales. El primer objetivo del sexo es la procreación. La relación sexual es el uso de nuestra facultad procreadora o generativa. La facultad procreadora, desencadenada en las relaciones sexuales, tiene por objeto la procreación, y utilizarla de un modo que no la respete es hacer mal uso de ella. Este axioma se aplica a todas las facultades que están bajo nuestro control. Así, por ejemplo, podemos usar nuestra facultad de comunicación para comunicar la verdad o para engañar: el primero es un buen uso; el otro es un uso indebido. De hecho, se le atribuye una responsabilidad especial a la facultad de procreación porque en esta facultad Dios está más involucrado que en cualquier otra. Para que la facultad procreadora alcance su propósito, Dios debe intervenir o cooperar con la pareja de una manera especial, es decir, infundir el alma inmortal que proviene únicamente de Él. Se podría decir que Él tiene un interés especial en el uso de esta facultad y, por lo tanto, nosotros tenemos una obligación especial. Esto se aplica a otros posibles usos indebidos de nuestra facultad procreadora, como la masturbación o el sexo heterosexual esterilizado, y no solo a la homosexualidad. Las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad no son enseñanzas especiales sino una continuación de lo que ella dice sobre el significado del sexo en general. En realidad, no es sorprendente que tanta gente no comprenda la oposición de la Iglesia al sexo homosexual, porque la cultura de la anticoncepción ha cortado toda conexión entre el sexo y la procreación en la mente de la mayoría de personas. 

El segundo objetivo del sexo es la comunión. Aquí hay más terreno común, tal parece, entre la Iglesia y la sociedad moderna, ya que ambas podrían estar de acuerdo (quizás usando diferentes palabras) en que el sexo se trata de la donación de uno mismo y la unión. Pero incluso aquí, si escarbamos bajo la superficie, hay una diferencia profunda. La diferencia es que la Iglesia niega que el sexo homosexual pueda ser un momento auténtico de entrega personal y unidad, porque el dar y recibir que es parte de la relación sexual y la comunión sexual presupone la diferencia sexual. En las relaciones sexuales, la comunión personal se logra por medio de una comunión física, ya que el cuerpo es parte integral de la persona. Entonces, donde no hay verdadera unión corporal -un volverse “una sola carne”- no hay unión personal. Más aun, parte del don de sí mismo en las relaciones sexuales es la ofrenda única de la facultad procreadora de la mujer hacia el hombre y viceversa. En ninguno de los casos pueden personas del mismo sexo alcanzar este don y esta unión por medio del sexo. 

La Sagrada Escritura es clara en su condena del sexo homosexual, y para algunos esto es suficiente y decisivo (Lv. 18, 22; 20,13; 1 Cor. 6, 9; 1 Tim. 1, 10). No obstante, es valioso preguntar por qué la Biblia lo condena. La Iglesia señala que «elegir a alguien del mismo sexo para la propia actividad sexual es anular el rico simbolismo y significado . . . del diseño sexual del Creador». Este «rico simbolismo» está en el corazón de la autorrevelación de Dios al ser humano, ya que la sexualidad humana, y más aún la diferencia sexual, es quizás la forma que Dios ha elegido para revelar su relación con la humanidad: en la Antigua Alianza, Dios se revela como el esposo celoso de Israel, su novia infiel (véase Oseas 1, 3; Jer. 2). En el Nuevo Testamento, Dios convertido en hombre se revela a sí mismo como este mismo Novio (véase Jn 3, 29; Mc. 2,19, Rev. 19,7; 9). Además, una reflexión más profunda de los relatos bíblicos de la creación ha llevado a un reconocimiento creciente de que la diferencia sexual es parte constitutiva de lo que significa ser creado a imagen de Dios (Gn 1, 27). Este es un punto central de la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II. Las implicaciones de esta verdad y una más clara articulación de su significado para la homosexualidad son objeto de intenso estudio teológico.  

Al hacer una justa evaluación moral del sexo homosexual, debe recordarse que aunque estos actos siempre son pecaminosos objetivamente, no son censurables en lo personal cuando el individuo desconoce sinceramente la naturaleza desordenada de los mismos. ¡Por supuesto, esto no significa que se deba dejar a la gente en la ignorancia! La vida moral es más que evitar el pecado; es un llamado a la madurez humana. Y esto solo se logra al adoptar lo que es verdaderamente bueno. 

Finalmente, vale la pena recordar que el pecado sexual no es el peor tipo de pecado. De hecho, dado que los pecados pueden clasificarse en gravedad según la virtud a la que se oponen, y dado que la templanza es la más baja de las virtudes cardinales, los pecados contra la templanza (incluidos los pecados sexuales) son menos graves que aquellos contra la justicia, como son el robo y la mentira: «la moralidad sexual, por lo tanto, no es la única ni la principal cuestión moral que involucra a la persona». Si ello es así, ¿por qué la Iglesia está tan «enganchada» con el pecado sexual? ¿Por qué no sencillamente seguir las actitudes predominantes en la sociedad occidental y acabamos con toda esta confrontación? La respuesta es que hay más en juego que la cuestión de las diferentes formas de sexo: hay en juego profundas verdades antropológicas. La sexualidad humana, inscrita como está en la naturaleza humana, está destinada a revelar a cada varón y mujer su vocación de donación de sí mismo, de comunión y de fecundidad. Un error sobre el significado de la sexualidad es un error sobre el propósito de la vida.  

Pasando ahora de los actos homosexuales a la inclinación homosexual, el Catecismo habla de "tendencias homosexuales profundamente arraigadas" que no son pecaminosas sino "objetivamente desordenadas". El pecado es algo elegido, algo voluntario. Entonces, la inclinación homosexual, entendida como orientación sexual o atracción hacia el mismo sexo, no puede ser pecado, siempre que no sea elegida o fomentada. Sin embargo, sí puede ser evaluada moralmente; y, en tanto impulsa a la persona a una forma de relación sexual que nunca puede ser buena, debe decirse que está desordenada. 

Por supuesto, los deseos sexuales de una persona heterosexual también pueden ser desordenados, cuando está inclinada hacia la inmoralidad sexual tal como la fornicación o el adulterio. La diferencia, sin embargo, es que la inclinación heterosexual puede encontrar una salida legítima, es decir, una relación sexual matrimonial casta, mientras que la inclinación homosexual no puede. Lo que es lo mismo, sin embargo, es que los deseos que surgen de la orientación tanto heterosexual como homosexual necesitan ser puestos bajo el control de la razón, mediante la virtud de la castidad. En este sentido, la Iglesia no está imponiendo a las personas homosexuales ninguna exigencia que no aplique del mismo modo a los heterosexuales. Lo que definitivamente se debe evitar es la actitud degradante de que los impulsos sexuales sean tan fuertes en las personas al punto de que éstas no puedan controlarse sexualmente. Decir eso es no reconocer «la libertad fundamental que caracteriza a la persona humana y le da su dignidad»; una dignidad que debe «reconocerse como perteneciente también a la persona homosexual». La Iglesia (sola) defiende la dignidad de las personas homosexuales invitándolas a la castidad. 

Cabe señalar que el Catecismo dice que esta inclinación a menudo está profundamente arraigada. Esto no es lo mismo que decir que la inclinación sea innata. Decir que es innata significaría que una persona nació con ella y que es parte de su constitución personal. Tal vez sea cierto que hay factores fisiológicos que hacen que sea más probable que una persona vaya a experimentar tendencias homosexuales pero, aun así, mucho depende de las experiencias del individuo, especialmente en la infancia. El molde no está definido al momento de la concepción, y esto también significa que no se trata de una característica tan marcada en una persona como para que nunca se pueda cambiar. Si una inclinación homosexual fuera parte de la identidad personal de un individuo, entonces, decir que está desordenada sería decir que la persona estaba corrompida en su fondo mismo. Además, en tales casos, negarle a una persona el derecho al sexo homosexual equivaldría a negarle el derecho a la realización personal. 

 

 

Tolerancia y Promoción 

Si consideramos de qué modo podría una sociedad tratar la cuestión de la homosexualidad, hay una gama de posibilidades. En un extremo está la criminalización del sexo homosexual; en el otro, hacer que la unión homosexual sea equivalente al matrimonio. En medio de esto –entre la criminalización y la equivalencia- está la tolerancia, leyes que prohíben la discriminación por la orientación sexual y, finalmente, otorgar a las parejas homosexuales un estado legal,  que de alguna manera todavía sería inferior al estado del matrimonio. 

Dada la valoración moral negativa de la Iglesia sobre el sexo homosexual, la primera pregunta que surge es ¿debería éste ser un delito penal? La respuesta es no, no necesariamente. La Iglesia acepta la posibilidad de una política de tolerancia. El principio de tolerancia fue expresado claramente hace más de un siglo por León XIII cuando dijo: 

[S]in conceder ningún derecho a nada salvo a lo que es verdadero y honesto, [la Iglesia] . . . no prohíbe a la autoridad pública tolerar lo que es contrario a la verdad y la justicia, con el fin de evitar un mal mayor, o de obtener o preservar un bien mayor. 

Aplicando este principio a la homosexualidad, podríamos argumentar que criminalizar el sexo homosexual quizás acarrearía otros males, como lo hizo en el pasado, como (sic) el chantaje y la incriminación. Además, la tolerancia (y, por tanto, la despenalización del sexo homosexual) podría ayudar a preservar «un bien mayor», es decir, el carácter correcto del Estado que, en general, no debería preocuparse demasiado por la vida privada de las personas. Para decirlo de otra manera, la ley civil es más estrecha que la ley moral; y no es apropiado ni saludable que el Estado promulgue leyes que prohíban cada cosa que la ley moral prohíbe. Si lo hiciera, el Estado sería intolerablemente intrusivo en la vida de las personas. Por lo tanto, no hay leyes civiles contra la masturbación o la fornicación a pesar de que éstas, como el sexo homosexual, son inmorales. 

Sin embargo, la Iglesia es clara: la tolerancia nunca debe convertirse en promoción de lo que está mal. Aquí, entonces, la Iglesia toma distancia de una interpretación más vaga de la tolerancia. Tolerancia, en verdad, significa dejar estos actos privados en privado; y esto requiere una cierta vigilancia, a menos que la tolerancia se torne silenciosamente en promoción. Por lo tanto, la tolerancia no significa tratar el sexo homosexual como equivalente al sexo heterosexual y, por ejemplo, permitir (y mucho menos alentar) que las escuelas enseñen esto como parte de su plan de estudios. Eso sería promoción, no tolerancia, según lo entiende la Iglesia. 

Como hemos señalado, entre la tolerancia y hacer que las uniones homosexuales sean equivalentes al matrimonio, está la cuestión de las leyes contra la discriminación. ¿Qué podemos decir sobre éstas? ¿Podría un cristiano dueño de un hotel negarse a aceptar huéspedes abiertamente homosexuales en su hotel? ¿Es legítimo que una escuela católica considere relevante la orientación sexual de un postulante a una plaza de enseñanza, al evaluar su postulación? 

Claramente, en tanto todos los seres humanos son esencialmente iguales, una persona no debería ser excluida, por ser homosexual, de lo que merece como ser humano, como los servicios de salud, la vivienda o la oportunidad de trabajar. Si fuera realmente el caso que a las personas homosexuales se les impide realizar estos derechos humanos básicos, entonces la ley necesita protegerlos. 

Sin embargo, la legislación antidiscriminatoria que está en marcha actualmente va más allá y otorga derechos exagerados que delatan no tanto una preocupación por las personas sino la promoción de un estilo de vida homosexual. La orientación sexual no es necesariamente «pública», como la raza, la edad y el sexo. Por lo general, no es manifiesta a menos que la persona decida revelarla. Si la orientación sexual fuere a permanecer como asunto privado -como la tolerancia correctamente entendía las demandas-, entonces la necesidad de estas leyes antidiscriminatorias se hace menos evidente, porque un empleador, por ejemplo, no conocería la orientación sexual de un solicitante de empleo, y entonces esto no sería un problema. El hecho es que estas leyes antidiscriminatorias parecen ir de la mano con un deseo de hacer de la homosexualidad un estilo de vida públicamente reconocido y aceptable; en una palabra, de promoverla. 

Pero la sigilosa sospecha permanece. ¿No exige el concepto de derechos humanos estas leyes antidiscriminatorias? Primero, debemos recordar que la edad, el sexo y la raza son diferentes de la orientación homosexual ya que no están desordenados. Por lo tanto, meterlos en el mismo saco es falso, tal vez engañoso. Además, pese al error común de percepción, los derechos humanos no son absolutos. Estamos tan acostumbrados a hablar sobre la naturaleza inviolable de los derechos humanos, que a veces pasamos esto por alto. Empero, un momento de reflexión nos recordará que la sociedad a menudo limita los derechos de las personas en aras del bien de toda la sociedad: por ejemplo, el derecho de un criminal a la libertad de movimiento está limitado por el encarcelamiento, en aras del bien de la sociedad. Por supuesto, la orientación homosexual no es delito ni necesariamente ha sido elegida, pero es un desorden y en tales casos la sociedad también limita los derechos correctamente; por ejemplo, el derecho de las personas con enfermedades contagiosas a la libre asociación, el derecho de los cortos de vista a conducir vehículos, o el derecho de las personas con discapacidad mental a contraer matrimonio. 

También es importante recordar que los derechos humanos son jerárquicos. El derecho más fundamental es el derecho a la vida, ya que todos los demás derechos lo presuponen. Pero el derecho más elevado es el derecho a la libertad religiosa porque protege la meta final de la vida humana, la comunión con Dios. Por lo tanto, podemos estar seguros de que algo ha ido muy mal en el concepto de los derechos humanos cuando las leyes que otorgan derechos sobre la base de la orientación homosexual socavan el derecho a la libertad religiosa; como es el caso en los anteriores ejemplos del cristiano propietario de un hotel y el de la escuela católica. La libertad religiosa es un gran bien común y los derechos de las personas homosexuales a ciertas formas de empleo o servicios están justamente limitados en estos casos. No es, como algunos denuncian, una concesión mal juzgada hecha por un gobierno indulgente con el voto religioso o agobiado por la presión del lobby religioso. ¡Es el gobierno cumpliendo su obligación civil! 

 

El Bien Común y el Bien Privado 

Esto nos lleva, entonces, al tema final. La razón de la autoridad política, su razón de ser, es la promoción del bien común, no la promoción de bienes privados. Si falla en esto, falla –¡y punto! Ahora bien, la familia construida sobre el matrimonio es absolutamente necesaria para el bien de la sociedad. Solo ella da el contexto para la saludable procreación y educación de los ciudadanos: en palabras del Vaticano II, [ella] es "la célula primera y vital de la sociedad". Por lo tanto, ¡si el Estado no promueve el matrimonio (y la vida familiar basada en el matrimonio) fracasa en su primer y principal deber! 

Las uniones homosexuales no sirven a la sociedad del mismo modo que el matrimonio. No pueden ser procreativos de forma natural y no tienen la complementariedad sexual necesaria para crear el entorno adecuado para criar a los hijos. Considerar tales uniones como equivalentes al matrimonio es disminuir la especial estima que una sociedad que quiere prosperar debe tener hacia el matrimonio. La ley forma actitudes, como sabemos en el caso del aborto y la eutanasia. Una ley que otorgue la equivalencia a las uniones del mismo sexo comunica que el matrimonio no es nada especial; y las personas, sobre todo los jóvenes, empezarán a relacionarse con él de esta manera. Pero esto es desastroso para la estabilidad de cualquier sociedad. Cuando un gobierno actúa de esta manera, actúa en contra de su propósito y se socava a sí mismo y a la sociedad; «actúa arbitrariamente y en contradicción con sus deberes». 

Al decir que las uniones homosexuales no contribuyen al bien común, la Iglesia no está «persiguiendo» a los homosexuales, pues dice exactamente lo mismo sobre las uniones de facto, más familiarmente conocidas como concubinato. Este tipo de uniones se basa explícitamente en una negativa a asumir el compromiso tan necesario para el bien de los hijos y la estabilidad de la sociedad. Son acuerdos privados que no sirven a la sociedad como el matrimonio y, por tanto, no deberían disfrutar de los beneficios que la sociedad puede ofrecer. Son uniones acordadas solo para el bien privado de los socios y no para el bien común. En consecuencia, estas uniones, igual que las homosexuales, no garantizan la afirmación pública ni sus beneficios.  

Sin embargo, algunos, si bien realmente ven el servicio especial que el matrimonio presta a la sociedad, se problematizan por su percepción de que, al negar a las uniones homosexuales el mismo estatus que tiene el matrimonio, están siendo injustos. ¡Aquí, otra distinción viene en nuestra ayuda! La justicia tiene dos caras, por así decirlo. Por un lado, y esto es con lo que estamos más familiarizados, exige que tratemos de igual manera las cosas iguales. La otra cara es que la justicia también exige que tratemos las cosas diferentes de manera diferente. Así, claramente, si el matrimonio contribuye de modo único a la sociedad, entonces tratar como equivalentes a otras cosas que no contribuyen del mismo modo es una injusticia para con el matrimonio. 

 

 

Conclusión 

¿Cuál es entonces el deber que corresponde a los fieles en esta área? En primer lugar, es el de explicar paciente y humildemente -dentro y fuera de temporada (2 Tim 4,2)- por qué la Iglesia enseña lo que enseña sobre la sexualidad humana. Esto significa entender las importantes distinciones que aquí he tratado de explicar. El meollo del asunto es comunicar que la sexualidad humana, entendida como la facultad de ser progenitor, se nos da necesariamente para el bien común. Es un fenómeno curioso (podría decirse una paradoja) que, a medida que el sexo se vuelve cada vez menos un tema tabú, en tanto sale cada vez más de la privacidad del dormitorio y entra en la esfera pública, ¡se vuelve cada vez más un asunto privado! La sexualidad ha perdido su orientación hacia el otro, en especial su relación con la sociedad y con Dios. La sexualidad se ve cada vez más, solo en términos de preferencia y satisfacción personales. Explicar la “dimensión social del sexo” es decisivo. Lo segundo que hay que hacer, especialmente dada la dificultad de lograr en el clima actual que alguien escuche esta verdad, es vivir esta verdad en alegría y generosidad. Las parejas y familias cristianas deben demostrar la belleza y la alegría de esta enseñanza. Para resucitar el significado original de la palabra, necesitan ser más alegres [«gay»]1 que otros. 


NOTAS  

  1. 1. CongregationFor The Doctrine Of The Faith, Letter To The Bishops Of The Catholic Church On The Pastoral Care Of Homosexual Persons, 17.  
  2. 2.Lo queaquí tengo que decir se puede encontrar expresado en forma directa y clara por el Magisterio de la Iglesia. Las fuentes más importantes son: Catechism of the Catholic Church (2357-2359) and three documents from the Congregation for the Doctrine of the Faith, namely: Declaration On Certain Questions Concerning Sexual Ethics, Persona Humana, (29 diciembre 1975); Letter To The Bishops Of The Catholic Church On The Pastoral Care of Homosexual Persons, Homosexualitatis Problema (1 octubre 1986); Some Considerations Concerning The Response To Legislative Proposals On Non-Discrimination Of Homosexual Persons (23 julio 1992), y; Considerations Regarding Proposals To Give Legal Recognition To Unions Between Homosexual Persons (31 julio 2003).  
  3. 3.LivioMelina, ‘Homosexual Inclination As An ‘Objective Disorder’: Reflections Of Theological Anthropology,’ Communio 25 (Primavera 1998).  
  4. 4.‘[A]ccordingto the objective moral order, homosexual relations are acts which lack an essential and indispensable finality’ (Congregation for the Doctrine of the Faith, Persona Humana, 8); ‘They close the sexual act to the gift of life’ (CCC 2357).  
  5. 5.Livio Melina,‘Moral Criteria For Evaluating Homosexuality,’ L’Osservatore Romano (edición en inglés), 11 de junio,   
  6. 6.CongregationFor The Doctrine Of The Faith, Letter To The Bishops Of The Catholic Church On The Pastoral Care Of Homosexual Persons, 7.  
  7. 7.Ver:Angelo Scola, The Nuptial Mystery, traduc. Michelle Borras, (Cambridge: William B. Eerdmans, 2005), 12.  
  8. 8.Juan PabloII, Veritatis Splendor, 63.  

9.Arzobispo Dionigi Teltamanzi, ‘Homosexuality In The Context Of Christian Anthropology,’ en L’Osservatore Romano (edición en inglés), 12 marzo 1997.  

  1. 10.CCC, 2358. 
  2. 11.CongregationFor The Doctrine Of The FaithLetter To The Bishops Of The Catholic Church On The Pastoral Care Of Homosexual Persons, 11.  
  3. 12.Las primeras ediciones del Catecismo en inglés (1992) usaron la palabra "innato", pero esto fue cambiado a "profundamente arraigado" (profunde radicatas) en la edición oficial en latín de 1997. 
  4. 13.Jeffery Keefe,‘Key Aspects Of Homosexuality,’ en The Truth About Homosexuality, (San Francisco: Igantius Press, 1996), 31-67.  
  5. 14.A la luz del hecho de que la tendencia homosexual es profunda pero no innata, el término "persona homosexual" es bastante desafortunado, ya que las personas solo podrían ser homosexuales si la tendencia fuese innata. Por supuesto, incluso la palabra homosexual es engañosa, ya que implica que la sexualidad es neutral y se puede realizar en una de las dos formas igualmente válidas, expresadas por losprefijos hetero- u homo-.  
  6. 15.LeónXIII, Libertas Praestantissimum, 33.  
  7. 16.Juan PabloII, Evangelium Vitae, 71.  
  8. 17.Esto no quiere decir que un gobierno no puedapromulgar leyes sobre moralidad sexual. La pregunta que debe hacerse es si la moralidad en cuestión toca el bien común. Entonces, por ejemplo, en algunos Estados el adulterio es ilegal porque, con cierta razón, se considera un comportamiento antisocial. No obstante, un Estado puede decidir legítimamente que el sexo homosexual no es de por sí un asunto de interés público. Por lo tanto, podría despenalizarse y tolerarse. 
  9. 18.CongregationFor The Doctrine of the FaithSome Considerations Concerning the Response to Legislative Proposals on Non-discrimination of Homosexual Persons, 13-14.  
  10. 19.Congregation for the Doctrine of the Faith, Some Considerations Concerning the Response to Legislative Proposals on Non-discrimination of Homosexual Persons,  
  11. 20.Juan Pablo II,Centesimus Annus, 47.  
  12. 21.VaticanoII, Gaudium et Spes, 74.  
  13. 22.VaticanoII, Apostolicam Actuositatem, 11.  
  14. 23.Congregation for the Doctrine of the Faith, Some Considerations ConcerningThe Response To Legislative Proposals On Non-discrimination of Homosexual Persons,   
  15. 24.Pontifical Council for the Family, Marriage, Family, and ‘De Facto’ Unions.  

El Dr. William Newton es Profesor Asistente en el International Theological Institute, en Viena. Es también miembro de la facultad de Maryvale Institute, donde enseña en el programa de matrimonio y familia.  
 
Este artículo fue publicado originalmente en el sitio web Truth and Love bajo el título “Catechesis on Homosexuality: making the distinctions”.  Fue traducido por el equipo de Courage International.  Si tiene alguna preguntapuede escribirnos a: oficina@couragerc.org 

 


«La Homosexualidad: Un llamado especial al amor de Dios y del ser humano»

La Homosexualidad:

Un llamado especial al amor de Dios y del ser humano 

 

A la mayoría de nosotros las circunstancias culturales nos obligan a decir sobre la homosexualidad mucho más de lo que quisiéramos. Debido al persistente desafío moral que impone la abogacía por la homosexualidad, la mayor parte de lo que tenemos que decir es negativo. Esto me preocupa porque no es sino una carga más para las personas con inclinaciones homosexuales que tienen el compromiso de vivir en castidad conforme a las enseñanzas de Cristo y Su Iglesia. Así que, por un momento, me gustaría tomar distancia de las guerras culturales para ver las cosas desde la perspectiva de estos valientes hombres y mujeres, con quienes creo que tenemos una deuda significativa. 

La sexualidad es parte importante de nuestra identidad como personas. Con ello me refiero básicamente a la cuestión de si somos hombres o mujeres, que es parte de la definición central de quiénes somos. No quiero decir que, en tal sentido, nuestras inclinaciones sexuales sean parte de nuestra autodefinición. Por profundas que sean, las inclinaciones no nos definen por la sencilla razón de que podemos controlarlas. Por ejemplo, no puedo cambiar el hecho de ser varón independientemente de cuánto dominio tenga sobre mí mismo, pero puedo controlar en gran medida cómo se expresa mi masculinidad; e incluso a través del tiempo puedo modificar el grado en que estoy sujeto a las tentaciones que típicamente afectan a los varones. Sí, mis inclinaciones son parte de mí. Pero ellas no me definen. 

Al mismo tiempo, las inclinaciones sexuales tienen un papel muy importante en nuestra vida porque están muy estrechamente relacionadas con nuestra identidad central. El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa muy bien en el número 2332: «La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro».1 El Catecismo continúa diciendo que deberíamos «reconocer y aceptar» nuestra «identidad sexual» –es decir, nuestra masculinidad o feminidad: 

La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos. (2333) 

 

La prueba y la cruz 

Para una abrumadora mayoría de hombres y de mujeres, uno de los proyectos morales, espirituales y psicológicos más importantes de la vida es integrar, controlar y canalizar un amplio conjunto de inclinaciones sexuales que calcen esencialmente en este modelo natural, este modelo de complementariedad y apoyo mutuo entre el hombre  y la mujer. Algunos podrían negar voluntariamente la expresión física directa de esta complementariedad, adoptando la virginidad en aras del Reino; otros podrían hacerlo por no tener la oportunidad de casarse y desean ser castos. Claramente, ambas situaciones pueden ser desafiantes y la aceptación de un estado involuntario de soltería puede ser una pesada cruz. 

Pero una persona con inclinaciones homosexuales enfrenta un desafío incluso mayor. Él o ella no debe simplemente integrar, controlar y canalizar inclinaciones sexuales, sino que debe negarlas en su totalidad, no solo en su expresión física, sino también en un rango de afectividad mucho más amplio, que está condicionado incluso en aspectos menores por la interacción sexual: un interés mayor, un sentido del romance, una ternura especial. Es cierto que un sacerdote célibe debe tener mucho cuidado con lo que podríamos llamar afectividad con matices sexuales, bajo la teoría completamente razonable de que una cosa lleva a la otra. Pero la persona con inclinaciones homosexuales persistentes debe suprimir o reorientar tales inclinaciones en un grado aún mayor. Este es un desafío enorme. 

Imaginemos ahora a tal persona en una cultura que presiona a toda máquina en favor de adoptar, aprobar e incluso glorificar esta misma afectividad que Cristo llama a suprimir o redirigir. Y, finalmente, consideremos a este hombre (o esta mujer) en una subcultura de castidad en la que debe constantemente escuchar argumentos en contra de los puntos de vista homosexuales (es decir, los de quienes abogan por un estilo de vida específicamente homosexual), argumentos que a veces se expresan torpemente, de maneras que en general denigran a los "homosexuales" y que, aunque no fuesen torpes, le hacen mantener sus conflictuadas inclinaciones sexuales siempre en mente. En esta subcultura de la castidad –con suerte una subcultura cristiana– otros quizás hallen alivio a una larga y fatigosa preocupación por sus defensas sexuales, pero él (o ella) no. 

¿Quién de nosotros, en nuestro más descomunal vuelo de piedad sacrificial, imploraría a Dios por esta cruz en particular? 

 

Percepción y desorden 

En un espacio cultural vacío, debería ser relativamente fácil entender de modo intelectual que las inclinaciones homosexuales están desordenadas. Debería quedar bastante claro que las facultades sexuales están ordenadas tanto naturalmente para la propagación y preservación de la especie como están sobrenaturalmente ordenadas para una especie de unión entre el hombre, la mujer y el niño, la cual refleja la fecundidad esencial del amor Divino. Cuando uno se percata de que las propias inclinaciones sexuales no tienden hacia este tipo de unión y de fecundidad –o siquiera a esta capacidad de reproducción– entonces uno puede percibir un definitivo desorden en tales inclinaciones. Podría haber algo que uno pueda hacer para modificarlas; podrían ser un conjunto muy confuso de inclinaciones vinculadas con experiencias o hábitos del pasado y, de tal modo, capaces de cambiar a medida que uno se reconcilia con dichas experiencias o hábitos. O podría no haber forma alguna de eliminar las inclinaciones. No obstante, se puede captar intelectualmente que están desordenadas. 

Pero estamos deprimidos, y nuestro intelecto está oscuro, y las ideas predominantes de la cultura que nos rodea a menudo lo oscurecen aún más. Puede ser muy difícil ver lo que debería ser obvio. En nuestra propia cultura, la sexualidad se enfoca comúnmente desde el punto de vista del placer inmediato que puede proporcionar; por lo general, se ignoran sus significados más profundos y consecuencias de más largo plazo. La mayoría de las personas se sumerge en un estilo de vida basado en esta comprensión relativamente superficial de la sexualidad a través de la práctica de la anticoncepción, que distorsiona la naturaleza de la sexualidad y parece permitir una definición más ligera. Por eso, al tratar el asunto de la anticoncepción dentro del matrimonio, el Catecismo cita la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (Sobre la Familia) de Juan Pablo II: 

«Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal. [...] Esta diferencia antropológica y moral entre la anticoncepción y el recurso a los ritmos periódicos implica [...] dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí» (Cat 2370; FC 32)

Una cultura basada en la premisa de que el sentido de la sexualidad se agota por su capacidad de manipularse para el placer inmediato no se presta a juicios intelectuales informados sobre lo que está desordenado o no. La pregunta simplemente no surge. Nuestra cultura, por lo tanto, es una barrera enorme a la auto-comprensión de todos los hombres y las mujeres; y pone obstáculos particulares en los caminos de quienes intentan comprender, modificar o al menos vivir en paz respecto de sus inclinaciones hacia otras personas del mismo sexo. 

 

Alcance afectivo 

Aquellos de nosotros cuya afectividad humana no se vuelve fundamentalmente problemática por el desorden de las inclinaciones homosexuales podríamos hallar difícil percibir cuán profundamente y qué tan extensamente nuestra afectividad influye en nuestras vidas y en todas nuestras relaciones. Todos debemos aprender a controlar lo que nos gusta y lo que no nos gusta, nuestras reacciones emocionales, nuestra tendencia a favorecer a algunas personas e ignorar a otras, la forma en que hacemos cumplidos, la cantidad de galanteo que es aceptable y el grado en que permitimos que las atracciones que son al menos parcialmente sexuales maticen nuestro comportamiento. También suavizando los bordes ásperos, ejercitando la moderación, adaptándonos a la situación, aprendemos a dar forma de varias maneras a la expresión de nuestra masculinidad o feminidad. 

Para aquellos con una afectividad heterosexual apropiadamente ordenada, hay en la interacción entre el hombre y la mujer un deleite subconsciente general, una sensación de diferencia y complementariedad y un misterio gozoso. En las ocasiones en que actuamos de manera inapropiada, las consecuencias pueden ser desagradables, pero generalmente son comprendidos tanto nuestro alcance como nuestros errores afectivos. Es posible que tengamos que aprender a comportarnos de manera diferente –para guiar y canalizar nuestra afectividad de manera más adecuada y más productiva– pero no tenemos que desconfiar de su orientación básica, rechazarla ni modificarla. Aunque nuestra sexualidad da un cariz e influye en gran parte o en la mayoría de lo que hacemos, nada hay en ella que debamos fundamentalmente cuestionar o poner en duda. 

Este no es el caso para aquellos cuya afectividad está persistentemente imbuida de inclinaciones homosexuales. Las atracciones que ellos encuentran naturales, misteriosas o incluso estimulantes serán percibidas por la mayoría de las personas como inexplicables o hasta repulsivas. Si uno busca consuelo y solaz en compañía de la pequeña minoría que comparte estas atracciones, los peligros son obvios. Sin embargo, no hacerlo puede forzarle a cuestionar su propia afectividad en casi todos los niveles. ¿Por qué en lo que siento y en cómo interactúo con otros hay tanto que está imbuido en un patrón sexual que otros no pueden entender y que es probable que rechacen violentamente? ¿Toda mi perspectiva, mi actitud completa hacia la vida y el amor están fundamentalmente quebrados? ¿Soy, por lo tanto, incapaz de amar?  ¿Soy incluso indigno de ello? 

¿Soy indigno? Si nuestra propia afectividad es incierta, ¿cómo puede no surgir esta pregunta? No deseo exagerar el problema. A pesar de que cada dificultad humana puede catalogarse dentro de alguna clasificación, todas las dificultades siguen siendo sobre todo personales. La profundidad y la consistencia de nuestros sentimientos son muy personales, y seguramente diferentes personas experimentarán el problema de las inclinaciones homosexuales de diferentes maneras, en diferentes grados, y con mayor o menor impacto en las cuestiones más amplias acerca de su integridad y su valor fundamental como personas humanas. En general, sin embargo, parece justo decir que la pregunta por la autoestima debe emerger cada vez que se cuestione la naturaleza fundamental de la propia afectividad. Por lo tanto, con esta cruz en particular, es muy probable que la pregunta emerja. 

 

Afirmación misión  

Algunos maravillosos seguidores de CatholicCulture.org me han escrito sobre esto, compartiendo algunas de sus pruebas, sus luchas, sus esperanzas y su fe.  Para mí, esto ha sido inspirador y a partir de estos intercambios estoy aún más convencido de que cada vez que surgen preguntas devastadoras en la mente y el corazón de cualquier persona con inclinaciones homosexuales persistentes, estas preguntas deben responderse decisivamente –y sin un instante de titubeo– de una manera que afirme a la persona como alguien tan amado por Dios como para haber sido encargado de una misión especial. 

La tradición católica es rica en comprender a almas víctimas, aquellas que parecen haber sido puestas en esta tierra principalmente para sufrir físicamente, tal vez estando enfermas o incluso paralizadas durante toda su vida, pero que abrazan una misión de amor por las almas y crecen en unión intensa y fructífera con Dios. Todos nosotros, por supuesto, somos almas víctimas de modo menor en tanto cada uno de nosotros tiene sus propias cruces, que a su vez son otras tantas oportunidades de crecimiento espiritual y cooperación con Cristo: «En mi carne», dice San Pablo, «completo (en mi carne) lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia», (Col 1:24). Todos debemos hacer de igual manera, si somos cristianos, y debemos alegrarnos ante esta oportunidad. Sin embargo, está claro que algunas almas son elegidas para una misión particularmente obvia de sufrimiento redentor. 

Todos sufrimos por deficiencias, defectos y desórdenes en nuestra naturaleza humana como resultado de la Caída, pero ninguna deficiencia, defecto o desorden llega a cualquiera de nosotros por casualidad. En todos los casos, entonces, estas cosas son cruces que debemos asumir para nuestro propio bien y el bien de los demás. Y en algunos casos, la deficiencia, defecto o trastorno en particular brinda una oportunidad señalada. Es una oportunidad para cargar la cruz como testigo de un aspecto particular de la vida cristiana que necesita fortalecerse para que las almas crezcan y prosperen en el amor de Dios. 

Ahora bien, algunas personas podrían descubrir que pueden liberarse de las inclinaciones homosexuales mediante un cambio en su estilo de vida, mediante terapia y mediante la oración. Pero está igualmente claro que, mientras estén afligidos por este desorden, están llamados a ser castos. Volvamos a tener en cuenta el Catecismo

Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana. (2359) 

Pero téngase en cuenta que algo precioso se deriva de esto. Las personas homosexuales, por la misma naturaleza de su cruz particular, deben elevar la castidad a una altura especial, encarando no solo la tentación física sino también la amplia gama de su propia afectividad humana. De esto se deduce que, aquellos que deben sufrir este desorden a lo largo de sus vidas, han sido elegidos por Dios para dar un testimonio particular y exaltado de la virtud de la castidad. Esta es una vocación tan hermosa como ardua, y es dudoso que se pueda sobreestimar su importancia para nuestra época saturada de sexo. 

Uno debe ser cauteloso con el uso de términos únicos para describir a alguien, ya que tales términos oscurecen más de lo que aclaran, en tanto minimizan la rica diversidad de la personalidad humana. Pero aquí usaré el término llano por primera y única vez en este ensayo: el homosexual está llamado a ser un testigo especial y extraordinario del triunfo del amor sobre el sentimiento. Hay en esto, creo, una analogía de la noche oscura del alma. Es el Amor Mismo quien llama al homosexual, tal vez en un tipo especial de oscuridad, y es solo en el Amor –y no en el sentimiento- que en su despertar él traerá muchas almas al cielo. 


Jeffrey Mirus tiene un Ph.D. en Historia Intelectual por la Universidad de Princeton. Es uno de los co-fundadores de Christendom College, y también fue pionero en los servicios católicos por Internet. Es el fundador de Trinity Communications y CatholicCulture.org  
Este artículo fue publicado originalmente  www.CatholicCulture.org bajo el título “Homosexuality: a especial call to the love of God and man”  y fue traducido por el equipo de Courage International Si tiene alguna pregunta, nos puede escribir a: oficina@couragerc.org