«Catequesis sobre la homosexualidad: Hagamos las distinciones »

Author: William Newton 

Catequesis sobre la homosexualidad: Hagamos las distinciones  

 

William Newton ayuda a catequistas a pensar en categorías que se necesitan utilizar para presentar la comprensión que tiene la Iglesia sobre la homosexualidad y las uniones del mismo sexo. 

 
Al transmitir la fe o al ayudar a las personas a profundizar en la comprensión de ésta, es evidente que se debe abordar la visión de la Iglesia sobre la sexualidad humana. Tal catequesis tiene como primer objetivo exaltar las bendiciones de la sexualidad, especialmente en su relación con el matrimonio; pero, como nos dice la Iglesia, debería «proporcionar un contexto óptimo dentro del cual se pueda tratar también la cuestión de la homosexualidad».  

Además del comprensible temor de tocar este tema, dada la cargada atmósfera que en la actualidad lo rodea, también existe la dificultad de que los argumentos involucrados tengan cierta complejidad. Intentaré aquí desentrañar algunos de los argumentos de la Iglesia de tal manera que sean claros y, espero, comunicables. La clave para esto, me parece, es tener claridad sobre un conjunto de tres distinciones. Una vez que se hayan entendido, la convincente lógica de la posición de la Iglesia sale a la luz. Las tres distinciones son: la distinción entre acto, inclinación y persona; entre tolerancia y promoción; y entre el bien privado y el bien común. 
 

 

Acto, Inclinación y Persona 

La distinción entre actos homosexuales, inclinación homosexual y la persona que es homosexual es crucial para hacer una verdadera y justa evaluación moral de la homosexualidad. Debemos mantener unidas tres verdades: primera, los actos homosexuales son objetivamente pecaminosos; segunda, la inclinación homosexual es desordenada, pero no objetivamente pecaminosa; y, tercera, toda discriminación injusta contra personas homosexuales debe ser condenada. 

La parte más delicada y difícil de presentar las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad es explicar por qué la Iglesia no puede aprobar el sexo homosexual. Esto es difícil porque la sociedad moderna no entiende el significado del sexo y punto. El sexo homosexual es incorrecto, según la Iglesia, porque no puede alcanzar el objetivo de las relaciones sexuales. El primer objetivo del sexo es la procreación. La relación sexual es el uso de nuestra facultad procreadora o generativa. La facultad procreadora, desencadenada en las relaciones sexuales, tiene por objeto la procreación, y utilizarla de un modo que no la respete es hacer mal uso de ella. Este axioma se aplica a todas las facultades que están bajo nuestro control. Así, por ejemplo, podemos usar nuestra facultad de comunicación para comunicar la verdad o para engañar: el primero es un buen uso; el otro es un uso indebido. De hecho, se le atribuye una responsabilidad especial a la facultad de procreación porque en esta facultad Dios está más involucrado que en cualquier otra. Para que la facultad procreadora alcance su propósito, Dios debe intervenir o cooperar con la pareja de una manera especial, es decir, infundir el alma inmortal que proviene únicamente de Él. Se podría decir que Él tiene un interés especial en el uso de esta facultad y, por lo tanto, nosotros tenemos una obligación especial. Esto se aplica a otros posibles usos indebidos de nuestra facultad procreadora, como la masturbación o el sexo heterosexual esterilizado, y no solo a la homosexualidad. Las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad no son enseñanzas especiales sino una continuación de lo que ella dice sobre el significado del sexo en general. En realidad, no es sorprendente que tanta gente no comprenda la oposición de la Iglesia al sexo homosexual, porque la cultura de la anticoncepción ha cortado toda conexión entre el sexo y la procreación en la mente de la mayoría de personas. 

El segundo objetivo del sexo es la comunión. Aquí hay más terreno común, tal parece, entre la Iglesia y la sociedad moderna, ya que ambas podrían estar de acuerdo (quizás usando diferentes palabras) en que el sexo se trata de la donación de uno mismo y la unión. Pero incluso aquí, si escarbamos bajo la superficie, hay una diferencia profunda. La diferencia es que la Iglesia niega que el sexo homosexual pueda ser un momento auténtico de entrega personal y unidad, porque el dar y recibir que es parte de la relación sexual y la comunión sexual presupone la diferencia sexual. En las relaciones sexuales, la comunión personal se logra por medio de una comunión física, ya que el cuerpo es parte integral de la persona. Entonces, donde no hay verdadera unión corporal -un volverse “una sola carne”- no hay unión personal. Más aun, parte del don de sí mismo en las relaciones sexuales es la ofrenda única de la facultad procreadora de la mujer hacia el hombre y viceversa. En ninguno de los casos pueden personas del mismo sexo alcanzar este don y esta unión por medio del sexo. 

La Sagrada Escritura es clara en su condena del sexo homosexual, y para algunos esto es suficiente y decisivo (Lv. 18, 22; 20,13; 1 Cor. 6, 9; 1 Tim. 1, 10). No obstante, es valioso preguntar por qué la Biblia lo condena. La Iglesia señala que «elegir a alguien del mismo sexo para la propia actividad sexual es anular el rico simbolismo y significado . . . del diseño sexual del Creador». Este «rico simbolismo» está en el corazón de la autorrevelación de Dios al ser humano, ya que la sexualidad humana, y más aún la diferencia sexual, es quizás la forma que Dios ha elegido para revelar su relación con la humanidad: en la Antigua Alianza, Dios se revela como el esposo celoso de Israel, su novia infiel (véase Oseas 1, 3; Jer. 2). En el Nuevo Testamento, Dios convertido en hombre se revela a sí mismo como este mismo Novio (véase Jn 3, 29; Mc. 2,19, Rev. 19,7; 9). Además, una reflexión más profunda de los relatos bíblicos de la creación ha llevado a un reconocimiento creciente de que la diferencia sexual es parte constitutiva de lo que significa ser creado a imagen de Dios (Gn 1, 27). Este es un punto central de la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II. Las implicaciones de esta verdad y una más clara articulación de su significado para la homosexualidad son objeto de intenso estudio teológico.  

Al hacer una justa evaluación moral del sexo homosexual, debe recordarse que aunque estos actos siempre son pecaminosos objetivamente, no son censurables en lo personal cuando el individuo desconoce sinceramente la naturaleza desordenada de los mismos. ¡Por supuesto, esto no significa que se deba dejar a la gente en la ignorancia! La vida moral es más que evitar el pecado; es un llamado a la madurez humana. Y esto solo se logra al adoptar lo que es verdaderamente bueno. 

Finalmente, vale la pena recordar que el pecado sexual no es el peor tipo de pecado. De hecho, dado que los pecados pueden clasificarse en gravedad según la virtud a la que se oponen, y dado que la templanza es la más baja de las virtudes cardinales, los pecados contra la templanza (incluidos los pecados sexuales) son menos graves que aquellos contra la justicia, como son el robo y la mentira: «la moralidad sexual, por lo tanto, no es la única ni la principal cuestión moral que involucra a la persona». Si ello es así, ¿por qué la Iglesia está tan «enganchada» con el pecado sexual? ¿Por qué no sencillamente seguir las actitudes predominantes en la sociedad occidental y acabamos con toda esta confrontación? La respuesta es que hay más en juego que la cuestión de las diferentes formas de sexo: hay en juego profundas verdades antropológicas. La sexualidad humana, inscrita como está en la naturaleza humana, está destinada a revelar a cada varón y mujer su vocación de donación de sí mismo, de comunión y de fecundidad. Un error sobre el significado de la sexualidad es un error sobre el propósito de la vida.  

Pasando ahora de los actos homosexuales a la inclinación homosexual, el Catecismo habla de “tendencias homosexuales profundamente arraigadas” que no son pecaminosas sino “objetivamente desordenadas”. El pecado es algo elegido, algo voluntario. Entonces, la inclinación homosexual, entendida como orientación sexual o atracción hacia el mismo sexo, no puede ser pecado, siempre que no sea elegida o fomentada. Sin embargo, sí puede ser evaluada moralmente; y, en tanto impulsa a la persona a una forma de relación sexual que nunca puede ser buena, debe decirse que está desordenada. 

Por supuesto, los deseos sexuales de una persona heterosexual también pueden ser desordenados, cuando está inclinada hacia la inmoralidad sexual tal como la fornicación o el adulterio. La diferencia, sin embargo, es que la inclinación heterosexual puede encontrar una salida legítima, es decir, una relación sexual matrimonial casta, mientras que la inclinación homosexual no puede. Lo que es lo mismo, sin embargo, es que los deseos que surgen de la orientación tanto heterosexual como homosexual necesitan ser puestos bajo el control de la razón, mediante la virtud de la castidad. En este sentido, la Iglesia no está imponiendo a las personas homosexuales ninguna exigencia que no aplique del mismo modo a los heterosexuales. Lo que definitivamente se debe evitar es la actitud degradante de que los impulsos sexuales sean tan fuertes en las personas al punto de que éstas no puedan controlarse sexualmente. Decir eso es no reconocer «la libertad fundamental que caracteriza a la persona humana y le da su dignidad»; una dignidad que debe «reconocerse como perteneciente también a la persona homosexual». La Iglesia (sola) defiende la dignidad de las personas homosexuales invitándolas a la castidad. 

Cabe señalar que el Catecismo dice que esta inclinación a menudo está profundamente arraigada. Esto no es lo mismo que decir que la inclinación sea innata. Decir que es innata significaría que una persona nació con ella y que es parte de su constitución personal. Tal vez sea cierto que hay factores fisiológicos que hacen que sea más probable que una persona vaya a experimentar tendencias homosexuales pero, aun así, mucho depende de las experiencias del individuo, especialmente en la infancia. El molde no está definido al momento de la concepción, y esto también significa que no se trata de una característica tan marcada en una persona como para que nunca se pueda cambiar. Si una inclinación homosexual fuera parte de la identidad personal de un individuo, entonces, decir que está desordenada sería decir que la persona estaba corrompida en su fondo mismo. Además, en tales casos, negarle a una persona el derecho al sexo homosexual equivaldría a negarle el derecho a la realización personal. 

 

 

Tolerancia y Promoción 

Si consideramos de qué modo podría una sociedad tratar la cuestión de la homosexualidad, hay una gama de posibilidades. En un extremo está la criminalización del sexo homosexual; en el otro, hacer que la unión homosexual sea equivalente al matrimonio. En medio de esto –entre la criminalización y la equivalencia- está la tolerancia, leyes que prohíben la discriminación por la orientación sexual y, finalmente, otorgar a las parejas homosexuales un estado legal,  que de alguna manera todavía sería inferior al estado del matrimonio. 

Dada la valoración moral negativa de la Iglesia sobre el sexo homosexual, la primera pregunta que surge es ¿debería éste ser un delito penal? La respuesta es no, no necesariamente. La Iglesia acepta la posibilidad de una política de tolerancia. El principio de tolerancia fue expresado claramente hace más de un siglo por León XIII cuando dijo: 

[S]in conceder ningún derecho a nada salvo a lo que es verdadero y honesto, [la Iglesia] . . . no prohíbe a la autoridad pública tolerar lo que es contrario a la verdad y la justicia, con el fin de evitar un mal mayor, o de obtener o preservar un bien mayor. 

Aplicando este principio a la homosexualidad, podríamos argumentar que criminalizar el sexo homosexual quizás acarrearía otros males, como lo hizo en el pasado, como (sic) el chantaje y la incriminación. Además, la tolerancia (y, por tanto, la despenalización del sexo homosexual) podría ayudar a preservar «un bien mayor», es decir, el carácter correcto del Estado que, en general, no debería preocuparse demasiado por la vida privada de las personas. Para decirlo de otra manera, la ley civil es más estrecha que la ley moral; y no es apropiado ni saludable que el Estado promulgue leyes que prohíban cada cosa que la ley moral prohíbe. Si lo hiciera, el Estado sería intolerablemente intrusivo en la vida de las personas. Por lo tanto, no hay leyes civiles contra la masturbación o la fornicación a pesar de que éstas, como el sexo homosexual, son inmorales. 

Sin embargo, la Iglesia es clara: la tolerancia nunca debe convertirse en promoción de lo que está mal. Aquí, entonces, la Iglesia toma distancia de una interpretación más vaga de la tolerancia. Tolerancia, en verdad, significa dejar estos actos privados en privado; y esto requiere una cierta vigilancia, a menos que la tolerancia se torne silenciosamente en promoción. Por lo tanto, la tolerancia no significa tratar el sexo homosexual como equivalente al sexo heterosexual y, por ejemplo, permitir (y mucho menos alentar) que las escuelas enseñen esto como parte de su plan de estudios. Eso sería promoción, no tolerancia, según lo entiende la Iglesia. 

Como hemos señalado, entre la tolerancia y hacer que las uniones homosexuales sean equivalentes al matrimonio, está la cuestión de las leyes contra la discriminación. ¿Qué podemos decir sobre éstas? ¿Podría un cristiano dueño de un hotel negarse a aceptar huéspedes abiertamente homosexuales en su hotel? ¿Es legítimo que una escuela católica considere relevante la orientación sexual de un postulante a una plaza de enseñanza, al evaluar su postulación? 

Claramente, en tanto todos los seres humanos son esencialmente iguales, una persona no debería ser excluida, por ser homosexual, de lo que merece como ser humano, como los servicios de salud, la vivienda o la oportunidad de trabajar. Si fuera realmente el caso que a las personas homosexuales se les impide realizar estos derechos humanos básicos, entonces la ley necesita protegerlos. 

Sin embargo, la legislación antidiscriminatoria que está en marcha actualmente va más allá y otorga derechos exagerados que delatan no tanto una preocupación por las personas sino la promoción de un estilo de vida homosexual. La orientación sexual no es necesariamente «pública», como la raza, la edad y el sexo. Por lo general, no es manifiesta a menos que la persona decida revelarla. Si la orientación sexual fuere a permanecer como asunto privado -como la tolerancia correctamente entendía las demandas-, entonces la necesidad de estas leyes antidiscriminatorias se hace menos evidente, porque un empleador, por ejemplo, no conocería la orientación sexual de un solicitante de empleo, y entonces esto no sería un problema. El hecho es que estas leyes antidiscriminatorias parecen ir de la mano con un deseo de hacer de la homosexualidad un estilo de vida públicamente reconocido y aceptable; en una palabra, de promoverla. 

Pero la sigilosa sospecha permanece. ¿No exige el concepto de derechos humanos estas leyes antidiscriminatorias? Primero, debemos recordar que la edad, el sexo y la raza son diferentes de la orientación homosexual ya que no están desordenados. Por lo tanto, meterlos en el mismo saco es falso, tal vez engañoso. Además, pese al error común de percepción, los derechos humanos no son absolutos. Estamos tan acostumbrados a hablar sobre la naturaleza inviolable de los derechos humanos, que a veces pasamos esto por alto. Empero, un momento de reflexión nos recordará que la sociedad a menudo limita los derechos de las personas en aras del bien de toda la sociedad: por ejemplo, el derecho de un criminal a la libertad de movimiento está limitado por el encarcelamiento, en aras del bien de la sociedad. Por supuesto, la orientación homosexual no es delito ni necesariamente ha sido elegida, pero es un desorden y en tales casos la sociedad también limita los derechos correctamente; por ejemplo, el derecho de las personas con enfermedades contagiosas a la libre asociación, el derecho de los cortos de vista a conducir vehículos, o el derecho de las personas con discapacidad mental a contraer matrimonio. 

También es importante recordar que los derechos humanos son jerárquicos. El derecho más fundamental es el derecho a la vida, ya que todos los demás derechos lo presuponen. Pero el derecho más elevado es el derecho a la libertad religiosa porque protege la meta final de la vida humana, la comunión con Dios. Por lo tanto, podemos estar seguros de que algo ha ido muy mal en el concepto de los derechos humanos cuando las leyes que otorgan derechos sobre la base de la orientación homosexual socavan el derecho a la libertad religiosa; como es el caso en los anteriores ejemplos del cristiano propietario de un hotel y el de la escuela católica. La libertad religiosa es un gran bien común y los derechos de las personas homosexuales a ciertas formas de empleo o servicios están justamente limitados en estos casos. No es, como algunos denuncian, una concesión mal juzgada hecha por un gobierno indulgente con el voto religioso o agobiado por la presión del lobby religioso. ¡Es el gobierno cumpliendo su obligación civil! 

 

El Bien Común y el Bien Privado 

Esto nos lleva, entonces, al tema final. La razón de la autoridad política, su razón de ser, es la promoción del bien común, no la promoción de bienes privados. Si falla en esto, falla –¡y punto! Ahora bien, la familia construida sobre el matrimonio es absolutamente necesaria para el bien de la sociedad. Solo ella da el contexto para la saludable procreación y educación de los ciudadanos: en palabras del Vaticano II, [ella] es “la célula primera y vital de la sociedad”. Por lo tanto, ¡si el Estado no promueve el matrimonio (y la vida familiar basada en el matrimonio) fracasa en su primer y principal deber! 

Las uniones homosexuales no sirven a la sociedad del mismo modo que el matrimonio. No pueden ser procreativos de forma natural y no tienen la complementariedad sexual necesaria para crear el entorno adecuado para criar a los hijos. Considerar tales uniones como equivalentes al matrimonio es disminuir la especial estima que una sociedad que quiere prosperar debe tener hacia el matrimonio. La ley forma actitudes, como sabemos en el caso del aborto y la eutanasia. Una ley que otorgue la equivalencia a las uniones del mismo sexo comunica que el matrimonio no es nada especial; y las personas, sobre todo los jóvenes, empezarán a relacionarse con él de esta manera. Pero esto es desastroso para la estabilidad de cualquier sociedad. Cuando un gobierno actúa de esta manera, actúa en contra de su propósito y se socava a sí mismo y a la sociedad; «actúa arbitrariamente y en contradicción con sus deberes». 

Al decir que las uniones homosexuales no contribuyen al bien común, la Iglesia no está «persiguiendo» a los homosexuales, pues dice exactamente lo mismo sobre las uniones de facto, más familiarmente conocidas como concubinato. Este tipo de uniones se basa explícitamente en una negativa a asumir el compromiso tan necesario para el bien de los hijos y la estabilidad de la sociedad. Son acuerdos privados que no sirven a la sociedad como el matrimonio y, por tanto, no deberían disfrutar de los beneficios que la sociedad puede ofrecer. Son uniones acordadas solo para el bien privado de los socios y no para el bien común. En consecuencia, estas uniones, igual que las homosexuales, no garantizan la afirmación pública ni sus beneficios.  

Sin embargo, algunos, si bien realmente ven el servicio especial que el matrimonio presta a la sociedad, se problematizan por su percepción de que, al negar a las uniones homosexuales el mismo estatus que tiene el matrimonio, están siendo injustos. ¡Aquí, otra distinción viene en nuestra ayuda! La justicia tiene dos caras, por así decirlo. Por un lado, y esto es con lo que estamos más familiarizados, exige que tratemos de igual manera las cosas iguales. La otra cara es que la justicia también exige que tratemos las cosas diferentes de manera diferente. Así, claramente, si el matrimonio contribuye de modo único a la sociedad, entonces tratar como equivalentes a otras cosas que no contribuyen del mismo modo es una injusticia para con el matrimonio. 

 

 

Conclusión 

¿Cuál es entonces el deber que corresponde a los fieles en esta área? En primer lugar, es el de explicar paciente y humildemente -dentro y fuera de temporada (2 Tim 4,2)- por qué la Iglesia enseña lo que enseña sobre la sexualidad humana. Esto significa entender las importantes distinciones que aquí he tratado de explicar. El meollo del asunto es comunicar que la sexualidad humana, entendida como la facultad de ser progenitor, se nos da necesariamente para el bien común. Es un fenómeno curioso (podría decirse una paradoja) que, a medida que el sexo se vuelve cada vez menos un tema tabú, en tanto sale cada vez más de la privacidad del dormitorio y entra en la esfera pública, ¡se vuelve cada vez más un asunto privado! La sexualidad ha perdido su orientación hacia el otro, en especial su relación con la sociedad y con Dios. La sexualidad se ve cada vez más, solo en términos de preferencia y satisfacción personales. Explicar la “dimensión social del sexo” es decisivo. Lo segundo que hay que hacer, especialmente dada la dificultad de lograr en el clima actual que alguien escuche esta verdad, es vivir esta verdad en alegría y generosidad. Las parejas y familias cristianas deben demostrar la belleza y la alegría de esta enseñanza. Para resucitar el significado original de la palabra, necesitan ser más alegres [«gay»]1 que otros. 


NOTAS  

  1. 1. CongregationFor The Doctrine Of The Faith, Letter To The Bishops Of The Catholic Church On The Pastoral Care Of Homosexual Persons, 17.  
  2. 2.Lo queaquí tengo que decir se puede encontrar expresado en forma directa y clara por el Magisterio de la Iglesia. Las fuentes más importantes son: Catechism of the Catholic Church (2357-2359) and three documents from the Congregation for the Doctrine of the Faith, namely: Declaration On Certain Questions Concerning Sexual Ethics, Persona Humana, (29 diciembre 1975); Letter To The Bishops Of The Catholic Church On The Pastoral Care of Homosexual Persons, Homosexualitatis Problema (1 octubre 1986); Some Considerations Concerning The Response To Legislative Proposals On Non-Discrimination Of Homosexual Persons (23 julio 1992), y; Considerations Regarding Proposals To Give Legal Recognition To Unions Between Homosexual Persons (31 julio 2003).  
  3. 3.LivioMelina, ‘Homosexual Inclination As An ‘Objective Disorder’: Reflections Of Theological Anthropology,’ Communio 25 (Primavera 1998).  
  4. 4.‘[A]ccordingto the objective moral order, homosexual relations are acts which lack an essential and indispensable finality’ (Congregation for the Doctrine of the Faith, Persona Humana, 8); ‘They close the sexual act to the gift of life’ (CCC 2357).  
  5. 5.Livio Melina,‘Moral Criteria For Evaluating Homosexuality,’ L’Osservatore Romano (edición en inglés), 11 de junio,   
  6. 6.CongregationFor The Doctrine Of The Faith, Letter To The Bishops Of The Catholic Church On The Pastoral Care Of Homosexual Persons, 7.  
  7. 7.Ver:Angelo Scola, The Nuptial Mystery, traduc. Michelle Borras, (Cambridge: William B. Eerdmans, 2005), 12.  
  8. 8.Juan PabloII, Veritatis Splendor, 63.  

9.Arzobispo Dionigi Teltamanzi, ‘Homosexuality In The Context Of Christian Anthropology,’ en L’Osservatore Romano (edición en inglés), 12 marzo 1997.  

  1. 10.CCC, 2358. 
  2. 11.CongregationFor The Doctrine Of The FaithLetter To The Bishops Of The Catholic Church On The Pastoral Care Of Homosexual Persons, 11.  
  3. 12.Las primeras ediciones del Catecismo en inglés (1992) usaron la palabra “innato”, pero esto fue cambiado a “profundamente arraigado” (profunde radicatas) en la edición oficial en latín de 1997. 
  4. 13.Jeffery Keefe,‘Key Aspects Of Homosexuality,’ en The Truth About Homosexuality, (San Francisco: Igantius Press, 1996), 31-67.  
  5. 14.A la luz del hecho de que la tendencia homosexual es profunda pero no innata, el término “persona homosexual” es bastante desafortunado, ya que las personas solo podrían ser homosexuales si la tendencia fuese innata. Por supuesto, incluso la palabra homosexual es engañosa, ya que implica que la sexualidad es neutral y se puede realizar en una de las dos formas igualmente válidas, expresadas por losprefijos hetero- u homo-.  
  6. 15.LeónXIII, Libertas Praestantissimum, 33.  
  7. 16.Juan PabloII, Evangelium Vitae, 71.  
  8. 17.Esto no quiere decir que un gobierno no puedapromulgar leyes sobre moralidad sexual. La pregunta que debe hacerse es si la moralidad en cuestión toca el bien común. Entonces, por ejemplo, en algunos Estados el adulterio es ilegal porque, con cierta razón, se considera un comportamiento antisocial. No obstante, un Estado puede decidir legítimamente que el sexo homosexual no es de por sí un asunto de interés público. Por lo tanto, podría despenalizarse y tolerarse. 
  9. 18.CongregationFor The Doctrine of the FaithSome Considerations Concerning the Response to Legislative Proposals on Non-discrimination of Homosexual Persons, 13-14.  
  10. 19.Congregation for the Doctrine of the Faith, Some Considerations Concerning the Response to Legislative Proposals on Non-discrimination of Homosexual Persons,  
  11. 20.Juan Pablo II,Centesimus Annus, 47.  
  12. 21.VaticanoII, Gaudium et Spes, 74.  
  13. 22.VaticanoII, Apostolicam Actuositatem, 11.  
  14. 23.Congregation for the Doctrine of the Faith, Some Considerations ConcerningThe Response To Legislative Proposals On Non-discrimination of Homosexual Persons,   
  15. 24.Pontifical Council for the Family, Marriage, Family, and ‘De Facto’ Unions.  

El Dr. William Newton es Profesor Asistente en el International Theological Institute, en Viena. Es también miembro de la facultad de Maryvale Institute, donde enseña en el programa de matrimonio y familia.  
 
Este artículo fue publicado originalmente en el sitio web Truth and Love bajo el título “Catechesis on Homosexuality: making the distinctions”.  Fue traducido por el equipo de Courage International.  Si tiene alguna preguntapuede escribirnos a: oficina@couragerc.org