El testamento espiritual de Benedicto XVI: luces para la vida espiritual

El testamento espiritual de Benedicto XVI:
luces para la vida espiritual

Por Lícia Pereira de Oliveira, f.m.r*

 

El 31 de diciembre del 2022 el mundo recibió la noticia de la muerte de Benedicto XVI. Las reacciones fueron variadas, la mayoría de ellas expresaba pesar y gratitud por el bien que Joseph Ratzinger/Benedicto XVI hizo a la Iglesia, y se resaltó especialmente el importantísimo legado teológico que él ha dejado. Algunos han llegado a afirmar que él es en el siglo XX lo que Tomás de Aquino fue en el siglo XIII: un gran maestro en la fe.  

Mucho se puede escribir sobre el pensamiento teológico y espiritual de este querido Pontífice, pero no es el caso de hacer reflexiones teológicas, lo que quisiera evidenciar, aunque sumariamente, es el talante espiritual de Joseph Ratzinger comentando su testamento espiritual. El texto, breve y sencillo, nos estimula a cultivar dos virtudes: la gratitud y la fe.  

El testamento del papa Ratzinger revela un corazón profundamente agradecido a Dios, fuente última de nuestra vida y libertad y, por ello, digno de toda nuestra gratitud y reconocimiento, “pues la percepción de la grandeza de Dios y de su magnificencia lleva a reconocer que todo lo que el ser humano es y tiene, lo ha recibido de Dios, e impulsa, en consecuencia, a dirigir el espíritu hacia Dios para reconocer y agradecerle sus beneficios”[1]

Como no podía dejar de ser, el primer destinatario de su acción de gracias es Dios: “Ante todo, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me ha dado la vida y me ha guiado en diversos momentos de confusión; siempre me ha levantado cuando empezaba a resbalar y siempre me ha devuelto la luz de su semblante”[2]

Luego, el papa agradece a todos los miembros de su familia y lo hace por cosas muy concretas: al padre por su “clara fe”, a la madre por su profunda devoción y gran bondad, a la hermana por el afectuoso cuidado que tuvo para con él durante toda su vida y a su hermano por “la claridad de su juicio, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón”[3]. De todo ello, el papa sacó lecciones preciosas para su vida. A todos sus amigos, profesores y alumnos, Benedicto les agradece encomendándolos a la bondad divina. El papa emérito también da gracias al Señor por sus raíces: “quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Prealpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe”[4]. Finalmente, eleva su acción de gracias por todo lo sucedido en su vida: “doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.”[5] ¡Ninguna realidad quedó fuera de su oración! 

Sobre la virtud de la fe, en el último párrafo de su texto, el Papa hace una apasionada exhortación a toda la Iglesia: ¡Manténganse firmes en la fe![6] Después de enumerar brevemente algunas teorías que colocaron en riesgo la pureza de la fe, Benedicto, como auténtico maestro de la vida cristiana, nos ofrece una enseñanza cargada de esperanza: “He visto y veo cómo de la confusión de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe”[7].  

Finalmente, no se puede dejar pasar desapercebidas dos líneas de su testamento. La primera es un pedido de perdón a todos lo que de alguna forma ha ofendido y la segunda es un pedido de oraciones: “Por último, pido humildemente: recen por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados y defectos, me reciba en la morada eterna. A todos los que me han sido confiados, van mis oraciones de todo corazón, día a día.”[8] 

Como ya fue mencionado, el testamento espiritual es un texto corto y sencillo. Esta sencillez, que en cierto sentido contrasta con la envergadura intelectual del papa, revela un corazón humilde, agradecido, afable y contento, que es lo que verdaderamente importa en la vida del cristiano. ¡Vale mucho la pena leerlo!  


Referencias:

[1] ILLANES, J.L., Tratado de teología espiritual, EUNSA, Navarra, 2007, p. 446.
[2] BENEDICTO XVI, Testamento espiritual, en https://bit.ly/3wtG660, 26 de agosto de 2006.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] Ibid.
[6] Ibid.
[7] Ibid.
[8] Ibid.


* Lícia Pereira es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y en este momento reside con su comunidad en Brasil.


Haciendo espacio en el corazón para que nazca Jesús en él 

Haciendo espacio en el corazón para que nazca Jesús en él 

Lícia Pereira*

Los cristianos ya estamos disponiéndonos para la Navidad y con el Adviento, la Iglesia nos prepara para que el Hijo de Dios, hecho niño en el seno de la Virgen María nazca espiritualmente en nuestros corazones.Por medio de la liturgia, especialmente con las lecturas de la Misa, de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción y de las novenas, vamos penetrando progresivamente en este misterio. A ello se suma un cambio en el ambiente: las luces, los árboles adornados, los ornamentos navideños y los pesebres; las canciones navideñas y el consumo de las comidas típicas de este tiempo, son señales de que hay “algo en el ambiente”. En muchos lugares del mundo se siente este clima especial, pero ello no significa que las personas, cristianos incluso, estén preparándose interiormente, pues no todos perciben el sentido más profundo y los alcances de la Navidad: el recuerdo del Nacimiento de Jesús, nuestro Salvador y Reconciliador.

Pero también es verdad que muchos cristianos quieren vivir bien esta Fiesta. Ellos son conscientes de que el centro de la Navidad es Jesús y buscan aprovechar todo lo que ayude a celebrar este Misterio. Sin embargo, al mismo tiempo, tienen la sensación de que el solo deseo no es suficiente, y que, por lo tanto, deberían hacer algo más. 

No es posible, y tampoco es la intención, hacer una propuesta de actividades espirituales orientadas a la preparación para la Navidad, pues no todos, por diversas razones, pueden dedicar un tiempo de calidad a dichas actividades. Los que lo desean y pueden, deben hacerlo, pero los que desean y no pueden, no crean que es imposible hacer un espacio en el corazón para que el Niño nazca en él.

Quisiera tomar como referencia a Santa Gertrudis de Helfta, una monja benedictina del s. XIII, que, entre otras cosas, daba consejos espirituales a laicos y a religiosas. Gertrudis fue bendecida con una sensibilidad espiritual muy honda, captaba las cosas de Dios y las transmitía a los demás. Una vez, estando en oración, comprendió que Dios se alegra plenamente cuando una persona, aunque no logre tener grandes deseos espirituales, “mantiene la voluntad de tener grandes deseos”, y si esos deseos son elevados, ello significa que de alguna forma la persona está “en presencia de Dios”. Gertrudis dice que Él encuentra su complacencia en habitar en el corazón que tiene la voluntad de desear las cosas del Espíritu [1]. 

Desear, sinceramente, que Jesús se haga presente en el corazón y esforzarse, según lo que se pueda, para que ello suceda, es algo que el Señor mira con ternura y acepta con alegría. En una Navidad, Santa Gertrudis dice que en “aquella noche santísima”, ella “pretendió adentrarse por la meditación” en este Misterio. El fruto de su meditación, según ella misma cuenta, fue infinitamente superior a su empeño. La santa relata que:

a manera de un rayo [de sol] dio a luz la Virgen a su hijo, verdadero Dios y hombre. En un instante me pareció se me ofrecía y recibía en un lugar del corazón un cierto niño como nacido en ese momento, en el que se encontraba oculto el don de la mayor perfección y la dádiva más preciosa… Entonces recibió mi alma cierto conocimiento inefable de aquellas palabras que destilaban dulzura: Dios lo será todo en todas las cosas [2].

No todos tendremos una experiencia similar a la de Gertrudis, pero todos podemos estar seguros de que, si bien debemos abrir el corazón a Dios, pues Él cuenta con nuestra libertad, los frutos de Su presencia exceden toda expectativa y no son relativos a nuestros esfuerzos. El mismo Señor lo confirmó a nuestra santa mientras ella oraba por algunas personas: “En cualquier momento que desde ahora vuelvan [las personas] a mí con corazón puro y voluntad recta y me pidan esa gracia con el más mínimo suspiro o una lágrima, se presentarán ante mí revestidas con la belleza que pediste para ellas en tus oraciones”.[3] 


 

Referencias:

[1] Cf. SANTA GERTRUDIS DE HELFTA, El mensajero de la ternura divina. Tomo I, Libros 1-3, Ed. Monte Carmelo, Burgos, 2013, Libro III, XXX, 34, p. 318-319.
[2] Ibid., Libro II, VI, 2, p. 151-152.
[3] Ibid., Libro III, XXXIV, 2, p. 332


*  es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y en este momento reside con su comunidad en Brasil. 

 


El Rosario: caminando de la mano de María

El Rosario: caminando de la mano de María

Lícia Pereira de Oliveira, f.m.r.*

Sin [la contemplación] el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "cuando oréis no seáis charlatanes como los paganos que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6,7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso que favorezcan en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del Corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza. [1]

El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano. [2]

Las palabras de San Pablo VI y San Juan Pablo II pueden causarnos una cierta extrañeza pues en general identificamos el Rosario con la oración vocal y esta, erróneamente, con una forma superficial de orar, como si esta forma fuera, de por sí, un palabreo vacío. Santa Teresa de Jesús, gran maestra de vida espiritual enseña que toda oración es interior antes que exterior, es mental antes que vocal. [3] Así, lo más importante no es la forma de la oración, sino la actitud interior en el momento de la oración.

Para que tengamos una mayor conciencia de la riqueza del Rosario, vale la pena recordar que ésta es una oración muy completa: si al rezarlo comunitariamente, sobresale la modalidad de oración vocal a causa de la repetición en voz alta y pausada de las palabras evangélicas; si lo rezamos en comunidad o privadamente es una oración que mueve a la meditación, pues cada misterio del Evangelio es una invitación a escuchar la Palabra, acogerla y meditarla en el corazón (cf. Lc 2, 19.51); es una oración bíblica, porque su estructura está basada en los Misterios de la vida de Cristo; es una oración mariana porque recordamos a Cristo con María, comprendemos a Cristo desde María, nos configuramos a Cristo con María, rogamos a Cristo con María y anunciamos a Cristo con María [4] y finalmente, como mencionamos al inicio, el Rosario es una oración contemplativa y tiene a nuestra Madre como modelo de contemplación.

La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7). [5]

Si rezamos el Rosario procurando hacerlos con las mismas disposiciones de la Virgen, la Gracia que el Señor derrama en nuestro corazón podrá dar más frutos y poco a poco, iremos penetrando, con mayor inteligencia espiritual, en la Revelación de Dios y viendo, con los ojos del espíritu, las luces que Él quiere darnos para mejor caminar en nuestra vida de fe.

La oración del Santo Rosario puede, efectivamente, ayudarnos a cultivar una fructífera vida espiritual. Si al rezar la oración que el Señor nos enseñó, logramos rumiar cada una de sus peticiones; si en la repetición litánica de las palabras del Ángel y de Isabel a la Virgen, logramos tener presente el Misterio que ellas evocan y si concluimos cada decena proclamando el Gloria en espíritu de adoración, esta oración tradicional de la Iglesia podrá introducirnos en “la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria”. [6]


Referencias

1. PABLO VI, Carta Apostólica Marialis cultus, 47 en https://bit.ly/3DguAiQ
2. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 5 en https://bit.ly/3TlN9rm (de ahora en adelante RVM).
3. SANTA TERESA DE JESUS, Camino de perfección, 25,3.
4. Cf. RVM, 13-17.
5. RVM, 10.
6. Ibid., 19.

* Lícia Pereira es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y en este momento reside con su comunidad en Brasil.

 


Podemos aprovechar nuestras heridas para crear algo bueno e incluso bello — Testimonio de una madre de EnCourage

Podemos aprovechar nuestras heridas para crear algo bueno e incluso bello
Testimonio de una madre de EnCourage

 

Es un verdadero honor poder compartir nuestra maravillosa experiencia en el apostolado EnCourage. Echando la vista atrás para escribir este testimonio, nos damos cuenta del “antes’”y el “después”en nuestra vida.

El “antes”

Hace tres años, nuestra hija nos dijo que sentía que era bisexual y que, incluso en sus últimos años de adolescencia, no había sentido atracción sexual en absoluto, sino que se veía entablando relaciones, tanto con hombres como con mujeres, en el futuro. En un primer momento, cuando nos compartió esto, pensamos que era solamente una fase de confusión y que pasaría con el tiempo.

Sin embargo, el tiempo pasó y nuestra hija inició una relación con una persona de su mismo sexo. Tenía mucha prisa en hablar de ello y trataba de conseguir que aceptásemos las uniones del mismo sexo. Inevitablemente, sentimos mucha angustia y nos vimos desbordados por la situación. Intentamos leer todos los libros y artículos que pudimos sobre temas como la ideología de género para comprender mejor la situación y encontrar respuestas a nuestro desconsuelo. 

Hoy en día, nuestra hija está menos dispuesta a hablar sobre su atracción y evita cualquier conversación al respecto. Es una mujer muy inteligente y utiliza la racionalidad en todos los aspectos de su vida cotidiana. Sin embargo, en lo que concierne a este esquema ideológico adoptado, ha suspendido toda racionalidad. Nos damos cuenta de que le resulta incómodo hablar de sus nuevas creencias, pero, al mismo tiempo, sentimos la obligación, como padres, de ayudarle, con amor, con el vacío y confusión que experimenta.

Al principio, como madre me sentí impotente y sin recursos. Dado que nuestra parroquia no ofrecía consejería en esta área, decidí recurrir a un psicólogo. Al no encontrar ahí ninguna ayuda, empezó mi desesperación. Por la gracia de Dios, buscando en internet, encontré el sitio web de Courage y para mi gran sorpresa encontré un capítulo cerca de donde vivimos. Llamé de inmediato y Pablo, miembro de Courage, pasó buena parte de la tarde ofreciéndome consuelo, consejo espiritual y aliento. Nunca podré estar lo suficientemente agradecida por aquella conversación. Nos invitó a las reuniones del capítulo.

El “después”

El misterio del plan de Dios para nosotros, en que las circunstancias adversas se convierten en un peregrinar transformador de vidas y corazones, empezó con EnCourage. Todos tenemos nuestras heridas y recuerdos difíciles que pueden afectarnos e incluso atormentarnos. Tenemos la opción de dejarnos consumir por ellos, o podemos aprovecharlos para crear algo bueno, e incluso bello. Sin duda, EnCourage representa la segunda alternativa.

Recibimos una acogida muy calurosa en nuestra primera reunión de EnCourage, donde los miembros del grupo compartieron sus sufrimientos y alegrías con plena sinceridad y franqueza. Los miembros estamos invitados a formar parte de una comunidad más grande en Cristo. EnCourage es un lugar donde podemos escuchar y ser escuchados con compasión y amor, tal y como haría Cristo. Pasito a pasito, estamos aprendiendo a nutrir nuestro crecimiento como cristianos y testigos de las enseñanzas de la Iglesia Católica Romana. Nos estamos esforzando para ser mejores cristianos primero, para poder después dar testimonio, de la misma manera que en un caso de emergencia los pasajeros de un vuelo se ponen sus propias mascarillas de oxígeno primero, para poder después ayudar a otros.

En cada reunión de EnCourage se vive una gran camaradería. Es verdaderamente un lugar donde podemos compartir nuestras dificultades y tribulaciones con otros padres, tíos, abuelos, hermanos y familiares, en general, que viven situaciones similares. También oramos los unos por los otros. Nuestras reuniones empiezan con una oración y una reflexión de la Biblia, guiados por nuestro sacerdote, el capellán de EnCourage. Luego, recordamos las Cinco metas de EnCourage. Después, nuestro líder da la bienvenida a nuevos miembros y nos mantiene en el camino correcto. Comprendemos que nuestra prioridad, sobre todo como padres de hijos con atracción al mismo sexo (AMS), es esperar a nuestros hijos con los brazos abiertos, como hace el padre en la parábola del Hijo Pródigo. En nuestro caso, listos para abrazar a nuestra hija cada vez que vuelve. Con la ayuda de Dios, seremos capaces de entender sus necesidades y los retos que conlleva experimentar AMS. Pero, sobre todo, estamos aprendiendo a poner a Dios en el centro de nuestras vidas, a abrazar nuestras cruces con obediencia, paciencia y perseverancia. Estamos encontrando el regocijo en los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, en la consagración a María, con la oración diaria del rosario y novenas para intenciones particulares y en la Adoración del Santísimo. 

Poco a poco, y no sin algún tropiezo, estamos aprendiendo a vivir estas dos cosas distintas, sin contradicciones: la libertad y la dignidad. Esto se traduce en comprender las elecciones de nuestra hija y al mismo tiempo permanecer fieles a la Verdad. Nuestra intención es siempre mantener una buena relación con ella y, sobre todo, confiar en el plan de Dios para nosotros y para nuestra hija. Con la gracia de Dios, estamos preparados para tener las palabras adecuadas y el amor incondicional para ella cuando regresa a casa o nos llama, y para ayudarla, con el tiempo, a que pueda recuperar su verdadera libertad. Como padres aceptamos que, pase lo que pase, Dios es incesante en su amor y confianza para con nosotros y, por lo tanto, debemos comprometernos a confiar en los demás, especialmente en nuestros hijos.

En el apostolado EnCourage experimentamos la importancia de permanecer al lado de nuestros seres queridos, cuidándoles, de la misma manera que nuestro Señor está siempre a nuestro lado. Es nuestra vocación estar al lado de nuestros hijos para guiarles con claridad y caridad, sin rechazarles ni a ellos ni a la Verdad. Por último, Dios nos allana el camino para acompañar a nuestros hijos con amor y paciencia de la misma forma que Él lo hace, enseñándonos el Camino.

Si vuestra situación es parecida a la nuestra y os encontráis con esta carga, que es difícil de llevar, sabed que resulta una verdadera bendición poder formar parte de un capítulo de EnCourage (¡el nombre no podría ser más adecuado!) Si encontráis un capítulo de EnCourage cerca de vosotros, experimentaréis una comunidad de amor, compasión y espiritualidad. En el capítulo de EnCourage hemos encontrado el abrazo que nuestro Señor y nuestra Madre la Virgen María nos dan a través de la Iglesia. Aquí en España, EnCourage es una gran familia que está creciendo rápidamente, con los cimientos bien fundados para acompañarnos en nuestro peregrinar. Cada reunión que tenemos nos llena de la fortaleza que necesitamos para continuar, con fuerza renovada. Siempre es alentador fijar la fecha para la siguiente reunión, que ya anticipamos con alegría y esperanza.

FM, EnCourage Toledo, España


La virtud de la perseverancia en el combate espiritual


La virtud de la perseverancia en el combate espiritual

Lícia Pereira de Oliveira, f.m.r.*

Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos (1Tm 6,12)

Este versículo de la carta de San Pablo a Timoteo es clásico para indicar un tema importante en la vida del cristiano: el combate espiritual. Pero, ¿qué es el combate espiritual? La expresión puede sonar arcaica a los oídos del hombre moderno, sin embargo, la realidad a la que hace alusión no ha perdido su actualidad. Se trata de la disposición a eliminar todo aquello que es obstáculo para la unión con Dios, para así caminar hacia el fin último de toda persona humana: la Vida Eterna.

La Sagrada Escritura nos habla abundantemente de los obstáculos que el creyente debe superar para perseverar en su fe. San Juan, por ejemplo, en su primera carta aconseja:

No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo (1Jn 2,15-16)

Tras las huellas de la Palabra de Dios, muchos autores espirituales han identificado los tres grandes “enemigos” del cristiano: el Mundo, el Demonio y la Carne. Con esta clasificación dichos autores han querido identificar las fuentes de nuestros actos pecaminosos. La Escritura y en la tradición espiritual cristiana también nos advierten que dichos enemigos están siempre presentes en nuestro caminar. Así San Pedro exhortaba a los cristianos que sufrían por las persecuciones a estar siempre vigilantes y perseverantes en su fe, pues el Enemigo no descansa:

Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos (1Pe 5,8-9)

La dinámica general que hemos descrito arriba se realiza en cada fiel cristiano de una forma muy personal. Así, puede que uno sufra una fuerte tendencia a la soberbia que, a veces, lo lleva a creerse mejor que los demás; o que no logre desapegarse totalmente de los bienes materiales y se cierre a la caridad; o que ceda a la lujuria o se deje llevar por la gula o por la envidia. Sea cual sea la mala inclinación particular, la verdad es que todos los cristianos, con mayor o menor intensidad y frecuencia, necesitamos combatir nuestras tendencias pecaminosas para que estas no se vuelvan actos de pecado y nos lleven a conducir una vida de pecado.

Los maestros de la vida espiritual, para evitar que las tendencias de pecado se transformen en un estilo de vida pecaminoso, nos ofrecen varios consejos, pero yo quisiera solamente mencionar una virtud que, si la cultivamos nos ayudará, ¡y mucho!, en nuestro combate espiritual: la perseverancia. La perseverancia es la virtud por la cual nos mantenemos firmes en nuestros propósitos sin desalentarnos con las dificultades y obstáculos que se nos presentan en nuestro caminar. En el contexto de la vida espiritual, está íntimamente unida a la virtud de la esperanza, que es “la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” [1]. Si llegamos a vislumbrar la belleza del horizonte indicado por el don teologal, la supuesta felicidad que el pecado propone pierde todo su atractivo, pues, la esperanza

corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad [2].

Confiados en el don de Dios que nos sostiene en nuestro camino de unión con Él y firmes en nuestro propósito de ser fieles, recordemos las palabras del Señor: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21,19).

 


Referencias:

1. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 1817.
2.  Ibid., 1818.

* Lícia Pereira es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y en este momento reside con su comunidad en Brasil.