Un testimonio de fe y esperanza: Testimonio de un matrimonio de EnCourage

 

Un testimonio de fe y esperanza

 

Nuestra historia no comenzó fácil. Como padres, vivimos uno de los momentos más dolorosos de nuestra vida cuando nuestra hija empezó a involucrarse en una relación que nos preocupaba profundamente. Fue una etapa llena de confusión, discusiones, lágrimas y un dolor constante en el corazón.

Llegamos a vivir situaciones muy difíciles. El dolor era diario. Ver a nuestra hija alejarse poco a poco de nosotros fue desgarrador. Hubo un momento en que ella decidió que quería irse a vivir con aquella mujer.

Como padres, sentimos que el mundo se nos venía encima. Fue entonces cuando la enfrenté con el corazón en la mano y le dije: «Hija, tienes que decidir… ella o tu familia. Mira todo lo que puedes perder.» No fue una conversación fácil. Fue uno de los momentos más duros de nuestra vida. Pero en medio de ese dolor, nunca dejamos de orar.

Un día decidimos buscar ayuda espiritual y fuimos a la parroquia La Divina Providencia, en el centro de Monterrey, para hablar con el párroco Luis René Lozano del Río. Le abrimos nuestro corazón y le compartimos todo lo que estábamos viviendo. Con una gran sensibilidad, el padre nos recomendó acercarnos al apostolado EnCourage en Monterrey (México). Y puedo decir con total certeza que fue lo mejor que nos pudo pasar. Ahí conocimos a otros padres de familia que también cargaban su propia cruz. Diferentes historias, diferentes circunstancias… pero el mismo dolor: el sufrimiento de ver a nuestros hijos en situaciones que nos rompían el alma. No nos sentimos solos. Por primera vez, entendimos que nuestro dolor era compartido.

Un día nos invitaron a una Hora Santa organizada por el grupo. Esa noche marcó nuestra vida para siempre. Estábamos todos los padres unidos en oración, frente al Santísimo Sacramento, derramando lágrimas, suplicando por nuestros hijos. Fue un momento tan poderoso, tan lleno de la presencia de Dios, que al recordarlo se me eriza la piel. Sentimos claramente que Dios estaba ahí. Que nos escuchaba. Que no nos había abandonado. En esa Hora Santa comprendimos algo profundamente: Dios jamás nos deja solos. Dios escucha. Dios actúa. Y lo que ocurrió después fue simplemente maravilloso.

Dos días después de aquella Hora Santa que marcó nuestra vida, sucedió algo que jamás olvidaremos, nuestra hija nunca se había ido físicamente de la casa… pero su corazón estaba lejos. La sentíamos distante, cerrada, como si una barrera invisible se hubiera levantado entre nosotros. Compartíamos el mismo techo, pero no la misma paz.

Ese día se acercó a nosotros diferente. Había algo en su mirada que no veíamos desde hacía mucho tiempo. Se sentó frente a nosotros, con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa. Nos dijo que había terminado esa relación, que había reflexionado profundamente. Que en esos días algo se había movido dentro de ella. Que había sentido una lucha en su corazón. Y, con una humildad que nos partió el alma, reconoció que estaba equivocada. Que había tomado decisiones que nos habían herido… y que también la estaban lastimando a ella. Y entonces dijo algo que jamás olvidaremos: “Quiero volver… quiero volver a estar bien con ustedes. Quiero volver a mi familia.” En ese momento entendimos que no hablaba de regresar físicamente, porque nunca se había ido. Hablaba de volver con el corazón. De reconstruir lo que se había fracturado, de sanar.

No hubo reclamos. No hubo condiciones. Solo lágrimas que corrían sin control. La abrazamos fuerte, como si en ese abrazo quisiéramos envolverla en todo el amor que nunca dejamos de sentir por ella. Fue un momento que solo puede describirse como un milagro. Nosotros habíamos pedido ese momento con todo el corazón… y Dios nos lo concedió. Estamos convencidos de que, en esa Hora Santa, en ese instante de oración profunda y sincera, Dios escuchó nuestro clamor.

Con el tiempo, el Señor siguió obrando. A nuestra hija llegó un hombre bueno, respetuoso, amoroso. Un hombre que la cuida, la valora y le demuestra cada día cuánto la ama. Hoy es su novio y tienen planes de casarse. Su relación está basada en respeto, cariño y compromiso. Verla feliz hoy es una respuesta viva de Dios. Pero el Señor todavía tenía más sorpresas para nosotros.

Tiempo después, quise visitar nuevamente al padre Luis para agradecerle todo lo que hizo por nosotros. Mi hija quiso acompañarnos junto con su novio. Coordinamos la visita, y de manera providencial, ese mismo día el grupo EnCourage en Monterrey estaba celebrando su aniversario.

Todo coincidió perfectamente, mi hija, frente a todos los padres del grupo y junto a su novio, compartió su testimonio. Habló del dolor que vivió, de la confusión, del sufrimiento… pero también del amor de Dios que la rescató. Fue un momento lleno de luz, de esperanza y de confirmación de que Dios escribe recto en renglones que nosotros vemos torcidos.

Hoy solo podemos decir:

Gracias, Señor, por nunca soltarnos.
Gracias por escucharnos cuando llorábamos en silencio.
Gracias por sostenernos cuando sentíamos que ya no podíamos más.
Gracias por nuestra hija.Gracias por su felicidad.
Gracias por tu amor infinito.

Nuestro testimonio es prueba viva de que la oración tiene poder, que la fe mueve montañas y que Dios jamás abandona a una familia que confía en Él.Dios siempre escucha. Dios siempre actúa. Solo hay que confiar.

Francisco y Nelly, EnCourage Monterrey.