«Sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí»- Testimonio de un miembro de Courage
«Sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí»
Testimonio de un miembro de Courage
Hola, soy Javier, nací en Atlixco, Puebla, México, una ciudad llena de fe y tradiciones. Desde pequeño fui criado en la Iglesia Católica. Fui el segundo de tres hermanos hombres. Mi hermano mayor nació y tuvo una parálisis cerebral. Eso fue muy duro para mis padres, especialmente para mi mamá, quien en algún momento me compartió que quería que no naciese por miedo a lo que había vivido y además quería que yo fuese mujer. Este dolor en mis padres hizo que yo fuese un niño muy sobreprotegido, cuidado al extremo, al punto de no dejarme gatear, por lo que siempre estaba en brazos de mi madre. Ello me hizo débil, frágil, inseguro.
En nuestra casa vivíamos con nuestros tíos. Desde que yo era muy pequeño recuerdo que ellos se burlaban mucho de mí porque era débil y tenía una voz delicada. Me decían: “pareces mariquita”, “no te comportes como mujercita”. Me decían muchas cosas con las que yo sabía que “no estaba bien como era”. Sentía culpabilidad de ser quien era: mariquita.
En el kínder fui un niño alegre y extrovertido, pero alrededor de los 4 años, tras una experiencia dolorosa por maltrato de una maestra en el kínder, me volví sumamente introvertido. Recuerdo que en esa escuela me llamó la atención las figuras de un niño y una niña, pero sentía que la del niño me atraía más. Desde muy pequeño comencé a pensar que quizá mis tíos tenían razón y poco a poco me convencí de que era gay. Fue un secreto que se convirtió en mi mayor carga. En mi soledad, desde muy pequeño, busqué refugio en el auto placer, idealizando lo masculino y buscando llenar un vacío interior.
A pesar de sentir esa confusión, pasaban los años y siempre me gustaba ir a misa con mi tía abuela y leer vidas de santos. Un día pensé: “¿Y si yo fuera santo?… qué tontería, un santo gay. Dios jamás lo permitiría”. Esa idea me llenó de enojo y confusión. Poco a poco empecé a sentir rechazo hacia la Iglesia por considerarla rígida.
En casa, mis padres no me dejaban tener amigos con quienes salir para protegerme de cualquier peligro, por lo que mi único amigo fue mi hermano menor, con quien jugaba, pero también peleaba bastante hasta mi adolescencia. En esa época llegué a perder la esperanza. Intenté acabar con mi vida dos veces, pero el miedo y una chispa de fe me detuvieron. Me sentía profundamente enojado con Dios por “no ser normal” y comencé a alejarme de todo lo religioso. Incluso porque, al confesar mi preferencia, ningún sacerdote supo guiarme en ello, por lo que prefería ocultarlo.
A los 19 años conocí a un chico y tuve mi primera experiencia sexual. No fue lo que imaginé. Luego vinieron revistas, fantasías y más soledad. Tuve varios enamoramientos platónicos, sin llegar a nada real por miedo. Aunque me disgustaba mi condición, pensaba que era lo que me había tocado vivir. Durante dos años participé en un grupo LGBT donde por fin sentí comprensión. Sin embargo, observaba actitudes y conductas con las que no coincidía. En el fondo, quería mantener los valores que me inculcó mi familia, aunque en silencio los envidiaba por “ser tan libres”. Finalmente, terminé saliendo de ese grupo.
Después traté de llevar una vida “normal”. Tuve dos novias, cada relación duró dos años. Fingía vivir la castidad hasta el matrimonio, pero por las noches frecuentaba bares y lugares donde daba rienda a mis pasiones. Me volví alcohólico y fumador. Tras un accidente automovilístico y despertar golpeado afuera de un bar, decidí cambiar de ciudad. Allí empecé de nuevo, más independiente y viviendo una libertad aparente. Aún asistía ocasionalmente a misa y me gustaba confesarme, porque al comulgar sentía una paz que no encontraba en ningún otro lugar. Sin embargo, en especial una noche de Pascua, marcó mi alejamiento de la iglesia. Fue entonces que seguí viviendo de noche en ambientes de desenfreno, convencido de que esa era la vida que quería.
Conocí a un chico que me propuso una “relación abierta”. Acepté, aunque en el fondo sabía que eso rompía mis propios valores. Me enamoré profundamente, pero cuando pedí exclusividad, me rechazó. Eso me llevó a hundirme en más excesos en el alcohol, tabaco, encuentros casuales y una vida sin compromisos.
Me acerqué entonces a corrientes de la Nueva Era, pensando que ahí estaba la verdad: una “espiritualidad sin culpa”. Pero en el fondo seguía vacío. Hasta que conocí a mi última pareja. Era, según yo, mi “amor verdadero”: físico, emocional, todo lo que soñé. Sin embargo, algo dentro de mí no estaba en paz. Empecé a serle infiel con otras personas, continuaba sumido en el alcohol en secreto y vivía en total descontento conmigo mismo.
Buscando respuestas espirituales, sanar mi deteriorada salud y salir de mis vicios, al cumplir 40 años, acepté participar en una experiencia tomando “ayahuasca o yagé” (bebida que genera alucinaciones, adormecimiento), creyendo que encontraría sanación. Pero esa misma noche viví algo que cambió mi vida por completo. Caí en un estado de gran perturbación interior que me llevó a escuchar voces y perder el control de mi mente.
El jueves 31 de octubre de 2019 a las 7:00 pm, 7 días después de aquella experiencia, en plena desesperación, esas voces me impulsaron a hacerme daño a mí mismo lanzándome hacia un auto que venía a alta velocidad … pero Dios tenía otros planes para mí. Ese día corrí a una iglesia, y providencialmente, estaba expuesto el Santísimo Sacramento. Caí de rodillas y lloré. En ese momento, Jesús se mostró vivo, real, lleno de amor, cubriéndome con Su gracia, como el Padre que abraza al hijo pródigo. En un instante supe que Él era real, que me amaba, y que me invitaba a empezar de nuevo. Sentí nuevamente esa paz que ya había experimentado antes. Me confesé, comulgué y ahí empezó un camino de liberación, conversión profunda de mi corazón y regreso a Casa del Padre.
Seguí con mi pareja unos meses más, pero en una confesión, un buen sacerdote me dijo: “¿Por qué quieres seguir con él? ¿Estarás dos, cinco, diez años más? ¿Cuánto durará ese amor… y luego qué sigue? Te invito a buscar la castidad. ¡Si supieras cuán hermoso es vivir así, en tu condición de vida!”.
Aquellas palabras me dejaron sin aliento. Mi pareja se fue poco después y yo me quedé solo. Pero algo nuevo había nacido en mí.
Empecé a buscar a Dios con sinceridad, aunque nadie en la Iglesia me explicaba cómo vivir la fe experimentando atracción al mismo sexo. En medio de esa confusión, descubrí una página web llamada Courage. Tardé un año en contactarlos, por miedo y por una crisis interior al intentar vivir una relación “en castidad” con un chico de la Iglesia. Finalmente, escribí y recibí respuesta inmediata.
Poco a poco fui conociendo la espiritualidad del apostolado, aprendiendo que Dios me ama tal como soy, que no me pide negar mi historia, ni mis sentimientos, sino entregarle mis debilidades y deseos para transformarlos en algo más grande. Descubrí que sí se puede ser santo, si dejo que Él actúe en mí.
Hoy, en mi capítulo de Courage, vivo la plenitud de ofrecer mi afectividad y mi sexualidad de manera libre y consciente, por amor al Reino de Dios. He encontrado hermanos, comprensión, fe, esperanza y la certeza de que Jesús y María Santísima me acompañan cada día en este camino hacia la verdadera libertad interior.
Mi vida ya no es la misma. El Señor me sacó de la oscuridad y me mostró que Su Amor sana, transforma y da sentido a todo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20).

