Mi testimonio: Un camino de fe y abrazar mi cruz

Mi testimonio: Un camino de fe y abrazar mi cruz

Mi nombre es Erick de Jesús, soy originario de Reynosa, Tamaulipas, y hoy, a mis 28 años, me permito relatar la historia de mi vida. Este escrito es un recuento de mi caminar: un proceso complejo, lento y a menudo doloroso, que marca un antes y un después de Jesús. Mi historia no es lineal; es un peregrinar constante donde la fe y la realidad humana se encuentran, se confrontan y, finalmente, se abrazan bajo la mirada de un Dios que nunca me ha soltado.

Mis raíces y los cimientos de la fe

Crecí en el seno de una familia profundamente católica. Mis recuerdos de la infancia están impregnados de una disciplina espiritual rigurosa: desde muy pequeños, mis hermanas y yo fuimos educados bajo los preceptos de la Iglesia. Mis padres, personas de una entrega incondicional, eran pilares en nuestra comunidad parroquial; fueron catequistas, lectores y servidores incansables en cada evento litúrgico, especialmente en la devoción guadalupana, que marcaba nuestra vida familiar con los 40 rosarios previos al 12 de diciembre. En aquel entonces, vivir la fe de forma tan estricta me resultaba pesado; no lograba comprender el propósito de tanta insistencia. Sin embargo, hoy, mirando hacia atrás, experimento una gratitud inmensa hacia mis padres por haberme obligado a practicar y conocer la fe desde la cuna. Aquella base, aunque en su momento fue una imposición, resultó ser el terreno fértil sobre el cual, años más tarde, construiría mi verdadera relación con Dios.

El despertar y la herida

Desde muy temprana edad, tuve la conciencia de ser un hombre que experimentaba una atracción distinta hacia otros hombres. No era algo que pudiera racionalizar o entender plenamente, simplemente lo percibía como una realidad que me separaba de mis iguales. En el kínder y la primaria, mis interacciones con los niños varones tenían un matiz diferente, una incomodidad que me aislaba, al punto de preferir alejarme de dinámicas típicamente masculinas, como el fútbol, que nunca me llamaron la atención.

A esta confusión natural de la niñez se sumó una herida traumática. A los 5 o 6 años, sufrí un abuso sexual por parte de un vecino de mi misma edad, a quien mi madre cuidaba junto con su hermano. Este evento, silencioso y devastador, fue un parteaguas absoluto en mi infancia. No solo me robó la inocencia, sino que despertó prematuramente un interés hacia una actividad sexual que mi edad no podía comprender ni procesar. Creo firmemente que este episodio fue la raíz de una distorsión en mi desarrollo afectivo y sexual, dejando una marca profunda que me acompañaría durante gran parte de mi vida.

Aunque mi relación con mis padres siempre fue cercana y ellos buscaron estar presentes tanto económica como afectivamente, en la expresión del cariño existían carencias notables. Este entorno, sumado al trauma vivido, influyó directamente en mi crecimiento. Al llegar a los 14 o 15 años, en plena secundaria, viví un despertar sexual acelerado. Comencé a ver a otros hombres con una carga erótica, lo que me llevó al consumo de pornografía y a la masturbación, iniciando una batalla interna silenciosa que me acompañaría por años.

La batalla silenciosa y el hallazgo de Courage

A los 15 años, tomé una decisión consciente: me integré a un movimiento de jóvenes y comencé a vivir mi fe no por obligación, sino por convicción. Descubrí a un Dios dinámico, presente en las amistades sanas, los juegos y las canciones. Fue, sin duda, una de las mejores etapas de mi vida, donde forjé amistades que aún conservo. No obstante, por las noches, la batalla se intensificaba. Me cuestionaba constantemente ante Dios: «¿Por qué, si te sirvo, si leo tu Palabra y mi familia está entregada a ti, siento esta atracción hacia otros hombres? ¿Acaso no dice la Biblia que esto es un impedimento para el cielo?». Lloraba en la soledad de mi cuarto, sin hablarlo con nadie. Jamás pedí consejo, jamás lo externé. Era un secreto guardado bajo llave, una máscara que me asfixiaba.

A los 16 años, la providencia me llevó a contactar, a través de internet, el apostolado de Courage. Recuerdo vivamente la primera llamada telefónica con una persona de Monterrey. No recuerdo haber hablado mucho; él tomó la palabra, me explicó el apostolado, pero sobre todo, me habló de la infinita capacidad de Dios para transformar los corazones. Lloré durante toda la llamada; no pude controlarlo. Fue la primera vez que sentí, de manera tangible, la misericordia de Dios, no como un concepto, sino como una presencia que me abrazaba a pesar de mi dolor.

La ruptura de la máscara y la crisis familiar

Durante la preparatoria, alrededor de los 18 años, la necesidad de ser auténtico me llevó a dar un paso arriesgado. Comencé a salir con un muchacho y sentí la imperiosa necesidad de compartirlo con mi hermana menor y algunos amigos cercanos. Recuerdo esa noche como un momento de liberación absoluta. Al poner en palabras lo que ocultaba, al soltar la carga, pude dormir como no lo había hecho en años.

Sin embargo, al entrar a la universidad, a los 19 años, inicié una relación formal con un hombre mayor, de 32 años. La diferencia de edad y la naturaleza de nuestra relación hicieron que mi familia lo dedujera. Lo que siguió fue una etapa sumamente compleja. Mis padres, al enfrentar una realidad que no podían aceptar, reaccionaron con dureza. Hubo discusiones, peleas y un ambiente de homofobia en casa. Incluso mi hermana mayor me llegó a plantear un ultimátum: o él, o mi familia. Me pidieron que me fuera de la ciudad, que me cambiara de universidad y que viviera mi vida lejos de ellos, en secreto, manteniendo una imagen pública que no correspondía con quien yo pensaba que era.

El dolor que sentí fue inmenso, pero también ocurrió algo contradictorio: esa relación me permitió, por primera vez, dejar de fingir ser un hombre heterosexual. Me quité la máscara. Lamentablemente, también sufrí el rechazo de personas de la Iglesia. Vi cómo amigos y coordinadores del movimiento donde yo había servido durante años se apartaban. Nadie se preocupó por saber si yo estaba bien. Esa falta de reciprocidad, cuando yo más necesitaba apoyo, me dolió profundamente. La relación, además, se volvió tóxica y absorbente, alejándome de quienes realmente me amaban. Cuando finalmente terminó, aunque emocionalmente devastado, sentí una libertad inmensa al soltar aquel peso muerto.

El encuentro con el Dios real

Semanas después de aquella ruptura, recibí una invitación para vivir un encuentro de ACTS en la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe. Aunque estaba escéptico y herido por el abandono que sentí de parte de la comunidad eclesial, decidí asistir. Estaba tan frágil que necesitaba distraerme de mis propios pensamientos. Lo que viví ahí cambió mi perspectiva radicalmente. En ese retiro, tuve la oportunidad de sacar todo: el dolor familiar, el rechazo de mis amigos, el abuso de mi infancia y mis dudas espirituales. Salí sintiendo que, por primera vez, conocía a un Dios real. Había escuchado hablar de Él toda mi vida, pero ahora lo sentía, lo vivía y lo experimentaba como una presencia viva que me invitaba a renacer.

Caminar con la Cruz

Desde hace 10 años, mi camino ha sido un peregrinar progresivo, lento y lleno de desafíos. He visto cómo Dios transforma vidas en un solo fin de semana, y me he preguntado muchas veces por qué mi conversión no es así de radical. ¿Por qué mi caminar es tan lento? ¿Por qué no he cambiado mi atracción al mismo sexo de un momento a otro? La respuesta ha llegado con el tiempo: Dios no se equivoca y no todos los procesos son iguales.

He aprendido que mi conversión no se trata de dejar de experimentar estas atracciones para convertirme en alguien que no soy, sino de tomar mi cruz. He comprendido que mi atracción hacia el mismo sexo no es una carga que deba arrastrar con amargura, sino una realidad que debo abrazar con humildad. Si no fuera por esta situación, jamás habría conocido Courage, a los hermanos que hoy llamo familia, ni la inmensa bondad de Dios en las dificultades. Su plan para mí es perfecto, aunque me caiga y, a veces, sienta vergüenza de mis tropiezos. Me levanto, me pongo mi playera roja y sigo adelante. Un día a la vez.

Hoy, mi familia y toda mi comunidad saben que soy un hijo amado de Dios que experimenta atracción al mismo sexo. No necesito máscaras. Aunque a veces siento que no encajo en una comunidad donde la mayoría son heterosexuales, he comprendido que cada persona tiene una cruz a su medida y que nuestra santidad radica precisamente en cómo abrazamos nuestra propia historia.

Un presente de esperanza

Desde hace dos años, asisto presencialmente a la comunidad de Courage en McAllen, Texas. Aunque somos pocos, la presencia de Dios en cada integrante es palpable. Compartimos el caminar con matrimonios de EnCourage y otros chicos en mi situación; juntos batallamos, nos caemos, nos perdemos, pero siempre regresamos para acompañarnos.

Hoy comprendo la virtud de la castidad, lejos de una imposición o un requerimiento, como una oportunidad para amar, como una manera, desde la libertad, de amarme, respetarme y priorizarme a mí mismo y de igual forma a mi prójimo. Es difícil y es un caminar diario, pero veo esta virtud como una oportunidad de tener paz y sobre todo vivir plenamente en Jesús.

Estos últimos años han sido una escuela de humildad. He conocido a Dios de una manera profunda, intensa y despojada de cosas materiales, enfocada en la riqueza espiritual. No me queda más que ponerme a los pies de Jesús, entregarle mi historia completa y asumir la responsabilidad de construir su Reino desde mi realidad, con mis luces y mis sombras. «Señor, que no seamos sordos a tu voz», Salmo 94.