La misericordia divina: nuestra fuente de esperanza

La misericordia divina: nuestra fuente de esperanza*

P. Brian Gannon

Director general de Courage Internacional

Una de las mayores bendiciones de mi vida fue hace 10 años, cuando en mi parroquia recibimos las reliquias de santa María Goretti. Hicimos un poco de promoción y contamos con la ayuda de cien voluntarios, anticipando un gran número de fieles, sin embargo, nadie imaginó la explosión de gracia que le esperaba a la parroquia ese día. En un periodo de doce horas, cerca de ocho mil personas de la región y de otras localidades, visitaron la iglesia para venerar a esta santa extraordinaria, no solo por su castidad, sino por su gran misericordia. Y es que ella fue una verdadera apóstol de la misericordia. Conocemos la historia: Cómo Alessandro Serenelli intentó violar a María, las catorce puñaladas, como sufrió María sin anestesia, pero, sobre todo, cómo en su lecho de muerte y en medio del dolor, María perdonó a su asesino e incluso deseó que un día estuviese con ella en el cielo. Solo la gracia puede hacer eso. Solo una unión íntima con Jesucristo puede despertar esa disposición heroica en el alma de una persona.   

Ya que nos acercamos al final de este maravilloso Encuentro y considerando la bendición de este Año Jubilar de la esperanza, reflexionemos sobre lo que la Sagrada Escritura y el Magisterio nos dicen sobre la misericordia, fuente de nuestra esperanza.  

Comencemos con un poco de antropología cristiana, partiendo de esta elocuente, aunque mundana, descripción del hombre que termina, sin embargo, en un tono de desesperanza: ¡Que admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos! ¡Qué semejante a un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios! Él es sin duda lo más hermoso de la tierra, el más perfecto de todos los animales. Pues, no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me deleita… 

 Estas palabras son de la obra Hamlet de Shakespeare. En la obra, Hamlet describe con elocuencia las cualidades del hombre, sin embargo, sus pensamientos terminan con cinismo y desesperanza. Su respuesta a los problemas se torna brutal: venganza y placer, buscando, con astucia y violencia, el control sobre los demás. Busca vengar el asesinato de su padre, asesinando. Usa su ingenio para destruir a los demás. 

Es interesante cómo el hombre no es la criatura más rápida, ni la más fuerte, ni la más resistente a las inclemencias del tiempo. Muchos animales son mucho más rápidos, más fuertes y resistentes al frío y al calor. Entonces, ¿qué le da al hombre tanto poder sobre las criaturas? 

Bien, pasemos a algo un poco más elocuente que el gran Shakespeare: ¡las Sagradas Escrituras! Específicamente, el salmo 8: “¿Qué es el hombre para que pienses en él,  el ser humano para que lo cuides? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor; le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies: todos los rebaños y ganados, y hasta los animales salvajes; las aves del cielo, los peces del mar y cuanto surca los senderos de las aguas. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!” 

Y, desde luego, está también el primer capítulo del Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó”. Así que, de hecho, Dios ha dado al hombre y a la mujer la dignidad de Su propia imagen. Un intelecto y una voluntad; un cerebro y poder, no solo para resistirse a sus propios instintos, sino el poder de resistirse incluso al mismo Dios. ¡Se trata de un poder extraordinario!  

Por supuesto, en Génesis 1, 28, Dios da al hombre incluso el dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y todos los seres vivientes. Así que, en el mundo antes del pecado original, el hombre y la mujer son el culmen de la creación y los gobernantes perfectos de la Tierra en el Edén. 

Por tanto, lo que vemos aquí es la respuesta de Dios, o más bien un recordatorio del plan original de Dios, ante la desesperación de Hamlet. Los poderes extraordinarios del hombre no vienen de las teorías neodarwinistas actuales, sino, como sabemos, del hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto significa que cada uno de nosotros vale más que todo el universo material junto. 

El hombre tiene un intelecto, una voluntad para elegir y, desde luego, también tiene un corazón para amar, pero no solo para sentir el afecto que un animal hembra siente por sus cachorros, sino para amar realmente como Dios ama. ¡Qué don tan extraordinario poder amar como Dios ama! Juan Pablo Segundo lo describe muy bien en su primera encíclica Redemptor hominis: 

El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. 

A continuación viene, por supuesto, el pecado original, o sea, la catástrofe original, la rebelión original contra el Dios infinitamente amoroso de la creación. No hay excusa: ¡Adán y Eva sabían exactamente lo que hacían, incluso mejor que nosotros cuando pecamos! Y, sin embargo, a tan solo minutos, por así decirlo, de esta increíble rebelión contra Dios, Dios promete a quien aplastará la cabeza de la serpiente. Nos promete un salvador. En un pasaje, reconocido tanto por judíos como cristianos como una profecía sobre el Mesías venidero, podemos ver que ya en la mente de Dios estaba el hacerse hombre y nacer específicamente para asumir su pasión, crucifixión y muerte. Así que en el jardín del Edén, en aquel momento crítico, Dios ya había ideado un plan para dejarse aplastar por nuestras iniquidades, ¡por el infinito amor que tiene por cada uno de nosotros! 

Esta es la hora de la misericordia original, por así decirlo. Este es el primer momento en la historia del universo en que Dios revela las profundidades de su amor. Había advertido a Adán y Eva que morirían si se atrevían siquiera a tocar el fruto prohibido. Y, desde luego, básicamente la tentación fue: “pueden ser más felices sin Dios, decidir lo que es bueno y malo”. Y, con todo eso, después de que Adán y Eva ignoraran arrogantemente su advertencia, Dios ya había planeado su propia crucifixión, muerte y resurrección. Ese fue el momento en que el mundo experimentó la misericordia por primera vez. Esto nos revela que en nuestro momento más temprano y oscuro, ¡Dios ya estaba listo para derramar su misericordia sobre nosotros! 

¿Qué es la misericordia? En La ciudad de Dios, san Agustín dice que la misericordia es la combinación de la palabra “cor”, que significa “corazón”, y “misera”, que significa “miseria o sufrimiento”. Por tanto, es la compasión de nuestro corazón por la miseria ajena. Experimentamos la misericordia cuando nuestro corazón se sacude por la desgracia o el sufrimiento de alguien más y nos sentimos movidos a ayudar. Santo Tomás de Aquino describe la misericordia como la mayor de las virtudes sociales después de la caridad. Citando las Escrituras, santo Tomás dice que la misericordia está sobre todas las obras de Dios. El amor de Dios impulsa la misericordia; la infinita misericordia de Dios es la que prácticamente empuja a la Segunda Persona de la Trinidad a ver el sufrimiento de la raza humana y a entrar en la historia, haciéndose hombre, para solucionar este sufrimiento. 

Escuchemos lo que dijo el Cardenal Ratzinger justo antes del cónclave del 2005, cuando fue elegido papa: La misericordia de Cristo no es una gracia barata; no implica trivializar el mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. Quema y transforma el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor doliente. 

Lo que nos recuerda el Cardenal Ratzinger, es que la misericordia de Dios tiene un precio extraordinario. Dios permite que el demonio ponga todo el peso que puede sobre Cristo durante su Pasión, como vimos en la película “La pasión de Cristo”. Pero todo lo hace por su infinito amor hacia nosotros; lloró por Jerusalén como llora por nosotros con intenso y ferviente amor. 

Todo esto demuestra cuánto valor da Dios al alma humana: tu alma no tiene precio. Sin importar cuán rebelde haya sido contra Dios, tu alma sigue siendo una joya, en cierto sentido, una perla preciosa, que Dios busca apasionadamente. Él quiere derramar su misericordia sobre nosotros. Lo hermoso de las curaciones físicas que Cristo realiza en las Sagradas Escrituras es que, en vez de volverse él impuro, toda herida o deterioro que toca se sana. Cristo limpia físicamente a los leprosos, como nos limpia a nosotros en el confesionario. La amorosa gracia sanadora de Dios transforma todo lo que toca. El bautismo representa el regalo monumental de amor de Dios, por el cual no solo nos lava del pecado original, sino por el cual también habita en nuestro interior. Como dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios, “Son templo del espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios. Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio!” ¡Créanlo! Dejen que esta verdad toque su mente cada vez que contemplen un crucifijo. 

El Cardenal Ratzinger diría también con cierta ironía que “Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona de su Hijo, sufre por nosotros”. Por lo tanto, la venganza de Dios no es contra nosotros, sino contra el pecado y la muerte. Esto me recuerda una historia de hace algunos años en la que un padre de familia de Virginia, Estados Unidos, vio que su hijo discapacitado cayó en una fosa séptica y, sin dudarlo, se lanzó y salvó a su hijo, muriendo en el proceso. Así es el amor de Dios. No hay espacio para la duda, sino solo un deseo radical de salvarnos, porque no hay momento en que no nos ame y nos busque con todo su corazón en medio de la tormenta. 

Irónicamente, como dijo el entonces Cardenal Ratzinger, “Cuanto más nos toca la misericordia del Señor, tanto más somos solidarios con su sufrimiento, tanto más estamos dispuestos a completar en nuestra carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo”. 

Es un recordatorio para nosotros de que, cuando meditamos sobre el sufrimiento de Cristo, nos puede conmover su misericordia; asimismo, en sentido inverso, cuanto más lloramos por su misericordia, mayor es la unión que sentimos con su sufrimiento. ¡Su sufrimiento en la cruz le da poder y significado a nuestro sufrimiento, nos brinda misericordia y, además, nos da gran esperanza! 

En su hermosa encíclica: Dives in misericordia, Juan Pablo II habla sobre la larga y rica historia de la misericordia en el Antiguo Testamento, y nos ayuda a comprender mejor la misericordia de Cristo. Juan Pablo Segundo habla sobre cómo el pecado es la fuente de la miseria del hombre. El incidente del becerro de oro en el monte Sinaí, es un buen ejemplo: La respuesta de Dios a Moisés fue que «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad».  

Dios muestra ira y paciencia con los israelitas a lo largo de su travesía por desierto, así como nos muestra una increíble paciencia y acompañamiento en nuestro peregrinar errático por esta vida. 

Podemos ver otro ángulo interesante de la misericordia de Dios cuando Abraham intercede pidiendo misericordia por Sodoma y Gomorra. En su oración ante Dios Todopoderoso, recordamos cómo Abraham le dice a Dios: “¿Y si hay cincuenta justos? ¿Qué tal si hay cuarenta y cinco? ¿Y si hay cuarenta? Y sigue así hasta llegar a diez. Quizás tenía una razón muy personal para llegar hasta el número diez, porque sabía que Lot y su familia estaban en Sodoma. Pero en general, este pasaje no nos presenta solo el poder y la necesidad de la oración de intercesión, sino que nos muestra que Dios escucha y que nunca tiene el impulso de destruir, sino de mostrar siempre misericordia. Otro aspecto bastante serio de esta cuestión es que, al final, el tiempo se agota ¡y queremos arrepentirnos antes de que sea demasiado tarde! Por eso debemos reflexionar sobre la muerte. 

Podemos ver otro ángulo interesante sobre la misericordia en el Evangelio de Mateo. En uno de los pasajes, los fariseos preguntan a los apóstoles, “¿Por qué su maestro come con publicanos y pecadores?” y Jesús les responde, “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. 

Aquí, un par de cosas: primero, Jesús no está oponiendo la misericordia y el sacrificio; no está diciendo que simplemente seamos amables y nos olvidemos de todo ese culto formal en la iglesia. ¡La Iglesia de los amables y simpáticos…! De hecho, el texto original en griego dice “Deseo más misericordia que sacrificio”, lo que realmente significa que la misericordia es intrínseca a cualquier sacrificio auténtico. Como dice en otro pasaje de la Escritura, “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda a Dios”. Cuanto más reconozcamos nuestro pecado y busquemos la misericordia de Dios, mayor será el valor de los sacrificios que le ofrezcamos al Señor. Recordemos que Caín ofreció un sacrificio al Señor, pero su ofrenda no fue aceptada porque la ofreció con un corazón lleno de egoísmo. 

Por supuesto, en el pasaje de la mujer sorprendida en adulterio, Jesús no trivializa su pecado, ni le dice, “No te preocupes, está bien”. No, le dice, “Vete y no peques más”. Y el motivo, por supuesto, no es dureza, sino que el corazón humano esté verdaderamente abierto al extraordinario poder de Dios. El orgullo cierra el corazón, y Jesús quiere abrirlo. Como dijo una vez el gran arzobispo Fulton Sheen, a veces para que Dios pueda entrar en un corazón, primero tiene que romperlo. Desde luego, esto significa que nos permite caer, para que desde la humildad nos demos cuenta de lo mucho que lo necesitamos, pero también de lo mucho que nos ama. 

Esto se aplica también al sacerdote que celebra la misa: entre más consciente sea el sacerdote de que no solo es persona Christi, sino que también es un pecador, ofrecerá la misa con mayor reverencia. 

Como escribió un teólogo, “¡No puedo adorar a un Dios que es misericordia si esa adoración de Dios no me hace misericordioso!” En otras palabras, si la adoración a Dios no me transforma y me mueve a un amor mayor, a una mayor caridad y a una mayor misericordia, entonces mi adoración no es auténtica, sino un simple acto mecánico. 

El hecho de que Cristo coma con pecadores significa, por supuesto, que come también con todos nosotros. Y el banquete supremo en este mundo es el santo sacrificio de la misa.  Y la impresionante belleza de la misericordia que se derrama por nuestra participación en el santo sacrificio de la misa es que Cristo no es solamente el anfitrión del banquete eucarístico, sino también la hostia que consumimos. Así es, Cristo es ambas cosas: el anfitrión y el alimento, el sacerdote y la víctima. 

Para reiterar esto, en el libro del profeta Oseas, vemos cómo Dios pone un alto a su venganza: “¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? ¿Cómo voy a entregarte, Israel?… Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura: no daré libre curso al ardor de mi ira, no destruiré otra vez a Efraím. Porque yo soy Dios, no un hombre: soy el Santo en medio de ti, y no vendré con furor”

En la bella encíclica Deus caritas est, el Papa Benedicto XVI, escribe sobre una gran ironía, una aparente paradoja: “El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia”

Aquí, Benedicto no está hablando en sentido literal de que Dios se rebela contra sí mismo, lo que está diciendo es que, si vemos la justicia fríamente desde nuestra perspectiva humana, pensando que si le debemos algo a Dios podemos pagárselo, salimos perdiendo porque el precio de nuestro pecado es mayor de lo que jamás podríamos pagar. Pero, desde luego, Dios paga el rescate, de tal manera que lo único que podemos ofrecerle es nuestro corazón. Dios crea un sistema de justicia que no es ciego, al contrario, tiene mejor visión que Superman, ya que ve hasta lo más profundo de nuestro corazón; ve en nosotros su imagen y semejanza. Ve el alma herida de quien quiere seguirlo y quiere rescatarnos de la prisión del pecado y del mal. ¡Dios nos rescatará si confiamos en Él y abrazamos las exigencias de su amor! 

Esto nos lleva al siguiente punto importante: ¿La misericordia contradice la Ley? En el capítulo 10 de Lucas, un maestro de la Ley le pregunta a Jesús, “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”. La respuesta de Jesús es fascinante: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” En otras palabras, el maestro de la Ley le pregunta a Jesús “¿cómo puedo llegar al cielo?” Y Jesús le responde, “¿Qué dice la Ley sobre llegar al cielo?” ¡Es hermoso! ¡Jesús le hace una concesión al maestro de la Ley! 

El maestro de la Ley, desde luego, responde “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”. Y Cristo le dice, “Obra así y alcanzarás la vida”. Entonces el maestro de la Ley le pregunta, “¿Y quién es mi prójimo?”, ¡esperando, quizás una respuesta mínima absoluta! 

Entonces, escuchamos, desde luego, la parábola del Buen samaritano, que no leeré ahora. Pero el punto culminante llega cuando Cristo le pregunta al maestro de la Ley “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?” Y el maestro de la Ley responde, “El que tuvo misericordia con él”. Entonces Jesús le dice, “Ve y haz tú lo mismo”. 

La clave aquí es, primero: Que todo esto está en la ley de Dios en el Antiguo Testamento, demostrando, una vez más, que el Dios del Antiguo Testamento es, en realidad, muy misericordioso, ¡y que la misericordia es central en su relación con Israel y con nosotros! 

El Nuevo Testamento no es el único Testamento que habla de la misericordia, simplemente manifiesta la misericordia de Dios de manera más culminante: en la crucifixión y muerte de Nuestro Señor. Por tanto, Nuestro Señor también nos está diciendo aquí que la misericordia opera dentro de la Ley, dentro del amor ordenado de Dios. La misericordia no desestima la Ley. De hecho, la Ley protege a la misericordia cuando se trata de la Ley de Dios. Protege nuestra esperanza y nuestra capacidad de crecer en santidad. Protege la búsqueda de la felicidad suprema, es decir, la unión con Dios. 

Pero esto también significa que debemos abrazar las exigencias del amor. Hay acciones que deberían ser el instinto automático de todo ser humano, pero a causa de la naturaleza humana caída, incluso después del bautismo, debemos luchar contra nuestro egoísmo y fragilidad para satisfacer las verdaderas exigencias del amor. 

Por consiguiente, la obediencia a Dios a través de la Santa Madre Iglesia es clave. Pero debemos recordar siempre que la obediencia a Dios genera un mayor amor, una mayor libertad y, sobre todo protege nuestra esperanza de la vida eterna. Por tanto, así como la humildad es la fuente de la virtud, necesitamos abandonarnos en las manos de Dios de la misma manera que el aprendiz se somete a la instrucción de un mentor experto. Cuanto más confiamos en la sabiduría del experto, en este caso, Dios, más se abre la puerta a la misericordia de Dios para nosotros, porque al confiar en Él, nuestro corazón se abre realmente al océano de misericordia de Dios. 

Entre mayor sea la humildad, entre más grande sea el abandono en Dios, más llenará nuestros corazones el océano de su misericordia, tal como ocurrió con los santos. Es entonces que alcanzamos la mayor felicidad, porque hemos confiado en la misericordia de Dios y, en consecuencia, hemos recibido una esperanza maravillosa. Así que la misericordia y la esperanza nos dan una mayor pasión, propósito, y un enfoque más claro: “Felices los puros de corazón, porque verán a Dios”. Y cuanto más busquemos la misericordia de Dios, cuanto más confesemos nuestros pecados y busquemos las virtudes opuestas a las tentaciones que se nos presentan, más brillará el poder de la esperanza en nuestros corazones, hasta convertirse en una antorcha resplandeciente de gloria, como lo son los santos. 

Muchas gracias por su atención. 


*Charla ofrecida originalmente en la Conferencia Anual Courage y EnCourage 2025, en Aston, Pensilvania, EE.UU., así como en el Encuentro Courage y EnCourage 2025, en la Ciudad de México.