¡El cielo no me ha olvidado, no nos ha olvidado! -Testimonio de Fernanda, miembro de Courage en Brasil

¡El cielo no me ha olvidado, no nos ha olvidado!

Testimonio de Fernanda, miembro de Courage en Brasil

¡Hola! Mi nombre es Fernanda Souza, tengo 37 años, soy licenciada en Educación Física y vivo en São Paulo, Brasil. 

Nací en un hogar católico, siempre participé en pastorales de mi parroquia y vivía activamente mi vida sacramental. A los 15 años me enamoré por primera vez de una chica, lo que generó intensos desafíos dentro y fuera de mí. Al mismo tiempo que me embarcaba en la aventura de una relación, buscaba formación sobre la castidad y corría al confesionario. Durante ese período, viví muy sola. No compartía lo que me pasaba con nadie, excepto con un sacerdote. Siempre tuve miedo de que mi familia se enterara y se decepcionara de mí. 

Durante la universidad llegaron nuevos desafíos en las relaciones, enamoramientos, fiestas gay y vacíos existenciales. Al regresar de una fiesta, llegando a casa de madrugada, me sentía como si tuviera una resaca moral y le preguntaba a Dios: «¿Qué estoy haciendo con mi vida?». Lo que estaba haciendo ya no tenía sentido. 

En este contexto, una amiga me invitó a participar en un retiro de la Iglesia. Aquello encendió una llama dentro de mí, pero le dije que no. Pasaron algunos meses, y también pasaron algunos romances; solo quedaron heridas y recuerdos. Me refugiaba en los estudios y salía de fiesta para escuchar música a todo volumen. No quería escuchar el ruido ensordecedor del vacío que llevaba dentro. 

Al llegar a casa, tomé la computadora y busqué en Google dónde se realizaría el retiro de la Comunidad al que mi amiga me había invitado. Descubrí que el retiro sería pronto. Serían cuatro días de retiro y, en aquella época, no tenía el dinero y mis padres tampoco. Estaba tan segura de que necesitaba ir a aquel retiro que pedí dinero prestado a un prestamista para poder participar. Y fui sin conocer a nadie. Yo, que era tan tímida y miedosa, fui llevada por Dios. 

Y allí, hermanos, viví una experiencia tan profunda con el Amor de Dios que todo fue transformado. Allí me descubrí amada por Dios, perdonada y alcanzada por Su misericordia. Ya no tenía ninguna duda de su amor por mí. Sin embargo, al terminar el retiro, sentí mucho miedo de regresar y encontrarme con todo aquello que había dejado atrás, pero Dios gritaba dentro de mí: «¡Yo te amo, hija mía, y eso basta!». 

De hecho, las circunstancias seguían siendo las mismas, o incluso más intensamente provocadoras. La que había cambiado era yo. La que había experimentado el amor de Dios era yo. 

Fue un tiempo de decisiones: dejar atrás las viejas amistades y las ocasiones de pecado. Me integré a un grupo de oración en la comunidad donde había participado en el retiro. Tuve la experiencia de participar en la JMJ de Madrid en el 2011 y regresé de allí convencida de seguir la voluntad de Dios. 

En aquella época ya estaba en el proceso vocacional de esta comunidad, pero todavía había algo que me bloqueaba: el miedo a caer, a enamorarme y a herir a Dios. Me daba cuenta de que evitaba las amistades con otras chicas. Siempre tuve facilidad para hacer amistad con los chicos; con las chicas, había cierto respeto humano. 

Pero Dios me fue dando la gracia de ser dócil a Su voluntad, y Nuestra Señora también me fue moldeando en mi manera de hablar, de mirar, de comportarme, en todos los sentidos. 

Durante el proceso vocacional pasé por un discernimiento y envié una carta solicitando ingresar en la comunidad, lo dejé todo y me fui. Allí experimenté la infinita misericordia de Dios en mi vida. Fue un descubrimiento lleno de alegría. Me consagré en la comunidad e hice las promesas de vivir la pobreza, la obediencia y la castidad. 

Estaba caminando hacia las promesas definitivas cuando viví un giro inesperado. Durante la pandemia de COVID-19, las crisis depresivas regresaron con fuerza, y también aparecieron con intensidad las crisis de fibromialgia. Y, por supuesto, el combate espiritual es, sin duda, inmenso, pero no es más grande que la misericordia de Dios. En ese tiempo, intenté quitarme la vida. Al encontrarme en la ventana del tercer piso de la casa, fue Nuestra Señora quien me sostuvo. 

Estaba viviendo un profundo vacío existencial. Incluso dentro de la comunidad, había algo que no lograba explicar con palabras. Ya estaba siendo acompañada con medicamentos, terapia, amigos, un sacerdote y oración. 

Estando ya vulnerable, me acerqué demasiado a una amiga. Me di cuenta de que estaba totalmente vulnerable y abrí brechas. Me involucré emocionalmente. Pequé. Me confesé. ¡Dios no se cansa de perdonarme! 

Pasé por un nuevo discernimiento vocacional. Ante el desafío de enfrentar la depresión y la fibromialgia, que me afectaron e hicieron que no pudiera vivir plenamente la rutina de la misión, sumado a las cuestiones familiares y a la salud de mi padre, tuve que replantear el camino y percibir el ruido que todavía había dentro de mí al acercarme a aquella chica. Volver a casa fue muy difícil. Era retomar una vida que había dejado diez años atrás y que había ofrecido a Dios. 

No tenía dudas del amor y de la acogida de mi familia, pero sentí una gran inseguridad por no sentirme «mirada» como lo había sido en la comunidad. 

Fue entonces cuando, buscando información sobre la dimensión de la homosexualidad, encontré el Instagram del apostolado Courage. Me puse en contacto y, en mayo de 2022, comencé a participar. 

Al encontrar el apostolado, mi corazón descansó. Aquí tengo una base para continuar viviendo mi celibato, buscar amistades castas y no tener miedo de ser quien soy. Aquí aprendí a retomar mi vida de oración. Aprendí a mirar mi atracción hacia el mismo sexo y decirle que ella no me posee, que no es dueña de mis afectos. 

Por más desafiante que sea, ya hace 14 años que vivo el celibato: una elección diaria por amor a Dios, una ofrenda de amor a Dios. Es elegir al Crucificado y encontrar en Él mis heridas, las que me causaron y las que yo causé, y entonces, ofreciéndome al Señor por medio de la vivencia del celibato, querer repararlas. Y solo por la gracia de Dios es posible vivir así. 

En junio de 2026 tuvo lugar el Encuentro Nacional por los 15 años de Courage en Brasil. Mi madrina Cátia me animó a ir y allí tuve la gracia de compartir por primera vez mi historia. ¡Fue fantástico! ¡Una oportunidad única y liberadora! ¡Y una gran alegría encontrar nuevos hermanos! 

Salí de allí con un deseo de Dios en mi corazón: poder compartir con mi familia las maravillas que Dios ya ha realizado en mi vida.  

Me tomó casi cuatro meses, pero logré hablar con mi madre. Para mí fue liberador. Para ella, fue algo muy intenso. No lo podía creer, hasta que, poco a poco, fue cayendo en la cuenta. Fue un momento de mayor cercanía entre nosotras. Ella dijo que le preocupan los prejuicios que puedan surgir conmigo, pero que continuará rezando por mí, para que siga viviendo el celibato y sea fiel a Dios. Vencí una batalla; ahora faltan mi hermano y mi padre. (Por favor, recen por mí.) 

Después del Encuentro de Courage Brasil tuve otras dos oportunidades de dar mi testimonio en encuentros católicos; pude hablar sobre el apostolado Courage y EnCourage, compartir brevemente sobre mi vida y sobre la riqueza del apostolado. Esto hizo crecer dentro de mí la urgencia de anunciar que sí es posible ser feliz siendo completamente de Dios; que es posible amar sin aplaudir el pecado. 

Dios tiene prisa por nuestra conversión. ¡El cielo está cerca! Quiero terminar con un fragmento de una canción que me encanta y que es tan oportuna para este momento de mi vida: 

«…Quiero llegar al final de la historia. Ya me veo contando el testimonio de mi victoria. Ah, quiero sobrevivir. Quiero decir que pensé que iba a morir, pero sobreviví. Existe vida (más allá del dolor, existe vida). Escucho al Señor diciendo: Vida más allá del dolor. Él me dice que todavía no ha terminado…» 

¡El cielo no me ha olvidado, no nos ha olvidado!