Después del Jubileo: recojamos los frutos de la esperanza 

Después del Jubileo: recojamos los frutos de la esperanza

Por Yara Fonseca*

El 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, se clausuró oficialmente en Roma el Año Jubilar de la Esperanza, con el cierre de la Puerta Santa. Sin embargo, al encontrarnos ahora, algunas semanas después, todavía resuena en nosotros la pregunta más importante que deja todo tiempo de gracia: ¿qué ha hecho Dios en nosotros durante este año?  

No se trata de un balance apresurado ni de una evaluación de resultados. El Jubileo no fue un programa que cumplir ni una meta espiritual que alcanzar, sino un tiempo ofrecido por Dios, un espacio en el que Él salió a nuestro encuentro con una misericordia renovada. Por eso, este momento posterior a la clausura resulta especialmente fecundo: es el tiempo de recoger los frutos, de reconocer la obra silenciosa de la gracia, incluso allí donde no vemos cambios evidentes.  

Desde sus raíces bíblicas, el jubileo siempre ha sido iniciativa de Dios. En el Antiguo Testamento, no era el esfuerzo humano el que producía la liberación, sino la fidelidad del Señor que restauraba, devolvía, sanaba y recomponía lo que había quedado fragmentado (cf. Lv 25). También el descanso de la tierra recordaba que no todo depende de nuestra acción, sino que la vida se sostiene, en última instancia, en la gracia de Dios.  

Esta verdad ha atravesado también el Año Jubilar que acabamos de vivir. Como miembros de Courage y EnCourage, sabemos bien que nuestro camino espiritual no se caracteriza por logros espectaculares, sino por una fidelidad frágil, sostenida día a día por la gracia. El Jubileo no nos pidió ser más fuertes, sino más disponibles; no más eficaces, sino más confiados.  

Quizás algunos esperaban frutos visibles: una mayor claridad interior, una paz más estable, una superación definitiva de ciertas luchas. Sin embargo, los frutos de Dios muchas veces crecen en silencio, bajo la superficie. Tal vez este año jubilar dejó en nosotros algo más discreto, pero no menos real: una mayor paciencia con nosotros mismos, una oración más sencilla y perseverante, una confianza más profunda en la misericordia de Dios, o simplemente la decisión de seguir caminando, aun sin comprender todo.   

San Pablo lo expresa con gran realismo espiritual cuando escribe:  

“Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros” (2 Co 4,7).  

El Jubileo nos ha recordado precisamente que el tesoro no es nuestra coherencia ni nuestra constancia, sino la presencia fiel de Dios que habita en nuestra pobreza y pequeñez. Y ese es, quizá, uno de los frutos más preciosos de este año santo.  

Posiblemente muchos de nosotros tuvimos la oportunidad de atravesar una Puerta Santa como signo visible de este tiempo de gracia. Otros no pudieron hacerlo físicamente, pero la cruzaron interiormente: al volver al sacramento de la reconciliación y acogerse a la indulgencia plenaria propia de este tiempo, al retomar la oración después de un tiempo de sequedad, al aceptar ser acompañados, al elegir una vez más la fidelidad concreta en lo cotidiano. También ahí hubo Jubileo.  

Ahora, cuando el calendario jubilar ya se ha cerrado, la Iglesia nos invita a no perder lo esencial. La esperanza que hemos cultivado no estaba destinada solo a un año excepcional, sino a sostener nuestra vida cristiana ordinaria. Seguimos siendo peregrinos, pero no peregrinos solitarios, pues caminamos sostenidos por la fidelidad de Dios, que no abandona la obra que ha comenzado en nosotros (cf. Flp 1,6).  

Este tiempo posterior al Jubileo puede convertirse, entonces, en un verdadero acto de acción de gracias. Agradecer por los consuelos recibidos y también por las purificaciones silenciosas; por los pasos firmes y por los tropiezos que nos enseñaron a depender más de Dios; por lo que entendemos y por lo que permanece misterioso.  

El Jubileo ha terminado, pero la gracia permanece. Y mientras seguimos avanzando en este nuevo tramo del camino, podemos hacerlo con la certeza serena de que no somos sostenidos por nuestros esfuerzos —siempre insuficientes—, sino por la misericordia y amor de Dios, que nos precede, nos acompaña y nos espera.  

Propongámonos empezar este año 2026 con el corazón agradecido por los frutos del Año Jubilar, pidiendo a Dios que permanezcamos en el deseo de seguir caminando como peregrinos de esperanza, confiados no en nuestras fuerzas, sino en Él.  

Señor Jesús, te damos gracias por el Año Jubilar que hemos vivido,
por cada gracia visible  y por aquellas que solo Tú conoces. 
 

Gracias por habernos sostenido en nuestra fragilidad,
por no retirarnos tu misericordia
cuando nuestros pasos fueron inseguros
y nuestra esperanza vaciló. 
 

Recibe, Señor, lo que somos y lo que traemos:
los frutos que reconocemos  y aquellos que aún germinan en silencio.
Enséñanos a confiar más en tu obra que en nuestros esfuerzos,
a descansar en tu fidelidad  y a seguir caminando como peregrinos de esperanza. 
  


*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.