Castidad: ¡La virtud que nos hace libres!
Published in: Castidad: ¡La virtud que nos hace libres!
Author: P. Cristiano Soares
Castidad: ¡La virtud que nos hace libres!
P. Cristiano Soares*
La amistad con Dios: la primera relación de la vida
Hermanos y hermanas, antes de hablar sobre la castidad, quisiera hablar sobre aquello que existe en lo más profundo de todo corazón humano: el deseo de amar y de ser amado. Dios no nos creó para la soledad, sino para la comunión. Hay en cada hombre y en cada mujer una sed de pertenencia, una búsqueda de compañía y un anhelo de felicidad que ninguna criatura puede colmar plenamente.
Esta no es solamente una experiencia humana; es una verdad revelada. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que Dios creó al hombre por amor y para hacerlo participar de su propia vida bienaventurada. Nuestra existencia no comenzó por casualidad, sino en el amor. Antes de que nosotros lo buscáramos, Dios ya nos estaba buscando. Antes de que respondiéramos, Él ya había pronunciado nuestro nombre.
A partir de esta verdad, podemos comprender toda la historia de la salvación como la historia de un Dios que se acerca al hombre. Después del pecado, podríamos imaginar a un Dios distante, pero la primera iniciativa sigue siendo siempre suya: «Adán, ¿dónde estás?». A lo largo de la historia, Él llama a Abraham, guía a Moisés, habla por medio de los profetas y, en la plenitud de los tiempos, se hace hombre. En Jesucristo, Dios entra definitivamente en nuestra historia para permanecer con nosotros.
Toda la vida cristiana nace de esta cercanía. Antes de cualquier mandamiento existe un encuentro; antes de cualquier exigencia existe una amistad; antes de cualquier esfuerzo existe una gracia. Por eso, Jesús, en la Última Cena, no dice solamente: «Sed mis discípulos», sino: «Ya no os llamo siervos… os llamo amigos».
Quizás algunos de ustedes han llegado hasta aquí con cansancios, preguntas, caídas o profundas soledades. Si es así, quiero que guarden, antes de cualquier otra palabra, esta certeza: Cristo sigue deseando ser el primer amigo de su corazón. Él no permanece porque nunca hayamos fallado; permanece porque ama. Su fidelidad es más grande que nuestras debilidades.
Es la certeza de esta amistad la que da origen a todo lo que reflexionaremos en esta conferencia. La castidad no es el punto de partida de la vida cristiana; es el fruto de un corazón que ha descubierto un Amor más grande. Cuando Dios ocupa el primer lugar de nuestra existencia, los afectos, las relaciones, la sexualidad y toda la vida comienzan, poco a poco, a encontrar su verdadero orden. La castidad se convierte entonces en el brillo visible de un corazón que ha elegido permanecer cerca de Dios.
I. La castidad
Si Dios nos creó para vivir en amistad con Él, surge naturalmente una pregunta: ¿cómo aprendemos a vivir esta amistad? La respuesta de la Iglesia es sencilla: aprendemos la amistad con Dios aprendiendo a amar. Toda la vida cristiana es una escuela del amor. Dios no desea solamente personas correctas; desea hijos que amen como su Hijo ama.
Vivimos, sin embargo, en una época en la que la palabra «amor» se confunde frecuentemente con mero sentimiento, atracción o satisfacción personal. El Evangelio nos revela algo mucho más grande. Amar es querer sinceramente el bien del otro. Mientras el egoísmo pregunta: «¿Qué puede ofrecerme esta persona?», el amor pregunta: «¿Cómo puedo conducirla hacia el bien?». Así es como Cristo nos amó: no nos utilizó, sino que se entregó por nosotros.
Por eso, toda relación humana encuentra su medida en Cristo. Una amistad, un matrimonio, una fraternidad o cualquier otra relación será verdaderamente humana cuando ayude a las personas a caminar hacia Dios. El amor madura cuando deja de buscar solamente recibir y aprende a convertirse en don.
San Juan Pablo II decía que el hombre no puede encontrarse plenamente sino en el sincero don de sí mismo. Toda la historia de la salvación confirma esta verdad: Cristo salva entregándose, María responde ofreciéndose, los santos se vuelven fecundos entregando su propia vida por amor. El amor auténtico tiene siempre la forma de un don.
Es en este contexto que comprendemos también la pureza. Ella no consiste simplemente en evitar determinados pecados; consiste en poseer un corazón unificado, capaz de mirar al otro con respeto, libertad y reverencia. Un corazón puro no desea poseer, manipular o consumir; desea servir, proteger y hacer florecer la dignidad del otro. Por eso Jesús proclama: «Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios». Cuanto más se purifica el corazón, más se aprende a reconocer la presencia de Dios y la belleza de las personas.
También la sexualidad necesita ser comprendida desde esta perspectiva. La Iglesia nunca la ha considerado un mal, sino un don precioso del Creador. Ella pertenece a la identidad de la persona y manifiesta su capacidad de amar. Sin embargo, precisamente por ser tan valiosa, necesita estar integrada en la verdad del amor. Cuando la sexualidad se separa del amor, corre el riesgo de transformar a las personas en objetos; cuando permanece unida al amor, se convierte en un lenguaje de comunión y de donación.
Es en este punto donde encontramos la verdadera definición de la castidad. El Catecismo afirma que ella es la integración bien lograda de la sexualidad en la persona, realizando la unidad entre el cuerpo, la afectividad, la inteligencia, la voluntad y el espíritu. La castidad, por tanto, no es una negación de la sexualidad, sino su plena integración en el proyecto de Dios. No disminuye la capacidad de amar; la hace más verdadera, más libre y más fecunda.
Por eso, la castidad no nace del miedo, de la represión o de la simple fuerza de nuestra voluntad. Nace de un corazón que ha encontrado a Cristo y desea amarlo por encima de todas las cosas. Es una escuela de libertad, porque enseña a la persona a gobernar sus deseos, en lugar de ser gobernada por ellos. Quien aprende a ordenar sus afectos se vuelve capaz de amar con serenidad, fidelidad y paz.
Deseo dirigir, en este momento, una palabra muy particular a aquellos que experimentan atracción por personas del mismo sexo. Tal vez, a lo largo de la vida, algunos hayan pensado que la castidad era una condena o que Dios les pedía algo imposible. Quisiera afirmar, con toda convicción: la castidad nunca es un castigo; es un camino de libertad y de santidad. Dios no ama menos a quienes enfrentan mayores combates; al contrario, les ofrece gracias proporcionales a la misión que les confía.
Es en esta perspectiva donde comprendemos también el valor del celibato vivido por tantos miembros de Courage. El mundo suele definirlo por aquello a lo que renuncia; la Iglesia lo contempla por el amor que anuncia. La persona célibe dice, con toda su vida: «Cristo basta». Su corazón permanece disponible porque pertenece, ante todo, a Aquel que la llamó. Lejos de ser una existencia disminuida, se convierte en un testimonio luminoso de que Dios es suficiente y de que el Cielo ya ha comenzado a orientar toda su vida.
Nada de esto sería posible sin la gracia. Por eso Dios derrama en nosotros las virtudes teologales. La fe abre los ojos para reconocer su presencia; la esperanza sostiene el corazón en medio de los combates; y la caridad nos hace amar con el mismo amor de Cristo. Así, la castidad deja de ser solamente una disciplina moral para convertirse en la consecuencia natural de un corazón que ya ha comenzado a vivir orientado hacia el Cielo.
Así, al concluir este primer paso de nuestra reflexión, deseo que guardemos una única definición: la castidad es la respuesta libre de un hombre o de una mujer que, habiendo descubierto que es infinitamente amado por Dios, permite que ese amor unifique toda su vida y la transforme en un don para Dios y para los hermanos. Comprendida así, no empobrece el corazón; lo hace verdaderamente libre para amar como Cristo ama.
II. Perseverar en la esperanza
Si todo lo que hemos reflexionado hasta aquí es verdadero, quizás una pregunta esté surgiendo en el corazón de algunos de ustedes: si la castidad es tan bella, ¿por qué tantas veces parece tan difícil?
La respuesta no está en la castidad, sino en nuestra condición humana. Todos nosotros llevamos en nuestro interior las marcas del pecado, de la fragilidad y de las heridas de nuestra propia historia. El corazón desea amar, pero muchas veces experimenta afectos desordenados, miedos, soledad y cansancio. Precisamente por eso, la castidad no es solamente una virtud humana; es también una obra de la gracia de Dios.
Quiero dirigirme ahora, de manera muy particular, a cada uno de ustedes que experimenta atracción por personas del mismo sexo.
Una de las mayores tentaciones no siempre está relacionada con la castidad. Muchas veces es el desánimo. Es pensar que nunca será posible vivir plenamente el Evangelio. Es imaginar que Dios ha pedido algo imposible. Es preguntarse, quizás en silencio: «¿Por qué a mí? ¿Dios sigue amándome? ¿Puedo realmente ser santo?».
Estas preguntas no escandalizan a Dios. Muchos salmos nacieron de preguntas semejantes. Los santos también pasaron por ellas. El mismo Cristo, en la Cruz, entró en la profundidad del dolor humano. El problema nunca ha sido tener preguntas; el problema es llevarlas solo.
Cuando el sufrimiento permanece aislado, comienza a mentirnos. Nos hace creer que nadie comprende nuestra lucha, que nunca cambiaremos, que ya no vale la pena volver a empezar. Precisamente para vencer esta soledad, Dios nos da uno de los mayores dones de la Iglesia: la comunión.
El Apostolado Courage nació para recordar precisamente esta verdad. No nació para reunir personas definidas por una atracción, sino para reunir discípulos que han decidido poner a Cristo en el centro de su propia vida. Courage existe para recordar que ningún hijo de Dios necesita caminar solo.
Quizás esta sea su mayor riqueza. Aquí encontramos historias muy diferentes, pero una misma decisión: «Quiero pertenecer a Cristo». Esta es la verdadera identidad de cada miembro de Courage. Nuestra identidad más profunda no está en aquello que sentimos, sino en aquello que hemos recibido de Dios: somos hijos, bautizados, discípulos, llamados a la santidad y miembros del Cuerpo de Cristo.
Cuando esta verdad vuelve a ocupar el centro de la vida, comienza un lento proceso de integración. Cristo reúne aquello que el pecado ha fragmentado. Integra la inteligencia para pensar según el Evangelio, fortalece la voluntad para elegir el bien, educa los afectos para amar con libertad e ilumina la sexualidad para que sea expresión de comunión y no de esclavitud. Poco a poco, incluso el sufrimiento deja de ser un lugar de desesperación para convertirse en un lugar de encuentro con Dios.
Este camino exige paciencia. La santidad nunca sucede de una sola vez. Crece en la fidelidad cotidiana, en los pequeños comienzos de nuevo, en las victorias discretas y también en las caídas humildemente entregadas a la misericordia de Dios. No tengan miedo de volver a empezar. Dios nunca se cansa de aquellos que regresan a Él.
Es en esta perspectiva donde comprendemos también la belleza del celibato. El mundo suele verlo solamente como una renuncia; la fe lo contempla como una gran afirmación de amor. La persona célibe dice con su propia vida: «Cristo es suficiente». No porque desprecie el amor humano, sino porque ha encontrado un Amor capaz de dar sentido a toda la existencia.
Para muchos miembros de Courage, esta vocación se convierte en un testimonio profundamente bello. Ella recuerda al mundo que ninguna realidad de esta tierra es definitiva. Nuestro corazón fue creado para una comunión más grande. El Cielo no es solamente el destino de la vida cristiana; es la esperanza que orienta todas nuestras elecciones.
Quien pierde el Cielo de vista termina exigiendo de la tierra aquello que ella nunca podrá ofrecer. Pero quien mantiene los ojos fijos en Cristo aprende que la verdadera felicidad no consiste en satisfacer todos los deseos, sino en permitir que Dios realice en nosotros su proyecto de amor.
Así comprendemos que ustedes no están llamados solamente a resistir; están llamados a esperar. Esperar a Cristo. Esperar la plenitud del Reino. Esperar el día en que todo combate terminará y Dios será todo en todos.
Mientras ese día no llegue, sigan caminando. Sigan rezando. Sigan sosteniéndose unos a otros. Sigan comenzando de nuevo todas las veces que sea necesario. La Iglesia cree en ustedes porque cree en la fuerza de la gracia. Cristo cree en ustedes porque conoce la obra que puede realizar en un corazón que permanece abierto a su amor.
Y quisiera que ustedes nunca olviden esto: la santidad no consiste en no caer nunca; consiste en no dejar nunca de volver a Cristo. Cada combate vivido por amor, cada fidelidad silenciosa y cada nuevo comienzo sincero van haciendo, poco a poco, que nuestro corazón sea semejante al Corazón de Jesús. Esta es la gran esperanza que sostiene el camino cristiano y que hace de la castidad no una carga, sino un camino de libertad, de paz y de verdadera alegría.
III. Fortalecer a otros con el buen ejemplo
Hermanos y hermanas, después de todo lo que hemos reflexionado, deseo hacerles algunas preguntas finales: ¿Para qué realiza Dios todo esto en nuestra vida? ¿Por qué nos llamó a la amistad? ¿Por qué nos enseñó a amar? ¿Por qué nos sostiene en el camino de la castidad? ¿Sería solamente para nuestra santificación personal?
Ciertamente Dios desea nuestra santidad, pero su amor nunca permanece encerrado en nosotros. Toda obra de la gracia posee una fecundidad que va más allá de la propia persona. Cuando Dios transforma un corazón, comienza también a transformar el mundo a través de ese corazón. Precisamente esto es lo que significa dar testimonio.
Vivimos en una cultura en la que muchos imaginan que evangelizar consiste solamente en convencer a las personas por medio de argumentos. La doctrina es indispensable, pero el primer anuncio del Evangelio sigue siendo una vida transformada. Las personas pueden discutir nuestras ideas, pero difícilmente permanecen indiferentes ante alguien que vive con serenidad, esperanza y verdadera libertad.
Así fue desde el comienzo de la Iglesia. Los primeros cristianos no cambiaron el mundo porque fueran numerosos o influyentes. Cambiaron el mundo porque amaban de una manera diferente. Perdonaban de una manera diferente. Sufrían de una manera diferente. Esperaban de una manera diferente. Y esta diferencia tenía un único nombre: Jesucristo. También hoy Dios desea seguir realizando esta misma obra.
Quizás ustedes nunca hayan pensado en esto, pero una persona que vive la castidad por amor a Cristo se convierte en un signo profundamente elocuente del Evangelio. En una sociedad que identifica la libertad con la satisfacción inmediata de los deseos, la vida casta proclama silenciosamente que existe una libertad más grande: la libertad de amar según el corazón de Dios.
Este testimonio no nace de la superioridad moral, sino de la humildad. No consiste en juzgar a nadie, sino en dejar que la propia vida revele la belleza del Evangelio. La santidad nunca humilla; ella atrae. Cuando alguien encuentra a una persona profundamente reconciliada con Dios, surge espontáneamente una pregunta: «¿Qué sostiene esta vida?». Y esta pregunta abre un espacio para que Cristo sea encontrado.
A la luz de esto, nunca piensen que la fidelidad escondida de ustedes produce pocos frutos. Quizás nadie conozca las luchas que enfrentan, las renuncias que hacen o las lágrimas que derraman delante de Dios. Pero Dios las conoce. Y ningún acto de fidelidad vivido por amor permanece estéril. Cada combate enfrentado con esperanza ilumina discretamente el mundo. Cada nuevo comienzo proclama que la misericordia es más grande que el pecado. Cada gesto de castidad anuncia que Cristo sigue transformando los corazones. Así nace la santidad.
Los santos no fueron personas sin combates; fueron hombres y mujeres que aprendieron a permanecer con Cristo en medio de todos los combates. La santidad no es ausencia de debilidad, sino perseverancia en la gracia. Es dejar que Dios realice, lentamente, aquello que nosotros jamás podríamos realizar solos.
En este camino existe un don precioso que el Señor concede al Apostolado Courage: la amistad cristiana.
Desde el inicio de esta reflexión hemos contemplado la amistad de Dios con nosotros. Ahora comprendemos que esta amistad genera otra igualmente bella: la amistad entre hermanos que caminan hacia el Cielo.
Courage es un grupo de apoyo y mucho más. Es una pequeña comunidad de discípulos que aprenden a cargar juntos la propia cruz. Aquí nadie necesita luchar solo. Aquí aprendemos a rezar unos por otros, a sostenernos mutuamente, a corregir con caridad, a alegrarnos con las victorias de los hermanos y a comenzar de nuevo juntos cuando alguien desfallece.
Cuiden esta amistad. Cultívenla. El mundo necesita contemplar relaciones construidas sobre la verdad, la caridad y la fidelidad. En una sociedad marcada por tanta soledad, las amistades auténticamente cristianas se convierten en uno de los testimonios más bellos de la presencia de Cristo.
Movido por esta certeza, les pido: ¡No escondan aquello que Dios está realizando en ustedes! ¡No escondan la esperanza que han recibido! ¡No escondan la paz que experimentan! ¡No tengan miedo de decir que Cristo ha cambiado sus vidas!
Es posible que muchas personas jamás lean el Catecismo o un documento de la Iglesia. Es posible que nunca conversen con un sacerdote. Pero encontrarán a ustedes. Y, al encontrarse con ustedes, podrán encontrar a Cristo. Recuerden las palabras del Señor: «Ustedes son la luz del mundo».
La luz no existe para llamar la atención sobre sí misma; existe para iluminar. No hace ruido, no compite por espacio, no agrede. Simplemente permanece unida a su fuente y, por eso, vence la oscuridad. También ustedes están llamados a ser esta luz:
– No porque sean perfectos, sino porque Cristo vive en ustedes.
– No porque nunca hayan sufrido, sino porque descubrieron que ningún dolor es más grande que el amor de Dios.
– No porque todas las luchas hayan terminado, sino porque aprendieron que la gracia siempre llega antes que el desaliento.
En definitiva, esta es la gran obra de la gracia: la amistad con Dios se convierte en comunión; la comunión transforma el corazón; el corazón transformado se convierte en testimonio; el testimonio se hace misión; y la misión conduce a la santidad.
Por eso, nunca reduzcan la castidad a una simple norma moral. Es mucho más que eso. Es una manera concreta de decir cada día: «Señor, te pertenezco». Es una forma de amar como somos amados. Es un camino de comunión. Es una anticipación de la libertad y de la alegría del Cielo.
Cuando un hombre o una mujer elige vivir de este modo, quizá sin darse cuenta, comienza a reflejar en el mundo el mismo rostro de Cristo.
«Permanezcamos fieles hasta el final»
Al concluir esta conferencia, quizá sea oportuno recordar el camino que hemos recorrido juntos.
Comenzamos contemplando a un Dios que toma la iniciativa de amar. Descubrimos que nuestra vida nace de un encuentro, de una amistad que Cristo nos ofrece. Después comprendimos que la castidad no es una negación del amor, sino su madurez; no es una carga impuesta por Dios, sino un camino de libertad para un corazón que ha aprendido a amar como Cristo ama. Vimos también que este camino, aunque exigente, nunca se recorre en soledad. La gracia de Dios, la vida sacramental, la oración, la amistad cristiana y la comunión vivida en el Apostolado Courage sostienen a quienes desean permanecer fieles al Evangelio.
Todo esto nos conduce a una sola palabra: fidelidad. La fidelidad de un corazón que ha elegido permanecer en Cristo.
Aquí conviene recordar una verdad aún más consoladora: nuestra fidelidad nunca comienza en nosotros; nace de la fidelidad de Dios. Antes de que nosotros lo eligiéramos, Él nos eligió. Antes de que nosotros lo amáramos, Él nos amó. Antes de que nosotros permaneciéramos en Él, Él permaneció con nosotros. Esta certeza es la que sostiene toda la vida cristiana.
Y, antes de concluir, si me lo permiten, quisiera dirigir nuestra mirada hacia un grupo de jóvenes que sigue iluminando a la Iglesia hasta el día de hoy: ¡los Mártires de Uganda!
El tres de junio de mil ochocientos ochenta y seis, en Namugongo, un grupo de cristianos avanzaba serenamente hacia el martirio.
Eran jóvenes. Tenían sueños y proyectos. Tenían miedo, como cualquier ser humano. Podían salvar la propia vida. Bastaba con renunciar a Cristo y someterse a las exigencias injustas del rey Mwanga. Algunos de ellos fueron perseguidos precisamente porque se negaron a participar en actos impuros que les eran impuestos. Prefirieron perderlo todo antes que perder a Cristo.
Mientras las llamas comenzaban a envolver sus cuerpos, uno de ellos pronunció un grito que atravesó los siglos: «Digan a los Padres que permanecimos fieles hasta el fin».
¡Qué fuerza encierran estas palabras!
No dijeron: «Digan que fuimos fuertes».
Tampoco dijeron: «Digan que vencimos».
Ni siquiera dijeron: «Digan que nunca tuvimos miedo».
Simplemente dijeron: «Permanecimos fieles hasta el fin».
Hermanos, quizá Dios no nos pida el martirio del fuego, pero ciertamente nos pide, cada día, el martirio silencioso de la fidelidad: la fidelidad en las pequeñas decisiones, la fidelidad cuando nadie nos ve, la fidelidad después de las caídas, la fidelidad cuando el corazón está cansado, la fidelidad cuando el mundo nos dice que sería más fácil abandonar el Evangelio.
Es esa fidelidad escondida la que va configurando lentamente nuestro corazón con el Corazón de Cristo.
Sin embargo, nunca lo olviden: los Mártires de Uganda no permanecieron fieles porque fueran más fuertes que nosotros; permanecieron fieles porque Dios permaneció fiel a ellos.
También nosotros no caminamos sosteniendo a Dios. Es Dios quien nos sostiene. No somos nosotros quienes aferramos con firmeza la mano de Cristo; es Cristo quien jamás suelta nuestra mano.
Por eso san Pablo pudo escribir con tanta esperanza: «Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo».
Quizá mañana continúen los combates, quizá permanezcan algunas lágrimas, quizá todavía haya días de cansancio y de lucha; pero hay también una promesa que ninguna dificultad puede destruir: la fidelidad de Dios será siempre más grande que nuestra fragilidad.
Por eso, en su vida cotidiana, en sus combates diarios, en el hogar, en el trabajo y en cada una de las circunstancias de la vida, quisiera que se llevaran consigo no solo esta reflexión, sino también un propósito de vida:
Que cada mañana comience con una sencilla oración: «Señor, sostenido por tu gracia, quiero permanecer fiel hoy».
No pidan la fidelidad de toda una vida; pidan la fidelidad de hoy. Vivan un día a la vez.
Amen un día a la vez. Vuelvan a empezar un día a la vez. Porque así es como Dios forma a los santos. Así es como forma corazones libres. Así es como conduce sus hijos al Cielo.
Y, cuando termine la peregrinación de esta vida, espero que también nosotros podamos presentarnos ante el Señor con la misma sencillez de aquellos mártires y decir:
«Señor, sostenidos por tu gracia, permanecimos fieles hasta el fin».
E imagino que el mismo Cristo, que permaneció fiel hasta entregar su vida en la Cruz y que continúa siendo fiel en la Eucaristía, nos recibirá con aquellas palabras que todo discípulo anhela escuchar:
«Muy bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor».
¡Que los Santos Mártires de Uganda intercedan por nosotros!
¡Que la Santísima Virgen María nos enseñe a guardar a Cristo en nuestro corazón!
¡Que san José nos fortalezca en la perseverancia silenciosa!
Y que el Espíritu Santo haga crecer en nosotros, día tras día, aquello que hoy renovamos delante de Dios: la amistad con Cristo, la alegría de la castidad, la esperanza del Cielo y la valentía de permanecer fieles.
Amén.
*El P. Cristiano Soares es capellán de Courage en la Arquidiócesis de Brasilia, Brasil, desde el 2016.

