«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20, 7)
Published in: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20, 7)
Author: Yara Fonseca
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20, 7)
Por Yara Fonseca*
La Conferencia Anual de Courage y EnCourage de este año fue un tiempo de gracia y bendición. Reunidos en Mundelein, tuvimos la oportunidad de encontrarnos, rezar juntos, compartir nuestras experiencias y renovar nuestra esperanza en el camino que el Señor nos ha llamado a recorrer. El tema que nos acompañó durante esos días —«La castidad, virtud que nos hace libres»— nos invitó a mirar esta virtud desde una perspectiva más profunda; no como una simple exigencia moral o una serie de renuncias, sino como un verdadero camino de santificación y de unión con Cristo. La castidad tiene que ver con nuestra capacidad de amar y, por eso mismo, con nuestra libertad.
¿Dónde nace el deseo de recorrer este camino? Quizás podamos comenzar con una palabra que puede resultarnos incómoda: seducir. Es un verbo fuerte. Hablar de seducción puede hacernos pensar en manipulación, engaño o en una fuerza que nos atrae hacia algo que no necesariamente nos hace bien. Y, en efecto, la Sagrada Escritura habla con clareza sobre esas seducciones. San Juan nos advierte: «No amen al mundo ni las cosas del mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida— no procede del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2,15-16). El deseo de poseer, la búsqueda de poder y reconocimiento o control son realidades que ejercen un poder seductor en nuestros corazones. Prometen felicidad y libertad, pero poco a poco pueden terminar dominándonos.
Sin embargo, la Escritura también nos presenta otra seducción, completamente diferente: la seducción de Dios. Jeremías, en uno de los momentos más íntimos de su relación con el Señor, exclama «me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20,7). Es una expresión sorprendente. El profeta reconoce que Dios ha tocado profundamente su corazón y que, ante ese amor, él se ha dejado atraer. No se trata de una seducción que manipula o quita libertad. Al contrario, trae una profunda paz y deseo del bien, de la bondad y de la belleza que solo Dios puede ofrecer.
El profeta Oseas nos ofrece una imagen igualmente hermosa. Dios habla de su pueblo como de una esposa a quien quiere volver a conquistar: «La llevaré al desierto y hablaré a su corazón» (Os 2,16). Dios no se impone. Busca el corazón. Lo atrae, lo sana, lo vuelve a llamar a la alianza.
Mirando los profetas Jeremías y Oseas, podemos comprender que la opción por la castidad no es un camino que iniciamos porque seamos suficientemente fuertes, porque tengamos todo bajo control o porque hayamos alcanzado una perfección que nos permita responder adecuadamente. Comenzamos porque hemos sido amados, porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).
La castidad, entonces, puede ser comprendida como una respuesta a ese amor primero. Cristo nos atrae hacia sí y, al descubrirnos amados por Él, comenzamos a aprender una nueva manera de amar. No se trata simplemente de decir «no» a determinados deseos, sino de aprender a ordenar nuestro corazón hacia un amor más grande. La castidad es una virtud que nos hace libres porque nos libera de ser gobernados por nuestros deseos y nos permite vivir como lo que verdaderamente somos, hijos e hijas amados de Dios, llamados a amar y a entregarnos.
Esta llamada pertenece a todo cristiano. La castidad no es una virtud particular de quienes experimentan atracción hacia personas del mismo sexo; es una dimensión esencial de la vida cristiana. Pero para quienes viven la experiencia de la atracción hacia personas del mismo sexo, este camino puede estar marcado por luchas, renuncias y desafíos particulares. Precisamente por eso necesitamos recordar que nuestra historia no comienza con nuestra lucha, sino con el amor de Dios. Somos, antes que nada, personas llamadas por Cristo a la santidad.
Y aquí las cinco metas de Courage adquieren todo su sentido. No son simplemente cinco tareas que debemos cumplir, sino un camino concreto para responder, en la vida cotidiana, al amor de Aquel que nos amó primero. Vivir una vida casta significa aprender a amar con todo nuestro ser. La oración y la devoción nos ayudan a permanecer unidos a Cristo, reconociendo que no podemos vivir este camino únicamente con nuestras propias fuerzas. El compañerismo y la amistad nos recuerdan que Dios también nos sostiene a través de otras personas y que no estamos llamados a caminar solos. El acompañamiento pastoral de nuestros capellanes nos ofrece una ayuda concreta para discernir, perseverar y levantarnos cuando sea necesario. El buen ejemplo nos invita a permitir que nuestra propia vida se convierta en un testimonio de la obra de la gracia.
Esta fue una de las grandes invitaciones que recibimos en Mundelein: volver a descubrir que la castidad no es simplemente una lucha contra algo, sino una respuesta de amor a Alguien. El Señor continúa atrayendo nuestros corazones hacia Él. Continúa hablando a nuestro corazón. Continúa llamándonos a una libertad más profunda.
La pregunta, entonces, no es solamente de qué necesitamos liberarnos. Es también, ¿por quién queremos dejarnos seducir? Porque nuestro corazón siempre será atraído por algo. Y la verdadera libertad comienza cuando permitimos que sea el amor de Cristo quien tenga la última palabra sobre nuestro corazón.
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». También nosotros podamos hacer hoy nuestra esta oración de Jeremías. Dejar que Cristo nos atraiga, dejar que su amor transforme nuestros deseos y aprender, día a día, a responder a ese amor.
*Yara Fonseca es asistente para los idiomas español y portugués de Courage Internacional y reside en Brasil.

